¿Qué es un libro? Un libro es un
símbolo, una señal que pertenece al mundo de la civilización humana. Si fuera
un trueno o un relámpago sería un sigo: una señal que pertenece al mundo o
universo del Ser, en términos metafísicos. ¿Y qué me dices sobre los libros de
Brenda Navarro? Es la cultura pop, pero al mismo tiempo, como ya desde hace
tiempo son los escritores “jóvenes” del país, son libros que abrevan y sacian
su sed a partir de las obras de Jorge Ibargüengoitia.
La historia que relata la novela Casas
vacías está plagada de sexo entre los personajes, insultos y cosas de ese
estilo, es una narración despiadada, pero también eso quiere la cultura Pop. Me
resulta sorprendente cómo la autora es demoledora al destruir las señas de lo
que pensamos que es la “maternidad” para una escritora de sus cuarenta y dos
años. Hay un viaje desesperado a España y una vuelta a la Ciudad de México, la
forma de proceder de la autora ha sido colocarse como la madre y lo hace muy
bien y se ha puesto a cortar a machetazo limpio, toda nuestra inocencia al
respecto: negación de Dios, la sordidez de la vida en cualquier parte, y en
todas partes parece que no hay ninguna importancia de lo real: mejor dicho: no
hay nadie quién le importe en lo social sobre qué le ocurra a éstos personajes ni
a nadie más, testigos mudos somos todos de nuestra propia pestilencia. Parte de
este proyecto era lanzarme a CDMX en autobús a entrevistarlas. Fernanda Melchor
me dijo vía e-mail que no podría hacerlo “por cuestiones de seguridad”, en fin…
Por esa razón ofrezco la siguiente entrevista, sí en copy-paste y
respetando el derecho de autor del entrevistador:
Brenda Navarro: «Hay que combatir que a las
autoras nos traten como vendedoras y a los lectores como clientes»
Tras su gran debut novelístico con 'Casas vacías', la
escritora mexicana publica 'Ceniza en la boca'. Enriquece su literatura
e interpela a todos con temas como la migración, física y espiritual, la
desigualdad, la búsqueda de red de afectos y los sueños postergados y
reivindica el mundo de los adolescentes:
Después de que Brenda Navarro, con 31 años, empezara a probarse
a sí misma de si era capaz o no de escribir una novela, con el resultado
exitoso de Casas vacías, en
2018, la escritura de su siguiente libro, Ceniza en la boca, fue más serena, y, a la vez, con nuevos
desafíos: no quería repetir fórmulas, ni de temas ni de estilos; y con un
propósito inesperado: romper las etiquetas que ha intentado ponerle el
ecosistema del libro por ser mujer, mujer latinoamericana y con temas de
maternidad. La escritora mexicana aspira a que la valoren desde la calidad
literaria y se hable, sobre todo, de literatura.
Ceniza en la boca (Sexto Piso) empieza el proceso del desenlace
desde el principio: un hilo narrativo dramático alrededor de la vida de una
pareja de hermanos jóvenes migrantes en España, cuando uno de ellos, Diego, se
suicida. En el arco de esas vidas, Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982)
aborda el tiempo, como el péndulo de un reloj silencioso, y el espacio como
prueba del Tiempo, del movimiento. La escritora se sirve de ese tic tac mudo para abordar, de
manera natural y fluida, aspectos relacionados con las raíces, la desigualdad,
la xenofobia y la búsqueda de afectos de manera instintiva para sobrevivir y
vivir, la identidad como algo móvil, la orfandad ante la propia vida que suelen
sentir algunos, los duelos de todo tipo que encadenan en silencio las personas…
Todo eso confluye en una idea conmovedora y profunda que palpita en la novela y
que es reconocible a todos los lectores: los sueños postergados, ¿a dónde van?,
¿qué efectos dejan cuando ya no pueden ser? ¿O hay algo más determinante, desde
lo íntimo, que esté relacionado con las raíces, la identidad, la migración y el
ser?
