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Todos los textos son propiedad de sus autores, quienes tienen todos los derechos sobre ellos (¿o será al revés?) y han decidido libremente publicarlos aquí para la difusión pública sin fines de lucro. *Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones



viernes, 22 de julio de 2016

DIEZ MINUTOS (Suspiro...) CUENTO, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO



Para Germán Castro Ibarra


Checas: Suspiras. Una y otra vez. Recuerdas la última cita y recuerdas estas mismas palmeras y esta misma playa estampadas en la pared, el mismo timbre del primer piso que los demás pacientes apachurran con la desesperación de un cura convocando a campanazos a sus devotos en una mañana que comienza con estallidos de bombas o con la ansiedad que sentirías al ver caminando a tu hijo sobre un techo de vidrio.
            La señorita del mostrador ha notado que en realidad no hojeas la revista que tienes en las manos, sino que en realidad transpiras furia gracias a que el doctor De la Fuente se ha retrasado diez minutos para atenderte. Te pide que esperes como disculpándose, ya que los dos saben a la perfección que es culpa suya por ser condescendiente con algún idiota que ha retrasado a todos. Sin darte cuenta casi gritando le respondiste que no hay problema, que no se preocupe, señorita, mientras mirabas las palmeras fijamente y estallando casi a carcajadas  porque en la revista que tiembla en tus rodillas aparecen unas palmeras iguales arriba de una güera que bebe cerveza y te comienzas a preguntar si en la playa con tu güera al lado, te acordarías de tu maldito dolor de muelas que no has atendido gracias al carnaval de asuntos que ahora recuerdas que te esperan en la oficina, donde hace menos de una hora te enfrentaste al "tarado de tu jefe", diciéndole que ya le baje, que ya le baje de güevos, imaginando a un grupo de hormigas con cascos de albañil taladrando entre tus dos muelas, que pelean por tener el mismo espacio en tu dentadura.
            Y recuerdas que tuviste que salir casi como cobarde de la oficina, diciéndote que no eras cobarde, que si por ti fuera hasta hubieras puesto al jefe en ridículo frente a los demás compañeros de trabajo, puesto que es evidente que el jefe sólo demuestra que es jefe cuando se trata de defender la estupidez; la suya o la de cualquier otro, puesto que para ti todos no vienen mas que a demostrarla, a excepción claro, de tus dos secretarias que tienen las nalgas tan tiernas como las miradas que te lanzan cuando rara vez les dices que se vayan a descansar a su casa.
            La pelea entre tus dos muelas se incrementa y no puedes dejar de soltar un grito que tratas de que te ponga de buen humor pero es imposible: Cuando las hormigas descansan vienen otras a seguir con la chamba y agarran los taladros para seguir destruyendo a tu pobre encía y ya no puedes ni siquiera cerrar la boca porque el dolor ha llegado a la encía superior donde las hormigas se empiezan a colgar y escalar por tu saliva para sujetar el taladro y seguir con el trabajo, haciendo ya casi imposible que te puedas concentrar en los dos paisajes de playa que tienes, el de enfrente, bajo una señora vieja con dos niños que berrean y te hacen ver como un idiota y el otro, el que tiembla en tus rodillas donde la güera sigue con su chela invitándote a la playa, a que dejes de sufrir...
            Pero no puedes pensar en eso puesto que recuerdas también que al salir de la oficina viste lo que no habías querido ver bien ayer en la noche: Marcela llegó tardísimo del laboratorio y dejó el coche afuera del estacionamiento de la universidad porque creyó que sólo tendría que imprimir un reporte y checar la correspondencia, pero resultó que algún mocoso (¿o algún estudiante?) se le ocurrió hacerle unas rayaduras al coche y Marcela llegó toda sonriente y mojada del pelo por la lluvia mientras tu te pudrías frente al televisor pensando que, ya la neta, era re tarde  y te preocupaste, aunque no sabías si realmente era por la tardanza de Marcela o porque el tiempo es el tiempo y la noche sería larga hasta este momento en que todavía diez minutos te parecen el colmo; como si Marcela fuera tan cándida