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martes, 24 de noviembre de 2015

KARL R. POPPER REVISA A PLATÓN POR MARCOS GARCÍA CABALLERO.



Porque lo queramos o no, Popper,  filósofo muerto en 1994, es ya un clásico. En primer lugar puede darse el lujo de bajar de su eterno pedestal a ni más ni menos que a uno de los rectores del pensamiento de todos los tiempos: Platón, en la obra La sociedad abierta y sus enemigos (5° reimpresión española, 1992), tabique de 693 páginas que por sí solo ya produce un goce estético: “¡Este cuate pensaba tanto!”, porque como se sabe, el tabique es hermoso pero más hermoso es el horno de donde sale…
            Pero no es contra Platón el personaje por sí mismo que ataca Popper, sino: “más bien, a destruir todo aquello que, a mi juicio, tiene de perjudicial esta filosofía. Es la tendencia totalitaria de la filosofía política de Platón lo que trataré de analizar y criticar.” No es este el espacio de cuestionar tal ataque sino de describirlo en forma resumida partiendo de la siguiente afirmación: en algún grado de verdad,  el psicoanálisis y sus mayores expositores de cierta forma le dan un golpe bajo a toda la producción intelectual occidental, por lo menos, precisamente hasta la desde los tiempos de la Grecia clásica y de la misma manera lo hace Popper con Platón cuando nos refiere el contexto en el cual fue creciendo el discípulo de Sócrates: “Durante la juventud de Platón, el gobierno democrático de Atenas se vio envuelto en una guerra mortal con Esparta, la ciudad cabecera del Peloponeso, que había conservado muchas de las leyes y costumbres de la antigua aristocracia tribal. La guerra del Peloponeso duró, incluyendo una interrupción, veintiocho años. […] Platón nació durante la guerra y tenía veinticuatro años cuando ésta terminó…” ¿Pero qué guerra fue o por lo menos, qué dimensiones tenía mientras crecía Platón? Atenas, en sus años de mayor esplendor, debió haber sido, comparativamente, del tamaño de la ciudad de Aguascalientes en los años 70’s del XX, mientras que Popper, es preciso recordar, escribió La sociedad abierta y sus enemigos cuando el rumbo de La Segunda Guerra Mundial todavía era incierto para los países aliados. Imagino a Popper, este pensador inmenso y  orejón,  escribiendo  con la auténtica conciencia de que su obra lo iba a inmortalizar, diciéndole a Platón en su soledad: “Yo no fui cobarde como tú, porque no me acobardó Hitler ni perdí la dimensión del pensamiento crítico, mientras que  usted, a los 24 años ya era un cobarde ante su realidad política”. Pero de la analogía no debe desprenderse un símil de pleito de machitos de cualquier cantinita, sino cuál fue la actitud tanto de Platón frente a su realidad como la de Popper frente a la suya, ambos en ardua labor de pensamiento profundo y creador. Mi especulación debe quedar como lo que es: mera especulación, pero  tal axioma especulativo puede servir para entender cómo Popper derrumba a Platón en uno de los temas centrales de la obra: el ataque a toda forma de interpretación historicista, y el método del pensador historicista, aclara Popper al comienzo de la obra: “es la tendencia a juzgar los Grandes acontecimientos, las Grandes Ideas, las Grandes Naciones o los Grandes Líderes dentro de la comedia representada en el escenario Histórico y claro está que si logra hacerlo será capaz de predecir las evoluciones futuras de la humanidad”. Éste párrafo nos da la oportunidad para entender que el enemigo intelectual de Popper no es Platón propiamente, sino los líderes de los países del eje y se puede así considerar que La sociedad abierta y sus enemigos no fue escrita por mera casualidad en esas fechas —1943—: puede hablarse de que verdaderamente es un monumento intelectual para afirmar que ante la aberración de la guerra, Popper hace lo mejor que puede ejercer un intelectual: mostrarse como verdadera autoridad frente a la barbarie.
