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miércoles, 24 de abril de 2019

UN DEBRAYE SOBRE HERTA MÜLLER, WALSER Y GOMBROWICZ PARA LOS MUNDANOS..


Que se empiece a limpiar la cristalería fina en la terraza frente a éste intenso océano en forma de signo de interrogante. Que la arena esté limpia y resplandeciente. Que se arregle el audio, el video y los ecualizadores hasta cubrirlo todo con una acústica perfecta. Bienvenidos genios de todas latitudes, tiempos y espacios. Es esto, de esto se debe hablar, querido Jaime Sabines. Primera llamada. Estemos preparados para una borrachera heroica como pintada en un lienzo de Mark Chagall.
Por  nuestro cubano Guillermo Cabrera Infante, por Mario Benedetti, por el más viejo de los invocados a este brindis, un alemán, Robert Walser. Y la que es la más nueva, la rumano-alemana Herta Müller, galardonada con numerosos premios prestigiosos, como el de Literatura de Berlín 2005 hasta su culminación con el premio Nobel de literatura 2009. Es una mujer de hermosura tremenda, de rostro emocionante como perder el sentido unos instantes. Que en ese mismo año 2009 sacó la publicación sobre su amigo, largamente entrevistado,  como una suerte de contraparte trágico: el personaje  que  nos relató con la vida de Oskar Pastior, el aguerrido y aferrado poeta moribundo en un campo de trabajos forzados de la URSS; que nos da como resultado de esa experiencia, una poética  negra y moribunda, biliosa: como lo único bueno que tiene Pastior  son dos raciones de mendrugos de pan al día, le sucede una curiosa vivencia: conforme avanza la narración y desde las primeras páginas de la novela, un ángel del hambre que lo viene a visitar después de días, meses, años, de somnolencia, de vidas prendidas por el fuego más calcinante y el nervio perdido, sudores apagados día tras día, décadas de vidas y familias perdidas,  literalmente alucinadas,  por picar y cargar tanta piedra inútilmente y no poder comer ni una, ni una  sola comida decente hasta alcanzar la libertad, cuando la muerte ya está demasiado cerca.
Se trataba, para él y millones con el mismo tipo de historias de Pastior, de tanta piedra muerta, tanta tortura, tanto miedo por la acosada pregunta: ¿Seguiré vivo el día siguiente o serán los gases de la cámara que se los llevan por millares? Tanta cadena enganchada, tanta tonelada de mierda, tanta bazofia en los enredos mentales injustificados de los cerebros de sus verdugos, –tanto rusos como alemanes los tuvieron– que hasta el cuerpo de Pastior, por el terrible esfuerzo, vomita un ángel del hambre sobre su propia  figura; un ángel nacido por las desesperadas ganas de vivir, como si fuera una esperanza que viene inútil, poéticamente, una esperanza que solamente dice tengo hambre, te lo digo a tí mi querido ángel del hambre: aureola sobre la desdichada cabeza de Pastior. Una pelusa salida de sus  entrañas: es lo mismo que otros narradores de parte de las provincias rusas  buscaban refinar de modo estetizante en toda esa literatura sobre La Segunda Guerra Mundial, desde el punto de vista de los supervivientes como un Vasili Grossman y su Vida y destino, o Solienytzin: eran esas calderas infernales de los nazis de un Auchwitz o lugares parecidos, centros de exterminio imperdonables que algunos años después esos verdugos sí fueron juzgados en Nuremberg y otros cazados por Simmon Wesental o su gente. Definitivamente imposibles de olvidar para poder creer en la humanidad del hombre y, principalmente, la misión a todo aquél que lo presenció, es o debería ser no olvidar jamás esa barbarie. El libro en cuestión de Herta Müller es Todo lo que tengo lo llevo conmigo, obra aparecida el mismo año que los diez y ocho académicos de Estocolmo se decidieran por la literatura de ésta escritora nacida en 1953.