que no se imaginara que ya le has recomendado mil veces que el coche se guarda en el estacionamiento y tan enfurecido como estabas saliste con ella a la lluvia (que tus compañeros de trabajo dicen que es tan poética), y viste con horror esas rayaduras en el coche y ella te vio con cara de perdóname, de no te hagas, que de todas maneras me amas, y tú le dijiste que nomás no la estrangulabas porque te dolían las muelas, y ella se rió y el comentario sólo sirvió para que barajara en tu cara incrédula un par de anécdotas que  no te decían nada y la quisiste besar, como antes, como en los viejos tiempos, pero el dolor de muelas te obligaba a reconocer su prioridad.
            Pero ahora ya nada de eso importa, sólo diez minutos se interponen entre tú y la salvación encarnada en la dudosa experiencia del doctor De la Fuente, porque si fuera bueno no tendrías nada que hacer aquí y estarías libre, tendrías unos buenos diez minutos de sobra en la oficina, por ejemplo, para llamar a tu secretaria y encargarle que  revise tu archivo personal y te sentirías tan feliz y con una vida tan exitosa que harías algo tan ridículo como decirle que se deje de mamadas, que no se haga la eficiente, que la retas a tirar con tu pelota de esponja a la canasta de basquetbol que tienes arriba del perchero de tu saco, y ella se reiría y diría: "¡Hay licenciado... por favor...!"  Y tu pensando en su tierno par de nalgas estarías a punto de invitarla a la cama, pero sólo a punto, porque aunque Marcela sea una tarada (o peor aún: una tacaña que no quiere pagar los diez pesos del estacionamiento), también en tu corazón ha impuesto su prioridad. Y empiezas a sospechar que el doctor De la Fuente sabe todo esto y sólo se ha tardado diez minutos porque al paciente que atiende en estos momentos se le ocurrió empezar a contar su vida y el doctor De la Fuente lo escucha con una sonrisa que te dedica a ti y a tu vida con la güera de la cerveza en la playa.
            "Mi vida con la güera de la cerveza en la playa...", comienzas a pensar y por un movimiento inconsciente te rascas el cachete pero "¡aouch!", no lo hubieras hecho, porque el dolor lo sientes hasta el cuello como si fuera un ente con vida propia, como si fuera una antorcha al rojo vivo atrapada bajo tus muelas a la que las hormigas acuden con rapidez para avivar su fuego, arrojándole pasto seco o gasolina y entonces el timbre vuelve a sonar, como si toda la Ciudad de México estuviera enferma de las muelas y te das cuenta de la futilidad de todas las cosas, de la estupidez de tu jefe por el asunto del Censo de Población, de tu estúpida canasta de basquetbol en lo alto del perchero, de tus ineptas secretarias de mirada tierna que cuchichean sobre ti en el baño cuando cambian de turno, de la lluvia tan poética, de la rayadura que le hicieron al coche, de la tacaña de Marcela probablemente también, que siempre te insiste con el rollo de que quiere tener un hijo, y observas a los niños idiotas debajo de las palmeras, que lloran o ríen o cualquier tontería mientras la güera te sigue diciendo que te vayas a la playa a chupar y que tener hijos es una tontería, porque los hijos te joden la otra mitad de la vida que ya no pudieron joderte los padres y todo por un dolor de muelas que te obliga a tener la boca abierta como imbécil, dejando que las hormigas salgan y se vayan descolgando de las comisuras de tus labios y te caigan en los brazos, en el cuello, en el pecho, en la corbata, en los muslos, en las manos que miras con tus ojos atónitos, tus manos llenas de hormigas que se te caen hasta los zapatos y sientes que te vas, que un grito profundo te jala hacia adentro, donde sólo hay más hormigas taladrando y otras con ansias de estrenar nuevos platillos que darán a sus hijos y así sucesivamente a los hijos de sus hijos y escuchas una voz que dice desde la puerta del consultorio:
            —Pase por favor.
            Saltas como felino sobre su presa y te introduces en el consultorio hasta que te sientas en el sillón replegable del dentista con enormes ganas de hablar, aunque no puedes, simplemente no puedes y el doctor dice:
            —Disculpe el olor a insecticida, pero acabo de fumigar; con usted sólo tardaré diez minutos.