Veinte minutos después de empezar esta video-entrevista, el
rostro juvenil de Brenda Navarro esboza una sonrisa ensombrecida por lo que
acaba de revelarse ella misma con su voz pausada:
«Hablándolo con mi pareja y con mis amigas, que ya rondamos los
40 años, cuando ya sabemos que los
sueños ya no están postergados, simplemente ya no van a ser realizables, creo
que sí tenemos algo allí atorado en el estómago que no nos deja digerir los
duelos de esos sueños postergados, creo que los sueños postergados se van
disipando y sabemos que van a morir o que ya han muerto… Es un duelo que no
sabemos afrontar porque nadie nos preparó para esto. No le hemos dado un nombre
a lo que estamos viviendo. Es un momento en el que deberíamos construir una
palabra para describir eso de ‘Las cosas no van a ser como nos dijeron ni como
soñamos que iban a ser’. Pensábamos que si pasábamos un poquito más, o si
trabajábamos más, o si le sonreíamos más a quien iba tomar decisiones sucedería
algo a favor de ese sueño, o nos iba quedar la lotería, pero ya sabemos que no…
¡Ay!… me acabo de poner un poco triste al pensar que se han muerto nuestros
sueños en general ¿no? Si se postergan, se mueren…”.
A la escritora se le escapa el sonido de una sonrisa
entrecortada que enmudece al sorprenderse por lo que acaba de comprobar. Es
julio, ha vuelto por unas semanas a Ciudad de México. Allí nació en 1982, hace
40 años. De formación sociológica, economista y feminista, y con trabajos en el
mundo editorial, como correctora y demás, Navarro llegó a España en 2015 con su
pareja española, primero Barcelona donde hizo un máster, luego en 2019 se
trasladaron a Madrid, donde trabajó en una fundación sobre temas de migración.
Ya lleva en el país siete años y dos novelas que la sitúan como una de las
voces más literarias e interesantes de España y América Latina.
Su génesis como escritora se remonta a sus 31 años, en 2013.
Cuando vivía en México escribió la primera versión de Casas vacías. En España, en 2015
terminó el borrador, lo envió a un editor que le dijo que no, pero que la
novela tenía algo. Eso la animó a trabajar más a fondo el libro. Cuando lo
terminó sintió la necesidad de saltarse el proceso de las editoriales y le
propuso al proyecto mexicano online La
caja negra, más de periodismo y de derechos humanos, publicar allí la novela.
Así lo hicieron en 2018.
“Salieron dos o tres reseñas y entrevistas. Creí que ahí había
terminado mi trabajo Y cuando estaba pensando en otras cosas vino este boom gracias a la
recomendación de lectoras, que de boca en boca se pasaron el archivo, y a la
reseña de Fernanda Melchor (otra de las nuevas y grandes voces literarias del
español) que fue decisiva para lanzarla en México. De ahí vino todo, un agente,
luego ofertas de editoriales y me decanté, en 2019, por Sexto Piso, por su
cercanía hacia México”.
Ese 2019, Casas
vacías fue elegida por WMagazín como uno de los hallazgos literarios
del año. En 2020 la misma editorial publicó la novela en España y se convirtió
en uno de los debuts literarios de la temporada, y ella en una de las voces
nuevas a tener en cuenta. Tras el tema de la maternidad, de ser o no ser madre
y las violencias, en Casas
vacías, Brenda Navarro cambió de registro en Ceniza en la boca: un tono
más íntimo y a la vez muy social que interpela a todas las personas sobre
diferentes aspectos. El resultado es una novela conmovedora por lo que cuenta y
cómo lo cuenta con una voz serena que lleva el drama de la vida en una escritura
delicada y muy cuidada.
“Escribí Casas
vacías como un reto personal de ¿sé escribir una novela, o no?
Cuando escribí Ceniza en
la boca estaba muy tranquila porque sabía que, aunque gustara
o no, la gente iba a ver una editorial respaldándome; ya no tenía que hacer
este proceso de búsqueda en la angustia. Era una segunda novela sin miedo al rechazo, y eso permite una
serenidad a la hora de sentarte a escribir. Además, apareció la
pandemia, creo que eso nos trastocó a todo el mundo en las perspectivas. Aunque
es un lenguaje muy latinoamericano, muy mexicano, sí pensé que se podía parecer
a la segunda voz de Casas
vacías. Tenía un poco de miedo de repetirme, pero después me
di cuenta que esta era, justamente, la fuerza que necesitaba esta mujer mexicana
hablando de problemas latinoamericanos en España. Así que me aferré un poco a
esa voz.
Me gusta lo de serenidad. Es una narradora que trata de
encontrar una respuesta sobre por qué se ha suicidado su hermano y por qué se
siente como se siente. La novela puede interpelar a públicos más amplios. Casas vacías le puede
gustar a muchos hombres, pero sé que su público son las mujeres. Ceniza en la boca interpela a
todos. Decidí arriesgarme porque una
escribe lo que tiene que escribir”.
