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jueves, 3 de agosto de 2023

NAVEGANTES SOMOS Y EN LA MAR DEL CUENTO ANDAMOS POR AGUSTÍN MONSREAL

 

NAVEGANTES SOMOS Y EN LA MAR DEL CUENTO ANDAMOS

POR AGUSTÍN MONSREAL

A pesar de Poe, de Maupassant, de Chejov, y más recientemente de Borges, de Cortázar, de Monterroso, de Julio Torri, de Efrén Hernández, de Arreola, de Inés Arredondo, hay todavía quienes insisten, impecablemente soberbios, en considerar que el cuento es un género menor. Algo así como el hermanito pequeño que todavía no usa, ni usará nunca pantalones largos. O una especie de aprendizaje escolar que se realiza como requisito para alcanzar ese grado superior, esa supuesta mayoría de edad de la escritura que es la novela. Sin embargo, tratándose de géneros literarios, yo no reconozco plusvalías ni minusvalías, grandes ni chicos, buenos ni peores. Cada género tiene sus propias reglas, impone sus propias exigencias, declara sus propias intenciones. Y el escritor elige aquél que juzga o siente que le va a servir mejor para sus fines (dar a cada contenido la forma que se merece). Igual puede taparse el sol con un dedo que con una montaña. O destaparse. O creer que se tapa o que se destapa. Depende. En el último de los casos, bastaría la obra cuentística de Juan Rulfo para demostrar que no hay géneros menores; lo que hay son escritores inferiores, escribanales, escrivanos. Si la novela es un prestigio, el cuento es la esencia de ese prestigio.

Yo tengo para mí que el cuento literario, en tanto acto consagratorio, obra y espejo de la existencia, siempre es verdadero, una parte de la vida que descifra una parte ínfima o grandiosa de la vida a partir de un acontecimiento tan breve e insignificante o tan maravilloso como es la vida misma. El acertar con cuál es esa parte entrañable hace que el cuento posea la rigurosa autenticidad para llamarse literario, para ser una experiencia artística nacida del poder persuasivo y la sabiduría de la imaginación, la sensibilidad y la inteligencia, para crear la realidad siempre igual pero siempre cambiante de las pasiones humanas y los vicios de la sociedad que mueven en su diario acontecer la maquinaria del mundo.

Se ha dicho, con ejemplar fortuna, que el cuento literario es una de las formas más ciertas de la felicidad. Y acaso, también, una de las más vitales y definitivas. Se ha declarado, asimismo, que es memoria y esperanza, palabra y fundamento, exaltación colectiva y deliberación íntima, que es el misterio y la repercusión de un sueño en el tiempo y, a la vez, el tiempo que rescata, redescubre, restituye, nos acerca a la eternidad y nos pone a salvo del olvido. Por eso el ser cuentista, más que un halago, es una dignidad. Soy de los escritores que trabajan toda su vida por un sueño, a sabiendas de que ese sueño ha de durar más que su vida. Establezco la distinción y acepto y vivo la literatura, no como un oficio o una profesión, sino como un destino. Este destino incanjeable, causa suprema del ser y el estar, convierte a quien es tocado por su gracia en un elegido. No en alguien mítico, mejor o superior, simplemente en alguien a quien le es otorgado el privilegio de develar algunos enigmas, ciertos parentescos profundos del instinto y la conciencia, de la sensualidad y el ascetismo, de la pasión y el entendimiento, del tormento y la bienaventuranza, de la verdad y la belleza, de lo temporal y lo eterno. La primera manifestación de este destino, en mí, fue por medio de la seducción primordial, del vigoroso embrujamiento de las palabras.

Si el acto de escribir conlleva un sufrimiento, habría que admitir que se trata de un sufrimiento altivo que se torna, finalmente, gozo inequívoco, gozo genuino que nace de la admiración y el asombro ante las palabras. Quizá uno de los fervores más intensos que nos proporciona la práctica radiante de la escritura sea el de observar a las palabras en el imperio absoluto de su interioridad. Y después la asociación plena y venturosamente decisiva de las palabras entre sí -cómo se enamoran, se acarician, se aman, o cómo se rechazan, cómo se distancian una de la otra, cómo se repudian-, y más después su maridaje con nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestras maneras de mirar y experimentar los azares y los vértigos de la existencia. Quiero creer que las palabras, cada palabra, cualquier palabra tiene un contenido íntimo para cada quien, y que la certidumbre intransferible de este contenido es lo que sustenta la expresión del cuento artístico.

Porque yo no concibo al cuento si no es como obra de arte, un acto creativo que no se atiene a un tiempo medible, ya que la voluntad se expone de frente y, a la vez, dándole la espalda a la realidad concreta, trasgrediéndola para inventarla. Inventar la realidad para percibir en ella posibilidades nuevas, aspectos fugitivos, zonas de sombra, lejanías de nosotros mismos. Inventar la realidad para uno y para los demás, para hacerla propia y de todos. La realidad tal cual no sirve sino como estímulo. Hay que tamizarla y matizarla dentro -digo yo- para que deje de ser objeto y se vuelva sujeto de creación. El episodio anodino, las afrentas vulgares, las tareas irrelevantes adquieren una franca enjundia humana cuando pasan por la criba sensible del escritor, cuando éste trastoca la realidad por medio del fulgor literario, cuando evidencia lo que el ojo común no es capaz de ver, cuando transfigura las cosas y las nombra desde su secreto.

A mi juicio, inventar la realidad es un acto maravilloso, limpio, singular; inventarla y desaparecer, mostrarla sin que el autor imponga ni reprima, sin que esté presente con su carga de egolatría en primer plano. En esto radica la felicidad, en sustraerse a las veleidades protagónicas, en contentarse con el papel de amanuense de lo imaginado. Hay quienes dicen "Por sus cuentos los conoceréis". Yo no comulgo con esta pobre sentencia que aspira a ser el espejo de Narciso. Considero, más bien, que una de las mejores cualidades del hacedor de ficciones es precisamente el no exhibirse, el no dejarse sentir, lograr que las historias y los personajes que las ocupan sean auténticos y verosímiles por sí mismos, y que sean reales a pesar de que en ocasiones lo que ocurre no pertenezca a las parcelas de lo que conocemos como realidad.

Aunque no sé cuándo ni cómo, ni merced a qué insondable designio, aprendí desde mis primeros pasos literarios que en el proceso de la escritura debía tener los ojos del alma abiertos y la conciencia alerta para no confundirme con el deslumbramiento de los espejismos formales ni cegarme o conformarme con el brillo fácil de la apariencia; no maniobrar una vez y otra hasta convertir en un círculo vicioso el probable hallazgo personal; no quedarme hamacado en el trámite engañoso de acopiar recursos estilísticos, técnicos y verbales y mucho menos doblegarme ante la tentación epidérmica de sólo calcar o remedar la realidad, sino adquirir el compromiso indelegable de crearla, de trasmutarla en un suceso portentoso que al no poner límites ni admitir fronteras, se sublima, se trasciende y alboroza la novedad, el prodigio del cuento, que es tan diferente, tan otro, ya que la vida y lo que se escribe son dos cosas distintas.

