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Todos los textos son propiedad de sus autores, quienes tienen todos los derechos sobre ellos (¿o será al revés?) y han decidido libremente publicarlos aquí para la difusión pública sin fines de lucro. *Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones



jueves, 28 de julio de 2022

CUENTO DE NAVIDAD HISTÓRICO POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Para empezar ahorrémonos los chismosos vocablos supuestamente novedosos  del grosero referente inicial “resulta que esto o lo otro”, y comencemos este aparatoso cuento navideño (como lo son todos los demás) a la manera de alguien ahondando hacia lo profundo de una alberca diáfana, como en el acto de quien busca rescatar una joya o un collar valioso extraviado  hace pocos segundos por su pareja; sólo que en este caso la joya se trata de  mi memoria particular y rescatémosla para que  luzca refulgente y, a través de ella, vislumbremos todo el cuadro de la cena de  Nochebuena del año 2010 de mi familia. Ahí son cerca de las diez y media de la noche y es el momento de dar los regalos a los niños. El abuelo materno, noventa y tres años cumplidos, habla y se involucra ya demasiado poco, persigue la conversación con los ojos medio cerrados y se enfurece demasiado azotando el bastón en la mesa del radio, su único contacto con el mundo porque además está casi ciego. Mi madre y mis tías ocupan desde hace cerca de nueve años el lugar de capitanas de abordo cuando la familia entera se reúne y esto, sobre todo, porque las cuatro tienen muy buen sazón. La sirvienta sólo se dedica a cuidar al abuelo y en sus ratos libres, a chismear con el novio y las vecinas. Mi tío político, de origen escocés, acaba de volver de Inglaterra con mis primas. Ha traído buenos regalos para todos desde Heatrow. Para mi abuelo, un par de botellas de genuino whisky escocés. Se me hace agua la boca de solo mirarlas. Una de mis tías se las lleva al sillón donde mi abuelo está empotrado y al abuelo le sale con una voz desmadejada y cavernosa el agradecimiento:

—Aah, gracias Jimmy, whisky Glenfiddich, es muy bueno…mmm…                           

Y vuelve a cerrarse en sí mismo y a cavilar meditaciones sobre mi abuela. Ella murió en 2005. Y como cada año desde entonces, todos resentimos su ausencia en éstas fechas. ¿Pero y quién entonces es el hombre fuerte de la casa? Ahora sí puedo decirte que “resulta” que ése papel lo ocupo yo como el primogénito de la familia y, entonces, para alejar el espectro de la ausencia triste de la abuela muerta, me apuro haciendo chistes a las primitas pequeñas y los otros chamacos  sobre sus regalos y recuerdo que una de mis tías me ha comentado hace un par de noches que compramos los preparativos para ahora mismo, que entre los antepasados de la familia se encontraba alguien que logró… pero ya leíste el título del relato. Entonces ahondemos más atrás, vayamos más allá de la memoria personal para llegar a la verdadera joya, e imaginemos otro aspecto para todo el inmenso territorio del Valle de México; no veremos edificios modernos ni multitudes ni nada que nos parezca un referente a la megalópolis monstruosa de la actual Ciudad de México.

            El referente exacto comienza en Francia, en París, en la Revolución Francesa y con la Toma de la Bastilla; quizá en esos albores de la modernidad (esa sí, que a no dudarlo, comenzó con ese magno hecho histórico) podamos ver las calles de París dejando atrás la vieja arquitectura gótica y dando paso a las novedosas construcciones de vidrio. Como se sabe, Charles Baudelaire, uno de los tres o cuatro  grandes poetas franceses del momento (y no hay que decir que tuvo y tiene todavía una influencia enorme en la literatura universal), paseaba por ahí con alguna de sus amantes planeando su obra cumbre: Las Flores del Mal. El poeta nació en 1821, pero la toma de la Bastilla fue antes. Mis antepasados por la parte materna se remontan al año 1790, cuando nació Laurent Duprée y formó luego su familia con La Bella Anita. La Señora Duprée estaba embarazada cuando fue separada de su marido, así que dadas las condiciones en Francia en aquella época, sabemos que Laurent Duprée nació en alguna cárcel hedionda como cañería.

            Es entonces cuando se anima la Nochebuena de la familia, porque mi tía, copa de vino en la mano e hijo pequeño restregándosele en los pantalones, nos tiene la semblanza nada menos que de ¡la genealogía de la familia! “¡Hey, presten atención a su tía!”, le grito a tanto mocoso y mocosa corriendo entre moños deshechos, regalos  y un árbol de Navidad verde con esferas rojas y azules que, ciertamente, no fue comprado en las faldas del Popocatépetl, como se acostumbraba cuando yo era niño y, supongo, los mayores defendían este abolengo que, intuyo, ya no es algo que propiamente me pertenece de facto: en mi niñez yo jugaba otro rol o era otra etapa  en esta familia, y para no desperdiciar ni un solo adjetivo sobre el niño que fui (no acostumbro hablar para nada de mi infancia, ni en lo personal ni en lo escrito), prefiero asistir completamente oídos abiertos a esta cena y llevarme la joya del relato. (Ojo eh: todo esto es solamente evitar el papelón de ser el hombre fuerte de la casa y estar, simultáneamente, en el desempleo desde hace un par de meses. Espero que Laurent Duprée me lo perdone hasta allá donde se encuentre.)

Dice mi tía: “De la cárcel llegaron a escapar debido a la amistad que la doncella desarrolló con el carcelero… Su padre y hermanos mayores huyeron en tanto a un convento, en donde permanecieron por varios años. Sus hermanos fueron pintores, aparentemente de la escuela de Delacroix. Una vez ya fuera de la cárcel, la Sra. Duprée e hijo se marcharon al pueblo y casa de la doncella, pueblo posiblemente localizado en un valle de los Alpes franceses.”

“Laurent creció como hombre del pueblo, estudió medicina, fue un hombre de ideas liberales que casó con una mujer del pueblo (plebeya) que era conocida como La Bella Anita. Fue menospreciado por sus hermanos por la vida sencilla que llevaba, particularmente por la elección de su esposa ya que sus hermanos siempre fueron conservadores y se sentían nobles y aristócratas. Como tantos otros en busca de nuevas oportunidades, Laurent y su esposa viajaron al nuevo mundo y llegaron a México, posiblemente hacia 1810 o más probablemente hasta alrededor de 1821 o poco después. (Ojo eh: ¡Pisaron tierra mexicana mientras Charles Baudelaire nacía y terminaba la Guerra de Independencia de México!). En este país ejerció su profesión, particularmente trabajó en la lucha contra el cólera, enfermedad que hacía estragos en el puerto de Veracruz durante los años veinte del siglo XIX. En México nació su descendencia que consistió sólo de mujeres; una de ellas llamada Celestine, se casó con un ingeniero de minas inglés recién acabado de arribar. Laurent, quién a la posteridad fue referido en la familia como Bon Papá, murió en Veracruz combatiendo el cólera.”

—Pero la historia no termina ahí ¿verdad? —digo mientras sostengo en mis piernas a su hija y termino de leerle un fragmento de un cuento de los Hermanos Grimm, de un grueso volumen de edición inglesa, que le tocó de regalo.

—No, claro —dice mi tía—, continúa nuestra descendencia con Marie Celestine Charlotte Duprée, que se casó con Henry Glennie.

“Los Glennie eran escoceses, dos de ellos vinieron a México: Henry Frederick y William, en tanto que otros se cuenta que fueron a África, a Camerún; todos eran ingenieros de minas. En su viaje a México su barco naufragó, así que los sobrevivientes subieron a las lanchas de salvamento. La lancha donde iban los Glennie tenía un agujero que al parecer estaba taponado, pero el tapón se perdió y entonces empezó a entrar el agua. El abuelo Glennie usó su sombrero y puso encima su rodilla y de esta forma lograron salvarse. Debido a este heroico incidente quedó mal de su pierna.”

“En México hicieron una excursión al Popocatépetl en 1827, la primera excursión reconocida[1] donde colectaron muestras de roca y tomaron mediciones barométricas para calcular su altura, (aproximadamente 5,450 metros sobre el nivel del mar) mismas que ni siquiera Humboldt había realizado, así como también se dedicaron a hacer otras observaciones de exploraciones a otras partes del territorio nacional.

 “Uno de los Glennie llamado Henry fue el que se casó con Celestine, la hija de Laurent Duprée y tuvieron tres hijas: Ana Carlota, Laura y Constanza. William debió haber tenido al menos un hijo de nombre Frederick que continuó con la tradición minera.”

“De Celestine Duprée, inglesa (escocesa por matrimonio), se cuenta una anécdota igualmente heroica. Cuando se alzó Leonardo Márquez, el Tigre de Tacubaya (1859), sus hombres quisieron asaltar la casa donde vivía la familia de Henry Glennie, estando éste presuntamente ausente (¿quizás trabajando en alguna mina?) y su mujer acabada de parir y con hijas jóvenes adolescentes (Ana Carlota de 17 años y Laura algo menor), Celestine Duprée escondió a sus hijas y en el momento de querer entrar los asaltantes, con una bandera inglesa en la mano se les enfrentó gritando: “¡Éste es territorio Inglés, si entran se atienen a las consecuencias!”, y era cierto, para ese tiempo su marido ya era cónsul. Los asaltantes titubearon pero finalmente se retiraron.

“Parece ser que después de este episodio ella murió alrededor de 1860 y después de ella su pequeña hija recién nacida llamada Constanza. Ana Carlota (nuestra lejana parienta) casó con un alemán: Diedrich Graue, con quien tuvo 10 varones y 2 mujeres, de ahí proviene nuestra parentela con los Graue, como el destacado Doctor Enrique Graue, director de la Facultad de Medicina de la UNAM.”