 (CUENTO INCLUÍDO EN MI LIBRO "CUENTOS ICONOCLASTAS Y OTROS CUATES" 2009, ED. TORRE OSCURA)

sábado, 16 de julio de 2016

HABLA JAVIER SICILIA leído el 16 de julio en PROCESO

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La mudez es una forma degradada del silencio. Es la palabra constreñida a callar por una fuerza. Su etimología, que viene de la raíz indoeuropea *mu-, cuyo origen es la onomatopeya de quien habla con la boca cerrada, lo expresa con toda claridad. En este sentido, podemos decir que la mudez, independientemente de aquellos seres que la naturaleza amputó de la palabra, pertenece a lo inhumano. Enmudecemos cuando algo rompe los significados en donde la vida transcurre. Por ello, la violencia es muda: niega la palabra, que es el mundo de los seres humanos y de sus sociedades, y la constriñe al silencio del terror, de la muerte y de la anomia.
Hay, por lo mismo, algo de profundamente mudo en México. A pesar de que hablamos y estamos comunicados, la mudez de la violencia se ha instalado entre nosotros y las palabras no logran detenerla. Es como si el lenguaje hubiera perdido su fuerza significante y habláramos con la boca cerrada. Parecería que las arterias de la cultura, como dice Georges Steiner, se hubiesen endurecido como las de la carne y que el complejo de los valores cristianos e indígenas que conformaron a México en los últimos cinco siglos, hubieran entrado en una espantosa decadencia. Nuestra historia reciente –asesinatos, fosas clandestinas, desplazamientos, destrucción del ambiente y de las formas políticas y humanas de relacionarnos, revueltas, represiones y protestas cada vez más beligerantes– sugiere que esos reflejos del lenguaje por los cuales una civilización preserva su mundo y modifica sus degradaciones ya no tuvieran la fuerza de hacerlo y hubiéramos retrocedido a una era salvaje, donde el lenguaje no adquiría aún su densidad significante.
Ciertamente, hablamos y hay lenguajes, como el de la poesía, que están vivos. Pero su fuerza se ha vuelto tan íntima y encerrada en guetos culturales que ya no es capaz de preservar y corregir la vida de un pueblo como lo hizo en otros tiempos. Lo que priva es la mudez de la violencia en un mundo lleno de palabras vacías. Así vamos de criminales que tienen un lenguaje cuya pobreza frisa la insensibilidad de la mudez con la que sellan sus crímenes, a políticos cuya inhumanidad ha degradado y embrutecido el lenguaje en esa misma dimensión. Al emplear las palabras para justificar la falsía política, distorsionar la historia y encubrir crímenes y bestialidades, las han vaciado de sus significaciones profundas, produciendo una grave anomia en la sociedad, una sensación de estar atrapados en la desesperación de la mudez.
Mi experiencia de los últimos cinco años no ha dejado de atestiguarlo. Lo que voy a narrar coincide con esa realidad, pero también con la posibilidad de un rescate del sentido y de la vida.
Haces unas semanas estuve, al lado de expertos forenses de varias instituciones y de víctimas de desapariciones, en la exhumación de 117 cuerpos y 12 restos de las fosas clandestinas de Tetelcingo, Cuautla. Esos cuerpos –algunos violentados horriblemente– habían sido enterrados por el gobierno de Graco Ramírez como basura, a la manera en que el crimen organizado lo hace. En los últimos 10 años el país se ha plagado de esas fosas. Una de las víctimas me contó lo que a su hija, cuyo cuerpo fue recuperado en otro estado, le habían hecho –una más de las cientos que he recogido–. No la consignaré porque forma parte, dice Steiner, “de ese género de cosas que derrotan el lenguaje”. Enmudecimos. Recordé entonces lo que me sucedió el día en que me enteré del asesinato de mi hijo Juan Francisco: Después de escribir sobre un pobre papel mi último poema, me quedé mirando estúpidamente el vacío y, desgarrado, impulsado por los sonidos que había garrapateado, abrí la boca todo lo que pude. La forma del gesto era la de El Grito de Edvard Munch, tan primitivo y terrible que superaba toda descripción: un grito sin sonido, el grito de un silencio total que chillaba por todo Manila y hacía vibrar el paisaje de dolor. Ese alarido dentro del silencio, esa espantosa mudez, era, para decirlo con Steiner, “la lamentación salvaje y pura por la inhumanidad del hombre y la devastación de lo humano” que volvía a repetirse una vez más.
Allí, sin embargo, estaba y está la posibilidad de que el sentido vuelva a surgir. El hecho de que en medio de la mudez estuviéramos allí; de que un grupo de hombres y mujeres desenterraran cuerpos para reconocerlos, dignificarlos y devolverlos a sus familiares; de que cada vez que se rescataba a uno de ellos, las víctimas del campamento salieran con un letrero que decía “Bienvenido”; de que esas misma personas pintaran bajo una de las carpas una alegoría de lo que allí sucedía y cantaran, mientras la realizaban, el Himno a la Alegría, volvía, por unos momentos, a llenar de significados el mundo. Con ello, no les devolvíamos la vida a esos cuerpos, no los redimíamos del atroz sufrimiento por el que pasaron, no borrábamos el pasado que, al igual que el mío y el de la víctima que me narró la muerte de su hija, seguirá vibrando con el mismo grito que pintó Munch. Pero, ¿no fue, acaso, en un rito fúnebre semejante donde hace miles de años, en medio de la inhumanidad y el salvajismo, el lenguaje encontró su lugar y nacieron la civilización, el sentido y las palabras paz, hermano, amor?
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui y abrir las fosas de Jojutla.