El cuento es un universo dentro del universo. O mejor todavía, es una amalgama de universos ciertos y magníficos, un torrente estelar de asombros y conjuraciones, un espacio que todo lo es y lo contiene todo, una constancia del tiempo que fluye en la medida que permanece. El cuento literario es la perdurabilidad del instante, ejercicio y ejemplo de infinitud que cada autor asume desde su experiencia y le imprime las resonancias de su voz interna. Cada escritor elige lo que, acorde con su necesidad expresiva, merece ser contado. Y eso que elige, esa situación transparente o compleja, recóndita o a flor de piel, nimia o insólita que cuenta, eso que ocurre, le ocurre a alguien. Y ese alguien es un ser original como cualquiera, como todos. Un ser completo que posee, para bien y para mal, en mayor o menor grado, idénticas virtudes e idénticos defectos que el resto de los mortales.

Se trata, pues, de crear junto con la historia, o por encima de la historia misma, al personaje. No importa -o mejor dicho a mí no me importa- si es un fuera de serie o un canalla adocenado, si es simpático o insípido, víctima del deber o dueño de su suerte y su circunstancia; lo primordial es que, tangible o evanescente, sea un personaje realmente vivo y dispuesto a enfrentar hasta sus últimas consecuencias, aun sin llegar nunca a saberlo, las múltiples posibilidades de sus quehaceres terrenales; un personaje que por la peculiaridad de sus emociones, sentimientos y pensamientos, por su modo de ser y estar inmerso en las vísceras del mundo, resulte puntualmente verídico, íntimamente memorable.

Eso es lo que en fin de cuentas pervive de un cuento una vez que ha salvado el devastador paso de las modas y las épocas: el personaje, el recuerdo imborrable del personaje. Puede uno relegar al rincón último de la memoria, a la ingratitud fiera e impiadosa del abandono, intrincadas vicisitudes, escenas sublimes, conflictos estrujantes, los orígenes atroces y las argucias insaciables de una tragedia que en su momento nos pareció perfecta; pero lo que de ninguna manera podemos dejar de lado, lo que no debemos sepultar jamás en las deslealtades de la amnesia es al personaje; si él se olvida, se olvida también todo lo demás, pues él es el cimiento, el soporte, la orgullo mayor de la arquitectura del cuento literario. Si uno, como autor, no alcanza a crear eficazmente al personaje, cualquier esfuerzo es vano y la mejor dicha un agua siempre fugitiva.

Por ello, una de mis preocupaciones recurrentes es la de acercarme estrechamente a tocar aspectos ineludibles, perennes de la deslumbrante condición humana. Por eso procuro ir más allá y explorar, dentro de las trivialidades de lo ordinario, esas sutiles conmociones que destaquen el acto superficial y lo transformen en una excepción, en un algo que justifique, redima y libere a lo extraordinario. Para lograrlo me sumerjo en los fondos del abismo y trato de descubrir allí lo inmodificable, lo que no cambia así empiecen o culminen eras y civilizaciones: las pasiones humanas, que son la plataforma de todo cuanto los hombres edifican y destruyen en el mundo; las pasiones humanas, que siguen siendo hasta ahora las mismas del principio. Mi propósito es hallarlas y mediante ellas, mediante alguna de ellas, calar en el asunto significativo y trabajar no por acumulación sino por selección; a profundidad, no en extensión.

Este largo, en oportunidades demasiado largo proceso, demanda de mi parte, entre otras cosas, humildad y paciencia. Mas los propósitos nobles no necesariamente construyen cuentos literarios. Hay que responder a innumerables exigencias, bregar mucho para, una vez definidos el tema, el argumento y los personajes, concebir el tono preciso, la voz imprescindible y, en lo particular de cada elemento y en la suma general de éstos, enmadejar el hilo dorado de la congruencia, la cual contiene dentro de su esfera otro linaje de aspectos que no puedo permitirme descuidar o pasar por alto: la estructura, la técnica, el ritmo narrativo, los tiempos centrales y los verbales, las diversas atmósferas, las cadencias del habla, los rigores insoslayables del lenguaje.

En este afán, en esta meticulosidad, quizá, se refleja mi obsesión porque los cuentos respiren y luzcan una muy saludable autonomía, que no estén contaminados entre sí ni por forzadas, indeseables intromisiones autorales, que cada uno responda cabalmente a su intención y disponga de sus instrumentos particulares, ya que el cuento es -o debe ser, según yo- un rompecabezas único y completo, una pieza de ficción certera, con voz propia; una obra breve de gran alcance, un raigón de vida que la facultad del arte valida como acontecimiento humano gigantesco; es, en fin, la consumación de un momento decisivo, el instante perdurable que modifica para siempre una existencia. El conflicto rara vez tiene que ver con un hecho inmediato, o bien ese hecho inmediato sólo desenmascara algo ya emboscado en el personaje: una emoción mal digerida, una tribulación no resuelta, algún tipo de descomposición interna que conspira de pronto ora para aliviar, ora para emperjuiciar todavía más. A lo que asistimos como lectores no es tanto al surgimiento del conflicto cuanto a su llegada a ese punto crítico que obliga a una toma de conciencia y, conforme el carácter y los comportamientos del personaje, a un momento de definición.

El detonante de la crisis puede ser cualquier incidente o cualquier impresión sensible: un despertar, una emancipación, un abandono, una enfermedad, una pasión ingobernable, un cielo nublado, un cambio de casa, un nacimiento, una borrachera. Lo que interesa es lo que está detrás a manera de recuerdo o deseo, de anhelo guardado o reprimido, de esperanza largamente incumplida, y lo que pasa cuando esto se impulsa y rompe la camisa de fuerza que lo sujeta. Así, el personaje escucha en sí mismo las voces de su verdadera naturaleza y se ve empujado a discernir y actuar en consecuencia. Aunque la vida en el orden cotidiano siga siendo igual, en el mundo interno ya se produjo el cambio. Por eso, incursionar en la emoción humana que late en la comarca oculta de un cuento es asistir a un hallazgo, a una revelación. Cuando esta revelación se da, cuando conozco el origen, la cifra del conflicto, sé que ya tengo el personaje, y con él las claves de su historia, sus códigos secretos, lo que configura el plano entero de sus afectos, sus limitaciones, sus dudas, las paradojas de su personalidad, la ignominia y la gloria de sus intemperancias, todo lo que hay en él de transparencia, pero también de oscuridad, de infortunio. Después, el cuento tiene que inaugurar su forma. Y el reto consiste en advertir cuál es la forma precisa de cada cuento. La forma es la que organiza el pensamiento, la que imprime la coherencia indispensable que debe existir entre el conflicto y el modo que el personaje tiene de vivirlo.

