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*Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones




sábado, 23 de julio de 2011

Tres Poemas de EtnaIris Rivera

Esa blanca flor




Esa blanca flor,
que en la mañana al abrirse,
hace de tu día una celebración,
trae el ilusorio encanto de una beldad enloquecida de deseo.
Avida de la más desesperada estación de fuego,
esa blanca flor conoce todos los secretos del éxtasis
posibles de alcanzar en la tierra,
cuando se ha bebido de la ardiente copa
el espumante hechizo de los cuerpos.
Ah, pero sus pétalos, de cristalino azul,
de embriagente verde tornasolado,
de mar de paraíso,
colmarán la esperanza en el tiempo de vida de un beso.


Blues

No mirarte es el blues,
no beber la savia de la más antigua religión,
la vida.


Bravo al blues que aviva la llama,
bravo a tu terrestre figura que me atrae
y me eleva, al viento que te impulsa.


Para el viento, mi mantra,
para mí, tus labios que me guían,
tu boca que recorre la geografía de mi cuerpo.


No besarte es el blues,
el mar del sur en la distancia es el blues,
el viaje sin tu beso.



El beso



El curso de este afán es el de un beso
que ha dado tantas vueltas.

Aquí el amor ahora,
allá el desamor más adelante,
afán gustoso que en la piel estalla
y ordena el rumbo cada día,
afán de ave que emigra
y busca el viento que le acomode.

Un beso desata lluvias, levanta aromas antiguos
en el ombligo, donde los poetas recuentan la vida.
Un beso amanece pegado al cuerpo
durante meses, hasta que parte el hilo y se despeña.


Un beso renace de su ceniza
y funda flor en otro templo.




ETNAIRIS RIVERA, Poeta de Puerto Rico con amplia trayectoria y
reconocida en toda la región, ha mostrado en dos ocasiones sus trabajos
en la FIL de Guadalajara. Éstos tres Poemas pertenecen a su libro El viaje de los besos

Para los Capitalinos interesados en asistir o leer...

domingo, 17 de julio de 2011

LOS PALACIOS DE LA ILUSIÓN

No soy tan viejo como parece, pero aunque lo fuera; en todo caso sería una senil presencia colmada de recuerdos, algunos gratos y otros no tanto. Las cosas son así y me gusta porque puedo distinguir mejor lo que me parece lamentable de lo que no, pero a decir verdad, por causa de los recuerdos a veces me nace la nostalgia, sobre todo en esos días de domingo cuando por aquello de la convivencia familiar planeamos a donde ir, entonces resulta que si la opción es ir al cine, me acuerdo cuando solía ir cada mañana, siendo un niño, a las funciones de matinée. Entonces aquel mundo poblado de imágenes transformaba mi cotidianidad y mis sueños, eran, por decirlo de alguna manera, los palacios mágicos donde revivía la ilusión; conocí películas e historias y, por supuesto, otros cines, cuya existencia como todo cuanto hay en la vida, al fin fue pasajera. Así que de aquellos palacios, aquellas salas monumentales ya sólo quedan, si no ruinas, al menos los recuerdos.


No pretendo hacer una historia del cine, que muy buenas las ha de haber; por además, comenzar a contar desde aquella primera función cinematográfica en 1886, en el entresuelo de la droguería Plateros, hoy calle de Madero e Isabel la Católica (que equivocadamente llamamos Isabela Católica, donde hoy precisamente esta el Museo del Estanquillo y una tienda de discos), pues de eso ha pasado ya más de un siglo y ya ni quién se acuerde, salvo los expertos en cine, historia o algún cronista de la ciudad.

En todo caso es una crónica peculiar para rememorar una ciudad que antes vi, y que hoy, a fuerza de haber transformado este mismo espacio que un día fue un lago, y en otro una ciudad nunca antes vista, ni soñada por conquistador alguno; esta misma ciudad de Palacios y barrios pobres de indígenas y pueblos y más pueblos que se fueron sumando, así como las colonias populares, hasta convertirla en la gran Ciudad de México; esta ciudad que es, que fue y que ya no será, es aquélla que de una forma conocí: a través de recorrer los cines de la capital.

No recuerdo, pese a lo que dije inicialmente, cuál fue la primera sala de cine que conocí, con todo seguridad era muy pequeño para saber de cuál se trataba, pero en todo caso hubo un cine que acercó al universo fílmico y que ahora me acerca a mi niñez, me refiero al cine Continental, con toda su parafernalia y su fachada emulando el fantástico castillo de Disneylandia, entonces sí había matinés y aún puedo citar algunas películas que ahí vi: Bambi, Dumbo, La cenicienta y hasta La Novicia rebelde, la algarabía de ir al cine en familia me atrae la vendimia de dulces, entonces pasaban a la sala aquellos vendedores de bata blanca con su charola repleta de golosinas y, por supuesto, de palomitas, entonces sí, ya con abastecimiento: a disfrutar la función:

Sin duda los cines fueron también un espejo arquitectónico que reflejaba la mentalidad o las aspiraciones de los citadinos, por ello, es necesario reconocer que una vez que el cine comenzó a florecer, se cuidó en concebir los espacios no sólo amplios, sino atractivos para los asistentes; así que se construyeron inmensas salas y llenas de fastos y ornamentos, pues en ello radicaba el prestigio y su consideración. Hubo cines de primera categoría, de segunda y populares.

Si al inicio del cine por allá de finales del siglo XIX no había industria fílmica, toda vez que los equipos eran extranjeros y cuando se aventuraron los empresarios mexicanos tuvieron que traer los aparatos de importación, además también tenían que comprar las “vistas” del nuevo invento que comenzó a capturar la atención de todos, con sus excepciones, por supuesto. Poco a poco el cine fue sentando terreno, no sólo en la ciudad capital, sino también en los estados; al principio eran el cine ambulante o locales que se rentaban, pero en algún momento se construyó un recinto específico para las funciones del cinematógrafo, incluso algunos teatros de época se adaptaron para este fin.

Años después, por mi parte, comencé a conocer otras salas y en derredor de estás algunos fragmentos de la ciudad, que como dije, se fue transformando, así por ejemplo, cerca de mi escuela estaba el cine Ajusco, (o fajusco) al que alguna vez tuve oportunidad de ir, pero que después fue quedando en el abandono, por allá de mediados de los sesenta, poco antes de que se inaugurara el sistema de transporte colectivo o metro, como es que lo conocemos ya, y derruido poco antes de aquel terrible accidente que tuvo el metro sobre calzada de Tlalpan, en 1975. Toda la ciudad se conmocionó por ese choque de trenes.