Witold Gombrowicz es parte fundamental de éste brindis de espera perpetuamente postergada. Uno de los tres mejores escritores de vanguardia de todo el siglo XX, según Gilles Deleuze, la eminencia francesa filosófica.
Otro más, Friedrich Dürrenmatt, celebridad europea en los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX leído en México más por lectores que escriben, que buscado por la masa amorfa de lectores ávidos en nuestro país de escándalos sexuales, narcotráfico o del escritor que se sube al candelero de la semana. En literatura es difícil hablar de originalidad, y mucho más cada vez más: la cultura escrita se suicidará el día que sea un best-seller los cuentos del Chapo Guzmán comentando su último romance ó, cuando la literatura fantástica como Harry Pötter sea indistinta en cada lector que la intente interpretar. Lo cual ya empieza a suceder.
Robert Walser triunfó relativamente durante la Alemania de la república de Weinmar y fue redescubierto para México ya entrado el siglo XXI. Sus libros son algo así como una docena. Pero yo me refiero al conjunto de narraciones de Sueños, La Habitación del Poeta y De paseo. Obras deliciosas por donde se les vea. Walser simplemente se va de largas excursiones por los pueblos de Alemania y parece que su turismo campirano le favorece: ya que encuentra todos los problemas y alegrías del pueblo alemán, que le caen como racimos. Los  empeños y sus dramas, sus trabajos y sus dilemas, sus carcajadas y sus lágrimas le llueven por igual, lo mismo un cocinero con un matrimonio hecho pedazos, que una duquesa o baronesa que se aburre en una vida aristocrática heredada… en busca de algún amante nuevo: todos esos temas (las preocupaciones inmediatas de sus semejantes) son recogidos y anotados por Walser, el gran observador de la condición humana y Walser el gran conversador, el gran titán alemán que aprendió lecciones de Hölderlin más que de Goethe. Pero si al principio parecía una locura pensar en entregarse despreocupadamente al simple pasear por los caminos boscosos alemanes, finalmente siempre hay algo bueno que intercambiar: un trago, una enseñanza de tipo moral, un amorío ó un consejo para un par de  enamorados, y de paseo en paseo se va armando sin desearlo premeditadamente al parecer, hasta llegar a lo sacralizado: de repente es el lector el que encuentra a Walser en el paseo, y Walser, como viejo lobo, te indica toda otra disquisición que será la segunda parte del libro de Sueños, publicado en 2012 en México por la prestigiada editorial Siruela. ¡¡Haa!! ¿Conque metiéndose a galanear con un par de jóvenes acomodadas? En lo absoluto –dirá Walser–, más bien convirtiendo el hecho de pasear, conversar, leer el periódico, hablar con mujeres y hombres de todo tipo de oficios para cocinarlo con todo tipo de aderezos y volcarlo y revolcándolo página tras página en una metafísica que es el relato del devenir de la existencia y el talento de los pueblos. O algo como eso parecen descubrir las sirvientas, los niños y todo tipo de alimañas que conviven con Walser en cada punto donde se detiene; a degustar un café, o un inolvidable tarro de cerveza o agua para ver a la idiosincrasia, la actitud y el estilo alemán en su diario enfrentar la cotidianidad con el alivio de afirmar que ante malos tiempos, deben sobrar buenas sonrisas. Me recuerda éste gran escritor alemán, claro que en otro tono y otro contexto histórico, lo que decía Jorge Luis Borges en su Historia de la literatura trágica alemana: Monstruos enormes como los de la Gesta de Beawolf mezclándose en los lejanos tiempos de los tiempos mitológicos cuando ese portentoso,  honorable y envidiado héroe tiene la encomienda de matar a Grendel. Quiero decir, no sé si me explico bien: Walser se ve como un gigante parecido a un Frankenstein del siglo XX, desdibujado o hiper coloreado: tal vez esta