La escritora siguió su instinto literario, no el comercial o de
querer gustar. No pensó en un tema para crear una historia, sino que se le
apareció la historia. Hizo una apuesta por la literatura con temas que tocan a
todos, recuperó una voz de su anterior libro y la enriqueció. Se rebeló,
también, contra una práctica del ecosistema del libro que tiende a cosificar y
etiquetar a autores y obras en aras de la venta pura y tratar a los lectores
como clientes.
“El mercado editorial empieza a vender las novelas por temáticas
y le quitan la universalidad… Mientras escribía pensaba de qué iba Ceniza en la boca… Y va de un
montón de cosas. Justamente, no quiero que haya una temática, eso entrampa a
las obras que estamos escribiendo, porque sino encajamos como maternidades o
encajamos como problemas de mujeres… y puede ser vendible, pero a costa de
meternos en etiquetas. A mí me preocupaba esto, mientras escribía, en el
sentido de que necesito que esta obra se defienda porque es un libro, una
novela…
Hay una gran presión a las escritoras para que escribamos de todo
esto descarnado, salvaje, revolucionario como latinoamericanas. Es algo que peleo mucho en los círculos de lectura y con los
periodistas cuando les digo que a una autora francesa o a una inglesa no le
estás pidiendo que sea descarnada, le estás pidiendo que escriba una buena
historia. A mí me gustaría llegar a ese punto en el que solo me pidan escribir
una buena historia, y no que responda a lo que pide el mercado editorial o los
prejuicios de fuera de Latinoamérica que no sirven más que para que las
escritoras se sientan interpeladas a estar hablando de maternidades o de cosas
súper salvajes. Ojalá un día nos pudieran decir: ‘Has escrito un libro’ a
secas, esa es mi aspiración”.
Algo así ocurrió en los años sesenta con el boom latinoamericano cuya
sombra duró varias décadas, y aún se siente, a través del realismo mágico,
cuando la verdad es que muy pocos de esos escritores hicieron realismo mágico,
pero es la etiqueta popular. Solo hizo que muchos autores latinoamericanos de
los años setenta y ochenta fueran fagocitados o no fueran tenidos en cuenta.
“Algunas lectoras, lectores, me
han dicho de Ceniza en la boca que
estaban esperando un dolor descarnado como en Casas vacías. Me parece que también tiene que ver con
lo que tú dices de fagocitar. Vivimos
en una época en la que a los lectores y las lectoras nos están tratando como
clientes, y no como lectores y lectoras. Entonces, cuando tú eres cliente,
claro, pides calidad y quieres servicio al cliente, y si
no te gusta algo reclamas o pides te cambien el final de Game of Thrones o lo que sea.
Pero la literatura no va de eso. La cultura no debería ir de eso.
No somos ni clientes, ni somos vendedores. Somos personas que tenemos el privilegio de poder escribir una
historia y hay que valorarla en términos de conjunto, no de temáticas ni de
deseos de los lectores. Si el cliente no tiene la razón los lectores tampoco,
ni los autores. Es bastante perverso y desgastante. Además, ponen a las autoras
a hablar en ese sentido como si nosotras fuéramos el producto mismo; entonces,
es como ‘tú eres escritora latinoamericana, eres vendible, te vamos a dar
espacio’. A mí me gustaría que habláramos del libro, de la historia y no de
mí…”.
Hablar de literatura, ni más ni menos… Eso pide Brenda Navarro,
recuperar para la cultura y la literatura en el sector y en los medios de
comunicación su esencia y la propia dignidad de la creación artística.
“Exactamente. Yo muy pocas veces hablo de literatura, y a mí me
gusta aprender un montón de literatura de los lectores y las lectoras. Pero
poco hablo de eso porque siempre
tengo que estar justificando que soy una escritora latinoamericana que, además,
por circunstancias que se dan por hechas tengo el privilegio de estar aquí”.
Estas reflexiones de la novelista mexicana están conectadas con
aspectos narrativos de Ceniza
en la boca, y, sobre todo, con dos conceptos omnipresentes en
la obra de manera muy especial: el Tiempo y el espacio. El manejo del tiempo
como desplazamiento-movimiento de las personas que ocupan un espacio, en este
caso muy contemporáneo como la migración. Siempre el ser humano se ha movido en
busca de sueños, y en ese desplazamiento de intento de vivir o sobrevivir los
une la misma búsqueda: vínculos afectivos. Esto eleva Ceniza en la boca y la hace universal.