            Si como tan difundida está la idea en nuestra actualidad de que una mala lectura de Nietzsche fue lo que hizo que el Tercer Reich tomara las brutales determinaciones que fueron parte de la peor guerra de la humanidad hasta la actualidad, tal afirmación peca principalmente de partir de un lugar común y no de una investigación seria. (Es cierto que muchos soldados alemanes cayeron muertos con un ejemplar de Zaratustra, como lo relata Georges Bataille en sus Meditaciones Nieztcheanas, pero esto fue, obvio, porque el libro fue causa de un gran malentendido en Alemania desde que Lucía, la hermana de Nietzche, fue obligada a reinterpretar los libros de su hermano.)Popper escribe la obra desde una perspectiva de autoridad moral irrefutable que cuestiona a Platón pero no alza el dedo para decirle: “La culpa de mi presente eres tú”, simplemente —como si así lo fuera—, hace una trayectoria intelectual de la filosofía social y hacia nosotros, los del siglo XXI, nos dice que  el problema de la guerra no fue causado  por malas lecturas de Nietzsche, sino por planteamientos y determinaciones funestas que, en parte, (compréndase: en parte), tuvieron su origen en la cuna de la civilización donde se gestaron los primeros errores casi tan descomunales como los mejores hallazgos de  lucidez; pensar de modo historicista es decir:  en la Grecia clásica se gestó en germen de la guerra contra Irak, George W. Bush, la Coca cola, La fura dels baus o el Mundial de Francia 98, pero el origen del historicismo platónico se vio obligado a utilizar un “principio discriminatorio entre los rasgos buenos, originarios o antiguos de las instituciones existentes”, de modo tal que siempre devendrá en decadencia; de ahí, por ejemplo, el desarrollo del historicismo platónico en la obra Decadencia de Occidente, de O. Spengler, de modo tal que la excelencia en cualquier campo social estará en el pasado; en Creta, por ejemplo. En una carta a un amigo suyo, Karl Popper dice: “Platón=Hitler.” Y piensa que esto es todo un descubrimiento y así lo argumenta, como podemos ver en el reciente libro: Después de La Sociedad Abierta, (Paidós, 2010) que es principalmente correspondencia de Popper con colegas en todo el orbe, mientras redactaba el libro en cuestión desde Nueva Zelanda.
            Si Platón, como sostiene Popper, albergaba nociones de una raza superior que debería de gobernar Atenas, así como la defensa de un Estado promotor de la esclavitud de ciertos miembros de la ciudad, (nociones que actualmente son simplemente un mito para cualquier persona), Platón se lo tomaba con verdad como dice el epígrafe de la primera parte de la obra, llamado El Influjo de Platón: “De todos los principios, el más importante es que nadie, ya sea hombre o mujer, debe carecer de un jefe. Tampoco ha de acostumbrarse el espíritu de nadie a permitirse obrar siguiendo su propia iniciativa, ya sea en el trabajo o en el placer. Lejos de ello, así en la guerra como en la paz, todo ciudadano habrá de fijar la vista en su jefe, siguiéndolo fielmente, y aún en los asuntos más triviales deberá mantenerse bajo su mando. Así, por ejemplo, deberá levantarse, moverse, lavarse o comer… sólo si se le ha ordenado hacerlo. En una palabra: deberá enseñarle a su alma, por medio del hábito largamente practicado, a no soñar nunca actuar con independencia, y a tornarse totalmente incapaz de ello.” (Platón de Atenas).  Al mismo tiempo que su noción de lo que es el cambio —idea que retoma de Heráclito—; para Platón el cambio en el gobierno, en las almas, en la sociedad, sólo puede generar degeneración: “En conclusión —escribe Popper—, Platón enseña que el cambio es el mal y que el reposo es lo divino”. Dicha conclusión es monstruosa para el contexto del futuro que seguiría La Segunda Guerra Mundial. Y es que Platón, a parte de provenir de la familia real, creía que las fuerzas que operan en la historia eran de carácter cósmico; como muchos de los presocráticos, entre ellos Heráclito, su poética era su filosofía (pero para nosotros los posmodernos la poética y la filosofía no deben  contraponerse, pero tampoco una sustituye a la otra o la toma como máscara), por eso podemos entender que muchos de los poemas presocráticos, eran leídos con una visión científica; ciencia que provenía de la mitología griega y mitología griega que desembocaba  muchas veces en una visión historicista: Edipo encuentra su destino fatal, por ejemplo, debido a la profecía y a las medidas adoptadas por su padre para eludirla, y no a pesar de ellas. Estos rasgos son, en la literatura contemporánea mexicana, simplemente un exceso de creencia en la fatalidad…
            Popper recorre fragmentos de Las leyes y de La República para demostrar que  Platón, (probablemente debido a su origen real) ordena y justifica desde un punto de vista sociológico, que los gobernantes de Atenas o de los estados existentes, no fueran sino la copia de una Forma o Idea inmutable, de la cual sólo puede esperarse la decadencia y la vejez, (como el destino de todo hombre es la decadencia, así lo es de toda ciudad y de toda época) pero como a Platón esto le sirve para justificar la esclavitud o el totalitarismo autárquico, la relectura de La sociedad abierta y sus enemigos es de suma urgencia en la actualidad precisamente porque Popper explica y desentraña “la licencia poética” que debe rodear al nacimiento de las grandes creaciones, como en este caso, los estados nacionales, ni más ni menos.
