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*Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones




jueves, 23 de octubre de 2014

Gajes del Oficio: Gabriel García Márquez



Notas de prensa. Obra periodística 5 —1961-1984— (Editorial Diana,
2003) reúne diversos artículos como “Desventuras de un escritor de
libros” que revelan la esencia del autor colombiano.

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Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo,
tanto trabajo, tanta consagración en relación con sus beneficios
inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la
lectura de un libro, se pregunten cuántas horas de angustias y de
calamidades domésticas le han costado al autor esas doscientas
páginas y cuánto ha recibido por su trabajo. Para terminar pronto,
conviene decir a quien no lo sepa, que el escritor se gana solamente
el diez por ciento de lo que el comprador paga por el libro en la
librería. De modo que el lector que compró un libro de veinte pesos
sólo contribuyó con dos pesos a la subsistencia del escritor. […]
Esto parecerá todavía más injusto cuando se piense que los mejores
escritores son los que suelen escribir menos y fumar más, y es por
tanto normal que necesiten por lo menos dos años y veintinueve mil
doscientos cigarrillos para escribir un libro de doscientas páginas.


Se es escritor simplemente como se es judío o se es negro. El éxito
es alentador, el favor de los lectores es estimulante, pero éstas son
ganancias suplementarias, porque un buen escritor seguirá escribiendo
de todas maneras aun con los zapatos rotos, y aunque sus libros no se
vendan. Es una especie de deformación que explica muy bien la
barbaridad social de que tantos hombres y mujeres se hayan suicidado
de hambre, por hacer algo que al fin y al cabo, y hablando
completamente en serio, no sirve para nada.


La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de
la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha
condenado a vivir como un fugitivo. No asisto nunca a actos públicos
ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia,
no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un
libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de
televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que
cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que
no tengo corazón para decirles que no.


A toda hora, en cualquier parte del mundo, mientras la fantasía
pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único
ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi
mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi
tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor
satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos
nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el
afecto de los más antiguos. […] nunca, ni en las verdes ni en las
maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más
que uno de los dieciséis hijos del telegrafista de Aracataca. De esa
lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi
suerte literaria y mi honradez política.


[…] la guerra cotidiana con las palabras no respeta fronteras. Un
pobre hombre solitario sentado seis horas diarias frente a una
máquina de escribir con el compromiso de contar una historia que sea
a la vez convincente y bella agarra sus palabras de donde puede. La
guerra es más desigual aún si el idioma en que se escribe es el
castellano, cuyas palabras cambian de sentido cada cien leguas, y
tienen que pasar cien años en el purgatorio del uso común antes de
que la Real Academia les dé permiso para ser enterradas en el
mausoleo de su diccionario.


Para mí, el mejor idioma no es el más puro, sino el más vivo. Es
decir: el más impuro. El de México me parece el más imaginativo, el
más expresivo, el más flexible. Tal vez porque es la lengua de
emergencia de una nación que olvidó los idiomas nacionales antiguos,
y al mismo tiempo aprendió mal el que trajo Hernán Cortés. La
síntesis logra a veces dimensiones mágicas.


Yo nací y crecí en el Caribe. Lo conozco país por país, isla por
isla, y tal vez de allí provenga mi frustración de que nunca se me ha
ocurrido nada ni he podido hacer nada que sea más asombroso que la
realidad. Lo más lejos que he podido llegar es a trasponerla con
recursos poéticos, pero no hay una sola línea en ninguno de mis
libros que no tenga su origen en un hecho real. Una de esas
trasposiciones es el estigma de la cola de cerdo que tanto inquietaba
a la estirpe de los Buendía en Cien años de soledad. Yo hubiera
podido recurrir a otra imagen cualquiera pero pensé que el temor al
nacimiento de un hijo con cola de cerdo era la que menos
probabilidades tenía de coincidir con la realidad. Sin embargo, tan
pronto como la novela empezó a ser conocida, surgieron en distintos
lugares de las Américas las confesiones de hombres y mujeres que
tenían algo semejante a una cola de cerdo. En Barranquilla, un joven
se mostró en los periódicos: había nacido y crecido con aquella cola,
pero nunca lo había revelado hasta que leyó Cien años de soledad. Su
explicación era más asombrosa que su cola. “Nunca quise decir que la
tenía porque me daba vergüenza”, dijo, “pero ahora, leyendo la novela
y oyendo a la gente que la ha leído, me he dado cuenta de que es una
cosa natural”.


Siempre he tenido un prejuicio contra los intelectuales, entendiendo
por intelectual a alguien que tiene un esquema mental preconcebido y
trata de meter dentro de él, aunque sea a la fuerza, la realidad en
que vive. Graham Greene, que al parecer tiene el mismo prejuicio,
explicó alguna vez que los novelistas no somos intelectuales, sino
emocionales, y ese esclarecimiento me puso la conciencia en orden.