“Diedrich Graue  llegó a México como cónsul de Bélgica, hecho un tanto extraño ya que era alemán, procedente de Hamburgo. Él era comerciante y recordaba nuestra abuela (que fue su nieta) que era muy exigente en la atención que se le brindaba, particularmente en lo concerniente a los alimentos. Comía y cenaba de lo más formal y nunca permitía que se le repitieran las mismas viandas de una comida a  otra, sino que cada vez se le tenían que ofrecer platillos diferentes y variados. Con frecuencia había en casa vinos y productos de procedencia alemana. Era adinerado y seguramente gordo.”

“Ana Carlota —la adolescente que defendiera Celestine— era una mujer culta y desenvuelta para su época, nació el 6 de agosto de 1843, hablaba varios idiomas y viajó bastante, tal vez debido a quedar huérfana de madre en edad temprana. Su padre Glennie la envió a Inglaterra para que se educara y asistió a la Abadía de Westminster. De joven concurrió a los bailes de Maximiliano (llevados a cabo durante 1863 y 1867, tiempo que duró el imperio de Maximiliano) y muy probablemente ahí fue donde conoció a Diedrich Graue, cuando éste llegó como cónsul belga. Ana Carlota tuvo 10 hijos y 2 hijas. Una de las hijas fue Carlota Elizabeth, madre de mi abuela, la otra era una mujer con discapacidad intelectual, algo “retrasadita”, decía mi abuelita, llamada Tía Nenita. Entre las manías de esta tía, prueba de su “retraso mental” (¿autista quizás?), estaba que le gustaba guardar y atesorar retazos e hilos.” En este punto de la historia todos los varones presentes nos reímos incluido el abuelo y las niñas de la familia presumen sus talentos escolares: “Yo tengo 10 de promedio, ¿eh Mateo?” “Y yo soy la mejor de mi clase de gimnasia, eh?” Pero les digo que mejor escuchen porque esto es importante.

Para ese momento ya he logrado probar el Glenfiddich que Jimmy le ha regalado a mi abuelo, por lo cual a mi árbol genealógico ya puedo olerle la resina como a la de un pino de los Alpes Franceses y sólo pienso: “Qué cosa más curiosa,  hasta hace sólo seis años un descendiente de Bon Papá vestía con playeras de The Cure, U2 y Placebo.” Pero mi tía continúa con la historia: “La hija mayor de Ana Carlota fue Carlota Elizabeth, que nació en 1869, la cual casó con Julius Bacmeister-Poggenphol (1855 –1932), un hombre de carácter afable y de origen alemán, que llegó a México como contador de la casa Böker. Pertenecía a una familia numerosa, su madre -Luisa Poggenpohl- había tenido 7 hijos y según las leyes del Kaiser el séptimo podía merecer toda su educación a cargo del estado. No obstante su orgulloso padre -Lucas Bacmeister- no aceptó este beneficio. Cinco de sus hermanos fueron militares a excepción de él y su hermano Ludwig, que fue arquitecto o ingeniero, y con quien vino a asentarse a México.”

“Perteneció a una familia con un gran orgullo de sus orígenes, su árbol genealógico, reconstruido por los Bacmeister que permanecieron en Alemania, se remonta ¡a 1284!, siendo muchos de sus remotos integrantes abogados y reverendos protestantes. Fuera de Alemania, los Bacmeister se encuentran en Inglaterra y Estados Unidos, además de México. Julius Bacmeister tenía un defecto físico que le impidió seguir el camino de sus hermanos militares si hubiera querido (dicen que si quería) y esa limitante para ingresar al Ejército era que estaba ligeramente cojo. Esa cojera la adquirió debido a que en su juventud al patinar en un lago helado se le hundió el pie y quedó por mucho tiempo en el agua helada, hecho que produjo su cojera.”

“Carlota Elizabeth, decía mi abuela, era una mujer muy encerrada en su casa. Como fue prácticamente la única hija mujer ayudó mucho a su madre cuidando a sus hermanos, sobre todo porque su madre tenía muchos compromisos sociales y pese a que seguramente tenían servidumbre suficiente para apoyar en estas actividades. Creció en un ambiente de riqueza, con la presencia de una figura paternal autoritaria y tradicional, tomando responsabilidades que no le correspondían, pero siendo tal vez un tanto inútil en varios aspectos en los que su madre y padre se desenvolvían con soltura. A Carlota Elizabeth la llamaban Lilly. Tuvo ocho hijos. Las cuatro mujeres fueron Luisa, Ema, Elsa y Margarita (nuestra abuela: 14 enero 1897 - 18 mayo 1980), es decir, la tatarabuela mía: de Mateo Gargallo Castellanos el que cuenta este relato ¡¡para la pedantería remota!!). Ema murió a los 13 años de una lesión cardiaca, la cual adquirió siendo pequeña como consecuencia de haberse caído a un pozo, de donde afortunadamente pudo ser rescatada. Tenía un cabello largo muy hermoso que cortaron antes de enterrarla y dice mi abuela que en ocasión de exhumarla para el entierro de un familiar, el cabello le había vuelto a crecer, aunque ya no de su rubio color original, sino de un tono grisáceo-opaco.”

“Los cuatro hijos hombres fueron Lucas Heinrich, Julius Carlos, Wilhelm Walter Diedrich y Friedrich Georg. Este último murió de 2 años debido al parecer a haberse tragado un objeto que le impidió respirar bien, le hicieron traqueotomía pero no funcionó. Julius se dedicó a la música y trabajó en la estación de radio XLA; él se consideraba el más brillante intelectualmente hablando de la familia.”

 “Tenemos foto de Lilly de viejita (foto 4 generaciones: la tatarabuela, la bisabuela, mi abuela y mi mamá), tenía un aspecto totalmente Graue y con eso quiero decir que no era muy agraciada.” En ese momento todos vemos la foto escaneada que luce inolvidable, como nuestro tesoro de navidad.

A estas alturas la narración ya toca tiempos más cercanos, referentes a la unión de la abuela Margarita Bacmeister Graue, con el abuelo Manuel Ignacio Miranda Díaz.

 “El padre del abuelo Miranda, era abogado. No se sabe mucho de él o su familia, salvo su memorable muerte: en una ocasión, la última, al estarse rasurando en su casa de Tacubaya sucedió que una góndola se soltó y fue a incrustarse dentro de su casa, matándolo por unos vidrios del espejo en el que se veía al rasurarse, los cuáles se le incrustaron en el vientre.”

 “El abuelo Miranda le llevaba catorce  años a nuestra abuela, se conocieron en el trabajo que la abuela tenía de traductora en una revista geográfica similar al National Geographic que se llamaba El Mundo Ilustrado. Cuando se conocieron la abuela tendría entre 22 y 23 años  (se consideraba algo mayor a una mujer que a esa edad no se hubiera ya casado) y había perdido los valores más preciados para esas épocas: virginidad y juventud”.

“De cómo perdió su virginidad la abuela y sucedieron los hechos que la marcarían de por vida, es todo un enigma, aunque es algo que al parecer sucedió en sus 17 años. Una primera historia que me fue contada es que había sido por un joven cadete militar y que por andar con él, sin la tutela debida, quedó embarazada de un niño que al nacer le fue arrebatado y asignado a una empleada doméstica como si fuese suyo. La familia obligaba a la abuela recién parida a asistir a los bailes y compromisos sociales, cuando el bebé requería de su presencia simplemente para alimentarlo, de hecho iba “chorreando en leche”. El bebé murió y el cadete nunca regresó. Después resultó que esa historia no era válida y que la abuela fue violada, pero ¿por quién? ¿Por un familiar, como con más frecuencia sucede?, ¿quién sería? ¿un hermano? No creo, ¿primo, tío? A eso me inclino más, o tal vez fuera una amistad cercana consuetudinaria, el caso es que quedó embarazada y efectivamente el nene se perdió.”

“Sea como haya sido, en ese estado en el que quedó, habiendo perdido virginidad, con un embarazo ya en la historia de su cuerpo y siendo ya no una jovencita es que conoció al abuelo y la historia parcialmente se repitió, volvió a embarazarse, ahora de quien sería nuestra mamá, a sus 24 años. En algún momento pudo escapar con su bebita de su casa, donde la tenían poco menos que secuestrada o en estado de sitio por reincidente, e inició su vida con el abuelo a un lado, pero ausente. El nacimiento de otra hija, Elena, marca el establecimiento de este nuevo régimen de unión de larga duración, aunque sin casamiento, como lo atestiguan los subsecuentes alumbramientos de Nacho, Beatriz, Manuel, seguidos por los de Gabriela y Carolina, esta última a quien tuvo a  sus 47 años.

Del tiempo en que estuvo con su hija recién nacida en la casa paterna se tienen las anécdotas de que las hermanas no querían usar el mismo bacinal que ella porque quién sabe qué hubiese contraído de “el indio”, como le decían al abuelo, y como ésta seguramente otras humillaciones. En este tiempo tuvo una nutrida correspondencia con el abuelo, misma que rompió posteriormente cuando su estado de senectud avanzaba, incluso yo llegué a ver y medio leer algunas de ellas y cómo me arrepiento de no haber guardado algunas, ya que lo pude haber hecho.”