            Si bien Karl Popper durante toda su vida insistió en que la filosofía debía ser una crítica de la ciencia, no desistió de analizar el fenómeno literario, como lo es su teoría del “Horizonte de expectativas”, (de acuerdo con la Encyclopedia of Contemporary Literary Theory, fue él y el sociólogo Karl Manheim quienes acuñaron el término, pero que se hizo famoso a raíz de que lo utilizó Hans Rober Jauss para medir el valor estético de una obra literaria.) Según Gadamer –teórico que influyó en Jauss–, el “horizonte de expectativas” es un punto de partida desde donde analizamos cualquier circunstancia, el cual está ligado a los prejuicios y los conocimientos previos que limitan nuestras posibilidades de visión. Es una hermenéutica literaria en otras palabras, un método que enseña que, por ejemplo, la lectura de un Kafka o un Joyce o incluso una pieza dramática de  Arthur Miller, no fue lo mismo en el XX de lo que será en el XXI, ya que las posibilidades de visión de cada época están marcadas por un sinfín de complejidades en todo tipo de aspectos. Popper es un pensador complejo que intervino también contra el materialismo histórico y la obra de Marx en lo que a su parecer, guarda remanentes del pensamiento platónico, cuando el pensamiento platónico comete también sus errores.  Dice Fernando Savater en algo de su vasta producción, que el aire platónico ha quedado para siempre como la marca de todo pensamiento filosófico (esa altísima tensión mental), aunque muchas de sus ideas sean, como he tratado de mostrar en este artículo, del todo monstruosas.
Pero no sólo nos queda la obra de Popper como su inmenso legado para los hombres y las mujeres del XXI, sino también ésta idea que hace poco por un efecto mediático y de coyuntura política rescató Carmen Aristegui en uno de sus programas de radio. Ella recordó que Popper, poco antes de su muerte, al parecer en una entrevista en el mismo año de su muerte (1994), declaró que si en la actualidad la televisión era un poder, como todo poder debería tener un contrapeso. Así como el poder ejecutivo tiene como contrapeso al legislativo, por ejemplo. Carmen Aristegui lo dijo y siguió dando noticias, pero al echar un vistazo al enorme poder de los medios en la actualidad, donde al instante nos enteramos de un tsunami en Indonesia y una protesta en El Cairo, por ejemplo, la pregunta-reflexión popperiana, parece no perder ninguna vigencia. Yo creo en lo personal, que Popper se preguntaba: ¿Cómo pensarán los poderosos de la Televisión?


LA LITERATURA PADRE POR MARCOS GARCÍA CABALLERO.