Para que vuelva a entrar la buena suerte en una casa desollada por la
desgracia no hay nada más eficaz que un ramo luminoso de flores
amarillas. Es incluso un conjuro invencible contra las nubes oscuras
que suelen perturbar en ciertos días inciertos el oficio misterioso
de escribir. Cuando los dedos se nos enredan en la tecla equivocada,
cuando no conseguimos que los personajes respiren con su aliento
propio en el ámbito de la novela, cuando uno no encuentra la palabra
compasiva que los ayude a morir sin dolor, es porque algo falta en el
aire del cuarto en que se escribe. Y lo que falta casi siempre es una
flor. De modo que no es por superstición Caribe, sino por una
experiencia acendrada y fructífera, que nunca me aventuro a escribir
sin que haya en el vaso de mi escritorio una rosa amarilla.


[…] El hábito de mi abuelo para consultar para todo el diccionario se
me quedó a mí para siempre, y debieron pasar muchos años antes de que
descubriera con mi propia alma que no sólo los diccionarios no lo
saben todo, sino que además cometen equivocaciones casi siempre muy
divertidas. Con el tiempo he terminado por confiar más en mi instinto
del idioma, tal como se oye en la calle, y en las leyes infalibles
del sentido común. De todos modos, consulto siempre el diccionario,
pero no antes de escribir, sino después, para comprobar si estamos de
acuerdo.


Parece que los poetas son los lectores más ávidos y perseverantes. De
los novelistas, en cambio, se dice que sólo leen para saber cómo
están escritas las novelas de los otros escritores, y descubrir en
ellas hasta los tornillos más ocultos del oficio. Algo así como
desmontar todas las piezas de un reloj para descubrir cómo está hecho
y armarlo de nuevo, de manera que los otros no tengan secretos
artesanales que uno no esté en condiciones de aprovechar.


[…] el sentimiento más nítido que me suscita la idea de mi muerte no
es tanto de miedo como de rabia por su tremenda injusticia. Peor aún
en un escritor que vive de contar sus experiencias, y que, sin
embargo, tiene que vivir resignado al desastre final de no poder
contar la más importante y dramática de todas: la experiencia de la
muerte.


[A la pregunta] “¿Qué se siente cuando se gana el Premio Nobel?” He
dado casi siempre una respuesta distinta, según quien sea el
interlocutor, porque la verdad es que no tengo un recuerdo muy
definido. […] Una voz masculina, en un español perfecto con leve
acento nórdico, y que se identificó como redactor del periódico más
importante de Estocolmo, me dijo que la Academia Sueca había dado
cinco minutos antes la noticia oficial. No sé muy bien lo que dijo
después, porque yo estaba en ese instante consternado por el terror,
pensando en el discurso que debía pronunciar casi dos meses después
en Estocolmo al recibir el premio. Ese terror fue el único
sentimiento definido que me acompañó, no solamente durante los días
interminables y las noches insomnes en que escribí las 15 páginas más
difíciles de mi vida, sino que persistió hasta el instante en que
acabé de leerlas en público en el salón de actos de la Academia
Sueca.

[Subrayados: Delia Juárez G.]

martes, 21 de octubre de 2014

Mijalis Pierís, por primera vez en México: ve a la poesía como un camino solitario


CIUDAD DE MÉXICO, 20 de octubre.- La ciudad está en los versos del poeta Mijalis Pierís (1952), quien nació en Chipre y ahora recorre la Ciudad de México por primera vez. Con esa primera impresión, se detiene en sus espacios históricos y literarios y hurga en el pasado prehispánico y la historia revolucionaria, al amparo de la poesía de Octavio Paz y las imágenes captadas por Malcolm Lowry en Bajo el volcán.
 
Su recorrido lo hace en silencio con la memoria puesta en su propia “Ítaca”, dice a Excélsior el también dramaturgo que en 2015 presentará una antología con su poesía traducida al español y a unas horas de que se presente en el Museo de la Ciudad de México, con una charla sobre la poesía y lo que rodea su trabajo literario.
 
“La poesía es un camino solitario y lo es porque el camino del arte es el de la soledad. Y, aunque algunos adquieren cierta fama y celebridad, el poeta siempre vive una especie de soledad artística”, dice el autor de De la ciudad furtiva, quien se considera un lector casual de Octavio Paz por su atenta mirada transversal.
 
De inmediato, el escritor chipriota recuerda cómo en la Grecia clásica la poesía y el gran teatro griego eran un mismo género, que tuvo su apogeo cuando las personas acudían a Epidauro con una canasta llena de comida. En esa época, los griegos llegaban al amanecer, asistían a seis obras de teatro y se retiraban cuando el sol se ocultaba.
 
“Aunque es cierto que la comida no sólo era para alimentarse, sino para arrojarla a los actores cuando no les gustaba la obra”, reconoce entre risas. Pero eso fue durante una época en que la sociedad de Atenas alcanzó un nivel intelectual tan elevado que la poesía y el teatro eran parte de su vida cotidiana, porque entonces la poesía le pertenecía al pueblo… a la ciudad.
 