En el camino de la escritura, claro está, me es difícil evitar la tentación de ir incorporando algunas inquietudes que encajan con las mías, haciéndome partícipe de alguna contradicción o conspirando en algún triste egoísmo, topando con el ruidero de trastornos insospechados, escudriñando abolengos, escamoteando indiscreciones, acuñando lujurias, voluptuosidades, culpas primigenias, jugando, sonriendo, identificándome con éste o con aquel personaje, espeluznándome o lavándome las manos o poniendo mi corazón a remojar en agua sucia, todo lo cual me va colmando el buche de estruendo y satisfacción, me va marcando con una cicatriz luminosa. Pese a ello, me es preciso conocer y comprender antes de empezar a contar. Cada uno de mis personajes tiene la razón para hacer lo que hace y decir lo que dice. Es el dueño de su razón y de su verdad, y puedo comulgar con ellas o no, pero estoy obligado a respetarlas por sobre todas las cosas. En ocasiones, sus opiniones y sus actitudes me embaucan o me desagradan o me sublevan; no obstante, sé que no debo tratar de enmendarles mínimamente la plana, pues correría el riesgo de restarles legitimidad y, por consiguiente, veracidad. Cuando he cometido esta falta de respeto, he pagado el precio, y el cuento, echado a perder, ha permanecido en el cajón como una piedra pisándome la conciencia.

En mi opinión, el que un personaje sea creíble y aun memorable no depende tanto de sus acciones cuanto de la vehemencia con que exprese y viva las pasiones que le han tocado en suerte, en la medida que manifieste un rasgo, una porción sustantiva de la naturaleza humana. Mi punto de partida, entonces, es un principio elemental: si yo, como individuo, soy único e irrepetible, mis personajes también tienen que serlo. Y si la realidad es tan distinta para cada quien, deben serlo igualmente los fragmentos que la componen, desde una calle hasta un horizonte, desde el vuelo de un pájaro hasta la bravura de un río; un acoplamiento erótico puede ser calificado de extraordinario por los dos amantes, pero ese extraordinario es diferente, en la idea y el sentimiento, para cada uno de ellos.

Tengo que encontrar, pues, qué es aquello que distingue al personaje, cuál es el ideal que lo particulariza, cuál es su desasosiego, el drama básico de su vida, la consistencia de sus valores, qué pasa por su cabeza, por su corazón, por sus sentidos, qué acontece en las mudanzas de su alma. ¿A qué le da importancia un personaje, cuáles son los regocijos, las fobias, las aspiraciones, los prejuicios, las inhibiciones, los esplendores o naderías que conforman sus horas en el mundo? ¿Cuáles de estos materiales voy a utilizar y cómo: explícita o implícitamente, de modo directo o indirecto? ¿En dónde radica el conflicto: en el temperamento del personaje, en su conducta, en sus actitudes, en un pasaje lejano de la infancia, en cuál de sus pasiones? ¿El desorden es íntimo o proviene de algún arrebato exterior? ¿El personaje lo sabe o no; identifica lo que le pasa o no; quiere o tiene a la mano algo para resolver el problema o no? ¿Qué, de todo esto, es prescindible y qué lo estrictamente irrenunciable, lo que habrá de imprimirle valía y precisión, temperatura, consistencia a la historia? Debo responder, en fin, a todas esas complejas o llanas particularidades que conciernen a la más honda intimidad del personaje y que yo, su amanuense literario, no debo nada más describir, sino también y primordialmente trasmitir. Trasmitir y sugerir en vez de sólo describir. Cuando ya conozco todo esto y llevo escrita la primera versión, es cuando empieza el trabajo para lograr la congruencia total de la historia.

Cambian los significantes, no los significados. El concepto casa sigue siendo el mismo desde la cueva primitiva hasta nuestros días; lo que se ha modificado es la forma, no la esencia. Con el hombre sucede igual: cambia su envoltura terrena, las maneras de evidenciar sus apetitos, sus discordias, sus codicias, no así las raíces de su naturaleza. Conocerlas, o intentar conocerlas, es un impulso permanente de la vida. Sin embargo, este proceso de conocimiento, esta pesquisa infinita, no siempre se manifiesta en la conciencia. Si cada realidad -apegada a esa otra realidad concreta que llamamos la realidad- es condicionada y transitoria, donde hay que incursionar es en la esencia del ser, en lo que trasciende lo temporal y se inscribe en lo eterno, en lo que está por encima y más allá del ínfimo lapso individual. Este es el gran desafío que representa, en mi caso, el trabajo del escritor. Porque, si no escribe uno para expresar y tratar de explicarse algo de la condición humana, entonces ¿para qué?

Por eso no me atrae en lo absoluto la narración meramente anecdótica o descriptiva, ya se trate de un cuento de acción o de símbolos, de hechos o de fantasías. Lo descriptivo no me basta, no me entusiasma el qué sino el cómo: no importa de qué color son unos ojos, importa cómo miran, cómo expresan, cómo comunican un júbilo o una arrogancia: trasmitir en vez de describir. El puro describir permite descubrir al autor, y esto, desde mi perspectiva, es una deficiencia. Por otro lado, creo que tampoco basta con decir que los personajes piensan o sienten tal o cual cosa, hay que verlos sentir y pensar. Yo, autor, digo que mi personaje siente un gran dolor, o digo hicimos el amor como locos; no, eso no sirve, eso me muestra a mí, no al personaje. Ese tipo de construcción no pasa de ser un "facilismo". Por tanto, desecho el camino de las copias "fidedignas" y elijo el que conduce, trotecito más lento pero más seguro, al detalle significativo, a la minucia imprescindible. Asimismo, me tiene enteramente sin cuidado el transcribir con fidelidad un paisaje, lo que me propongo es decir lo que ese paisaje representa para el personaje que lo contempla. Me salen sobrando, pues, los decorados, los escenarios de cartón, las atmósferas de ilusionismo, la belleza de tarjeta postal.