“Espermear versos con métrica es meter la pluma y sacarla con la tinta seca”. Esta es otra de mis frases machistas que tengo en el archivo para comprobar que, a pesar de ser un escritor, es decir, ser y haber sido un lector extravagante, sigo siendo bastante  macho mexicano como soñé en algún momento de la infancia que llegaría a ser aproximadamente como ahora, cuando escribo estas líneas. (Más aproximadamente esta línea, que va entre dos paréntesis: paréntesis izquierdo y derecho, porque dos líneas son dos líneas, como dicta por su lado la geometría y por otro el buen gusto cuando empata con la gramática y sólo para hacerse entender, claro está). De hecho, el machismo literario poco me interesa, porque claro, para ser un buen macho, debo  creer que soy el único, el primero y el imprescindible, como un Presidente de la República cuando se dirige a un pueblo que la verdad, ya se hartó de escuchar, pero que su mismo hartazgo hace que el hartazgo del Presidente se oiga más fuerte. A pesar del hartazgo, me conmueve todavía hasta la lágrima la intención  con la que mi padre dice que soy un escritor tierno, quiero decir, que hablo de la ternura. Según él, casi todo lo que he escrito merece el adjetivo unívoco e irrevocable de “tierno”. Como el famoso Tzara, de nombre de pila Tristan, muy corriente dadaísta y nacido en Zurich, yo siempre he escrito de mí mismo o desde mí mismo, cualquier tipo de texto, hacia lo que no sé (en abstracto) y desde lo que  conozco (experiencia vital, lecturas, etc). Si mi padre considera que eso es ser tierno, es simplemente porque no cree en mí  como escritor, y la verdad está bien que así sea, el único milagro de ser escritor en estos tiempos,  no parece pergeñar un buen párrafo, una frase inteligente, reflexiva o sarcástica o irónica o profunda, sino lograr que los demás crean o detecten que uno es escritor, (el milagro de escribir sigue siendo que los otros crean que uno escribe y que uno es escritor, como dice Henry Miller en Trópico de Capricornio). ¿Escritor? “El escritor es un lector que se anima a participar en una tradición” nos han dicho. Es decir, ser lector extravagante y mejor no vagamente extra. Esta empresa puede llevar años, meses de intentos y de esfuerzos fallidos, demostrados con novelones o super textos poéticos, pero mientras te digan: “qué bonito escribes”o frases parecidas, significa que nadie cree que lo haces por dedicación, trabajo u oficio, sino que francamente nada más te gusta perder el tiempo. Lo cual es cierto  sólo si se cree la postura romántica: es decir, que toda actividad artística se basa en  que el arte se hace nada más por el arte, por el puro gusto de hacerlo, pero cuando uno habla de la vida misma, clavando  su dolor, clavando su pena, clavando su alegría, escribiendo de los amigos, los amores, las aventuras de la cotidianidad o los breves descubrimientos lingüísticos o aforísticos (cada quien aporte su propio hallazgo), uno se siente satisfecho, uno cree que ha logrado algo imborrable, pero si los demás siguen diciendo que uno “escribe bonito” ó “algún día leeré tu manuscrito” todavía no está hecha la literatura o la escritura, como se guste decir. Y además, porque “bonito” solo era Benito Juárez cuando dijo: “el respeto al derecho ajeno es la paz” o Benito bodoque, hijo ilegítimo del filósofo críptico Don gato, mismo que además de ser arduo en la filosofía narrativa, también tenía su pandilla, pero no de pandilleros pandilleros sino de “pan” que significa muchos y “dilla”, que es la evolución del termino “día” y significa  la evocación o puede serlo de decirse internamente con los ojos desorbitados: “un día en la vida fui pandillero y me divertí, pero, de bodoque,  en adelante quiero ser como Don gato y escribir filosofía sobre mi derecho a decir algo sobre la paz o de paso, de Octavio Paz”. Si  el que lee lo escrito mantiene la idea fija de que uno no es escritor, es porque la vena romántica, según la parábola bíblica “con el espejo que te veas te gustará que te vean”, es quien solamente quiere encontrar  romanticismo en lo escrito, un apapacho o una palmada en la espalda, como si la literatura sólo fuera eso. ¿El arte debe curar? Sí, en cierta forma sí, pero los métodos de cura son tan sofisticados como los métodos que toma el pensamiento y la conducta sobre la vida diaria: por eso es que existe la diversidad de literaturas dentro de una misma cultura o grupo humano en el que cada individuo busca su realización personal tomando x número de derroteros o especializaciones, que en realidad lo son, haga usted el favor. La postura romántica es válida, pero igual lo es la postura ascética, la científica o la histórica: todas son válidas a excepción la que deserta sobre sí misma. Parto de mi propia experiencia de nuevo:  los