“Enfrentó las diversas adversidades que tuvo sin queja y buen ánimo, no tenía otra forma. Rompió con la familia: nada de contactos sociales con la sociedad germana o extranjera, renunció al propio idioma y a la religión presbiterana, pero no a partes de su educación germana, a la tradición doméstica y al orgullo aristocrático. Mantuvo casi sola a su familia, pues el abuelo prácticamente no contribuía más que con la transmisión de sus cromosomas. La manutención de su familia se hizo progresivamente más difícil conforme la prole crecía en tamaño y en número, con lo que se reducían las posibilidades de desarrollo de los mayores. Los trabajos que conseguía no eran muy bien remunerados, en parte por su falta de preparación y en parte por su estigma. Aunque tenía su carrera de educadora era en realidad imposible vivir de ella. Una persona que le ayudó a conseguir estos empleos fue Ludwig el marido de Luisa, su hermana. No obstante sus hermanas siempre fueron despreciativas hacia ella brindándole supuestamente ayuda con donaciones de objetos inservibles por desgastados y caducos y “cantando” siempre los apoyos que le hacían. Entre sus hermanos el que le brindó más comprensión y compañía fue Willy.”

“Al final del camino logró lo que quería: tener y llevar a buen término a sus hijos, que tuvieran una educación elemental y “casarlos bien”, sobre todo las mujeres, el que por poco se le escapa fue Manuel. Como es de esperar en familias con padre de personalidad dominante pero ausente, los varones fueron de más difícil crianza.”

“Y aquí estamos nosotros —dice mi tía— en Navidad del 2010, los hijos y nietos de sus hijos rememorando un poco de dónde venimos, admirando a nuestros maravillosos antepasados, cada uno con una historia a cual más interesante y admirándonos también de cómo pese a tener los mismos padres (o madre en específico en su caso), pueden los hijos salir con tan diversas inclinaciones, gustos y preferencias”.

Esta conversación duró hasta las dos de la madrugada. Por supuesto mis otras tías y mi madre también comentaban todo lo genealógico, Jimmy y yo bebíamos  Glenfiddich; los  chamacos, después del relajo que causaban,  fueron llevados a acostar y se volvió a comentar en la mesa temas de actualidad como la política, los libros o  la ciencia. Corrieron los vinos y las botanas de jamón serrano con queso chihuahua, el lomo y la ensalada con crema de nuez; el otro whisky Glenffidich  que sabía maravilloso y qué decir que también por parte de mi abuelo materno sé  de  grandes historias,  una en particular, en que en su juventud él y su pandilla de la preparatoria de San Ildefonso conocieron  a Diego Rivera en oscuras circunstancias de grillas políticas y una anécdota comunista entre todos ellos  la conjugué con los jóvenes personajes de los años noventa de una novela que ganaría el Premio Nacional “Salvador Gallardo Dávalos” de Narrativa Joven  y en verdad, la nochebuena  iba estupendamente hasta que mi abuelo preguntó desde el sillón:

—Oye Mateo  y a ver ¿cómo  va  el trabajo, a ver?

Y Yo le contesté: —mira, la verdad soy podador de árboles genealógicos.

—¿Podador de árboles genealógicos? ¿Y Cómo es eso?

Y dije: —Si sigues chingando vas a ver mi oficio: voy a meter todas esas medicinas que te mantienen con vida al horno de micro hondas y después las voy a rociar con el whisky que te trajo Jimmy y ya verás como sí soy podador de árboles genealógicos.

Entonces la Navidad del 2010 estalló… creo que hasta el niño dios del nacimiento se puso de espaldas y prefirió pasar sin ver… todo mundo a la mañana siguiente festejó sus regalos y yo, por querer pasar por el hombre fuerte de la casa ni me dieron nada por no respetar tan sagrada dinastía… así que salí temprano a buscar a mis amigos para tomar unos vinos y hablar de esa locura favorable para los versos que tenía el fulano de tal llamado Charles Baudelaire… total –me dije– ese güey sólo escribía versitos y nunca escaló un volcán para medirlo, pero al pensarlo, rectifiqué: “¿Entonces, si no es por él, por quién chingados voy a brindar con mis amigos?”

 

Al respecto de sus actividades, como bien señalan[2]  algunas fuentes, hubo varios ejemplos de mineros británicos asociados con empresarios mexicanos que tuvieron injerencia en la minería. Tal es el caso de William y Frederick Glennie, quienes llegaron a México contratados por la United Mexican para trabajar en Guanajuato; su integración fue casi inmediata conforme ampliaron sus intereses mineros y los relativos a las actividades científicas y recreativas de reconocimiento del territorio al escalar el Popocatépetl en 1827. Aún cuando la compañía fue perdiendo vigor, se establecieron en México vinculados activamente a la minería. Sus ligas con Inglaterra fueron de utilidad a ambas partes, ya que su conocimiento del país y los mexicanos era una ventaja para el gobierno británico, que nombró a Frederick como Cónsul General en 1853[3].

Esto aparece en el libro de Ward (pág. 9), donde los señalan como hombres de ciencia: “Aludo en particular a... y al Sr. Glennie, uno de los comisionados de la United Mexican Asociation, quien ha trabajado infatigablemente en sus investigaciones…. El señor Glennie posee una serie de observaciones, hechas por él mismo, que comprenden desde Oaxaca hasta Chihuahua y Guaymas”.

 

 

 

 

 



[1] Alma Parra, “La conquista del cráter, el diario de viaje de dos mineros británicos al Popocatépetl” Rev.Historias, INAH, n. 69, p. 133-141, 2008. Artículo en línea en: http://www.estudioshistoricos.inah.gob.mx/revistaHistorias/articulos/historias_69_133-142.pdf

[2] Alma Parra y Paolo Riguzzi, “Capitales, compañías y manías británicas en las minas mexicanas, 1824-1914” de. Rev. Historias, INAH, n. 71, p. 35-60, 2008. Artículo en línea en: (http://www.estudioshistoricos.inah.gob.mx/revistaHistorias/articulos/historias_71_35-60.pdf)

[3] The Annual Register, Londres, Wood fall & Kinder, 1854, p. 292.

martes, 26 de julio de 2022

OBSERVACIONES POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

1

El suicidio de Luis González de Alba es un golpe a la inteligencia mexicana. Recuerdo que sólo una vez lo conocí, una vez que fui a México en 1992 y mi padre me lo presentó en un bar que Luis había inaugurado a mitad de insurgentes. Estaba toda la generación del 68 esa ocasión (los vivos entonces). Nunca leí Los días y los años, publicado por ediciones Era, su libro clásico sobre el 68, pero siempre sentí respeto a su persona (ni siquiera me burlé nunca de su condición de homosexual), entiendo que éste factor lo tenía de bajada mentalmente. Mucha gente me decía que había perdido respeto POR SUS OPINIONES, y otros me dicen que les gustaba, en fin, que descanse en paz, y que en este país haya respeto a los homosexuales y muy por otro lado, que haya respeto a los escritores y a los periodistas, que desgraciadamente, mueren asesinados por todos lados.

2

Cuando Peña Nieto deje la presidencia de México, de refilón y para orgullo de todos los mexicanos, seguramente va a dar clases de literatura comparada en Oxford, enseñará a los jóvenes ingleses como crear novelas de largo aliento, donde la temática principal sea la política, por supuesto, toda la política y los conflictos fuertes que sólo fueron avizorados por ese tal Shaskespeare, Peña Nieto los volverá luz tremenda sobre los alumnos. Les enseñará, por ejemplo, qué se debe de hacer en un país cuando los maestros protesten, qué hacer cuando uno es sorprendido por periodistas con una multimillonaria Casa Blanca y se genera un escándalo terrible contra la figura Presidencial, también, cómo negociar con los susodichos padres de los 43 jóvenes desaparecidos en Ayotzinapa, que tanto andan moleste y moleste al gobierno, también, qué hacer en caso de que Donald Trump visite Inglaterra, ya que en México salimos airosos de esa terrible experiencia, en fin, si en Oxford saben de Literatura Comparada, entenderán de qué es lo que les trata este mensaje…

3

Después de leer varios libros de literatura mexicana reciente, me doy cuenta de algo muy simple: el exceso de creencia en la fatalidad, es decir: somos miserables, ignorantes, rateros, estúpidos, merecemos todos los infiernos y bla bla bla… Lo que sucede, creo, es que para los autores mexicanos también es muy difícil hacer un ejercicio de purificación personal y hacer el difícil desprendimiento, el desprendimiento de lo otro-obsceno de la realidad y crear obras que apuntaran hacia otras visiones. No necesito decir que sigue siendo muy rescatable la gente y nuestro País en su conjunto. No creo en escapismos ni en best-sellers tradicionales (ni tampoco, en La Invención de Morel parte II, o parte III), pero los autores jóvenes treintañeros deberían empezar a pensar, que es probable que ya haya pasado el juicio final.

4

Ahora que hace pocos días fue noticia la muerte del maestro Hugo Gutiérrez Vega, recuerdo claramente el año 2000, cuando en la Escuela de Escritores de la SOGEM él era uno de nuestros maestros más respetados, pero, al mismo tiempo que yo escuchaba su sobrada sabiduría, no sabía de modo real a quién tenía enfrente. Recuerdo que daba la clase de Poesía II, pero disertaba y discurría con elegancia de la poesía inglesa de los años 40’s, 50’s y 60’s (él fue diplomático en Inglaterra) y lo mismo nos contaba de su infancia y nos decía que de niño había conocido a Rafael Alberti, fue agradable escucharlo decir: “¿Así que usted es poeta señor Alberti?” y que Alberti que le contestó: “Sí joven, pero le prometo que no lo vuelvo a hacer.” También discurría y se extendía sobre la poesía de Chipre de mediados de siglo XX, sus incursiones en el teatro, así como de su amistad con Julieta Egurrola, ¡Cómo nos divertíamos y prácticamente nos arrullábamos con su palabra! Después, en el año 2006 volví a verlo en Aguascalientes, en la ceremonia de entrega del Premio de Poesía Aguascalientes a Dana Gelinas por su obra Dylan y las ballenas, ya que él fue uno de los jurados. Recuerdo haberme sentado al lado de José Vicente Anaya y de Eduardo Langagne, ahí también estaba José Ángel Leyva y Dana leyó un poema dedicado a los calzones de un futbolista de moda en el céntrico Teatro Morelos. Carcajada general. Pero el maestro nunca me olvidó: muchas veces, cuando en silencio me encontraba estudiando filosofía virtual, yo sabía que Hugo estaba conmigo, y me hacía señas de aprobación de mis esfuerzos filosóficos. Adiós Hugo, toda la SOGEM, todo un Fernando del Paso, como dijo hoy La Jornada, toda la vida cultural mexicana, el mismo periódico, te recordamos ahora como un verdadero grande, un fulgurante, y del mero Jalisco.