ocasión estará que pide demasiado a un tabernero cuando recibe gratis una ración de patatas y salchicha con tarro espumoso al lado. Pero tomará bríos este paseante lector escritor para decirnos: Cuidado con los pastores alemanes, son criaturas nobles pero no hay que hacerlos enojar nunca porque pueden desconocer repentinamente. Mientras los niños hacen y le juegan una broma a una pequeña quinceañera que vende mermeladas y pasa por un puente. Me limpio las botas del lodo del camino, subo a una carroza ó todavía mejor: saltándome las leyes de todo tipo de tiempo en los tiempos, aparecemos en un camino polaco junto a Witold Gombrowicz en esa obra genial que se llama perfectamente “Pornografía”. ¡De repente cuerpos desnudos vuelan por los aires! ¿Qué? Niña, no esté usted haciendo afirmaciones banales. Estamos en  la primera escena memorable del libro Pornografía, (reconocida así mismo por el propio autor), que se trata de llegar a una misa a las doce del día.
Es precisamente esta escena, en la iglesia,  la que sostiene todo el entramado ontológico de la novela. Me resulta encantadora la forma en que su autor afirma como tesis de la novela: el hombre, todo hombre, lo que quiere es ser joven; es decir, inacabado, no confirmado, imperfecto, excitado por lo rara que le parece la existencia.
Lo que hace la novela contemporánea es que gana por puntos; el cuento gana por nokaut, según la prestigiosa opinión de Julio Cortázar, argumento hoy en día en boca de cualquier maestro de literatura y alumno, en esta obra magnífica de Witold Gombrowicz es exactamente lo contrario. Es la acción radical de negar a Dios o cualquier entidad superior, de negar la oración, y eso, subrepticiamente expuesto por el muchacho que finge estar rezando en la iglesia que encuentran el grupo de Witold al lado del camino, es decir, al ejecutar su no-rezar, lo que muestra mientras prosigue la narración, Gombrowicz lo narra con la altura de un ser que es mirado por la inmortalidad: es decir,  como si la tierra, hablando del planeta, experimentara un mostrarse en toda su brutal desnudez obscena, ¡Locura de campanas! Y esto es lo que vuelve enigmáticamente y en correcto español: “Pornográfica” a la novela, y es porque esto es realmente lo pornográfico: eso ocurre con la pornografía, lo que repelemos de lo llamado porno es esto. Debemos tener cuidado en esta inflexión de la narración. Porque no es por principio de cuentas, o no fue así su principio, lo llamado “porno” algo que muestra el cuerpo humano, no, sino por el hecho de mostrar lo obsceno que se esconde dentro del mundo. Si aceptamos y damos por hecho los descubrimientos de la partícula de Peter Higgs, hace pocos años en la frontera entre Suiza y Francia cerca del año 2011, como nos lo indican los científicos de más alto nivel (tuve la oportunidad de ver un bellísimo documental en Netflix al respecto), resulta que nuestro universo alberga una constitución mitad lógica-matemática y otra mitad caótica poética: así es como defiendo el siguiente argumento: lo pornográfico es cuando vemos esa parte del mundo que no se nos presenta en forma de un poema de Borges o de Octavio Paz, o cuando un afamado experto como Issac Asimov ó otros como Sthepen Hawking nos cuentan la trama oculta  del Universo… Sino cuando vemos una tubería podrida de cualquier ciudad del mundo, en estado descompuesto, es este hecho de ver, es la relación entre nuestros sentidos y lo obsceno, ¡guácala! Donde nace lo que es “porno”. Y válgame la suerte, ¡por mis queridos santitos protectores! Witold Gombrowicz novelizó este hecho, como nadie en el mundo literario esperaba verlo en aquel tiempo. (Su primera publicación fue en el año 1960 exactamente). Aunque genios como Milan Kundera, nos lo enseñaron a entender en esa memorable obra ensayística que es Los Testamentos Traicionados (Tusquets, 1993).



