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*Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones




martes, 14 de marzo de 2017

CON AROMA A CANELA Y UNA PIZCA DE PAZ, POR ELENA BERNAL



(…) Porque ayer y mañana no existen: todo es hoy, todo está aquí, presente. Lo que pasó, está pasando todavía.

Octavio Paz

Era aproximadamente las 2:00 de la madrugada de un día de invierno, en el que un vientecillo frío se filtraba por la ventana, como un testigo grato de ese encuentro.
     El tiempo en el minuto se saciaba.
Sobre la mesa de centro de la sala, estaban unos cigarrillos marlboro, unos cerillos clásicos, una botella de tequila herradura, ya empezada, unos caballitos y un libro de poemas de Octavio Paz.
Él, como todo un poeta, le gustaba parafrasear algunos versos mientras sentía el cuerpo cálido de ella, quien lo escuchaba embelesada y se dejaba llevar por las caricias, por esa voz que entonces le parecía seductora.
Llegas, silenciosa, secreta,
y despiertas los furores, los goces, …
subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser, …

Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa substancia,
avidez subterránea, delirante.

En lugar de tequila prefirieron tomar un aromático té de canela. El aroma dulzón de la bebida se entremezclaba con la saliva de ellos al contacto con sus labios, con sus lenguas; ella no recuerda cuál fue el primer poema, ni siquiera el que le sucedió a otro y otro como una larga culebra de palabras sin principio ni fin, que inconscientemente entraban por todos los sentidos y se instauraban ahí para siempre.
Despiertas a mi tacto, …
percibo el mundo y te toco,
substancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo, …

_ Lo único que sé, es que los minutos transcurrían y esa velada que en un principio era literaria, se había convertido en un carnaval de  besos y caricias a la luz de la luna.
porque tan sólo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan sólo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable…
substancia de mi alma.

Siempre, como lugar común, se ha dicho que los poemas inspiran al amor, al contacto íntimo, pero ella, como estudiante de filosofía y letras, le  era difícil encasillar tal suposición, pues hay poemas de todas las temáticas y de todos los tiempos; lo que sí debe existir es la metáfora, la esencia, las palabras justas, en el único espacio del poema, que abren la puerta a la imagen visual, sonora, a la imagen con textura, color y forma, sí, a la imagen con sentido propio.
Rozo al tocar tu pecho
la eléctrica frontera de la vida,…

Pero decir que el poema te lleva justamente al amor, a ella le parecía inverosímil, hasta esa noche que pudo experimentar con los poemas de Paz, algo parecido a ese sentimiento.
Llévame, solitaria,
llévame entre tus sueños, …
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño, …

_ Decía mi abuela, que la canela es afrodisiaca. Ahora yo diría que la canela, con una pizca de Paz, en una noche invernal, a la luz de la luna, puede invitarte al deseo carnal, a la pasión y al amor.
 Mis manos
abren las cortinas de tu ser
te visten con otra desnudez
descubren los cuerpos de tu cuerpo
mis manos
inventan otro cuerpo a tu cuerpo

_ El roce de sus labios con los míos, respirarte, beber la luz que bebe tu boca. El contacto de su piel húmeda. Me miras y tus ojos tejen para mí una fresca armadura de reflejos. El deseo de penetrarme hasta las entrañas. Recorrer interminablemente tu cuerpo, dormir en tus pechos, amanecer en tu garganta, ascender el canal de tu espalda. Las palabras de Paz, con las que hicimos un  poema en movimiento. Perderme en tu nuca, descender hasta tu vientre. Con versos entrecortados con suspiros y miradas. Perderme en ti, para encontrarme en mi mismo, en mi misma, en la otra orilla esperándome. Entre sorbos de canela. Nacer en ti, morir en ti. Me instauraron en el mundo onírico del poema.
Nos volvemos inmensos
sólo por conocernos
con los ojos cerrados

 _ Recuerdo que las caricias empezaron a ser desenfrenadas, con un ritmo vertiginoso, donde íbamos y veníamos y en vez de decirnos “te amo”, suspirábamos, para luego gemir, conscientes de una realidad, que se iba desvaneciendo como la noche, al decirle adiós a la luna y desaparecer, sin dejar rastros de su presencia.
El día abre los ojos y penetra
en una primavera anticipada.
Todo lo que mis manos tocan, vuela.
Está lleno de pájaros el mundo.

_ Esa fue la última vez que lo vi, que lo tuve tan cerca como mi propia vida, después pasaron nueve meses de espera, de silencio; ahora el té de canela me daba aliento, me arropaba con su aroma, pero curiosamente las palabras parafraseadas de Paz, no hacían presencia en esta historia, era como si hubieran pertenecido a otra realidad, a otro plano donde ni yo misma las pudiera tocar para traerlas aquí, conmigo.
El 25  de agosto, naciste tú, lleno de vida, con los ojos brillantes y el deseo de balbucear palabras, palabritas, como si supieras que fuiste gestado con poemas. Era justo que te llamaras Octavio, en honor a él, a esa noche donde el poema se nos dio en toda su expresión.
Claro que Paz nunca lo supo, un poeta nunca sabe cuál va a ser el fin de su poemario, simplemente escribe en una hoja en blanco y lo publica como quién lanza una botella al mar. Esa botella al mar la tomamos nosotros, la dijimos una y otra vez, con sus muchos matices, como el color del agua que cambia con la luz del anochecer.
Hijo, esa es la historia de tu nombre y de tu origen. El poeta que parafraseó a Paz, tu padre, se quedó ahí, en esa noche, entre esos versos y esa botella de tequila que tanto le gustaba.  
Elena Bernal Medina
Marzo de 2014.