5

Cuando fuimos compañeros de trabajo, Lucía y yo fuimos muy unidos. Desde el tiempo de la capacitación para el conteo de Población 2005, que se llevó a cabo en noviembre, Lucía me había despertado cierta simpatía, pero no fue sino hasta los momentos de las horas extra con los cuestionarios, cuando realmente nos conocimos. Lo cual fue curioso ya que el trabajo lo llevábamos a cabo en una escuela primaria dentro de un salón desocupado que utilizamos como oficina; pero el personal del INEGI es bien recibido en casi cualquier lado, gracias a la gigantesca difusión que se le tiene qué dar a todo el proceso del levantamiento. Lucía y yo nos pasábamos las ocho horas del trabajo en ese salón de clases; a veces llegaban los entrevistadores a dejarnos su tambache de cuestionarios o se quedaban por un momento a rellenar sus propios formularios, pero en general se podía decir que el salón de la primaria era nuestra oficina exclusiva incluso cuando ya se iban los niños de la primaria a sus casas. Lucía y yo nos encontramos empatía: nos gustaban las mismas canciones, los mismos cantantes y a ella le interesó mi libro de poemas, así que se lo regalé. Conforme nos tuvimos más confianza, empezamos a llevar cosas al viejo salón para no morirnos de frío: algunas rebanadas de pastel, una cafetera eléctrica, y empecé a ver que ella me dejaba recados, como por ejemplo el siguiente: “¿Cómo te levantaste hoy Marcos? Espero que no llegues tarde… besos… te quiere: Lucía”. De que el trabajo era pesado seguro que lo era; había momentos en que entrábamos en momentos estresantes, dolores de cabeza, frío, etcétera. Supongo que por eso quieren al personal del INEGI: porque nos obligan a ser workahólicos. Un día Lucía dejó su escritorio y se sentó en mis piernas cuando ya nuestro coqueteo era evidente, pero concluyó que yo era uno de esos que, sólo dijo: “ya conozco a los de tu clase”. Eso me aguijoneó el ego, supongo que ella creía que yo era un pobre diablo, pero no dejé que la cosa pasara ahí y ahí muriera. Un día, cuando el stress estaba en su cenit, le dije: “vamos a desestresarnos a mi casa”. Acto seguido hicimos el acto y de ahí en adelante el stress se nos fue bajando poco a poco. Lástima que nuestro superior, echó a perder todos los formularios así que, puestos en, o más bien, montando caballos de hacienda, tuvimos que empacharnos con varios días extra. Así que a la hora de la comida, que era cuando nos íbamos a, aparte de comer, a desestresarnos, el último día le dije: “lástima que no volveremos a estar estresados, el asunto comienza a estresarme”.

6

A ti te nombro Ernesto Sábato. Ya que cuando volví a esta tierra desértica no había, en mi edad de Cristo, a nada a que aferrarse y entonces te busqué a tí, y releeí La resistencia y una bellísima edición de Sobre héroes y tumbas. Libros que no dan tregua los tuyos, libros que inician ciudades y provocan hecatombes personales. Y no sé por qué pero tú me escuchaste, tú comenzaste a prestarme atención, mientras los y las jóvenes de mi edad pasaban por mi casa pregonando que sí, que eran presumiblemente pudientes y ricos, pero que ya los dados estaban cargados y yo no tenía oportunidad y menos con el jodido vecino que me había tocado. Fue entonces que comprendí que tenía que serte fiel a como diera lugar. No me resigné, no me acostumbré a vivir, pedí una beca estatal para redactar una novela corta y tuve suerte ya que conseguí el favor de los jurados. Era diciembre de 2008 y tendría todo el año siguiente para trabajar en ese proyecto. Trabajé intensamente en esa novela, amor, desamor, mitomanía autobiográfica: una novela que funcionaba porque exageraba la gloria de ser joven y estar en la aventura del amor y los inicios de la vida intelectual. Y tú estabas ahí conmigo Ernesto Sabato, tú, cuando yo regresaba de un viaje a la playa al que nunca hubiera podido ir si no fuera por la beca, me recomendaste leer a Marx, y mi padre discutía contigo en mi conciencia y la mujer de la playa volvió a hacerme ver mi suerte, como la de la historia de la novela. Una suerte de bagaje cultural increíble en mi ser, pero no había oportunidades, no había trabajo, no había más que Ernesto Sábato y su mundo que estaba por terminar. Fue entonces que me cambié de casa, y en el imponente librero donde irían tus obras, cuando comencé a instalarme, poco a poco los libros volvieron a sus estantes, y tú volteaste a verme, y quise hacerte fuerte, yo sabía que estabas muriendo, quise retenerte, pero ya no aguantaste ubicarme en otro sitio y al momento de colocar tu obra yo vi primero como tu rostro se empequeñecía hasta parecer una pincelada de óleo y te fuiste y así supe que habías muerto, tal como al día siguiente La jornada me lo constató y supe de que la primavera entera estaba contigo, falleciste rodeado de pájaros y flores. Pájaros de todo el continente que iban a verte y darte ánimos. ¿no es obvio que los jóvenes de toda América Latina te querían?

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LA TELEVISIÓN ES EL MAYOR DE LOS PODERES FÁCTICOS PORQUE CONTROLA TODO LO QUE HAY, CUANDO NO HAY TELEVISIÓN...

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CADA VEZ QUE EL DIABLO LOS QUIERA CHINGAR Y QUE SE PONGA A ALEGAR, USTEDES SOLAMENTE LE DEBEN RESPONDER: "¡PUES PORQUE ASÍ ERES TÚ!"

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La gente inteligente empieza comprando libros. La gente inteligente lee los libros que compra, al principio de su trayecto de lectura, la gente inteligente se siente de hecho ultra inteligente, y de hecho así es. Pero también pasan los años sobre la gente inteligente, la gente inteligente empieza a sentirse rara, y lo que pasa es que en realidad demasiada inteligencia es peligrosa, es inquietante, no cabe en ningún lado. Luego, poco a poco, la gente inteligente deja de comprar tantos libros, es entonces que la gente inteligente siente que por culpa de tanta inteligencia, puede ser que haya perdido amores, que quizá en un arrebato le dijo imbécil al jefe o superior de la empresa, de la oficina, cualquier cosa, cualquier acto o conducta que salió y costó carísimo. Es entonces cuando la gente inteligente siente que le debe al mundo su cuota de estupidez, nada pasa, pero la gente inteligente empieza a ver más televisión, empieza a olvidarse de los libros… esos libros, carajo, ¡Esas malditas historias! ¡Esos malditos autores que pusieron las bases de la civilización! Entonces, la gente inteligente se empieza a confundirse con la gente común y corriente… hasta que un buen día, esa gente, que fue tan inteligente comienza a preguntarse de dónde salió esa panza, de dónde salió toda esa basura mental que antes no creía, y envejece, toda la jodida gente común y corriente… ¿Qué que pasó? ¡Fernando del Paso se ganó el premio Cervantes, el máximo galardón a las letras en nuestra lengua! No tiene importancia, dice la gente común y corriente…

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El otro día tuve un diálogo con un hijo de un vecino que no veía hace mucho tiempo y me dijo: “Hola, yo también estoy muy feliz de que Peter Higgs le hayan dado el premio Nobel de Física 2013 por haber elaborado en los años sesenta la teoría de lo que actualmente se conoce popularmente como “la partícula de Dios”, es decir, el Bossón de Higgs, supe además que alrededor de demostrar esta teoría trabajaron físicos de más de 10 países y me imagino que con esto, tú que estudias filosofía, le darás eminentemente la razón al realismo científico y no al idealismo que dice que los leptones o los quarqs son simplemente ficciones convenientes con las cuales trabajan los científicos ¿verdad? Sí, porque, sino, ¿de qué otra forma se explica el gasto millonario de haber construido el acelerador de partículas en la frontera entre Suiza y Francia? Bueno, te dejo, debes sentirte triste de que ya haya muerto Higgs, voy a comprar una Coca-cola, las tortillas, las donas bimbo y unos chicles clorets para lograr sonrisas fuertes”. Después de escuchar aquello, yo sólo pedí unos chicles para demostrar mis sonrisas fuertes: es una pena la muerte de Peter.