“A veces pienso que una forma de tratar de describir lo que le
puede suceder a una persona que se mueve de lugar, no necesariamente de país,
es lo que políticamente decimos que es desarraigo, que para mí es el quedarte
sin afectos. El volverte a poner en un
espacio nuevo y experimentar esta cosa muy de adolescentes que es querer entrar
a un espacio, ser aceptado, presentarte muy cool para que crean que eres muy simpática y que
te abran el espacio y te permitan entrar a su mesa o a su círculo social… Es
como volver a ser adolescente, pero, generalmente, las personas migrantes
migran cuando ya son adultas, entonces tienen que volver a pasar esa
adolescencia, y eso es mucho más duro porque a uno como adulto le es más
difícil dejar sus ideas preconcebidas.
Extrapolándolo socialmente es lo que nos está pasando ahora. De
pronto, ya no hay una dirección: si
nuestros padres tenían como dirección capitalismo, comunismo y después estado
de bienestar, de pronto las narrativas oficiales ahora nos dicen cambio climático,
te vas a morir… Parece que ya no hay hacia dónde avanzar. Eso
genera una sensación de adolecer de cosas, y eso era algo que me rondaba mucho
cuando estaba escribiendo, porque si bien Diego es un adolescente y la
narradora protagonista no es una adulta todavía, en realidad, la mayoría de los
personajes van un poco adoleciendo de cosas y tratando de encontrar ese cariño
y ternura que las ciudades no nos están permitiendo tener, para mí ese era un
gran tema. Hay una desestructuración y no hay forma de tejer afectos cómodos
para las personas».
El Tiempo medido en afectos. La gran búsqueda de todos. El ser
humano siempre se está moviendo, física y espiritualmente, en función de esto,
aunque delante ponga otras cosas y objetivos. Es parte del acierto de Ceniza en la boca, haber escogido
a un grupo, a los migrantes, como pudo escoger a otros que están en Yale o en
Japón, pero que en el fondo buscan lo mismo y eso hace reconocible la historia
a toda clase de lectores.
“Para mí ese era el tema. Lo que pasa es que la novela se inicia
con una lectura, con una noticia en un portal de internet, justamente de un
chico que se había arrojado de un quinto piso en Usera, un barrio al sur de
Madrid, y mi primera reacción fue: ‘¡Uy, ha de ser un chico migrante!”. Luego
empecé a leer la noticia y era un chico migrante, pero de Galicia a Madrid. Ahí
me di cuenta de mi propio prejuicio. Supe que ahí había una historia porque
justo tú puedes tener estos prejuicios.
Parece que hablo de la adolescencia, pero en realidad hablo de que todas las personas
estamos sintiendo que hemos nacido en un momento en el que estamos adoleciendo
de un montón de cosas y necesitamos algo y el mercado nos hace creer que
necesitamos consumir; pero, en realidad, necesitamos generar redes de afecto,
que es lo que nos puede ayudar a bien vivir”.
Adolecer es la palabra que utiliza Brenda Navarro, pero en esos
personajes está una especie de orfandad existencial. Diego muere y es su
hermana y su madre quienes se quedan sin él, huérfanas de sueños, de trabajos,
orfandad en el sentido amplio bajo la luz o la sombra del duelo.
“También eso, estamos viviendo: un duelo perpetuo, y no sabemos
bien por qué… Nunca lo había pensado en términos de orfandad. Seguía pensando
en términos de que hay una madre y que, además, es una madre distinta a la de
mi primera novela en la que ella no se está preguntando si quiere ser mamá;
aquí es mamá y tiene que hacer lo que le corresponde, pero yo ya no quería caer
en ese tema de querer o no ser madre, eso para mí ya estaba finiquitado. Y es
verdad que, por ejemplo, casi nunca hablo de padres.
Ahora, con lo que tú dices de orfandad, me parece que hablamos
como de una orfandad, no quiero usar la palabra valores, porque eso me puede
llevar a la moral, y no
quiero entrar por ahí; pero sí como a sentir que estamos huérfanos de… ¿qué
será? ¿de deseos? O más bien nuestros deseos están huérfanos de directrices,
no sé…
Vivimos en una época en la que todo parece muy catastrófico y
que, además, estamos culpando a nuestros padres Estado, que tampoco ya existe
mucho. Ahora sí es el sálvese quien pueda porque no estamos dando una en ningún
sentido”.