Otra sala que bien recuerdo y que aún persiste, es el Palacio Chino, aunque lamentablemente fue transformado en una serie de salas a costa de dañar su fastuosa decoración interior, por decisión de ese empresario de cines que fue Carlos Amador; el Palacio Chino fue vistoso y ornamental, está sobre Humbolt, muy cerca de Bucareli. Cuando se inauguró hasta los embajadores de China acudieron y es que no era para menos, pues disfrutar de su decorado interior que simulaba un pueblo típico de china, con sus pagodas y esas enormes figuras de esos personajes obesos que eran los budas; era toda una aventura matizada de magia y exotismo. Incluso la taquilla de aquel cine era una pagoda, pero bueno, también se perdió, así es esto. El proceso de transformación de las antiguas y monumentales salas de cine se debió a dos causas en particular, Después de la llegada de la televisión, fue la aparición del video ( y luego la venta “pirata” de las películas de estreno) que alejó a mucha gente de las salas de proyección; luego por el costo de mantenimiento, era más rentable modificar los enormes espacios que fueron quedando subutilizados y crear más salas, aunque si bien pequeñas e incómodas, mantenían y mantienen una asistencia regular que permitió la supervivencia de las salas de exhibición.

Este proceso empezó por allá de los años setenta y ya no se detuvo. Luego además aparecieron los centros comerciales y sí, se pensó con afán lucrativo de dotarlos de cines. Pero me estoy adelantando, regresemos al centro de la ciudad, porque fue en esa zona que conocí otros inmensos cines, que valdría la pena recordar. Muy cerca del Palacio Chino estaban los cines: Metropólitan, hoy convertido en un teatro y que afortunadamente conserva su fachada art decó (salvo por el cambio de su marquesina, ni modo); está sobre la calle de Independencia, casi enfrente de donde estaba el antiguo edificio de Marina, que también ya desapareció para dar paso al Museo de arte Popular. El Metropólitan se inauguró en los años cuarenta con la película los miserables; muy cerca de ahí estaba el Real Cinema, me gustaba su marquesina cargada de focos iridiscentes y porque estaba muy cerca de la Alameda. Enfrente de este cine había otros edificios, entre éstos el que ocupaba el hotel y el cine Regis, con sus palcos y gruesas cortinas como de teatro, ambos desaparecieron con el sismo del 85, dando paso a la actual Plaza de la Solidaridad. Se cuenta que en el restaurante de ese hotel, despachaba Emilio Fernández y desde ahí planeo, junto con Mauricio Magdaleno, el escritor y guionista, aquellas películas de tipo nacionalistas que tanto encandilaron a los citadinos y donde Gabriel Fernández hizo del cine en Blanco y Negro, todo un arte, recordemos otro ejemplo, ese film extraordinario que fue Los Olvidados, de Luis Buñuel.

Sin duda los años cuarenta fueron la meca del cine en México, mientras en gran parte del mundo se padecía la conflagración de la segunda guerra mundial, aquí se vivía un resurgimiento nacionalista por la recién sucedida expropiación petrolera, aunque también esto ocasionó que se contrajeran la inversión extranjera, por aquello del “tufo socialista” que asustaba a los gobiernos pro-capitalistas. En todo el país apenas éramos 19 millones y medio de habitantes.

En las carteleras destacaban los nombres de los artistas mexicanos: María Félix, Jorge Negrete, Cantinflas, Emilio Fernández, Pedro Armendáriz, Los hermanos Soler, Mantequilla, Joaquín Pardavé, el argentino Arturo de Córdova, José Medel y Dolores del Río, entre otros; Pedro Infante y Germán Valdez Tin tan, aún no eran los ídolos que llegarían a ser y como todavía no aparecía la televisión en nuestro país, la gente se volcaba al cine a ver a las películas mexicanas, ahí se recreaba la vida mítica en el campo mexicano, con películas como El peñón de las Ánimas o María Candelaria, por supuesto, también llegaban películas extranjeras, sobre todo las hollywodenses, italianas y de cine francés, sin embargo la guerra alejó un tanto la producción extranjera, así que el cine mexicano dominaba, incluso hacia los países latino y sudamericanos. Ir al cine era lo del momento. Muchas señoras encopetadas querían emular a sus artistas favoritos, como la imagen mexicana de Dolores del Río o de las norteamericanas Greta Garbo y Rita Hayworth, si bien no había tantas revistas como las que hoy en día abundan (entonces se leía Vea, Vodevil y Revista de revistas), la gente estaba enterada de vida y milagros de la farándula. Tampoco se había dado plenamente el fenómeno de agringamiento que ocurriría años después; México aún era una ciudad provinciana. Muchos usaban sombrero, de palma o fieltro, incluso andaba la gente armada, con revólveres de todo tipo, de ahí que constantemente había campañas de despistolización. Aún quedaban los resabios del México bronco.

En Reforma comenzaron a abrirse otras salas como el colosal cine Chapultepec, donde precisamente hoy está la Torre Reforma, también abrió sus puertas en 1950 el Roble, un auténtico palacio donde se llevaron a cabo las primeras muestras internacionales de cine, allí iban personajes de todo tipo, con smoking y toda la cosa, pues habría que ver el inmenso salón de tres niveles, con salas para fumadores y el interior adornado con esculturas y cristales biselados. En 1960 el Latino abrió sus puertas, este cine se caracterizaba porque en el lobby había un enorme mural alusivo a la cultura latinoamericana que pintó Octavio Ríos; dos años más tarde, el cine Diana, que a la fecha sigue por ahí, cerca del “Ángel de la Independencia”, aunque ya modificado. Otros fueron el cine Paseo en 1958 y el París, en 1964.