 

domingo, 24 de julio de 2022

GRINGO VIEJO POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Ante el escritor Ambrose Bierce se abre el desierto, únicamente desierto atrás o adelante, se acerca una tormenta de polvo enorme en el desierto de Chihuahua, hombre entrado en años, viejo y él solo tiene qué enfrentar a la tormenta sin mayor arma que su caballo y una cantimplora casi vacía del vital líquido, entonces, agacha la cabeza, de pronto, la levanta de nuevo, toma el pomo del caballo y se dice: “Mi destino es mío”. Estamos en la mitad de la novela Gringo viejo de Carlos Fuentes, (Seix barral, biblioteca breve 1985 y 2000). El genio Bierce había profetizado con todo lo posible de profetizar (vgr: “ÉXITO, s. Especie particular de decepción”.), en su célebre Diccionario del Diablo, inclusive sobre el hecho de su misma muerte, que le parecía algo que debía ocurrir en México, según las cartas que dejó a sus amigos en 1913 antes de perderse definitivamente en el México revolucionario, por poner un ejemplo, para él caerse de una escalera y romperse la nuca, era algo “indigno” como forma de morir. “Ah —escribió en su última carta—, ser un gringo en México; eso es eutanasia.” La novela de Fuentes funciona y se defiende sola porque, como nadie sabe en realidad que fue de Bierce, se abre una parcela de ficción gigante y la especulación sobre su destino hace la suerte de homenaje póstumo y con el debido respeto a la genial figura, cual debe de ser. A pesar de que Carlos Fuentes es novelista del México urbano y moderno, su evocación revolucionaria triunfa por los dos personajes pivotes, Tomás Arroyo (el guerrero revolucionario, macho, misógino e iletrado pero lleno de odio y alcohol, una suerte de Pancho Villa camuflado, ya que en la actualidad se sabe que Villa leía desde muy joven, incluso que el primer libro que leyó fue Los tres mosqueteros) y la amante supuesta de Ambrose Bierce, Harriet, (la norteamericana que desea redimir a los niños mexicanos enseñándoles inglés en una escuela). A mi parecer es una novela excelente. Finalmente el drama al que se ven enfrentados los personajes lo puede ver desde hace ya mucho tiempo, desde 1987, creo, cualquiera que compre o rente la película del mismo nombre.


 

 

RECUERDO DE SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS. POR MARCOS GARCÍA CABALLERO...


En San Cristóbal de Las Casas, una ocasión que visité el año pasado (2014), tuve varias impresiones sobre el lugar que no quiero que pasen desapercibidas. En primer lugar lo que resalta es una constante mexicana: la mayoría de la población oriunda, sumida en una desesperada miseria que convive junto al turismo (algunas veces revolucionario) europeo y el nacional, con unos rasgos demasiado marcados de catolicismo combinado con el pasado indígena muy propio de la región. En serio: no tengo fotos de sus rostros porque en el mercado de San Cristóbal creen todavía que una fotografía les roba el alma. Tengo ya un texto sobre Chiapas y mi visita a las comunidades zapatistas aquí (Véase: “Los Griegos Valientes de Chiapas”) además de que salió publicado en un librito que se distribuyó en la Delegación Venustiano Carranza. Sin embargo, pienso yo, además de que ya ha pasado tiempo de ese texto (2002) la situación en Chiapas me parece que ha cambiado y para bien. Por ejemplo, ahora existe en San Cristóbal el primer hospital de Latinoamérica al cual pueden acceder los indígenas por ejemplo, pongamos por caso, un nacimiento, un parto. En este caso, así como en la cura de enfermedades de la región, la madre tiene la opción de parir asistida como sería la forma moderna en un hospital de La Ciudad de México, u optar por la manera de la tradición indígena. Del mismo modo, un viejo puede preferir que un brujo le cure una enfermedad respiratoria a consultar a un médico con cédula profesional. Éste solo hecho es un logro importantísimo pues respeta la tradición de los tojolabales o los tzeltales o cualquier otro grupo étnico de los de Chiapas. Y debemos de decir que éste tipo de avances se deben en parte, a la resistencia del EZLN, que mediante la presión al gobierno estatal y, con el mundo observándolos, ha logrado este tipo de avances.

En San Juan Chamula, una pequeña población cercana a San Cristóbal existe un fervor religioso muy singular: Observamos la iglesia, el guía nos hace indicaciones sobre las gorras, las cámaras, etc. Dentro de la iglesia observo unos retratos de Santos canonizados a los cuales nadie les reza. Lo que ocurre, nos explica el guía, es que hacia finales del siglo XIX, un rayo cayó en donde era originalmente la iglesia, y los indígenas, a pesar de que ya ha pasado más de un siglo, tienen a esos Santos “castigados”, y la razón es que no los protegieron del evento del rayo. San Martín es uno de los que recuerdo como Santos “castigados”. Por otra parte en las calles de San Cristóbal, deambula tristemente la miseria: recuerdo haberme sentado en un café y entre el paso de la gente, turistas, vendedores de artesanías, etc. Pasó un muchacho con una facha terrible y me dijo extendiendo la mano: “ayúdame… me estoy muriendo… ayúdame.” Le pedí al mesero que le diera un vaso de agua y le di 20 pesos, no creo haber podido hacer mucho por él, pero qué desgracia. Los restaurantes en la noche estaban a reventar, mientras querías dar cada bocado a la pizza italiana casera, ya te habían ofrecido como seis veces collares y postales, tejidos, vestidos, sombreros, etc. San Cristóbal tiene un aire a peligro y misterio. Cuenta Elena Poniatowska en su premiada novela Leonora, que Leonora Carrintong visitó San Cristóbal en los sesentas y que estuvo en el Cañón del Sumidero, por cierto, hablando de Cañones, Ezra Pound el enorme poeta, decía que la Poesía es, empleando la metáfora, lo que ocurre cuando desde la altura del Gran Cañón dejamos caer una pluma de ganso y la explosión que ocurre cuando llega hasta abajo: eso es la Poesía según Pound, pero no se equivoquen, actualmente se sabe perfectamente que El Sumidero es bastante más profundo que el gran cañón, el sumidero es de ¡un kilómetro! Y además es más largo. Oscurece temprano en San Cristóbal, como a las 6 y media ya está oscuro. Y otro día el guía de turistas nos llevó a Los Lagos de Montebello, que desgraciadamente, ya están saturados de anuncios de la cerveza Corona, me lleva la chingada, y otra vez la constante que no parece tener fin: la maldita miseria. Y pa colmo, los laguitos de Montebello sí están muy hermosos, pero ahí no se puede acampar ni nadar, ¿me creerían si les dijera que decía a cada rato: “¿Subcomanche Galeano, dónde andas?”  Como no lo encontré pongo aquí abajo la nueva cultura Ibérica en Chiapas:

 


 

Arriba éstas bellezas del País Vasco son el nuevo turismo revolucionario... yo ya pasé por ahí.

 

 


Ésto de arriba es a lo único que se le puede tomar fotos en el mercado de San Cristóbal, por cierto, el Aguardiente de Chiapas, el "Posh" sabor a canela es una delicia, trajimos una botellita por avión. Y claro, ¡QUE VIVA CHIAPAS!

 

  

sábado, 23 de julio de 2022

“Una Historia no se acaba hasta que ha tomado su peor camino”: Friedrich Dürrenmatt. Por Marcos García Caballero

 

Una luz cenital ilumina el Proscenio y este hombre nacido en Zuiza en 1921 cerca de Berna, con cara de incredulidad, divaga sobre el destino del hombre en la Tierra en la Europa de la posguerra:



“Suiza tiene algo grotesco en su carácter -declaró alguna vez-; sus intentos de constante neutralidad se parecen a los de una virgen ganándose la vida en un burdel que pretende, además, permanecer casta.”

            Friedrich Dürrenmatt, antes de cualquier decisión, fue un todólogo: hizo estudios sobre filosofía, fue dramaturgo tremendamente notable, escritor de novelas policíacas principalmente y artista plástico. Dentro de sus piezas dramáticas cabe destacar: Los físicos (1962) obra que presenta a un científico genial que se oculta, fingiéndose loco, en un manicomio a fin de proteger al mundo de las consecuencias de sus descubrimientos. Otros dos físicos, agentes de sistemas políticos opuestos que debían secuestrarlo, deciden renunciar fingiéndose locos, a las consecuencias de la investigación. Pero la directora del manicomio se ha apropiado de los resultados de las investigaciones y los ha vendido al mejor postor.

Dentro de sus novelas, destaca la comedia en prosa Griego busca griega, escrita en 1955. En Griego busca griega se cuenta la historia que sucede cuando el protagonista Arnolph Arquíloco —un tipo gris, santurrón, que ni fuma ni bebe, vegetariano, que no tiene relaciones sexuales ni las ha tenido a sus 45 años y pertenece a la secta de los Neo presbiterianos primitivos de los últimos cristianos— decide buscar pareja. Arnolph Arquíloco es un sub contable insignificante en medio de miles como él dentro de la Compañía Petit Päyssan de cañones atómicos.  Ha elaborado su propia ordenación moral del mundo en la cual el primero es el Presidente del gobierno, luego el obispo, luego Petit Päyssan… el octavo es su hermano Bibi que siempre le pide dinero y se burla de él con su esposa. El pobre de Arquíloco es una completa desgracia. Para colmo vive en una buhardilla donde están colgados los retratos de los primeros en su ordenación moral del mundo y las letrinas son cada vez más pestilentes. La filosofía de Arquíloco es un estoicismo que aguanta todo sin saber bien a bien por qué. Pero a madame Bieler (la dueña del local donde desayuna leche y agua mineral), la ha persuadido de que cuelgue los retratos de los ocho integrantes en su ordenación moral del mundo y es ella misma la que a su vez lo persuade de que se busque una esposa con un anuncio en periódico. Chloé es la chica sensual que responde al parco anuncio “griego busca griega” y para su sorpresa, resulta ser tremendamente encantadora, un ser “puro de gracia y de belleza”. En el momento del encuentro, Arquíloco se siente a merced de la belleza de Chloé y, a partir de ese momento, su vida dará un giro radical: repentinamente es ascendido directamente por Petit Päyssan a director de la sección cañones atómicos, es nombrado consejero eclesiástico mundial, recibe por regalo de bodas con Chloé una magnífica mansión y, poco a poco, sin darse cuenta, se convertirá él mismo en un pilar ejemplar de la sociedad suiza…

 

 

SOBRE LA PLÁSTICA TAMAULIPECA. POR MARCOS GARCÍA CABALLERO..