miércoles, 7 de noviembre de 2018

OTRO CUENTO, COLABORACIÓN DE ANILÚ HERNÁNDEZ


MELANIE

Era la tercera vez que salía así de un hospital. De nuevo tenía la sensación de que le habían quitado algo. Al principio fue extraño pero, qué más daba, en realidad era un peso que ya no estaba dispuesta a cargar.
     “Los del  ChIildprotectioncustody  harán su trabajo. Es mejor así. ¿Qué haría yo con un bebé en las calles? Ahora lo importante es encontrar una dosis”. Después de atravesar más de un kilómetro de vegetación, al fin llegó al campamento. El Chilango fumaba sentado junto a la traila. Melanie se aproximó y percibió, junto con el olor del tabaco,  el olor putrefacto,  el zumbido de las moscas. Desde que ella se fue, nadie había sacado la basura. El Chilango volteó apenas con una sonrisa, pero sus ojos no escondían el deseo. Se lanzó sobre ella y comenzó a quitarle la ropa. Se metieron a la traila y cerraron la puerta de un azotón. Después del encuentro, desnudos sobre las sábanas, ella le pidió la dosis:
     No hay morritadijo él con dulzura mientras le besaba el cuello— yo ya no tengo nada de eso, estoy limpio.
    — Entonces voy a tener que ir con quien sí me dé.
    Ya sabes que tú puedes hacer lo que te dé la gana, la dosis es la dosis. Nomás con cuidado.

Semanas después, llegaron los dos mexicanos. Traían de todo, desde hierba hasta lo propio para usar la jeringa:
Es raza aventadamurmuraban en el campamentosi los agarran les meten mínimo cinco años de cárcel y luego los deportan. Ya se empezaron a mover de este lado de la línea fronteriza, a uno le dicen el Querétaro y a otro el Sinaloa.
Melanie los ubicó de inmediato. Los hijos que el gobierno le había quitado eran de  mexicanos. Tenía un gusto especial por ellos. Esa misma noche, cuando los del campamento se juntaron alrededor del fuego, ella provocó las miradas con el buen manejo del bodylanguage. Hizo que el Querétaro le extendiera  “la chalupa” para que ella también pudiera inhalar. El Sinaloa no podía dejar de mirarla; adivinó la sangre india que tanto lo prendía debajo de las ropas ajustadas.
    Me llamo Mélaniela escuchó decirlos senos redondos lucían apretados bajo el escote, el tatuaje en uno de ellossoy nativa de la región Yákima.
Sin pensarlo, el Sinaloa le alargó la pipa. Su única adicción era la hierba, pero ¿Cómo no sacar el mejor producto para compartir con esos labios y esa cabellera negra?  Cuando ella la recibió, le hizo una caricia furtiva en la mano. Él imaginó que la tomaba por las caderas, por unos segundos se perdió en la oscuridad de esos ojos.
Después de la intoxicación, Mélanie y los dos mexicanos amanecieron en la misma traila. A partir de esa noche se hicieron cómplices: asaltos a mano armada, robos a almacenes y vehículos de carga, venta de drogas. Los dos hombres admiraban el valor de la yákima, pensaban que aunque su atuendo era el de cualquier norteamericana, conservaba su herencia salvaje. La mujer viajaba de la cama del Sinaloa a la del Querétaro sin problema. Los mexicanos acordaron que eran las aventuras que se vivían del otro lado:
    Ni hablar, así es estodecía el Querétaro¿ O , te aguitas compa? le preguntaba al Sinaloa imitando su forma de hablar.
    Para nada, Querétaro. Así es acá y lo que aquí pasa, aquí se queda.
    El buen trabajo en equipo se refleja; cada vez hay más dinero y se puede surtir mercancía de mejor calidad. De seguir así, pronto se podrán buscar los conectes para poner el laboratorio.
    Cuando Mélanie desaparecía, ya sabían que estaba en operación, conocían los rumores sobre ella y el Chilango, pero eso había quedado atrás. Ahora, su belleza era la mejor arma para el bizne: envolvía a los dealers, los hacía enfrentarse, conseguía lo que buscaba y al final salía ilesa.  El Chilango la conocía, sabía que la muerte la acompañaba, por eso desapareció por unos meses, poseía el cálculo justo para saber cuándo volver.
    Después de un tiempo, el Sinaloa no hacía más que alucinar la forma cómo ella lo montaba, cómo se movía, cómo empuñaba el arma sin miedo cuando había que jalarle y tirar a matar. Aprendió a compartir el cristal y el shotcon ella. De pronto se dio cuenta de que el pecho le ardía al oler en ella el hedor del Querétaro:
¿Qué onda compa?le dijo un díaEstás entrao con nosotros. No creas que no me doy cuenta que nos hechas por delante a ver si nos chingan primero. Tres partes iguales no se me hace justo. La india y yo le damos la cara a la muerte y tú nomás llegas y, presta.
    Se acordó así desde el principio, dijeron que ustedes manejaban mejor la fusca y que yo llegaba luego para arreglarme con las partes. Para mí la hacemos bien  juntos, güey. Ahora que si es por la Mélanie, quedamos en que nada de clavarse,  nomás lo que es el rato y ya. Ah, y el bizne, claro.
¿Así de poquitos güevos, compa?
    No es eso. Lo que pasa es que no tiene caso rifarse por una vieja que es de todos.
    Me estás calentando la cabeza compa. Fíjese lo que dice cabrón, que no se habla así de una hembragruñó el Sinaloa, la mano en el arma.
    Yo hasta aquí lleguédijo el Querétaro, haciendo caso omiso de la provocaciónprefiero seguir solo.
    Cómo quierasdijo el Sinaloa, contento en el fondo porque ya no tenía que compartir a la india. Pero Mélanie jugaba con el sexo mientras hacía los conectes y el Sinaloa no tardó en darse cuenta. Un día, bajo el efecto de los estupefacientes, le ganó la rabia y arremetió contra ella.
    Pensé que teníamos un acuerdo susurraba la india yákima con el rostro bañado en sangre. Pero el bizne era el bizne y la dosis igual. No podía quedarse sola hasta que volviera el Chilango.
    Los habitantes del campamento una vez más se reunieron alrededor de la fogata. Sacaron de todo. En la madrugada, el exceso de substancias los llevaba a la locura. Esa noche, el afroamericano pateó al güero que descansaba en la bolsa de dormir. Cuando este al fin logró desenredarse y salir de ella, encontró a Mélanie tirada bajo un árbol, semidesnuda y lidiando con el mal viaje.
¿Quién fue el son of a bitch que me pateó?preguntó el güero con el puñal en la mano.
Mélanie, llena de cicatrices y con una sonrisa demente, respondió:
    El Sinaloa.