Elena Bernal Medina:
Nací en México, D.F., y vivo desde los siete años en Aguascalientes. Me considero una mujer libre. Me pusieron Elena en honor a mi abuela paterna, siempre me he identificado con mi padre y por ello con la literatura y muchos gustos más. He hecho teatro, narrativa, investigación lingüística y me ha gustado dar clases de literatura a niños. Me he dedicado a promover el arte y la cultura tanto de manera institucional como independiente. Me gusta cocinar para disfrutar de los sabores y texturas.



lunes, 13 de marzo de 2017

DESDE MEXICALI "EL MAR Y LOS DELFINES" CUENTO DE JULIO MORALES.



Ernesto despertó sudando, miró el rostro junto a él y sintió alivio. Antonia, su mujer, estaba despierta y extendía la mano para tocar la suya, le habló; su voz amodorrada parecía salir de la colcha que le cubría el mentón. Sintió su aliento de mitad de la noche, le pareció amargo, no le importó; le gustaba hablar con ella si despertaban repentinamente de un mal sueño. Gordo, estabas gritando, dijo ella; me despertaste, qué soñabas.
Ernesto se talló el ojo izquierdo con la mano. Su cuerpo iba reparándose de la angustia, su respiración se volvió menos rápida. Bostezó. Soñé que te habías muerto, dijo. Estaba frente a una tumba, era tuya; te habían sepultado apenas. Te ponía unas orquídeas junto a la lápida, estoy seguro de que era tuya, decía tu nombre. Había un enterrador, otras lápidas, un auto fúnebre, gente. Todo parecía real, aunque en el fondo sabía que era un sueño. Me quedaba paralizado frente al lugar donde te habían sepultado, la gente comenzaba a irse; la última era tu prima Catita. Me pedía que me fuera con ella en el coche, le respondía que no y me quedaba ahí. Cuando todos se habían ido, me acostaba sobre la tierra que te cubría. Empezaba a oscurecer, quería verte aunque fuera un momento. Pensé que daría cualquier cosa aunque sólo te viera unos minutos. Fue entonces que grité, un momento, aunque sea un momento. Y desperté.
            Pobre, dijo ella, lo abrazó y comenzó a reír disimuladamente. ¿De qué te ríes?, reclamó él. De que te veías chistoso diciendo un momento, aunque sea un momento, te movías mucho, me pegaste con tu codo, contestó Antonia. No dejes que me duerma, pidió  apenado. Amor, contestó, era un sueño y yo estoy aquí contigo, ¿quieres un vaso de leche? No esperó respuesta, se levantó para dirigirse a la cocina, iba descalza. Él gritó: Ponte las pantuflas. Pero no lo escuchó, o no quiso hacerlo.
La casa era pequeña y para llegar a la cocina sólo era necesaria una docena de pasos. Ernesto miró el techo. Mañana va a ser domingo, pensó. A través de la ventana sobre su cabeza podía ver las estrellas, si quería. Las cortinas eran blancas y tenían figuras de flores. El techo despedía olor a pintura fresca. La colcha era de rayas azules, al final de las rayas se levantaban los pies de Ernesto. Frente a él estaba el mueble de la televisión. El ropero se los había regalado la madre de Antonia; bajo él nacía la alfombra que habían comprado recientemente en una tienda de saldos. Antonia regresó con dos vasos de leche llenos casi hasta el borde, se sentó en la orilla de la cama y le entregó a su esposo lo prometido.
Cuando terminó de beber, ella lo abrazó y le dijo: Duérmete, yo estoy contigo, si veo que tienes pesadillas te despierto. Te amo Antonia, quiero que lo sepas, le dijo con tono grave, el que usaba para decir las cosas en serio.
            Cerró los ojos, soñó con delfines que saltaban alrededor de un barco. El mar se comía la mitad del sol. Ernesto a veces era un delfín y a veces parte del mar. Sintió que las olas le empujaban la aleta izquierda. Una y otra vez su cuerpo se mecía con el empellón del agua. De pronto, las olas se desplegaron para abrir el paso a una voz que lo llamaba: Despierte, no son horas, señor, despierte. Ante sus ojos se levantaba una lápida con el nombre de su esposa,  junto a él, el enterrador todavía lo zarandeaba del brazo izquierdo.
Antonia pertenecía a la tierra. Ahora tenía un horario restringido. Ernesto salió del panteón, pensando en la manera más fácil de regresar a su casa.

Julio Morales nació en la Ciudad de México pero por motivos románticos ahora vive en Mexicali. Ha escrito una novela y algunos cuentos; pero sobre todo escribe canciones. Actualmente se dedica a dar clases de psicología.