Regresando hacia a la Alameda, ahí se inauguró a finales de los cuarenta el cine Prado, que pertenecía o estaba en el mismo inmueble que ocupó el lujoso hotel Prado y enfrente de éste el Regis, ambos sufrieron las consecuencias del sismo del 85, y se cayeron. Otro que estaba ya por ahí casi frente a Bellas Artes era el mismo Alameda, al interior se podía disfrutar de un decorado en que simulaba un cielo azul con estrellas, además de un pueblo mexicano, que era la plaza de Taxco, estaba revestido con azulejos, maderas labradas y una vistosa herrería. Ahí pude ver la película enamorada con María Félix y Pedro Armendáriz, que dirigió el Indio Fernández, con mucho éxito. Además de estos cines estaba el Variedades que ocupaba un viejo edificio de la época porfiriana en desuso y luego remodelado (por cierto, antes se llamó Magerit, en los cuarentas)

Pasear por la Alameda realmente se disfrutaba, no había grandes edificios como hoy en día, ni tanta contaminación, ni anuncios, se podía caminar con mayor soltura y ver los nuevos automóviles buick, fiat, ford, lincoln, chevrolet o mércury, además de los tranvías que circulaban por Bucareli, artículo 123 o san Juan de Letrán, y quizá era en esta la vieja avenida de San Juan donde se podía pasear de una manera diferente, pues se podían mirar los escaparates curiosamente adornados y con los últimos artículos de novedad, tomarse una foto del recuerdo con los fotógrafos ambulantes o ir por churros al “moro”.

En esta avenida también hubo importantes cines. Si nos situamos donde esta la fuente de Salto del agua, hacia el norte veríamos (y aún existe su fachada estilo arte decó, pero pronto habrá de desaparecer o modificarse) el imponente cine Teresa, que de mejores épocas pasó a ser sala de para cine porno, aunque fue un cine con cierto lujo y con tres mil quinientas butacas. Al interior de este cine había unos relieves que eran por detrás iluminados y se veían las nueve musas y las tres gracias. Este cine es uno de los que tienen una amplia marquesina en su frente. Muy cerca de ahí y enfrente, estaba el cine Princesa, a ese no tuve la oportunidad de entrar. Más al norte estaba el cine Mariscala y más arriba, en lo que era Santa maría la redonda, estaba el cine Isabel y el Apolo; este cine se quemó por allá de 1968, año crucial para la capital del país, por aquello de el genocidio cometido meses después en el 2 de octubre, muy cerca de donde estaba este cine, en Tlatelolco (por cierto, el cine Tlatelolco, actualmente está cerrado y queda afuera del metro del mismo nombre, ahí asistían principalmente los vecinos de la Unidad Habitacional). También, una calle antes, en Mosqueta estaba el viejo cine Odeón. Hacia el sur estaban otros dos colosos además del Cinelandia, eran el Titán (este cine era de los más antiguos, pues abrió sus puertas en los años veinte, aunque tuvo modificaciones, fue el cine preferido de los vecinos de la colonia Doctores; y el cine Maya.

En la calle de 16 de septiembre estaba el Olimpia, en Venustiano Carranza el Savoy, este cine se distingue porque al igual que el Cinema Río, en la calle de Cuba y el Venus, en República de chile, por ser los lugares preferentes de adolescentes ansiosos y por depredadores sexuales, pues son los cines del ligue calenturiento, ahí se exhibe cine porno y en la oscuridad de sus salas pues más de uno ha perdido sin saber con quién. Hablando de cines para el encuentro furtivo, sin duda el Cine las Américas, en Insurgentes era uno de ellos, al igual que el cine Gloria, en la colonia Roma. De ambiente, decían.

La ciudad se siguió transformado, los tranvías fueron desapareciendo y los taxis, aquéllos llamados cocodrilos, por su peculiar diseño con triángulos invertidos y pintadas de blanco en sus laterales, a modo de una fila de colmillos. También había unos fordcitos que hacían el recorrido, llevando a todos los que cupieran por un solo peso, de ahí que vino lo de “peseros”, aunque ahora no cobran nada de eso y son los cafres vituperados de la ciudad. A principios de 1956 se inauguró la espectacular Torre Latinoamericana, que vino a darle un aire cosmopolita a la ciudad. El teléfono ya tenía años de estar funcionando, pero no lo había en todas las casas, como tampoco había televisiones, que a partir de los años cincuenta comenzó a cautivar la atención de la gente este nuevo y revolucionario invento. Sobre San Juan de Letrán había tiendas que vendían los aparatos philco o telefunken y zonda, y era común ver a la gente enfrente de los escaparates viendo abobados las imágenes que se lograban transmitir.

El cine mexicano fue perdiendo popularidad, pero todavía las películas de Pedro Infante y de Tin Tan, por mencionar algunos, provocaban que la gente acudiera en masa. Comenzaron a llegar más películas a color que desplazaban el antaño cine en blanco y negro (no mencioné lo del cine sonoro, porque las únicas películas en cine mudo que vi, fueron las del Gordo y el Flaco y las de Chaplin, luego vería otras, como las de Buster Keaton)

También conocí nuevas salas, en los años sesenta hizo su aparición la Zona Rosa, donde José Luis Cuevas colgó un mural efímero, para atacar el clásico muralismo mexicano. Ahí en la Glorieta Insurgentes estaba el cine del mismo nombre. Pero había ya muchas otras salas, por ejemplo el cine Encanto, en Serapio Rendón, Colonia San Rafael, aún con reminiscencias en art decó. Por cierto que este cine estaba muy elevado, como si fuera un teatro, las funciones costaban entonces tres pesos (en los años cuarenta y cincuenta) y había permanencia voluntaria, es decir, que uno podía ver la misma película las veces que aguantara o ver otra, si el programa las contemplaba. El Cine Ópera también estaba en Serapio Rendón. Era una enorme sala como para tres mil espectadores. Afuera del cine había dos colosales figuras femeninas. Al interior como muchos otros de la época, tenía enormes candiles, muros con espejos y un mobiliario de lujo. A mí me gustaba ir al cine del Pueblo, desde la mañana, podía ver hasta cuatro películas diferentes, pues luego hubo dos salas, este cine estuvo cerca del cruce de Ermita y la Viga, por el sur. Otro cine con estilo Decó, fue el Ermita, luego llamado Hipódromo, en Avenida Jalisco y revolución, por Tacubaya.

Regresando hacia el centro, no puedo omitir el cine Olimpia, que fue uno de los primeros en los años veinte y como anécdota, Enrico Caruso colocó ahí la primera piedra para su construcción, pero a fin de cuentas tuvo la misma suerte que los demás palacios del cine, fue demolido y este particularmente fue transformado en una sex shop. También me acuerdo del cine Orfeón, en Luis Moya, un cine de primera que aún existe, pero que no tarda en desaparecer, como ya le ocurrió a otros dos qué estaban por ahí, en la misma calle: los cines Alfa y Omega.