Esa orfandad y duelo en sentidos amplios se sustancia en el
último párrafo de Ceniza
en la boca cuando se habla de los sueños postergados. Todas
las personas cargan los suyos en algún rincón secreto de su alma. Es cuando
Brenda Navarro, al otro lado de la pantalla habla de ellos y se descubre que
ella también tiene lo suyos como se dice al comienzo de este artículo:
“Hablándolo con mi pareja y con mis amigas, que ya rondamos los
40 años, cuando ya sabemos que los sueños ya no están postergados, simplemente
ya no van a ser realizables…”.
Sueños postergados o ya muertos se suelen convertir en fantasmas
insomnes y contribuyen a la forma de ser o identidad de las personas siempre en
construcción.
“La identidad da para hablar mil horas. La identidad
latinoamericana o la identidad como mujer, etcétera. De pronto, te das cuenta
como por muy deconstruidas o deconstruidos que estemos, y por mucho que nos
interpelen ciertos discursos que tampoco quieres etiquetarte. Sí, yo pertenezco
a Latinoamérica porque ahí nací y, digámoslo, de alguna manera, pero,
¿realmente, yo tengo cosas en común con Latinoamérica?, no estoy tan segura.
Ahora mismo, ¿como tú eres una mexicana establecida en España, qué tanto te
pareces a España?, seguramente un montón, porque estoy viviendo ahí y con sus
códigos culturales, pero ¿necesito una etiqueta para esto?, ¿como mujer
necesito una etiqueta para que me digan que yo soy o no soy mujer?
Es lo que hablábamos de la manera como te van configurando como ser humano para que
respondas a ciertas etiquetas externas y no lo que tú necesitas como ser
humano. Igual como escritora, con esa etiqueta de lo que
tiene que ser una escritora. ¡Ay por Dios¡, yo qué sé que tiene que ser un
escritor, yo solo quería escribir un libro.
De pronto, hay que responder a etiquetas que tú ni siquiera has
pedido y que te lo exige la gente. Vuelvo a lo que ya dije, parece que antes que ciudadanos o seres humanos
somos clientes. Hay que combatir eso porque es terrible, que a las autoras nos
traten como vendedoras y a los lectores como clientes, porque cuando tú como
cliente quieres buscar la mejor etiqueta de un producto es fenomenal; pero como
ser humano responder a etiquetas preconcebidas siempre vas a fallar, y fallas
sin ni siquiera haber sabido que estabas en una competencia. ¿Ah,
yo estaba compitiendo por ser una buena mujer o una buena madre o una buena
escritora? No sabía, avísenme antes para saber si quiero competir ¿no?”.
Es Brenda Navarro ciudadana, lectora y autora de su segunda
novela Ceniza en la boca en
cuya escritura estuvo presente otra mujer:
“Yo regreso mucho a Agota Kristof. Por supuesto que leí La
analfabeta y, por supuesto, no iba a escribir La analfabeta. Algo tenía que
aprender de ella, además de ella como ser humano. Cuando me atoraba volvía a
Agota. Ya alguien lo hizo bien. Ya lo que vayas a hacer ya es lo que te toca
con tus herramientas, con tus límites. Ella me ayudó a entender que lo que yo
admiro ya está escrito y que no puedo llegar a ese lugar, y eso me ayudó como
escritora”.
Así fue como Brenda Navarro llegó a otro lugar y lo iluminó
desde un grupo de edad que con los años se tiende a mirar con incomprensión, la
adolescencia como punto de encuentro y eclosión, a la vez, de los temas aquí
tratados:
“Quise construir dos personajes no adultos que tuvieran una
claridad de pensamiento que yo sí creo que tiene la adolescencia. Lo que pasa
es que como nos lo confrontan de una manera muy efervescente, nos cuesta
trabajo escucharlo. Y nosotros lo fuimos alguna vez. El ser adolescente nos permitió hacer cosas y
construir sueños que no sabíamos que se iban postergar, pero nos hicieron
seguir adelante. Aunque la narrativa actual nos dice que no hay
que ir a los adolescentes, y nos estamos perdiendo de un mundo que podría ser
más vivible si los escucháramos. Nosotros también lo fuimos, y también logramos
construir cosas, para bien y para mal, que nos han permitido seguir vivos.
Yo apuesto mucho a la adolescencia, a lo nuevo, a destruir
cosas. Ya no nos va tocar a nosotros, pero que ellos vengan y rompan nuestros
propios prejuicios me parece fenomenal, lo agradezco un montón”.
Hasta aquí la entrevista.
Brenda Navarro es, diríamos pues, una inteligencia
brillante, necesaria, además, es mi propia pasión inútil.
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