Casi cualquier ciudad importante del centro del país (Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, Guadalajara, Querétaro o Morelia) están relativamente  a la misma distancia de Ciudad Victoria que del Distrito Federal (consulte usted su Guía Roji o su Altas o la aplicación Google Maps para entender la evidencia de la palabra “relativamente”). Además, el hecho irrecusable es que donde los pintores y todos los demás artistas tienen qué probarse a sí mismos de una u otra forma, es presentando sus trabajos primero en la ciudad de México y luego, si su suerte no los defrauda, vendrán los festivales o las exposiciones en E. U. y Europa y esta suerte de peregrinación o talento peregrino (dicho sea sin detrimento de nadie), se debe inequívocamente al centralismo de este país, que hace que el trabajo artístico también tenga su Meca, o su mini Meca, más bien, en el sentido de las oportunidades de desarrollo personal y profesional, pero la realidad  es que la Ciudad de México es una megalópolis en términos de explosión demográfica, cuestión ésta que no atañe sino a nuestro atraso histórico en aspectos democráticos, económicos y educativos. Por tal motivo, los habitantes de dichas ciudades tienen mayor oportunidad de ver la creación tamaulipeca en la exposición “Plástica tamaulipeca contemporánea” que durará hasta el 10 de septiembre de 2003 en el Centro Médico siglo XXI de la ciudad de México, que, por ejemplo, visitando Ciudad Victoria o Tampico. Tampico tiene fama de ser ciudad fea y hay cierta verdad en eso, “huele a petróleo” como dice Taibo II en su noveleta De paso; el Distrito Federal tiene la fama de ser la peor de las ciudades mexicanas y también hay  verdad en esa afirmación, “el pinche monstruo no se deja narrar” (para seguir parafraseando a Taibo), pero como también hay verdad en decir que es la ciudad que más expresiones artísticas abreva,  éste texto puede leerse como una invitación no para mostrar la histeria o  demencia de esta ciudad, sino para mostrar que la realidad artística del país, debe ser el leitmotiv de visitar, recorrer y aprovechar lo que la ciudad de México puede ofrecer si se le analiza con simpatía. Tarea difícil si las hay, pero como el arte también implica dificultad, también hay que analizarlo con simpatía para demostrar que la simpatía viene siendo la mejor de las ciudades posibles y por supuesto, el mejor derrotero de la creación. Así puede leerse el poema de Sergio Mondragón titulado “Color y forma de lo que dura” dedicado al pintor José Reyes Meza, con el que se inicia la exposición de artistas tamaulipecos en el Centro Médico siglo XXI:

 

            “En los altares de muertos de tus pinturas,

            en tus pinceles embadurnados

            canta todo lo que somos, todo

            lo que quisiéramos ser;

            grita todo lo que estas tierras tienen vivo

            bajo sus mataduras, todo lo que ha encontrado refugio

            en tus colores, en la paleta de diablo que pulsas

            como un Stradivarius.”

 

En este fragmento, comparar al pintor con un creador diabólico con  Stradivarius es lo novedoso del poema, si partimos de que lo auténticamente novedoso, lo más inesperado, es lo mismo que se ha manifestado desde sus orígenes. Mondragón, (el legendario creador de la revista El Corno Emplumado en los años 60’s) compara la pintura bucólica de José Reyes Meza con el carácter campirano de los antiguos juglares y trovadores que recorrían los pueblos despertando la fascinación del público, cosa que siempre ha sido, una de las manifestaciones del diablo para entrometerse en los asuntos humanos.  Roguemos entonces, porque los cuadros de  Reyes Meza no salgan del recinto e inicien actividades satánicas. Parar el tráfico en avenida Cuauhtémoc, por ejemplo, o algo todavía más atroz.

            Del resto de los expositores, cabe destacar la obra de Aníbal Hernández, en especial el cuadro “El azar pasea por el bosque”; título que por sí solo ya es una hermosa declaración estética,  pero los que enseñorean  la exposición, a mi parecer, son los artistas Pedro Banda y Gloria Tijerina, ambos con propuestas novedosas en el sentido de lo original, del origen, de lo novedoso y sorprendente que resulta constatar que el mundo sigue con su parcela de orden y desorden. Sobre la obra de Pedro Banda escribe Berta Taracena:

 

“…el color ha cobrado poder en el lenguaje de Banda. La fuerza de los acordes cromáticos, la gran maestría con que armonizan… han ido haciendo de Banda un pintor auténtico… genuino representante del expresionismo.”

 

Si en su ensayo (muy lúcido, que duda cabe) Los hijos del limo, Octavio Paz declaró que las vanguardias artísticas habían muerto, dicha afirmación propicia la polémica en vez de clausurarla, ya que a pesar de tan anunciada muerte, podemos afirmar que la obra narrativa de, por  ejemplo, Carlos Fuentes, representa la vanguardia sin proponérselo, ya que las vanguardias significan ante todo radicalidad de significados, no el hecho de tener etiqueta de nombradía,  así que es probable que ya se estén generando movimientos de vanguardia muy importantes actualmente: en Fuentes, desde La región más transparente, Las buenas conciencias, Gringo viejo (ésta última,  Diana o la cazadora solitaria y  La silla del águila son sus mejores obras, para mi gusto) contienen esa radicalidad significativa en el sentido de lo original, de la palabra que origina; obras que hablan de una poética inmensa que versa sobre los temas centrales de la literatura: el amor pasional, la soledad, la ambición de poder (donde entra la novela histórica) y la muerte.

            Este sentido de la originalidad acompaña la obra de Pedro Banda y Gloria Tijerina; en el primero, por ejemplo el hermoso cuadro “El alfarero de Tula Tamaulipas”, de forma expresionista, de manera que el expresionismo tuvo como razón de existir a principios del XX — y es lo que Pedro Banda reivindica—, el hecho de brotar de una irracionalidad psicológica y metafísica que podemos denominar simplemente como energía  y exaltación (un vir, en griego, de donde proviene la palabra virtud: la fuerza y la excelencia), y la virtud es para verla más tiempo del que amerita, precisamente porque nunca está de más: colores zumbones, objetos representados más por el color que por el espacio físico del cuadro, esta pintura retoma la “alegría sensible” de la que hablaban los primeros pintores expresionistas. Pedro Banda nos transmite ese “espacio sensible” en sus cuadros, en los que los temas hablan de la sorpresa de la cotidianidad y las costumbres, y si bien  representan actividades sencillas, de cualquier manera sería un error calificar su obra como “provinciana” y no sólo por el númen despectivo  de la palabra, sino porque su veta expresionista captura el interés, (es decir lo que hay entre dos) en este caso, pintor y modelo o tema, de manera que no hay sublimación como dice la psicología  de cajón, sino una dignidad desafiante, precisamente porque nos introduce en el espacio afectivo del cuadro. Si el futurismo pregonaba que “habrá más en el futuro”, el expresionismo sostiene “hay más en el presente”; en el aquí y el ahora “hay esto y hay que asumirlo”, de ahí la estética desafiante de la pintura expresionista.

 En el caso de Gloria Tijerina, de su serie “De noches creativas”, destacan las figuras Tótem No. 005 (cerámica, madera y cuerdas de algodón, 1997) y Tótem No. 003 (del mismo año). La utilización de los tótems  proviene de las antiguas culturas de América  en la región  del norte de México y sur de Estados Unidos (aunque no sólo de América: Freud en su espléndido ensayo Tótem y tabú sostiene su origen australiano, pero me parece que es debido a que los titanes del pensamiento austriaco de la época —1913— gracias a su bendito etnocentrismo, no volteaban mucho los ojos hacia lo que ocurría en sitios fuera de su interés, o fuera de sus dominios, mejor dicho).  Dicho culto,  cuya palabra completa para designarlo es ototeman, proviene de la combinación de dos cultos: el animismo —es el poder del alma de los muertos— y el culto a los animales. El culto totémico de América, al igual que a su modo lo hicieron las viejas culturas africanas, pretendía superar el conflicto de los hijos e  hijas al iniciarse en la participación de la comunidad, para resolver el conflicto de identificarse totalmente con lo que representa el reino del padre (el trabajo y la toma de decisiones sobre los problemas de la comunidad, principalmente) o la identificación con el reino de la madre (la crianza y la educación de los hijos y las actividades domésticas), dicho conflicto es universal y trasciende la historia de las culturas particulares, ya que tarde o temprano, los hijos deben enfrentarlo. De el deseo de salir airoso de este conflicto, el análisis freudiano determina que el hijo o hija, desea (Freud siempre insistirá en esta palabra), comerse al animal muerto o al familiar muerto para tomar fuerza en su lucha por crecer. De éste enfrentamiento podríamos deducir una condición trágica de la existencia de carácter inmanente, concerniente a las pasiones de la razón y las de la irracionalidad (¿Se acuerdan del ensayo Diálogo entre filosofía y poesía?). Luego se retorna a lo cotidiano, pero armado de una fuerza conciente que ha descubierto el sustrato y lo que detenta la cotidianidad; fuerza basada en la memoria del peligro de la ambigüedad contra la cual se luchó y sin duda, ahí es donde se forja y donde reincide el carácter personal, cuando el carácter, como decía Nietzsche, es una experiencia que vuelve. Pero para éste tema, mejor volvamos hasta los griegos, que como ya casi todo lo que hemos dicho después, ya lo sabían: metron ariston (todo en su justo sitio y medida: me refiero, obviamente, a la cotidianidad), ellos lo recorrieron: nada más imaginemos a los padres de la conciencia humana, como por ejemplo Esquilo, Platón o Aristóteles, llegando a esa suprema conclusión. Pero lo que interesa no son las conclusiones rápidas que vedan el desarrollo del propio pensar, sino el trayecto mismo: lejos de un auténtico parricidio, Esquilo, Platón y Aristóteles todavía siguen tocando las campanas de los revolucionarios estilo marxismo con mariguana. Precisamente por significar esta dualidad, el tótem es receptáculo de magia, representante de lo sagrado y trascendente, de la travesía iniciática, de ahí que el comentador de las figuras  indique que: “la interpretación de la obra de Tijerina corre por cuenta del visitante”. El encanto ha comenzado, la obra marca la pauta de nuestras interpretaciones y nuestros esbozos de respuesta.