El Cine Alarcón, estaba en la calle de Argentina fue un ejemplo los cines populares, así que los precios variaban, a veces, por un peso se podía entrar a ver la función. En otras colonias también hubo cines populares, como el Francisco Villa, que está en la Viga y Viaducto, pero que ahora es el “circo volador”, de ambiente dark, luego el Fausto Vega, nombrado así en homenaje al piloto aviador de la segunda guerra mundial. En Calzada de Tlalpan, donde ahora es una tienda comercial estaba el Viaducto, un cine donde sentaron sus reales las afamadas películas de ficheras de los años setenta. En la zona de la Condesa había una sala muy especial, era el cine Lido, luego cambió su nombre al de Bella Época, y efectivamente, tuvo mejores épocas, terminó siendo una librería de El Fondo de Cultura Económica. Ese cine contaba con un fono decorado y espejos y taburetes en su lobby. Algunos otros comenzaron a desaparecer como el Roxy, en Santa María la Ribera, que fue demolido a principios de los sesenta, este cine se caracterizaba porque sólo exhibía películas donde al inicio aparecía el legendario leoncito rugiente (que en sí no fue un solo león sino cinco diferentes, en diversas épocas) de la Metro Goldwin Meyer. Aquí se disfrutaban dos películas por uno cincuenta. En San Cosme estaba también el Cosmos, frente a este cine ocurrió la masacre del 10 de junio de 1971, día de Corpus Christi, con la aparición de los halcones que mandó Echeverría a golpear a los estudiantes que se concentraron en el casco de Santo Tomás. Todavía estaba fresca la herida de Tlatelolco y de nueva cuenta la represión.

Sin duda los finales de los cincuentas y los años sesenta fueron de profundos cambios. En la música, se desplazaba el mambo y el chachachá por el rock and roll y la música swing de las grandes bandas, la guerra de Viet Nam y la pasada revolución cubana, con la figura emblemática del Ché atrajeron el interés de las juventudes hacia una participación política. Lego además comenzó a sonar con más fuerza el movimiento hippie, el amor y paz y la sicodelia. Fue la época de la ‘zona rosa’ y los cafés existencialistas, de leer a Marx, a Sartré, Camus, Revueltas, Dos Passos y a los poetas de la generación Beat. Mientras tanto, al cine habían llegado películas como Rebelde sin causa de James Dean o las de Elvis Presley. Hubo una peli, Rififí entre los hombres, película francesa que duró más de un año en el cine Prado Hacían su aparición Carlos Fuentes, Octavio Paz y el viejo militante y escritor José Revueltas, además de Novo, Pellicer, Urrutia y Rosario Castellanos. Entonces recuerdo que la gente andaba muy animada con el baile. Si en los cuarentas y cincuentas eran centros nocturnos, como El Leda y el Waikiki¸ en los sesentas eran los salones de baile y aún había muchas “pulcatas” por doquier.

Aún pude conocer cines como El Nacional, en Avenida Fray Servando Teresa de Miér, muy cerca de la estación de bomberos, al igual que el cine Sonora, también de grandes dimensiones, pero muy pobre en cuanto a su fachada, era un cine popular por el rumbo de la merced. Un cine muy antiguo del que aún queda el vestigio de su fachada, fue el Colonial, que asemejaba un pueblito del oeste, ahora hay una unidad habitacional en el interior y otro igual de antiguo era el Rialto, en Pino Suárez. Hacia arriba, yendo al norte por circunvalación, en Peña u Peña, estaba El Florida, enorme cine de los llamados de “piojito”, porque al paso del tiempo su deterioro fue evidente. Hacia la colonia Morelos estaba El bahía y más lejos, por la colonia Romero Rubio, el Piscis.

Un dato curioso es que en casi todos estos cines había colocados afuera los cicloramas que anunciaban las funciones; eran pequeñas cartulinas a colores con los títulos de las películas y fotoramas, aún se pueden conseguir de estos anuncios en la lagunilla o en bazares de viejo, por cierto, los que anuncian las películas del “santo”, son de los más cotizados. Ya que hablo del santo, hay que decir que las películas de luchadores entre los años sesenta y setenta tuvieron enorme éxito, no sé porque, pero esas películas de tan chafas resultaron divertidísimas, y quién no recuerda el laboratorio del científico loco, con sus matraces humeando (era hielo seco, de veraz), y sus foquitos, además de los típicos sonidos electrónicos o a las “mujeres vampiro”, a Lorena Herrera o a Miroslava, al luchador Blue Demon o Wolf Rubinsky. Recuerdo que en el cine Majetic vi la película pepito y Chabelo contra los monstruos, lo más cómico era ver al monstruo de la laguna verde con todo y cierre.

Por ahí de los ochentas se quemó, con un gran acervo fílmico compuesto de más de seis mil películas y otros materiales, la Cineteca Nacional, que penosamente dirigía doña Margarita López Portillo, a través de la Dirección de RTC. Ahí mismo estaban los famosos Estudios Churubusco, donde se filmaron películas de acción, pues al interior contaba con un pueblito tipo western y canales que asemejaban una selva. En ese mismo espacio estaba el cine Pedro Armendáriz, ahora es un conjunto de cines y está el Centro Nacional de las Artes, por un tiempo el elefante blanco de Salinas)

Cerca de ahí, hacia Coyoacán se construyó la nueva Cineteca y en la misma avenida de estaba el cine del mismo nombre, también de época. Si nos seguimos hacia Universidad, frente a las grandes oficinas de Bancomer, estaba El Pecime, más al sur, los Viveros (uno y dos).

Anteriormente se decía que nada como el cine en el cine, y es que después de los ochentas, muchas salas tuvieron que cerrar por la falta de público, ya había mencionado que por la llegada además del video. Cines como El México, El Tepeyac, Atlas, Linterna Mágica, Géminis, Galaxia, Lindavista, 23 de abril, Pedregal 70, la Raza, El Corregidora o el Jalisco, de igual modo pasaron a mejor vida, los que no se trasformaron en ridículas plazas, simplemente fueron demolidos.