    Al otro día, los dueños de la gasolinera a varios kilómetros de ahí, declararon ante la policía que sí habían visto a una joven yákima. Se había subido a una traila en cuya cabina viajaba un solo hombre de rasgos latinos y cabello negro.En cuanto a ella, las únicas señas particulares que alcanzaron a identificar fueron dos: su corta estatura y  su belleza exuberante.

ANILU HERNÁNDEZ BASTIDA
Nació en México D.F. Estudio la carrera de Mercadotecnia en la Universidad del Valle de México y posteriormente Creación Literaria en la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México, donde publicó en la antología Paso al frente de la generación XXXII. Posteriormente publicó en antologías tales como Tintas del Lerma y Ecos del Nido por parte del CONARTCUA en Acámbaro, Gto. Poetizó la exposición plástica Andar de fruto y tierra del pintor guanajuatense Héctor Hernández Jurado. Impartió talleres literarios experimentales para los habitantes de la Col. Río Blanco. Presidió el primer taller literario del Museo Local de Acámbaro Guanajuato, del cual es resultado la antología Laboratorio de Letras. Ha participado en las presentaciones de los libros de autores de distintos estados de la república tales como Marcos García Caballero, ganador del premio Nacional Salvador Gallardo Dávalos y Caleb Olvera, en Acámbaro, Gto, Iván Montenegro y David García.
Fue seleccionada por el Fondo para las letras Guanajuatenses en la categoría de cuento para participar en el seminario de cuento del autor Marcial Fernández. Actualmente gestiona la publicación del libro terminado dentro del mismo y es becaria del Instituto Mexicano de Cultura del Estado de Michoacán para la creación de obra literaria en la categoría de Novela.