  

SOBRE "EL PERSEGUIDOR" DE JULIO CORTÁZAR, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO..

 

El Perseguidor de  Julio Cortázar está narrado  en blanco y negro por  tres razones: las letras de imprenta son negras y el papel es blanco, el monitor a  colores todavía no se inventaba en los sesentas del XX y porque propone principalmente dos posturas o más bien, dos impostaciones  que tiene qué asumir el lector o lectora: o la del personaje Johnny Carter, que es, al mismo tiempo, el músico locochón  y bohemio que-se-quedó-en-el-viaje y el que  sensualiza  con sus ideas sobre lo que le pasa al tiempo en el metro de París (hablar del tiempo en abstracto nos vuelve inmediatamente poetas, si no es que filósofos espontáneos), la historia que Cortázar ofrece. Las mujeres del relato aparecen como objetos sexuales en la pura memoria de los otros personajes o encarnando roles polarizadamente femeninos como sirviendo tasas  o sirviendo de ayuda a los otros personajes para que no echen a perder la historia. Éste personaje-impostación para el lector (Johnny) in memoriam del gigante del jazz Charlie Parker, encarna la visión del mundo adolescente en la raíz misma de la palabra: es el que adolece, el enfermo, su talento para el saxo es la joya que tiene qué pagar por el hecho de que los que están a su alrededor no le quiten ni un segundo la mirada y posibilitan, ante ellos y para él, un cierto tipo de sublimación: no hay problema, hay que perdonarle su locura y sus drogas con tal de que sea siempre lo que nosotros queremos que sea: un músico drogo pseudo genial, mientras que Johnny, (justo como manda la justicia poética) obviamente vive en otro mundo como únicamente se puede vivir en éste: negándolo. Al negar al mundo y asumir su dudoso talento —Cortázar hace vacilar a Bruno de que sea un verdadero genio, pero por lo menos siempre el mito de un aspirante a genio debe ser genial—, éste personaje tiene que vérselas auténticamente con lo que le pasa a una mente que deja de ser responsable. Todas las circunstancias lo  arrastran, todo le pasa encima, sus colegas o el saxo, o el sexo con su  mujer de planta, todo le vale un comino y se las arregla para que Cortázar, fiel al talante literario, pueda contar el delirio desde un equilibrio, que es Bruno, el otro personaje o impostación  (para el lector), significativamente el  biógrafo, el personaje que representa el sentido común, la mente serena y calculadora, la lucha porque la vida siempre es dura, etc. Toda la historia de El perseguidor es la historia de cómo Cortázar llega al primer personaje para luego deshacerse de él como sólo le ocurre a los personajes entrañables, que  son, obviamente los que se mueren. Un ejemplo moderno, (para no citar al Quijote, que más que moderno es la modernidad literaria institucional) es el personaje de Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes (Alfaguara 1994). Diana es la obsesión encarnada de un arquetipo de personaje femenino para Fuentes, pero Fuentes va más allá que Cortázar en rango de significación, lo que Fuentes aniquila es toda una época (los sesentas) con sus propias formas de amar, soñar, hacer política, literatura, etc. Fuentes fue un lector agudo de las teorías del galo  Roland Barthes, que en tono canónico escribe en El grado cero de la escritura (traducido al español por siglo veintiuno, 1973):

 

“Lengua y  estilo son fuerzas ciegas; la escritura es un acto de solidaridad histórica. Lengua y estilo son objetos; la escritura es una función: es la relación entre la creación y la sociedad, el lenguaje literario transformado por su destino social, la forma captada en su intención humana y unida así a las grandes crisis de la Historia.”

 

“Solidaridad histórica” de Barthes u “Horizonte de expectativas” de Karl R. Popper, significa que aunque no lo quiera, el escritor está comprometido con su tiempo (compromiso con el contexto literario a esbozar), su sociedad (compromiso con las costumbres, los modos de ser y de pensar)  y su pasado (el origen del escritor, su memoria y por ende el origen de su talento), las cuales provienen siempre ¿de? La imaginación. La imaginación es siempre aquí y siempre es ahora. Fuentes lo resumió así  en una declaración a los periódicos en 1998: “Mantener viva la imaginación es el compromiso político del escritor.” La explicación debe partir de que Fuentes llegó pronto a la política y en cambio, Cortázar la descubrió mas tarde. Lo anterior sin detrimento de su obra monumental sino en detrimento más bien de “las previsibles payasadas de los cuervos revolucionarios, que tanto se habían aprovechado de él en los últimos años”. Como puntualiza Vargas Llosa. Creo que Cortázar miraba la literatura y el mundo más como creador (aunque sus poemas son bastante ingenuos y mal hechos o mejor diríamos, no era su veta o su forma de expresión más lograda), que como intelectual y su evolución tardía a la política explica  el Tótem Cortázar de cincuenta y cuatro años en el mayo francés del 68. Si por su parte la cultura anglosajona tenía su Tótem John Lennon escandalizando a los padres de familia con sus declaraciones: “Nosotros somos más famosos que Jesucristo”. (Es decir, The Beatles… y en realidad sería creíble en un hit parade de esos tiempos) o en  Estados Unidos había  reminiscencias de la cultura beatnik y los hippies, en Latinoamérica los sueños y la cultura juvenil tenían a Cortázar o al Che Guevara. Nacido en Bruselas pero de padres argentinos, Cortázar vivió y asumió más tiempo que muchos otros la postura heroica de lo que han sido las culturas Latinoamericanas oprimidas por dictaduras y golpeadas por crisis sociales a todos los niveles. (Hay que recordar su compromiso con Nicaragua y el libro que dedicó a ese país). Gobiernos sordos, déspotas y autoritarios generaron novelas y música de impecable factura. Como buen creador, Cortázar asumió internamente la pugna de los Latinoamericanos por refrendar su identidad, pero como reto para seguir inventándola. ¿Pero por qué tenían que inventarla los novelistas o los músicos, si la identidad es lo que se mama en el seno materno, la casa, el barrio, la escuela y luego el trabajo, en movimiento perpetuo? Claro, en movimiento perpetuo, pero porque la identidad humana, como estableció el filósofo italiano Pico della  Mirandola,  es una identidad-aún-no-idéntica. De lo que se deduce que nunca será idéntica, lo cual sería su muerte, una identidad nacional que no avanza está en peligro de extinción. La pluralidad en etnias o grupos sociales, literaturas o formas de expresión, trabajo, o cualesquiera formas de participación social son la base de la prosperidad democrática a la que debe aspirar un gobierno sensato en líneas de avance, abierto al diálogo con el otro que no piensa igual y, sobre todo, gobierno que no cierra los ojos ante la realidad política que diferentes políticas hacen y comparten desde distintas realidades. El pasado oprimido de Latinoamérica como algo de lo que hablaban Salazar Mallén, Samuel Ramos  y Octavio Paz que quedó inscrito en eso que es El laberinto de la soledad que, aunque lo quieran los seguidores de ellos, o más bien, los que creen que el pensamiento y la literatura mexicanos sólo son de, o por Octavio Paz, no es una radiografía definitiva: la identidad mexicana necesita ese libro y también una relectura de toda la obra paceana, pero más urgentemente necesita su segundo piso, su distribuidor vial en el siglo XXI por el que corran la pluralidad de identidades mexicanas, desde la perspectiva de la globalización que impone y cercena y de la que responde de modo creativo. Por ello, mientras exista la identidad humana habrá escritura, arte y pensamiento, triunvirato que siempre estará en crisis, justo es decirlo, igual que la identidad humana. Cosa que saben muy bien los generales (que generalmente suelen ser también oligofrénicos desde el gen), de la reciente guerra contra Irak; para matar a los  iraquíes también había que matar su cultura, destruir sus museos y si por ellos fuera, hasta destruirían los dichos de la cultura popular iraquí. Afortunadamente en algo llegaron tarde: la epopeya de Gilgamesh, el libro más antiguo de la Humanidad, circula por todos lados y la opinión internacional, “la otra potencia” como la definió el New York Times, periódico que debería promover, para verdaderamente batir a contracorriente, una lectura mundial de ese monumento literario y que la Humanidad no perdiera por el gen de los que generalmente son imbéciles. El perseguidor no es una obra con la conciencia de la “solidaridad histórica” de la escritura en el sentido de Barthes, pero tal vez sea solo por su formato y su forma: es una noveleta, no un discurso totalizador y verlo como tal, resultaría chabacano y artificioso. El mal poeta Cortázar, pero lleno de energía y de poética, resuelve la convivencia latinoamericana con Rayuela y en el caso de El perseguidor tiene que matar al personaje creativo de la narración para así, volverlo de cierto modo inmortal. “Sólo lo romántico merece ser inmortal” parece decir Cortázar, fans de Rimbaud y el Che Guevara. (Que juntos, son todavía algo así como un Sócrates y un Napoleón para los jóvenes escritores que descubrieron a uno con Bretón y al otro con las playeras y la chemanía prefabricada. Nunca con Taibo II. Tal vez los jóvenes escritores necesiten más a un Carl Marx, a una María Zambrano y a un Ingmar Bergman para ellos, pero remasterizados y recargados, no sé, pero estoy seguro que lo que no necesitan es una Matrix, ni recargada ni retro futurista…).