Donde yo marco el acento, donde para mí está la gran relevancia, es en la respiración, en el ritmo de la respiración que es el que asigna el ritmo al cuento. Si el personaje está deprimido o alegre, trémulo o eufórico, abatido o exultante, el ritmo de la respiración es diferente en cada caso y me indica el fraseo, la musicalidad, los acordes que requiere cada momento de la historia. La disposición anímica del personaje me dicta el ritmo y me proporciona las contraseñas para la elaboración de la atmósfera, para seleccionar el vocabulario insustituible, para conseguir la armonía y la unidad de todos los elementos que conforman el texto, para procurar que éste sea, en su conjunto, una pieza única. Los ritmos no sólo me sirven para evitar la planitud, la monotonía, el tedio de la repetición machacona, sino que me dan la pauta para calibrar la tensión en la historia. La tensión, que a mi juicio es comparable a una liga que se estira frente a la cara del lector, se logra mediante los ritmos, las cadencias, los tonos distintos, las inflexiones de pensamiento, la expresión genuina y contundente de las emociones, que finalmente son el nervio y el pulso de la narración.

Pienso que este es el motivo de la mínima acción exterior que hay en mis cuentos, ya que privilegio el movimiento interno: me cautiva más lo que ocurre dentro que lo que sucede afuera, la esencia que la circunstancia. Y de ahí, quizá, mi ambición por aproximarme, lo más posible, a la verdad y la belleza, por entramar la emoción de los sentidos y la emoción estética. Las anécdotas de mis cuentos pueden ser muy sencillas, hasta simples, si alguien quiere; no apuesto por la anécdota, sino por lo que late en el fondo, lo que exige hacerse carne. La sustancia. Esto me lleva a convivir largamente con la situación antes de escribirla. Lo que me asedia y me impulsa es captar y trasmitir la parte escondida y prodigiosa que hay en un hecho en apariencia intrascendente, es decir, lo que merece ser contado. Porque historias que contar hay muchas, pero escoger lo que hay de enigma y de perdurabilidad en una historia, la parte representativa o ilustrativa de un destino, ahí radica, para mí, la verdad del cuento literario. Hacer visible lo invisible. Y este arribar al instante de vida que se estrena y se erige para ser plasmado en la escritura, surge de un dispositivo de la sensibilidad (una revelación interna) que apremia los resortes de la imaginación, dispara la fantasía, agudiza los sentidos, diseña y pone en marcha lo más noble de nuestra inteligencia y nos guía por los laberintos del acto creativo hasta su culminación.

Por otro lado, si un cuento carece de misterio, de secretos, nos quita la curiosidad y nos hace sentir un poco tontos, pues el autor todo lo sabe y no nos deja libre ni un resquicio por donde podamos establecer un juego o una complicidad con él. El cuento debe tener sus cuotas de reto, de riesgo para el lector, pero sin emplear trucos ni trampas, y sí en cambio guiños de malicia, astucias que permitan establecer un minucioso duelo de talentos con su probable receptor. En una relación amorosa nos valemos de acciones, pensamientos, palabras para atraer, seducir, conquistar. El cuentista hace otro tanto, respaldado en tres propósitos fundamentales: entretener, conmover e instruir acerca de la condición humana.

Sin embargo, debe uno antes que nada procurar la imparcialidad, o sea, la verdad particular sobre la verdad general, y también la realidad individual en vez de la realidad absoluta. Por ello, creo que es indispensable evitar la intromisión autoral. Las consecuencias de un cuento corresponde sacarlas al lector, él es el que hará, si lo considera útil y necesario y basado en sus principios, los veredictos morales acerca del proceder de los personajes. Yo, como autor, debo renunciar a los juicios de valor propios, renunciar a mi propia idiosincrasia y a mi propia voz en favor de la idiosincrasia y la voz del personaje. Darle a cada cuento su sentido exclusivo, sus características exactas. Por supuesto, hay el escritor que crea la personalidad, la tesitura privativa del relato, y hay también el que emplea siempre el mismo tono y narra invariablemente igual porque tiene un "estilo" definido. Yo prefiero al que sigue la voz de cada cuento, al que opta por imprimir el sello, el estilo unívoco a cada cuento.

En cualquier caso, de lo que se trata es de inventar, y de inventarlo todo, íntegra, morosa y amorosamente, pensando, pesando, midiendo la validez, la autenticidad, la credibilidad, la certeza de cada estructura, cada atmósfera, cada personaje, cada diálogo, dotando a los temas uno a uno de su anécdota inalterable, su espacio y temporalidad, su respiración, su propio vocabulario, amarrando severa, estrictamente cada uno de los elementos que componen el cuento para que no haya la menor fisura, para que el lector no se encuentre de improviso con ningún desamparo, para que transcurra sin tropiezos desde la primera línea hasta el punto final. Inventar cada quien de acuerdo con su sensibilidad, con su imaginación, con su inteligencia. Y con las pasiones que le dañan el alma o lo colman de dicha, todo según el carácter y la voluntad de cada quien, la percepción que cada quien tenga de la vida. Cada escritor realiza lo suyo y ha de sentir la íntima satisfacción -ocasionalmente el silencioso remordimiento- de haberlo llevado a cabo. Cosas intransferibles, entrañables de cada escritor. De los puertos se parte y a los puertos se llega. Navegantes somos y en la mar del cuento andamos. Por lo que a mí respecta, me celebro viejo lobo de amar del cuento literario, que es mi destino incanjeable y mi mejor dignidad.

La definición

No conozco una sola definición de cuento, por convencida o convincente que sea, que admita de manera absoluta y definitiva las prácticamente infinitas formas del cuento como género literario, como modelo artístico. Puede ser que alguna definición afortunada abarque una o hasta muchas expresiones cuentísticas, pero siempre habrá otras, innumerables, que escapen a ella. Arbitraria e insuficiente como todas, ésta que yo hago, extraída de mi propio diccionario, dice así:

Cuento: Padre y señor nuestro de los géneros literarios: En un principio fue el Cuento... Sí; pero, qué es un cuento. Ah, pues un cuento es un acto de amor, es un acto de fe, es una consagración, es un prodigio, es un azar limitado por la eternidad, es una brevedad que encierra el infinito, es una prueba de que existimos, es el sueño de un dios imaginado por un ser ordinario, es un juego a pulso entre dos magos, es un malabarismo con esferas llenas de palabras, es un espejo en el que te ves, es un asilo para cuerdos, es una de las infancias del hombre, es unos labios que se besan por primera vez, es un cielo añil o naranja o nubecido, es un tren que desliza su soledad por entre los nervios de la noche, es la sábana que huele a lo que amamos, es el continente de un cuerpo descubierto apenas, es unos ojos en busca de una lágrima, es un mapa de la muerte, es un perro que ladra no sé dónde, es un deseo convertido en añoranza, es una mirada que anda a ciegas, es una cicatriz cerrada en falso, es la uñita de luna que había sobre mi casa cuando te conocí, es una sopa de lentejas en lo mejor del hambre, es una niña de nueve años colmada de luz lo mismo cuando juega que cuando duerme, es una travesía de la Osa Mayor por la Vía Láctea, es un buque fantasma que toca puerto al mediodía, es una libreta de saldos donde hago la recapitulación de mis pecados, es un mar que agoniza sin haber sabido en su vida lo que es un barco, es una puerta que si la abres te pones a llorar, es un camello que no quiere ni oír hablar de la aguja, es el miedo que le tiene el tiempo a la vejez, es una retina que se desprende por lo más delgado, es un ataúd para dos que no se amaron, es una boca que no pasó por los dientes de leche, es un diablo torpe, es un corazón con los recuerdos contados, es tu mano con mis huellas digitales, es un duelo a muerte entre palomas, es una perplejidad en el alma o lo que es lo mismo una piedra en el zapato, es la almohada donde tu sueño y mi sueño vuelan juntos, es un agua de río que siempre está de paso, es un agua de lluvia que nunca llega a cumplir años, es un reloj que no se para ni a tomar aire ni para ir al baño, es las tres sabidurías juntas en un solo costal, es la fiebre y el fervor de un loco sagrado, es la alucinación de los visionarios, de los santos, de los magos, es el destino perfecto de Dios... El Cuento es, finalmente y en resumidas cuentas, el verdadero principio de todas las cosas, y al contrario de todo lo que principia, es lo que jamás acaba.