Tal vez ahora, las nuevas generaciones no echen de menos a estas enormes salas porque simplemente no las conocieron. Sin duda, hoy con los novedosos sistemas de sonido y de proyección, incluyendo el 3D, el cine se disfruta de otra manera. Anteriormente era frecuente que la cinta se estropeara o estuviera fuera de foco, entonces gritábamos: ¡Cácaro, deja la botella!, ahora ni eso. Tal vez el último cine de época que estuvo funcionando haya sido el Teresa (aunque el Savoy tiene su historia), de muchos otros que desaparecieron no quedó registro alguno, como el Triana Palace o El Mundial (este estaba en el anexo del convento de Jesús María y Corregidora, todavía hace poco se podía ver dos figuras femeninas en yeso a la entrada, a modo de arco, pero ahora es bodega de “ambulantes”). En fin, demasiados cines hubo, eran palacios que tuvieron gloria y esplendor en una ciudad que constantemente cambia sus formas y con ello, a veces siento que me aleja. Total, nuevos espacios se abrieron aun a costa de que los cines perdieron su rasgo de identidad particular. Ahora son similares, lo mismo pero más pequeños y con acabados estandarizados. Antes tenían nombre con una historia propia, así que ahí quedan otros nombres para el recuerdo: Acapulco, Mitla, Carrusel, Santos Degollado, Popotla, Emiliano Zapata, Lux, Versalles, Internacional, Cuitlahuac, Mod, Arcadia, Cinemundo, Coliseo, La Paz, Germán Valdez, Futurama, Dorado 70, Edén, Agustín Lara, Visconti, Chopo, Alex Phillips, Relox, Revolución, Janitzio, Soto, Polanco, Rívoli, Tlalpan, Cuicuilco, Capitolio, Briseño, Brasil, Copacabana, Soledad…

SERGIO VICARIO
Poeta y Narrador, Autor del Poemario Barítono de Luz (Tierra Adentro, 2000)

martes, 5 de julio de 2011

Dos POEMAS DE PABLO VARGAS..

Hable con ella


Alicia lejana y tendida en su estado de coma
Sintió a Benigno entrar y quedarse


Otro amante en otra habitación
Incrédulo ya de las palabras
Se dice así mismo incansablemente

No hay nada más triste que el amor roto que aún vive


La bella durmiente del hospital El Bosque
Despertó un tiempo después


Pero no fue con el beso azulado de un príncipe
Sino por la cogida de Benigno el enfermero
Que después de las correspondientes averiguaciones
Decidió en su celda colgarse


* * *

 

Yo soy Atanás
Hijo de padre santísimo
Y de madre abnegada vuelta loca en la vejez


Desde pequeño soy una ventana porque
Mi madre se deshacía de mí poniéndome a la luz de ella
Y yo veía a mi padre llegar que me miraba y éramos cómplices
De todo lo que se coge desde un ventanal


Un día amanecí con la claridad de qué hacer
Y eso hago desde entonces


Soy Atanás de los ventanales por donde se mira la vida pasar
Soy contemplación y asombro


Uno podría creer que las cosas se repiten pero no es así
Ninguna persona, automóvil o edificio
Son enteramente iguales cada vez que se miran
Pero tampoco existe el misterio


Desde aquí se descubre que es falso e inexistente
Y que es estúpida y maravillosa
La vida


Miro ya que esta calle se hace pedazos con el tráfico
Y miro también como las flores increíblemente rompen el concreto.


PABLO VARGAS ÁNGELES
Nacido en Naucalpan, Estado de México en 1974, Pablo Vargas Ángeles es poeta y psicoanalista, formación de la que se ha servido para robustecer la creación de oscuros personajes poéticos que describe con una exactitud reveladora. Su ejercicio intelectual lo ha llevado hacia los insondables territorios que vinculan al psicoanálisis con la creación poética. Fue productor y locutor del programa de radio universitario de poesía “Esfera y malabares”, de la universidad intercontinental, y su obra ha sido difundida en revistas literarias y en antologías de poesía joven de México. Ha publicado individualmente: "El humor del día" (Editorial Antinomia, México 1996), y en colaboración: "Espacios Materiales" (Angelito Editor, México 2000). Y en 2002 fue antologado en el libro conmemorativo del “Cuarto Maratón de Poesía” (Editado por el Ayuntamiento de Toluca y la casa de cultura TunAstral, del Estado de México).
El espíritu narrativo y antipoético de su obra, largamente trabajado bajo las generosas influencias de poetas como: Nicanor Parra, Cesare Pavese, Jacques Prévert, Carlos Drummond de Andrade, Leopoldo M. Panero, Fernando Pessoa y Vicente Aleixandre, entre otros, hace de quien se asoma a sus páginas un lector-espectador de imágenes que parecieran haberse redactado a 24 cuadros por segundo. Como en el cine, Pablo Vargas oscurece nuestro entorno y proyecta su visión de otra vida que también es propia; como en el cine, nos hace poner un ojo en la pantalla y otro en la breve luz que indica la salida, sin que podamos distinguir cuál de ambas realidades está más cerca de nosotros.

lunes, 4 de julio de 2011

Manuel Cortés Castañeda

DE BESTIARIOS: EL BICHARIO DE SAÚL IBARGOYEN




“También estas bichas
con astucia política
han declarado
que no todas las uvas verdes
están verdes
ni todas las maduras
están maduras (Zorras)”.



Poco se ha dicho de los Bicharios, aunque no son muchos los que se han escrito. Cuando se los menciona se los cataloga como un subgénero adscrito al universo de los bestiarios, o un simple inventario de cosas sin valor aparente; -salvo las ilustraciones que suelen acompañar estos textos y cuyo fin era llegar a ese segmento de la población analfabeta que siempre subyace en el fondo de toda sociedad-. Los bestiarios se hicieron muy populares a partir de la publicación del Phisiologus (colección anónima que apareció en Alexandria, en algún momento del siglo tercero o cuarto (1). Se dice que fue en Alejandría porque muchos de los animales que conforman el texto eran por entonces bien conocidos en Egipto. Los bestiarios fueron igualmente populares en Bizancio y el mundo Persa. También durante la Edad media, especialmente el libro Etimologías de San Isidro y textos de San Ambrosio que gustaba utilizar animales en sus escritos para expandir el mensaje de la Biblia. Durante toda esta época se hicieron muy populares y aparecen asociados con las fábulas, analogías, alegorías, parábolas etc. Y es también durante esta época que se enfatiza su contenido moralizante asociado con la predestinación o/y, según la iglesia, al papel específico del ser humano en el contexto de la creación. Estética moralizante que se apoya en la antítesis virtud / perversión. Hay bestias con características positivas (del lado de Dios); otras con características negativas (del lado del Diablo); y otras son mitológicas o fantásticas y pueden ser de signo positivo o negativo. Pero estas dicotomías se intercambian de manera compleja y sutil anulando las oposiciones radicales y creando múltiples conexiones entre las diferentes entidades paradigmáticas. Se dice que fue realmente a partir de la sentencia de Job, “Pregúntale a las bestias de la tierra y ellas te enseñarán, y a los pájaros del cielo y ellos te contestarán” (12-7), que la iglesia se encargó de popularizar la idea de que el comportamiento de los animales nos ayuda a entender nuestra propia forma de comportarnos o de ser. Más tarde - siglo X y XII- los bestiarios ganaron importancia en Francia e Inglaterra, pero se trataba de recopilación de textos antiguos. Un dato curioso, Leonardo Da Vinci escribió un bestiario. Lo mismo hizo Toulouse Lautrec.