viernes, 15 de julio de 2016

EL COLAPSO DE LA MENTE ACADÉMICA



La confrontación de ideas empiezan a verse limitadas en el mundo universitario.


Apostaría que he sido rector de más universidades que cualquier otra persona viva en la actualidad. Eso se debe en parte a que, cuando fui gobernador de Hong Kong, me nombraron rector de todas las universidades en la ciudad. Protesté y dije que seguramente sería mejor para esas instituciones elegir a sus propios jefes, pero no me permitieron renunciar elegantemente. Así que durante cinco años disfruté la experiencia de entregar títulos a decenas de miles de alumnos y observar lo que este rito iniciático significa para ellos y sus familias.

Cuando volví a Reino Unido, en 1997, me pidieron que me convirtiera en rector de la Universidad de Newcastle. Luego, en 2003, fui elegido para el mismo cargo por los graduados de la Universidad de Oxford, una de las mayores instituciones de aprendizaje del mundo. No debe sorprender entonces que tenga firmes opiniones sobre lo que una universidad es y lo que significa enseñar, investigar o estudiar en ella.

Estas instituciones deben ser bastiones de libertad en cualquier sociedad. Deben quedar al margen de la interferencia gubernamental en cuanto a sus propósitos principales de investigación y docencia; y deben controlar su propio gobierno académico. No creo que sea posible que una universidad se convierta en una institución de renombre mundial, o continúe siéndolo, en ausencia de esas condiciones.

El papel de la universidad es promover la confrontación de ideas, evaluar los resultados de la investigación con otros académicos e impartir nuevos conocimientos a los alumnos. La libertad de expresión resulta entonces fundamental, ya que permite conservar un sentido de humanidad común y mantener la tolerancia mutua y la comprensión que apuntalan cualquier sociedad libre. Eso, por supuesto, lleva a que las universidades sean peligrosas para los Gobiernos autoritarios, que buscan contener su capacidad de proponer preguntas difíciles e intentar responderlas.

Se piden ‘espacios seguros’, donde se pretende proteger a los alumnos de todo lo que pueda agredir lo adecuado

Lo irónico actualmente es que, a pesar de que negar la libertad académica constituye un golpe contra el sentido de la universidad, algunos de los ataques más preocupantes a esos valores provienen del interior mismo de los centros.