miércoles, 2 de agosto de 2023

 

 

                                                           "Aquí presento un breve ejemplo del cuerpo

                                                           principal de tesoros intelectuales que lego a la

                                                           posteridad, o hasta que llegue la mujer de la

                                                           limpieza."

 

                                                                                                                      Woody Allen

 

 

¡¡ÉSTE EL POEMA 20 DE PABLO NERUDA ES EL POEMA MÁS LEÍDO EN TODA LA LENGUA ESPAÑOLA, FUE EL ÚNICO QUE SUPERÓ LAS 133, 000 CONSULTAS DE MI POEMA, LO CUAL ME PARECE INCREÍBLE!! Y VIVA PABLO NERUDA!!

 

PUEDO escribir los versos más tristes esta noche. 

Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". 

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como pasto el rocío. 

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Como para acercarla mi mirada la busca. 
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. 
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. 
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, 
mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, 
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

lunes, 31 de julio de 2023

COMENTARIO FILOSÓFICO SOBRE RELIGIÓN Y ATEÍSMO

POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

 

Ante la pregunta ¿Se encuentra en crisis la religión?, cabe una respuesta doble, es decir, tanto afirmativa como negativa. Efectivamente, desde que Nietzsche hizo la famosa afirmación “Dios ha muerto”, la Religión ha pasado por diversas crisis y son los propios jerarcas de la iglesia y sus teóricos los que no dejan de estar preocupados por lo que se detecta como vientos agitados que han afectado los cimientos de la Iglesia y la Religión. Como lo afirma Torres Queiruga en su libro “Creo en Dios Padre” “el ateísmo moderno es la consecuencia de un choque entre dos mundos culturales: el antiguo y el moderno”, siendo el moderno el resultado de la “Ilustración”, que arrancó con el Renacimiento y sigue hasta nuestros días, operándose un cambio de paradigma que no pudo ser asimilado por la vieja cristiandad, constituyéndose en una de las principales fuentes del ateísmo. En síntesis, es un proceso que ya lleva siglos operando, con el concurso de la ciencia, la tecnología y los modernos descubrimientos, alejando a las personas de la religión y llevándolas al ateísmo, dice Torres Queiruga.

 

Por otra parte puede también afirmarse que la religión no se encuentra en crisis, y que a pesar de la enorme sacudida que ha significado ese cambio de paradigma que señala Torres Queiruga, se constata que una amplia parte de la población no ha abandonado las filas de la religión y sigue siendo creyente. Ante el asombro de pensadores como Fernando Savater, que en su libro “La vida eterna”, confiesa que le parece un tanto inaudito que en pleno siglo XXI tantos hombres continúen creyendo “en lo imposibe e improbable”, sin embargo así es y el atractivo que representa la religión para numerosas personas, no ha decaído y continúa.

 

Reconocemos que la religión contiene preguntas esenciales de la vida, mismas que la filosofía ha retomado, como dice Savater (“La vida eterna”), al afirmar, junto con el filósofo Luc Ferry, que “A la pregunta ritual qué es la filosofía, desearía resumir que es un intento de plantear y asumir las cuestiones religiosas de un modo no religioso o incluso antirreligioso”. Desde luego que toda persona con un mínimo de inquietud ante la vida se ha preguntado y cuestionado seriamente sobre la existencia o no de Dios, su relación con el Universo, etc. Todas las personas independientemente de si son creyentes o no mantienen un cierto nivel de espiritualidad debido a que estas preguntas se las lleva cada quien en su reflexión de por vida. Debido a lo anterior, podemos afirmar que la religión, nos guste o no, es un tema de permanente actualidad y que hay que resolver en forma personal y respetar a las conclusiones a que cada persona llegue, ya que es la elección libre que cada persona toma ante preguntas profundamente existenciales.

Efectivamente en el centro de la vigencia de la religión se encuentran estas preguntas existenciales que acertadamente Juan Alfaro (jesuita) señala en su libro “De la cuestión del hombre a la de Dios”, y que son entre otras: de dónde vengo?, a dónde voy? y cuál es el sentido de la vida? La religión ofrece respuestas que calman y proporcionan la tranquilidad de tener una trascendencia o permanencia después de la muerte, y dar un sentido a la existencia.

En forma personal, considero que entre los dos posibles respuestas de considerar a la religión en crisis o no, me inclino por pensar en que sí se encuentra en crisis o al menos en un gran cambio, ya que es evidente que la religiosidad de las personas, de acuerdo a estándares, referidos para el cristianismo, hasta antes del siglo XIX en Europa, se ha diluido y se discute libremente temas antes prohibidos, aunque es verdad que para los fundamentalismos religiosos como el islam, eso todavía desafortunadamente no sucede.

Para esto se necesita de un ambiente de libertad, de abandono al viejo autoritarismo que imperó en el campo de la religión. A pesar de lo anterior, y de toda la renovación que la religión pueda admitir que ha traído la Ilustración (Torres Queiruga), es necesario hacer notar que sigue conservándose a la Fe como un elemento fundamental y necesario en el sistema de creencias que constituye la religión. Para quienes defendemos la necesidad de no abdicar al uso de la razón y pensamos, junto a Savater, que la Fe es un “suicidio intelectual” queda claro que la llamada “Ilustración”, nos ha dejado valiosas herramientas intelectuales que nos permiten alejarnos del campo de la creencia y sin embargo estar dispuestos a abordar los mismos problemas filosóficos centrales que toca la religión, pero sin la religión misma.