En nuestra literatura contemporánea son bien conocidos los bestiarios de Cortázar, Borges, Arreola, Tablada, Otto Raúl González, Alfredo Iriarte, Monterroso y Cosío, entre otros. No es exagerado afirmar que con el Bichario de Ibargoyen, este aparente género menor adquiere un lugar preponderante en el contexto de la literatura universal. Y no se trata de afirmar que este Bichario le da carácter de bestiario a un género tan despreciado y minimizado. Al contrario, el libro de Ibargoyen crea, o inicia una nueva visión de este género a la vez que nos obliga a repensar los bestiarios desde una perspectiva diferente y nos reta, además, a eliminar cualquier tipo de dicotomía moralizante y actitud pedagógica que siempre, de una u otra forma, han marcado el contenido de este tipo de textos.



En la mayoría de los diccionarios no aparece la palabra bichario con connotaciones literarias. El vocablo sólo hace referencia a las enfermedades de las plantas y a ciertos parásitos. Sin embargo, aparecen un sinnúmero de derivados que de múltiples formas se conectan con el ser humano y algunas de sus actividades más frecuentes. En nuestra época moderna la palabra bicho tiene más sentido que la de bestia -que se ha quedado relegada a los cuentos de hadas y a los animales mitológicos o alegóricos-, al menos cuando se trata de radiografiar lo más íntimo del ser humano. Entre los derivados más comunes tenemos bicho (cosa que produce miedo o infunde temor); alimaña-insecto (sujeto sin valor); mal bicho (persona con mala intensión); bicho raro (persona fuera de lo normal); bicho viviente (todo el mundo); bicha (culebra y órgano masculino-femenino). También existe el verbo bichear, con connotaciones tales como mirar, observar a escondidas, otear, fisgonear, cazar. Igualmente adjetivos y sustantivos asociados con dicho vocablo como mirón, furtivo, bicharejo, bichejo (diminutivo-peyorativo), bichoso (decrépito), bichofear (silbar para desaprobar); bicharraco (persona fea y diferente); significa, además, hijo de puta y aparece en frases tales como, “qué bicho te pico” (persona que actúa de forma rara o diferente), y “bicho de mal agüero”. Y aunque parezca extraño le quedan pocos matices relacionados con la mitología. En Grecia todavía es un animal quimérico; espíritu de la lluvia: mitad mujer, mitad pez. Y una nota final: En Cuba es sinónimo de persona lista, habilidosa, sagaz.

Como bien pueden ver, este corto inventario nos es suficiente para concluir que con esta palabra y sus múltiples derivados y matices podemos definir y caracterizar en gran parte al ser humano. Quizás amparado en lo sugestivo de dicho vocablo Ibargoyen se dio a la tarea, nada fácil, de reinventar este “sub-género” en nuestra sociedad contemporánea. Y en cuanto a la forma, para ser más contundente en sus apreciaciones y más eficaz en el efecto literario que se busca, Ibargoyen reduce estos textos a su mínima expresión. Para él, lo importante no es “describir” o “definir” apuntalándose en las características que más se asemejan a cada bicho, sino elegir con precisión ciertos atributos minimizados o excluidos, apoyándose en lo absurdo o simplemente en yuxtaposiciones a veces descabelladas para obligarnos a re-pensar cada realidad desde una perspectiva distinta. Estos textos son breves, ingeniosos y marcados por una cuota de sabiduría sin precedentes en nuestra literatura. “Crustáceo incomprendido: / vaya hacia donde vaya/ siempre dirán/ que es para atrás (Cangrejo, 18)”.



Textos de estructura polisémica, ambiguos y alegóricos. Textos que crean un sistema de vasos comunicantes que en un momento de la lectura son la suma de una misma realidad, su negación, o su fracaso. Pero también, textos que se diversifican al infinito apoyados en la contradicción y en la paradoja: dualidad que oficia como lo más afín al acto creador y a la condición humana. Sin entrar en el campo de las categorizaciones, podríamos decir que estos bichos son la sombra sutil de apólogos, ecfrasis, ejemplos, epigramas, aforismos, acertijos, juegos verbales, absurdidades, parábolas y hasta retratos efímeros y haikus. La brevedad de la composición o de la estructura lingüística es garantía de multiplicidad en el otro lado del paradigma: sentido y significado. Ibargoyen define y matiza con una precisión endemoniada, pero la definición se ahoga a/en sí misma a conciencia para dar paso a una semántica atona-polifónica, donde cualquier derivado o atajo es posible siempre en el marco de una actitud crítica sin reticencias de ninguna índole y sin que falte esa gota de humor negro que hace a los textos más eficaces en su brevedad exquisita. Textos que son golpes de ironía, sarcasmos, estados de complicidad, burlas, martillazos implacables, baldazos de agua fría a la cara…; pero igualmente textos que incitan a la compasión y a la generosidad tan poco frecuentes en nuestra época. “Pocos dudan / de su inmortalidad /, y de su persistencia /. Cuando quedan / de patas para arriba / seguramente reflexionan / sobre la brevedad / de todo lo que existe (Cucarachas, 23”).