En Estados Unidos y Reino Unido, algunos alumnos y docentes están intentando limitar las discusiones y el debate. Sostienen que no se debe exponer a la gente a ideas con las que está en fuerte desacuerdo. Además, afirman que se debe reescribir la historia para eliminar los nombres (aunque no el legado) de quienes no cumplen las reglas de la corrección política. Thomas Jefferson y Cecil Rhodes, entre otros, han sido puestos en la mira. ¿Cómo le iría a Churchill y Washington si se les aplicaran las mismas evaluaciones?

También se le está negando la posibilidad de expresarse a cierta gente. Se piden espacios seguros, donde se pretende proteger a los alumnos de todo lo que pueda agredir su sentido de lo moral y adecuado. Esto refleja, e inevitablemente alimenta, una política de victimización que resulta perjudicial: la definición de la propia identidad (y, con ella, de los propios intereses) por oposición a los demás.

Cuando era estudiante, hace 50 años, mi principal profesor fue un destacado historiador marxista, exmiembro del Partido Comunista. Estaba en el punto de mira de los servicios de seguridad británicos. Era un excelente historiador y docente, aunque hoy se podría decir que fue una amenaza para mi espacio seguro. Pero me hizo estar mucho mejor informado, estar más abierto a discutir ideas que desafiaban las mías, a ser más capaz de distinguir entre un argumento y una pelea, y a estar más preparado para pensar por mí mismo.

Por supuesto, algunas ideas —la incitación al odio racial, la hostilidad de género o la violencia política— son repugnantes en todas las sociedades libres. La libertad exige algunos límites (elegidos libremente en una discusión democrática bajo el imperio de la ley) para poder existir y se debe confiar en las universidades para que ejerzan ese grado de control por sí mismas.

Pero la intolerancia hacia el debate, la discusión y ciertas ramas específicas de erudición nunca debe ser aceptada. Como nos enseñó el gran filósofo político Karl Popper, con lo único que debemos ser intolerantes es con la propia intolerancia. Esto es especialmente necesario en las universidades.

Sin embargo, algunos académicos y alumnos estadounidenses y británicos están socavando ellos mismos esa libertad; paradójicamente, son libres para hacerlo. Mientras tanto, las universidades en China y Hong Kong se enfrentan a una serie de amenazas que ponen en duda su autonomía y libertad, no desde dentro, sino por parte de un Gobierno autoritario.

En Hong Kong, la autonomía de las universidades y la libertad de expresión misma, garantizadas en la Ley Básica de la ciudad y en el tratado de los 50 años entre Reino Unido y China sobre la situación de la ciudad, están siendo amenazadas. La lógica parece basarse en que los alumnos apoyaron fuertemente las protestas prodemocráticas en 2014 y, por ello, las universidades donde estudian deben ser puestas en vereda. El Gobierno de la ciudad, claramente bajo las órdenes de Pekín, se equivoca.

Recientemente, las autoridades chinas mostraron en público lo que opinan de las obligaciones derivadas del tratado y de la era dorada de las relaciones chino-británicas: raptaron a un ciudadano británico (y a otros cuatro residentes de Hong Kong) en las calles de la ciudad. Los cinco estaban publicando libros que exponían algunos de los secretos sucios de los líderes chinos.

En la China continental, el Partido Comunista ha lanzado la mayor ofensiva contra las universidades desde la matanza en la plaza de Tiananmen en 1989. No es posible el debate en torno a los valores occidentales; en las clases solo se puede enseñar marxismo. ¿Nadie informó al presidente Xi Jinping y a sus colegas del Politburó de dónde viene Karl Marx? El problema actual es precisamente que saben poco sobre Marx, pero mucho sobre Lenin.

Los occidentales deben interesarse más por lo que está ocurriendo en las universidades chinas y lo que eso nos dice sobre los valores reales que sostienen la erudición, la enseñanza y la academia. Comparen y contrasten, como deben hacerlo los estudiantes.

¿Quieren universidades donde el Gobierno decida qué es supuestamente seguro para que ustedes aprendan y discutan? ¿O quieren universidades que consideren la idea de un espacio seguro —en términos de limitar el debate si llega a ofender a alguien— como un oxímoron en un entorno académico? Los alumnos occidentales deben pensar ocasionalmente en sus contrapartes en Hong Kong y China, quienes deben luchar por libertades que ellos consideran dadas y de las que a menudo abusan.