Matar al personaje principal significa para el narrador Cortázar renunciar a una obsesión, una idea o un conjunto de ideas fijas que, ya resueltas en un personaje, son ideas  que han llegado a su fin. Las obsesiones de los escritores se llaman, en grandes  rasgos,  literatura simbólica o simbolista. En pintura, por fechas parecidas a El perseguidor, estaba la pintura simbolista de Remedios Varo, el Tótem femenino que se va a pincel por el camino artístico. La elocución verbal de Cortázar trabaja por elisión: Johnny vive desvaneciéndose, desapareciendo, de ahí su fuerza: entre más se muere, entre  más decadente se vuelve y  el lector presencia esta elisión de personaje, más poder de seducción contiene el relato. Éste tipo de personajes-obsesiones, la mayoría de los escritores los pintan (es decir, su prosopografía) es de seres flacos, enternecidamente débiles o frágiles, —igual pasa en la pintura: El grito de Munch es delgado, y en arte plástico la Femme nue debout (Desnudo de piel) de Giacometti hacia 1954-57 es tan delgado como una vara que haría explotar el aire ¿pero en realidad? Son gordos, están atascados,  tienen anchura mental en el creador  o el narrador y por eso se les debe matar desde el principio y durante todo el trayecto narrativo, (así comienza El perseguidor: Bruno va a buscar a Johnny) a medida que éstos enflacan en la mente del escritor, se vuelven terriblemente gordos en los lectores, es por eso que los extrañamos cuando mueren, porque los tenemos en las entrañas, son platillos que tienen sus aspirinas, el haiku japonés, por ejemplo. Si pensamos que la literatura o la escritura (indistintamente) son el mejor atropomorfismo gráfico que el ser humano tiene para observarse, retratarse y alegrarse, la analogía no es gratuita, veamos este ejemplo japonés:

 

                        Un libro

 

El maestro sacó un libro de su baúl. Cuando abrió el libro y empezó a hojearlo, surgió un suave olor a canela.

 

Yamamoto Tsunetomo (1659-1719)

 

Éste ejemplo contiene casi ya todo lo que busca un lector en Cien años de soledad, por ejemplo. Es la relación entre lo grande y lo pequeño, el mundo y una calle,  un platillo y un postre, el metadiscurso y el microtexto.

He querido titular este texto aludiendo al sentido de la culpa por pedazos narrativos del entramado de El perseguidor, que son eso, el sentido de la culpa. El sentir popular echa la culpa, “¿yo tengo la culpa?” Dice el niño. El adulto dice: “Es mi responsabilidad” Es decir, la culpa primero está interiorizada por el niño o el que juega a ser animal (que tiene tantas variantes como animales), porque no ha entendido o no se ha despojado completamente del mundo como UNO, un único o única que juegan y en la infancia, todos lo sabemos después de Freud, jugar significa hacer magia y la magia, desde la concepción cristiana pero sobre todo desde la concepción adulta, es una barbaridad irresponsable. Pero no pretendo descalificar el pensamiento mágico (Mircé Eliade tiene un buen libro sobre el tema), más bien quiero reivindicar para la literatura el rol que también la magia en ella juega. La culpa puede matar o curar, depende de su uso y la interpretación que de ella y ese sentir haga el ser humano. Me refiero a la culpa en abstracto y todo su elixir o su pecado porque, finalmente soy escritor, no psicoanalista ni psicólogo. La culpa del niño o de la niña sin distinción, (porque en ambos sexos aparece a la fuerza) requiere aprendizaje y maduración para sortear el grave peligro de la locura: la otra forma de llamar a la irresponsabilidad y que, con razón, así debe decirse. ¿Por qué? Porque los seres humanos tenemos y somos un cuerpo y tenemos una mente que desea y no sólo piensa; pensamos a partir de lo que deseamos para luego obtener ese deseo, ya sea un martillo o una casa en Florencia, por ejemplo; toda la antropología filosófica que problematiza la existencia real del hombre en el mundo y frente a su mundo o su espacio de acción (Ernest Casirer, por ejemplo) subraya este hecho como punto de partida para su estudio. Baste decir que Freud habló muy bien sobre el tema, en lo que devuelto a la sabiduría popular es el complejo de tal y que si patatín y que si patatán. La culpa originaria, “cruda”, que nos demuestra eso es la madre, es la culpa pasiva del niño que pregunta. El hombre adulto o la mujer adulta tienen “responsabilidades” porque han entendido —entender esto  es lo que se llama “madurar”—, que el sentido de la culpa debe de quedar fuera: es decir, en la próxima acción que nos aleje del nacimiento biológico. Aceptar la muerte como lo único y lo irrevocable de la condición humana es el fin de la culpa. ¿Cómo debemos de erradicarla? Actuando, y no solamente actuando sino aceptando que actuamos, lo cual ya debe verse, como la postura vital que enseña el padre, como responsabilidad. ¿No es la adolescencia la etapa más poética —y la más peligrosa, por supuesto— de toda nuestra vida? En esta etapa se quedó y murió Johnny, porque su culpa se la quedó Bruno, lo admiraba pero nunca le dio oportunidad para quitársela porque era él quien la pensaba y de ese modo la hizo suya,  ejemplo al canto, habla Bruno en un monólogo interno:

 

“Si Johnny llega a beber  demasiado coñac o a fumar una nada de droga, el concierto va a ser un fracaso y todo se vendrá al suelo. París no es un casino de provincia y todo el mundo tiene puestos los ojos en Johnny. Y mientras lo pienso no puedo impedirme un mal gusto en la boca, una cólera que no va contra  Johnny ni contra las cosas que le ocurren; más bien contra mí y la gente que lo rodea, la marquesa y Marcel, por ejemplo.”

 

Super significativamente dice más adelante, como aventándoles la pelotita de culpable a alguno de los dos: o Johnny o Bruno:

 

“El cambio de posición es el símbolo de un cambio en la voz, en lo que la voz va a articular, en lo articulado mismo.”

 

Más adelante en el relato Bruno vuelve a ver a Johnny y continúa su perorata magistral:

”¿Qué mundo es este que me toca cargar como un fardo? ¿Qué clase de evangelista soy? En Johnny no hay la menor grandeza, lo he sabido desde que lo conocí, desde que empecé a admirarlo. Ya hace rato que esto no me sorprende, aunque al principio me resultara desconcertante esa falta de grandeza, quizá porque es una dimensión que uno no está dispuesto a aplicar al primero que llega, y sobre todo a los jazzmen.”

 

Bruno, inconsolable; Cortázar, con conciencia de sus miles de lectores en el mundo entero, hace al Bruno-bruto espejo de Johnny decir cuando los dos salen de un bar:

 

“Pero cómo resignarse a que Johnny se muera llevándose lo que no quiere decirme esta noche, que desde la muerte siga cazando, siga salido (yo ya no sé cómo escribir todo esto) aunque me valga la paz, la cátedra, esa autoridad que dan las tesis incontrovertidas y los entierros bien capitaneados.”

 

Estos pedazos de párrafos bien camuflados entre los monólogos internos de Bruno, demuestran que la culpa, nunca la tuvo Johnny, porque nunca fue conciente de la vida, pero no nos engañemos: Bruno no es Cortázar ni viceversa, es Cortázar hablando desde más allá del individuo Cortázar y por eso, Julio Cortázar es una autoridad, literaria y humana. Una lectura fina del texto presupone a un Julio contento de su trabajo, un Julio satisfecho de haber confeccionado una obra maestra y que sabía que daría de qué hablar. Johnny murió en la inconsciencia, el delirio, la droga, murió rebelde (primera impostación  para el lector: un humano no se muere jamás en ninguna impostación: sólo los personajes trágicos y los héroes de los cuentos y las novelas). Bruno, no satisfecho de sus cavilaciones sobre Johnny, al final le pasa la estafeta de la culpa de Johnny y se la regala a su mujer. (Segunda impostación para el lector; sólo un idiota como Hitler o alguien que tiene La Casa Blanca y la mente en blanco podría morirse o cristalizarse haciendo el amor, nunca un buen personaje literario). Es decir, Bruno se viola al recuerdo mismo del semi genio del saxofón Johnny en el cuerpo de su mujer (al parecer incluso con dinero extra) y lo demás queda a la imaginación; como buen relato, es el lector el que se queda pensando que le contaron una historia soberbia. Julio, el inmortal verdadero, parece decir: “Ya estuvo de culpas mujer, mejor vamos a coger”. He ahí su gran lección pero también su machismo, dedicado a los lectores-hembra como el mismo decía en esa seudo teoría de la literatura dividida en lo que le toca al lector hombre y a la lectora mujer, pero, ¿pero? Vamos por partes: ¿Es que tú no has leído El perseguidor? ¿No has entendido el dinamismo de su estética y su sabiduría realmente, desgarradoramente humana, su parodia y, al mismo tiempo, su dimensión metafísica? Es tu culpa.