Lo primero que salta a la vista inmediatamente iniciamos la lectura del Bichario es que los diferentes bichos que lo componen aparecen en orden alfabético. El texto es un Bichario que a la vez es un diccionario minucioso. Y como no se trata de todo tipo de bichos, -aunque todos los bichos son el mismo por sustracción o por adición-, sino de sus bichos, o al menos los que al autor más le interesan, este aparente orden estructural es algo arbitrario que sugiere de entrada un juego intencional e introduce la ironía como verdadera estructura del texto. La pregunta obligada sería: ¿Por qué los bichos deberían de aparecer en determinado orden? Sugerir un orden aparente cuando es precisamente el orden y lo que éste implica lo que está en tela de juicio en todo el texto es una buena dosis de ironía que nos pone de lleno en las claves fundamentales del acto de escribir y sus posibles incidencias en la mente del lector. Ironizar y jugar subvirtiendo de entrada el orden de las cosas, todo tipo de entidades e ideas es un plato “perfecto” que el lector saborea a plenitud desde la lectura del primer bicho-texto-poema. Más aun si el autor afirma categóricamente desde el comienzo del libro que lo que conocemos está muy lejos de lo que es o pudiera ser. “Vuelan en dudosa libertad /. Pocas de ellas fornican. / Trabajan sudando miel. / Mueren cuando deben matar. / ¿Por qué no nos enseñaron / que son como no son? (Abejas 9)”.



Lo segundo es que algunos de esos bichos tienen más de una entrada en el mundo de la bichería. Solamente uno de ellos, el colibrí, más de dos entradas; aunque el tercero no aparece numerado como los dos anteriores de forma secuencial y se pluraliza. Esto nos hace pensar que el tercero no es más que la suma de los otros dos, o su re-definición debido al descontento que el “taxonomista” percibe en su definición, o a la carencia que siempre demarca una posible síntesis. Todos los tres bichos de la misma especie parecen ser lo-mismo / los-mismos sin serlo, ya que nada existe en concreto, ni en la realidad, ni en la definición, ni en la idea. Las trilogías tan caras a nuestra cultura y de las cuales depende nuestra filosofía y teología, no aparecen en el texto, ni siquiera cuando ese bicho es dios o el poeta. Podemos afirmar así que Ibargoyen se apoya en cierto travestismo conceptual y lingüístico cuando disecciona sus bichos. Travestismo que nos enseña sin apelaciones que todo es nada y todo a la vez. Y algo más: que en el fondo y en la superficie todo se define mejor por lo que falta o pudo haber sido. O mejor: por lo que no es que por lo que es: “Sueña a menudo que es / un hoyo negro dado vuelta. / Y corre a casa del Diablo / que siempre lo atiende/ sin cobrarle nada / (Dios dos 26).”



Lo tercero es que, aparte de los “abichuchos”, verdaderamente bichos que hacen parte nominal del reino animal, aparecen otros especímenes que no pertenecen a la misma familia, especie o filum. Aunque si lo vemos bien esos bichos que parecen salirse de la clasificación, son más bichos que todos los demás ya sea de forma individual, o en su conjunto, o por intertextualidad. Estas disparatadas constelaciones se componen de Ángeles, Dios (2), Escritor, Informativista, Inversionista, Madre, Padre, Mercader, Mujer, Nazi-(facista), Niños, Poeta, Políticos (2) y hasta una Vulva. Podríamos aventurar de antemano que los que aparecen dos veces, o tienden a multiplicarse hasta tres y que de manera sutil o inapropiada se metamorfosean en otros invadiendo su territorio y su idea, son los de más difícil definición y, a su vez, lo más peligrosos e inevitables debido a su carácter inestable y proteico. Son bichos travestis, pero no por necesidad de libertad sino por una tendencia enfermiza a la síntesis que les asegura su permanencia y su dominio. (El) tragarse lo otro garantiza no solamente permanencia y continuidad sino eliminación de la competencia. Lo otro es que, no es difícil conjeturar, si hacemos la suma de las diferentes entidades bicharias, o contrastamos sus propiedades desde diferentes perspectivas, que este segmento constituido por bichos raros conforma lo más alabado y glorificado de nuestra cultura y civilización. Producto éste cuyas características son ambiguas ya que la mezcla, aunque podría convertirse en un producto final único-ideal -(en una sola razón de ser y de hacer)- no puede asimilar todos los componentes o atributos que por propia naturaleza se excluyen o se enfrentan. Esto nos facilita entender que la contradicción u oposición permanente, -aparte de la ironía y lo lúdico-, son el recurso lingüístico o temático que domina la estructura del texto y cualquier idea o proposición que podamos sacar de él. Los bichos no son, parece decirnos Ibargoyen, ni están presentes del todo. Son un algo que carece de contenido y de sentido, no-solo por carencia o involución sino especialmente por exceso. Pero igualmente no dejan nunca de ser lo que son, aunque siempre aparezcan o intenten aparecer como lo otro, o lo opuesto, o lo que no son. El bicho es una máscara, que nos permite seguir siendo sin que tengamos que enterarnos de lo que somos. Por lo tanto combatir lo que no somos y al mismo tiempo descreer de lo que somos es la contradicción inevitable a la que está condenado todo bicho en su diario ser y hacer. Ironizando, como en la teoría de la recepción, podríamos decir que no hay múltiples bichos y bichotes y bichorios, sino diferentes formas o perspectivas de entender y decir y confrontar el mismo bicho que se juega sus mil cabezas sin atreverse a jugarse ninguna y ni siquiera la suya propia. Los bichos son un calco ontológico: únicos y unos. Un-en-sí, o un-para-sí existencial sin nada de contemplativo, ya que en los bichos todo es apetito. “Miembro de una subespecie / expulsada del templo / que resolvió adquirir / -con riesgo de inflación- / nuevos sacerdotes / nuevos templos / nuevos dioses / (Mercader 39)”.