escritores tenemos otro tipo de romanticismo: ser reconocidos hasta donde la suerte y el talento lleguen y, porque además, ser escritor significa a fuerza ser “un gran escritor”, cosa que sin ambages siempre ha sido, o por lo menos desde los tiempos del señor Madero, como decía Salvador Novo, tanto y tan descomunal como hacerse una puñeta. Superar la puñeta que los demás creen que uno se hace al escribir, debería ser la fórmula con la cual se inicie el camino de las letras entre los más jóvenes, el parricidio que hay que hacer en la actualidad, como del que hablaba Nietzsche en El origen de la tragedia, para los escritores no es sólo matar al padre, sino matar al lector, es decir convencerlo de que vea lo obvio: que el texto es primero y antes que nada, literatura o escritura con cualquier tipo de mensaje o contenido. La publicación del texto no nos salva de esta idea que nos avientan a la cara los demás. Uno no puede morirse de originalidad o de genio, pero seguro puede morirse de tristeza (como Neruda, por la Dictadura) y con fracaso, como les ha pasado a tantos, tiernos (como Rimbaud) o no tan tiernos para olvidar que de jóvenes también fueron malditos y bien por ellos.  La literatura de todos los tiempos debería ser vista y entendida como una invitación a entender la vida de las sociedades creando contextos elípticos, paradójicos, discursivos y tan auténticos como el escritor sea capaz de expresarlos desde su propia concepción simbólica de lo real, lo que está ahí, ahí, al lado de este texto, al lado de tu vista, de tu oído y cambiando o estático frente a nuestras categorías para entenderlo, de manera que nos haga más partícipes, más fuertes, más dignos y más completos tanto para nosotros mismos como para los demás. Hablando de padres, el poeta Octavio Paz, que ahora suena medio vilipendiado entre ciertas elites culturales, charlando con Braulio Peralta estableció que la República de las letras no debería confundirse con el término “maffia”, ya que es, también sin ambages, algo noble. Nos guste o nos disguste Paz, la nobleza proviene del intercambio entre los que mientras vamos creciendo nos parecen dignos de imitar —primero los padres,  luego los maestros o los compañeros de vida— y nosotros mismos, es algo que al dar recibimos: reconocimiento, ser parte del todo pero sólo como nosotros mismos vamos siendo, es decir, ser irrepetibles y experimentar lo que sólo cada uno puede hacer, de ahí es de donde nos viene la dignidad y la dignidad hay que defenderla… sobre todo de su pariente lejana la perra miseria que ladra queriendo abarcar toda la barca, que es la mejor metáfora de la vida según El viejo y el mar del inmenso Hemingway. Cada literatura tiene su visión del porqué y para qué empleamos la dignidad y el reconocimiento mientras estamos entre los vivos, dejar constancia de ello es la razón de ser de la escritura. ¿Te curé de algo lector, lectora? Entonces es que este texto tuvo su razón de ser, ahora, como debe de ser deberías enfermarte un poco, o un mucho, tu sabrás, para que te cure el doctor Cervantes, el doctor Milan Kundera, el doctor que asumió la enfermedad como cura y como si fuera un cura: Kafka, y platícale de tu enfermedad al doctor que más confianza le tengas, ese que ya está en tu biblioteca o tu mochila y no has terminado su trabajo: tu última página.

viernes, 20 de noviembre de 2015

OJALÁ AL LADO DE MI FÉRETRO!!!... POR MARCOS GARCÍA CABALLERO




La noche, cual paloma de azúcar
surca con sus alas otro espacio tras mi espalda,
dejándome anonadado, a solas con mi nada.
Negro cancerbero que babea en la oscuridad,
como profecía mal ocultada,
se me rebela en forma de poema:
espuela que me golpea y no me arredro:
voluntariamente acepto que mi soledad es poética
porque mi paciencia se va tornando en bocanada,
en viento que no sólo acepta al tiempo
como mudo testigo sino al destino
que pausadamente entre el oleaje
me trajo un día una botella
que contenía el pergamino de mi memoria.
Flama al rojo vivo, la memoria: medicamento e
intensidad a salvo del eructo y claxonazo de las urbes.
Siempre estás ahí y mis pensamientos te acarician,
te deforman, te vuelven lo que eres: palabra, futuro y más futuros,
sombra amorosa que arremete
contra los tentáculos de la peor de mis suertes,
la muerte, aquella que descreo y a través de la cual seré juzgado, ojalá al lado de mi féretro resuene de un mendigo con voz ronca y deliciosa: “él era dolor color de olvido, un amor siempre en blanco o en negro,
un heredero bastardo de Ezra Pound y otros iguales,
un guerrero exagerado que sabía reír y sudaba ideas, un astillero para huir siempre del silencio.”
Y si no lo dice, ¡ay! ¡pobre de él, que lo estaré esperando allá abajo y lo joderé para que se lo regrese el Caronte de nuevo a chupar al pavimento!