 

El debate entre religión y ateísmo es uno singularmente desigual. La primera viene investida de respetabilidad, pompa y circunstancia, y, al igual que Dios, suele ser escrita con mayúscula y en tono reverencial. En cambio la palabra ateo o ateísmo, según una encuesta citada en el documental “The Unbelievers”, es considerada por la mayor parte de la población, tan oprobiosa o más que pedófilo o violador. Desde luego para muchos políticos, declararse “ateo” sería el fin de su carrera y haría que la gente desconfiara profundamente de él. Sin embargo, afirma el documental, en realidad muchas personas en la actualidad en sus actitudes cotidianas, distan mucho de lo que se consideraba un devoto creyente anteriormente, aunque sigan considerándose dentro de las filas de la religión.

 

 


 

 

 

  

domingo, 30 de julio de 2023

MIREN DÓNDE ANDA DULCE CHIANG, ELLA HACE AÑOS FUE HÁPAX POÉTICO

 

Hoy, segundo día del Mercadito Literario de Verano

 Periódico La Jornada
sábado 29 de julio de 2023 , p. 4a

Un puente que une y comunica a las editoriales independientes con los lectores se construye en el Mercadito Literario de Verano, el cual se inició ayer y continúa hoy en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia (CCLXV).

Así lo considera la directora de ese espacio Dulce Chiang, quien compartió los detalles de ese encuentro con La Jornada.

“El proyecto tiene la finalidad de acercarnos al movimiento editorial independiente de la Ciudad de México y de los estados cercanos con el fin de que tengan un lugar para difundir sus libros y a sus autores. Queremos llegar a más personas para organizar este encuentro más veces al año y que más editoriales se sumen”, explicó.

Al Mercadito asisten alrededor de 20 sellos, entre los que destacan Cielo Ediciones, Aquelarre, Bonilla Artigas, Vaso Roto, Ítaca, Canta Mares y Gallo Nero, la cual sólo existe en Internet y tiene numerosos seguidores. También participan libreros del Centro Histórico que en sus listas manejan títulos raros o difíciles de hallar.

“Aquí, los libreros tienen acceso a un mercado que no es tan tradicional, con lectores que buscan ediciones especiales o ejemplares que no se encuentran tan fácilmente en librerías comerciales. También están presentes otras editoriales que están sólo en Internet y que aquí se encuentran cara a cara con el público. Es importante que los asistentes las conozcan; finalmente, de eso se trata. Para nosotros es una prioridad difundir la literatura independiente y generar lectores nuevos”, destacó la titular del CCLXV.

Entre las actividades que se presentan destacan el micrófono abierto, una tertulia literaria, lanzamientos de libros con la presencia de sus autores, además de música en vivo. De acuerdo con la directora, se superó el reto de coordinar los tiempos con las editoriales para que acudieran.

“Contactamos a muchas, pero fue imposible presentar a todas en un fin de semana, por eso queremos hacer el Mercadito periódicamente e invitar a más sellos editoriales; es importante el acercamiento, porque creemos que este sector necesita más visibilidad ante el público. Queremos generar un movimiento entre los lectores con el propósito de que se acerquen, ya que mucha de la literatura se encuentra en esas editoriales”, señaló Dulce Chiang.

Inaugurado en 2010, el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia es una de las sedes de la Coordinación Nacional de Literatura, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Fomenta el hábito de la lectura, difunde la obra de autores mexicanos e impulsa la creación literaria mediante talleres, cursos y diplomados.

“Los medios digitales son indispensables para llegar a las nuevas generaciones, es donde el público se está moviendo y nosotros tenemos que actualizarnos, no podemos quedar estáticos, por eso nuestros talleres y actividades son híbridas, presenciales y con transmisión virtual”, finalizó Chiang.

El Mercadito Literario de Verano continúa hoy de 12 a 18 horas en la sede del CCLXV (Nuevo León 91, colonia Condesa, Ciudad de México).

sábado, 29 de julio de 2023

SPOT



PARA LAS ESCRITORAS SOY TODO APLAUSOS...










MI HERMANO ME ENVIÓ FOTO DE LAS CALLES DE ROMA ITALIA












Y POR AHÍ ANDAN ESOS ORATES!!



 

jueves, 20 de julio de 2023

LES OFREZCO A USTEDES A LÓPEZ VELARDE "SUAVE PATRIA" ESTÁ COMPLETO.

 

PROEMIO

Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo
para cortar a la epopeya un gajo.

Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo chuan
que remaba la Mancha con fusiles.

Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.

Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.

PRIMER ACTO

Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.

Sobre tu Capital, cada hora vuela
ojerosa y pintada, en carretela;
y en tu provincia, del reloj en vela
que rondan los palomos colipavos,
las campanadas caen como centavos.

Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.

Suave Patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.

Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
no miró, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los juegos de artificio?

Suave Patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco sabe
ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.

Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos se vacía
el santo olor de la panadería.

Cuando nacemos, nos regalas notas,
después, un paraíso de compotas,
y luego te regalas toda entera
suave Patria, alacena y pajarera.

Al triste y al feliz dices que sí,
que en tu lengua de amor prueben de ti
la picadura del ajonjolí.

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!

Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas,
oigo lo que se fue, lo que aún no toco
y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.

INTERMEDIO

(Cuauhtémoc)

Joven abuelo: escúchame loarte,
único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio;
tu cabeza desnuda se nos queda,
hemisféricamente de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera , al azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como del pecho de una codorniz.

SEGUNDO ACTO

Suave Patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío.
Tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol,
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alambradas.

Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.

Inaccesible al deshonor, floreces;
creeré en ti, mientras una mejicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana,
y al estrenar su lujo, quede lleno
el país, del aroma del estreno.

Como la sota moza, Patria mía,
en piso de metal, vives al día,
de milagros, como la lotería.

Tu imagen, el Palacio Nacional,
con tu misma grandeza y con tu igual
estatura de niño y de dedal.

Te dará, frente al hambre y al obús,
un higo San Felipe de Jesús.

Suave Patria, vendedora de chía:
quiero raptarte en la cuaresma opaca,
sobre un garañón, y con matraca,
y entre los tiros de la policía.

Tus entrañas no niegan un asilo
para el ave que el párvulo sepulta
en una caja de carretes de hilo,
y nuestra juventud, llorando, oculta
dentro de ti el cadáver hecho poma
de aves que hablan nuestro mismo idioma.

Si me ahogo en tus julios, a mí baja
desde el vergel de tu peinado denso
frescura de rebozo y de tinaja,
y si tirito, dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso
y en tus carnosos labios de rompope.

Por tu balcón de palmas bendecidas
el Domingo de Ramos, yo desfilo
lleno de sombra, porque tú trepidas.

Quieren morir tu ánima y tu estilo,
cual muriéndose van las cantadoras
que en las ferias, con el bravío pecho
empitonando la camisa, han hecho
la lujuria y el ritmo de las horas.

Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el AVE
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz, la trigarante faja
en tus pechugas al vapor; y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
la carretera alegórica de paja.


martes, 27 de junio de 2023

ME HICIERON COMENTARIO DEL ROSETÓN DE PLATA, SE LOS COMPARTO Y ESPERO QUE TAMBIÉN LEAN REVISTA LITERARIA MONOLITO

 

A mediados de los ochenta del siglo pasado, una institución estratégica para el desarrollo y la seguridad nacionales se trasladó desde la capital federal a una capital de provincia: el INEGI se estableció en Aguascalientes. La migración ha tenido todo tipo de consecuencias. Tarde o temprano las tendría en las artes y las letras.

El arribo de un buen número de escritores entre los empleados del Instituto, ocupados en la redacción de publicaciones institucionales, encontró un primer punto de contacto con la comunidad local a través del suplemento dominical El Unicornio primero y de las revistas y series editoriales del ICA después.

Más tarde, la escolaridad y las habilidades de muchos abrieron otras formas que llevaron el contacto inicial a la integración, como académicos universitarios o profesionistas. Desde un principio la oriundez adquirió relevancia en la literatura, para dar cuenta del desplazamiento geográfico en una gama de registros que van del rechazo irracional a una aceptación prudente por parte de los hidrocálidos.

Así, en Aguascalientes apareció un nuevo tipo de habitante: el hidrochilango, hijo de padres capitalinos nacidos o criados en la capital de provincia. Uno de ellos se llama Marcos García Caballero (CDMX, 1973), un escritor que cuenta con varios títulos publicados, como el poemario Infinitos dispersos (Ediciones Alforja, 2001), la novela Edad en el alba (ICA, Premio Nacional de Narrativa Joven Salvador Gallardo Dávalos 2002) y su segunda novela Antes de todos los partidos (edición del autor, 2008). En 2009 obtuvo una beca del ICA para escribir la novela Vestigios de cerro hermoso y publicó su primer libro de cuentos titulado Iconoclastas y otros cuates (Editorial Torre Oscura). 

En 2019 obtuvo un apoyo del PECDA para imprimir En búsqueda del Rosetón de plata y otras narraciones. El libro está compuesto de diez narraciones protagonizadas por el doble de Marcos García Caballero: el estudiante de la Escuela de escritores de la SOGEM, Mateo Gargallo Castellanos. Escritos en forma de crónica, los capítulos narran diferentes momentos en la trayectoria literaria del protagonista, sin un orden cronológico. Esta ruptura de la linealidad temporal se relaciona con la fragmentación espacial, inherente a la migración del ejército de empleados y sus familias. 

Además, aunque abundan las pistas y referencias a lugares y momentos reales, hay indicios de que los referentes también se encuentran en la imaginación y no solo en eso que queda cuando cerramos un libro. Por ejemplo, la novela de Mateo, El jardín del pulpo, se llama igual que una canción de los Beatles y un cuento de Ringo Starr. Evidentemente, se trata de una sustitución enfatizada por Mateo, al señalar el origen del título.

Por tanto, los textos aparecen como simulacros de autobiografía, pues en realidad constituyen ficciones. En este juego, la verosimilitud juega un papel primordial para que estos relatos funcionen como testimonios de una vida verdaderamente vivida y no solo imaginada o deseada; los referentes reales refuerzan el carácter testimonial de los escritos. Queda en el lector dar a las historias un sentido más o menos literario o histórico. Lo importante está en la unidad situacional del conjunto, lograda con la presencia constante de la perspectiva del escritor, manifiesta el peso de la subjetividad concretada en el punto de vista del narrador.

En todo momento, Mateo muestra una aguda conciencia de su trabajo, especialmente cuando busca publicar en las principales editoriales. También cuando participa en concursos y sobre todo al obtener algún reconocimiento. Igualmente, convive con otros escritores en bares y fiestas donde se bebe, se fuma y se tienen relaciones sexuales con entusiasmo ejemplar.

Durante los 22 años que abarcan las narraciones, de 1990 a 2012, el escritor se dedica a escribir y promoverse, sobreviviendo con chambas mal pagadas y plagadas de riesgos ─alcoholismo, tabaquismo, drogadicción─ alegremente asumidos; y a seguir sus impulsos de escritor y de joven que entra en la madurez consciente de su lugar ─o falta de lugar─ como escritor en un mundo al que nada le importa la calidad de su suerte, ni la de nadie más.

Y más que el desenlace de sus anécdotas, como la pérdida de su primera novela de largo aliento en una computadora descompuesta o los premios obtenidos por sus poemas y narraciones, parte del interés de los textos radica en la idea del escritor que transmiten. En los ambientes donde se desenvuelve y sus referencias culturales, especialmente las musicales y literarias. Trabajando como disc-jockey, barman, promotor del voto para candidatos a puestos de elección popular o empleado en un laboratorio fotográfico.

Pero el interés de este libro también radica en la construcción de una realidad de la que el escritor ha seleccionado algunos de sus rasgos más sórdidos. Y lo consigue con un lenguaje que da cuenta de la hostilidad establecida donde terminan las palabras y se hace la literatura.

Ricardo Esquer

Ricardo Esquer (Cd. Obregón, Sonora, 1957). Poeta y ensayista. Ha publicado varios títulos de poesía, como Estación (2012), Desatino (2002), Marchar (1996) y Ostimuri (2021). Autor de la biografía Armonía perdurable: reposo de la luz. Ladislao Juárez Ponce (2013), así como de la antología literaria Aguascalientes, estancias y senderos: poesía, narrativa, ensayo y teatro (1850-1991) (1993). Coautor del libro-objeto Tres miradas a lo posible (AAT, 2014) con fotografías de Francisco Pizaña y diseño de Montserrat Galindo. Becario del FECA en 2011-2012 y en 1998-1999. Autor de los ensayos La cultura arquitectónica de Aguascalientes (1989). Premio Salvador Gallardo Dávalos 1985 en poesía con Ir es nunca llegar. Mención honorífica en el Concurso de Poesía de los Cuadernos del Caballo Verde 1980, de la Universidad Veracruzana, por De los huesos para adentro. Actualmente es presidente y representante de la asociación civil Artistas Asociados Trabajando.