La cuarta característica a destacar es que solamente aparecen en el bichario dos animales mitológicos: el Basilisco y el Dragón (2); pero por extensión y similitud también podríamos incluir en esta familia reducida, a Dios y al Poeta. Mas aun, si pensamos en los devaneos absurdos de Huidobro y en los descalabros de las musas. Serían solamente cuatro bichos mitológicos aunque el dragón aparece dos veces. Esto sería lo único en común que tiene el texto con los bestiarios, o cualquier otro tipo o variante de ellos. Hay que enfatizar que estos bichejos antes mencionados son definidos apoyándose en características humanas muy específicas. De todos sus atributos destaca el vocablo “encabronarse”. A su vez Ibargoyen pone en entredicho su existencia. ¿No habría que sustituir, entonces, estos bichejos por el bicho hombre que incapaz de verse a sí mismo en su propio espejo siempre busca verse en el espejo de los otros como una forma de huir de sí mismo y de deificar su miedo y su nada? ¿Acaso no está acentuando Ibargoyen como Pessoa, que a pesar de nuestros grandes avances hoy más que nunca somos desconocidos de nosotros mismos? ¿Es tanto lo que nos hemos perdido, o equivocado el camino que una posible identidad o reconocimiento ya no sería posible? Si Ibargoyen hubiese incluido en su inventario al “bicho” Nietzsche el cuadro de nuestra confusión humana sería más complejo y desolador. Pero no es solamente eso. Esta carencia y falta de valor, o encierra en sí una paradoja irresoluble, o nos pone frente a frente con el enigma de nuestra realidad cotidiana: la ausencia de toda mitología, su desgaste o inutilidad, podría muy bien presentarnos la muerte en cuanto tal como lo único cierto; y lo que es peor, la muerte de la imaginación como nuestro destino final. Por una parte, el mundo y el hombre se deshacen como entidad ficticia, y por la otra cada vez más el desconocimiento se perfila como la verdadera esencia del hombre, para recurrir una vez más a Pessoa. “Todavía humeante y sin trabajo / deambula entre los objetos como libros / y abuelos enmudecidos. / Mientras / los niños se masacran / en los patios del los colegios / (Dragón2, 27)”. Pero Ibargoyen no renuncia del todo y transfiere al mundo virtual el papel de conservar e implementar la ficción como nuestra última puerta de escape. Esa caja de resonancias infinitas tan espantosa y fascinante a la vez, se convierte entonces en el sustituto inevitable de la muerte de la mitología y de lo mágico. Sale sobrando en el mundo posmoderno: / los príncipes yuppies / lo usan de mascota / y las princesas del jet-set / se acuestan con sus guardias / en castillos virtuales y coquetos (Dragón 1, 26)”.



La quinta característica que quiero acentuar es que uno de los bichos aparece repetido con una variante ortográfica. Oveja aparece con hache y sin ella. Oveja con hache, aunque no distinta sustancialmente de la que no la tiene, se perfila en el texto como el símbolo de la víctima de todos los tiempos. O mejor sería decir que deviene chivo expiatorio. Sustituir en el campo de las tautologías religiosas lo femenino por lo masculino sería una rectificación histórica de consecuencias impredecibles en el subsuelo de nuestra cultura, o un simple intercambio y asimilación de roles. El débil, no importa el lugar que ocupe en el sumario de los horrores y errores de la historia del hombre siempre acaba pagando las cuentas. Pero lo particular de esta dualidad que no logra dislocarse completamente es que “Con hache / o sin hache / siempre le arrancan / la ropa / y se la chingan / (Hoveja 33)”. A la que le falta la hache, sin dejar de ser igualmente un bicho indefenso se la asimila con su verdugo: el lobo. Asimilación que por contraste o intercambio de papeles nos muestra el lado oscuro de las cosas, o esa otra realidad desconocida que define a los seres humanos a conciencia o por ausencia de la misma. La segunda oveja, la verdadera, la académica, la de buena ortografía, no sería otra cosa que el bicho Hombre 2 camuflado, que aparece en el texto. Esa que la tradición desde tiempos bíblicos ha convertido en alimento de todos los días: la oveja con piel de lobo. “Mamífero de canas prematuras / cuenta lobos cada noche / para así dormir / Como una oveja buena / (Oveja 44)”.

domingo, 3 de julio de 2011

Sobreros rojos

Sobreros rojos
Hablan de nosotros.
En cada día
Buscas el tiempo
La luz del letargo,
Entonces encuéntrate
Para perderme de tu paladar,
En los callados roces
Que enfoca mi inútil azar,
En tus afonías infinitas.
Llámame a tus brazos con labios rojos
Que tragaban tu lengua desgarrándola.
Codiciando dormir en tu esqueleto
Con los Dementes de un infierno,
Su vientre en sus espaldas enmudecidas
Jure que el viento no zanjaría tu mente
Ni el olor del silencio de tus letras,
Las que atragantaras en tu boca.
Donde volverás a decir
Que no fui el adecuado
Ni el más sutil…

viernes, 1 de julio de 2011

RENATO LEDUC.

Tiempos de Pancho Villa y de la guerra

de mentadas y tiros en la sierra.
Tiempos de fe no en Dios sino en la tierra
Por el cerro de la Pila
fueron entrando a Torreón
mi general Pancho Villa
y atrás la revolución…
¡Ay jijos…! ya se nos hizo
cuánto diablo bigotón…
Ya viene Toribio Ortega
subiendo y bajando cerros
y no te enredes ni engañes
que ahi anda Pablito Seáñez
haciendo ladrar los perros.
¡Cuánto usurero barbón…!
¡Ay jijos… cómo les vuela
de la levita el faldón…!
¡Ay jijos… ya se nos hizo:
triunfó la revolución…!
Tenemos camino andado…
No hay que juntarse con rotos
siempre te juegan traición
ya Madero está vengado
ya murió la usurpación.
En su caballo retinto
llegó Emiliano Zapata
bonita su silla charra
y sus botones de plata
pero mucho más bonito
su famoso Plan de Ayala…
Este gallo es de navaja
y no es gallo de espolón
si quieres tierra trabaja
trabaja no seas huevón…
Ya llegó don Venustiano
con sus anteojos oscuros
y Villa y Zapata gritan:
No sé qué tengo en los ojos…
porque ya en Pablo González
se vislumbra la traición.
¡Ay reata no te revientes
que es el último jalón…!
Ya se están muriendo todos
¡Jesús qué desilusión…!
Se está volviendo gobierno
¡ay dios…! la revolución.

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Periodista, poeta, personaje incomparable de la Ciudad de México, Renato Leduc (1897-1986) fue en su adolescencia telegrafista de la División del Norte. Irónico en su manera de hablar y escribir, fue un crítico constante del poder. Entre sus libros se encuentran El aula (1929), Los banquetes (1932), Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (1933), Breve glosa del Libro de buen amor (1939), El corsario beige (1940) y Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles (1963). Dispersa en ediciones mínimas, la Obra literaria de Leduc fue compilada por Edith Negrín y publicada en 2000 por el Fondo de Cultura Económica, de donde procede el fragmento que aquí presentamos.