 

 

lunes, 19 de junio de 2023

LA GRAN NOVELA LATINOAMERICANA DE CARLOS FUENTES

 


APENAS AYER TERMINÉ DE LEER ÉSTE LIBRO INCREÍBLE DE FUENTES, FIRMADO COMO TERMINADO DE ESCRIBIR EN ROMA EN JULIO DE 2011, LA MERA VERDAD LO TIENEN QUÉ LEER. EL ENSAYO HABLA DESDE LOS TIEMPOS DE BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO HASTA LA ACTUALIDAD DE "LA GUERRA DE GALIO", DE AGUILAR CAMÍN, BLANCO NOCTURNO DE RICARDO PIGLIA, (ÉSE TAMBIÉN LO LEÍ HACE POCAS SEMANAS) Y ALGUNOS OTROS MÁS COMO "EL TESTIGO" DE JUAN VILLORO PUBLICADO EN 2005, FÍJATE QUE ÉSE ÚLTIMO NO ME GUSTÓ LO DEJÉ A LA MITAD, PERO ME DA GUSTO FUENTES CUANDO DICE: ADEMÁS PUDE HABLAR DE MUCHOS OTROS LIBROS LATINOAMERICANOS PERO "!QUÉ CHINGADOS! COMO MÉXICO NO HAY DOS!" JA, RECUERDO TAMBIÉN QUE EN 2011 EMPECÉ A TRABAJAR EN FILOSOFÍA POR CHIHUAHUA EN UN DEPTO DE LA CALLE ACUEDUCTO DE AGS, Y FUENTES EN SUS ÚLTIMOS AÑOS TENÍA CONMIGO UNA RELACIÓN DE AMOR Y ODIO, QUE OBVIO ES ENTENDIBLE PORQUE QUERÍAMOS QUE EL MAESTRO NOS DEDICARA MÁS TIEMPO DEL QUE EL MAESTRO DISPONÍA, LO ENTIENDO, TODA LA MEMORIA CON CARLOS FUENTES!!

sábado, 17 de junio de 2023

COMENTARIO FILOSÓFICO SOBRE RELIGIÓN Y ATEÍSMO POR MARCOS GARCÍA CABALLERO..

 

Ante la pregunta ¿Se encuentra en crisis la religión?, cabe una respuesta doble, es decir, tanto afirmativa como negativa. Efectivamente, desde que Nietzsche hizo la famosa afirmación “Dios ha muerto”, la Religión ha pasado por diversas crisis y son los propios jerarcas de la iglesia y sus teóricos los que no dejan de estar preocupados por lo que se detecta como vientos agitados que han afectado los cimientos de la Iglesia y la Religión. Como lo afirma Torres Queiruga en su libro “Creo en Dios Padre” “el ateísmo moderno es la consecuencia de un choque entre dos mundos culturales: el antiguo y el moderno”, siendo el moderno el resultado de la “Ilustración”, que arrancó con el Renacimiento y sigue hasta nuestros días, operándose un cambio de paradigma que no pudo ser asimilado por la vieja cristiandad, constituyéndose en una de las principales fuentes del ateísmo. En síntesis, es un proceso que ya lleva siglos operando, con el concurso de la ciencia, la tecnología y los modernos descubrimientos, alejando a las personas de la religión y llevándolas al ateísmo, dice Torres Queiruga.

 

Por otra parte puede también afirmarse que la religión no se encuentra en crisis, y que a pesar de la enorme sacudida que ha significado ese cambio de paradigma que señala Torres Queiruga, se constata que una amplia parte de la población no ha abandonado las filas de la religión y sigue siendo creyente. Ante el asombro de pensadores como Fernando Savater, que en su libro “La vida eterna”, confiesa que le parece un tanto inaudito que en pleno siglo XXI tantos hombres continúen creyendo “en lo imposibe e improbable”, sin embargo así es y el atractivo que representa la religión para numerosas personas, no ha decaído y continúa.

 

Reconocemos que la religión contiene preguntas esenciales de la vida, mismas que la filosofía ha retomado, como dice Savater (“La vida eterna”), al afirmar, junto con el filósofo Luc Ferry, que “A la pregunta ritual qué es la filosofía, desearía resumir que es un intento de plantear y asumir las cuestiones religiosas de un modo no religioso o incluso antirreligioso”. Desde luego que toda persona con un mínimo de inquietud ante la vida se ha preguntado y cuestionado seriamente sobre la existencia o no de Dios, su relación con el Universo, etc. Todas las personas independientemente de si son creyentes o no mantienen un cierto nivel de espiritualidad debido a que estas preguntas se las lleva cada quien en su reflexión de por vida. Debido a lo anterior, podemos afirmar que la religión, nos guste o no, es un tema de permanente actualidad y que hay que resolver en forma personal y respetar a las conclusiones a que cada persona llegue, ya que es la elección libre que cada persona toma ante preguntas profundamente existenciales.

Efectivamente en el centro de la vigencia de la religión se encuentran estas preguntas existenciales que acertadamente Juan Alfaro (jesuita) señala en su libro “De la cuestión del hombre a la de Dios”, y que son entre otras: de dónde vengo?, a dónde voy? y cuál es el sentido de la vida? La religión ofrece respuestas que calman y proporcionan la tranquilidad de tener una trascendencia o permanencia después de la muerte, y dar un sentido a la existencia.

En forma personal, considero que entre los dos posibles respuestas de considerar a la religión en crisis o no, me inclino por pensar en que sí se encuentra en crisis o al menos en un gran cambio, ya que es evidente que la religiosidad de las personas, de acuerdo a estándares, referidos para el cristianismo, hasta antes del siglo XIX en Europa, se ha diluido y se discute libremente temas antes prohibidos, aunque es verdad que para los fundamentalismos religiosos como el islam, eso todavía desafortunadamente no sucede.

Para esto se necesita de un ambiente de libertad, de abandono al viejo autoritarismo que imperó en el campo de la religión. A pesar de lo anterior, y de toda la renovación que la religión pueda admitir que ha traído la Ilustración (Torres Queiruga), es necesario hacer notar que sigue conservándose a la Fe como un elemento fundamental y necesario en el sistema de creencias que constituye la religión. Para quienes defendemos la necesidad de no abdicar al uso de la razón y pensamos, junto a Savater, que la Fe es un “suicidio intelectual” queda claro que la llamada “Ilustración”, nos ha dejado valiosas herramientas intelectuales que nos permiten alejarnos del campo de la creencia y sin embargo estar dispuestos a abordar los mismos problemas filosóficos centrales que toca la religión, pero sin la religión misma.

 

El debate entre religión y ateísmo es uno singularmente desigual. La primera viene investida de respetabilidad, pompa y circunstancia, y, al igual que Dios, suele ser escrita con mayúscula y en tono reverencial. En cambio la palabra ateo o ateísmo, según una encuesta citada en el documental “The Unbelievers”, es considerada por la mayor parte de la población, tan oprobiosa o más que pedófilo o violador. Desde luego para muchos políticos, declararse “ateo” sería el fin de su carrera y haría que la gente desconfiara profundamente de él. Sin embargo, afirma el documental, en realidad muchas personas en la actualidad en sus actitudes cotidianas, distan mucho de lo que se consideraba un devoto creyente anteriormente, aunque sigan considerándose dentro de las filas de la religión.