Pero cuando alcanzamos la época moderna y el diálogo interno del poeta, señala, todo cambió, “al grado que hoy la obra de arte más popular es el cine, el cual se ha arruinado con la televisión, la computadora y los dispositivos electrónicos, porque nos ha convertido en unidades aisladas”, añade.
 
Pese a todo, Mijalis Pierís asegura que mantiene intacto su compromiso con los problemas cotidianos, pues “no existe ningún poeta que sea digno de nombrarse así y escriba en un vacío de historia”.
 
Esto significa que el poeta siempre estará dentro de un momento histórico, aunque no sea claramente un poeta político. “Es más, pienso que el poeta amoroso se ocupa de la realidad política y social. Al menos, para mí, los poemas que están fuera de la ciudad y de la política… no me interesan porque sería como ver a un hombre masturbándose.”
 
Un tema que no le agrada a Pierís –quien ha sido traducido por Selma Ancira Berny, Natalia Moreleón y Francisco Segovia– es el de la tecnología. Sin embargo, intenta abordarlo sin prejuicios.
 
“Podría decir que siento de sesperación con la tecnología, pero luego pienso en las veces que la historia de las letras y las artes enfrentó distintas revoluciones tecnológicas, por lo que prefiero imaginar que la literatura y las artes encontrarán la forma de no desaparecer.”
 
Lo cierto es que se necesita mucho cuidado para decidir lo que se conservará de antaño, lo que se adoptará de lo nuevo y cómo amalgamar ambas experiencias, agrega.
 
Por último, aborda uno de sus temas más estudiados: la obra de Kavafis, sobre la cual lamenta que hoy se lea como a un poeta gay. “Voy a tomar el toro por los cuernos. Hoy Kavafis se ha vuelto famoso en todo el mundo por un pequeño error: los norteamericanos descubrieron su homosexualidad y desde entonces lo limitaron a eso”, asegura.
 
Eso es una pena, acepta, porque aunque era homosexual su literatura interesa más por sus poemas filosóficos, su ideología humanística y su espíritu revolucionario, incluso fue el primero que habló sobre igualdad social, explica.
 
Ahora el poeta vuelve a su caminata por las colonias Roma, Condesa y Coyoacán, donde encuentra una ciudad cargada de recuerdos y evocaciones literarias e históricas. “Me dejaré llevar por la magia de México, de los aztecas, de Zapata y de historias como Bajo el volcán. Todo está aquí dentro”, concluye.

domingo, 19 de octubre de 2014

AGENCIA DE VIAJES MEXICO por Anilú Hernández Bastida.


 
Habrá cosas que no creerás aunque te las aseguren  mil veces y seguirás diciendo tajante que a ti te gusta que te hablen con la verdad. Pero entre tu verdad y la del otro se mece un abismo y he ahí el punto de encuentro. Cuando hablamos de un mundo donde es lo “Inn” sustraer a alguien de su vida cotidiana y devolverlo solo a cambio de cierta cantidad de dinero; donde la policía te “siembra” drogas y luego, satíricamente te obliga a aceptar tu culpa impostada; donde es normal que las mujeres protejan su estima adoptando proporciones antinaturales para sentirse a la moda; dan ganas de agarrar por el cuello a la capacidad de asombro y  reprocharle su negligencia. Cada quien tiene su verdad y es por ello que solo queda dar fe de nuestros “viajes” humanos.


Caminaba cualquier día de un año sin nombre por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México en busca de un sueño corto, pues andaba yo corta de feria o sea sin mucho dinero y, sin embargo, anhelaba salir aunque fuera dos o tres días de la ciudad y estar junto al mar. Cancún o Vallarta hubieran sido excelentes destinos, sin embargo, debido a la situación económica, me conformaba con un viaje hacia Acapulco. Había oído decir a los mayores de cincuenta años que el famoso puerto había sido el sitio donde materializaron algunas de sus más memorables fantasías de juventud.

Me dirigí pues a la calle X donde divisé varias agencias de viajes. A penas tuve la intención de entrar en una de ellas cuando fui interceptada por un tipo que, folletos y fotografías en mano, me aseguró tener los mejores y más económicos viajes a Acapulco. ¡Curiosa coincidencia!- pensé, y me dejé encantar y conducir hacia sus oficinas. Ahí fui integrada a un grupo de siete personas que ya se acomodaban en el pequeño salón que no era más que una sencilla habitación mal acondicionada e iluminada por la luz que entraba a través de dos ventanas chuecas. El espacio estaba a medias ocupado por un par de escritorios de mediano uso, algunos cromos de destinos turísticos en las paredes y varias sillas tubulares de asiento acojinado que se notaban ya bastante gastadas.

El personal de la Agencia preguntó si alguno de los ahí presentes ya conocía los servicios y el manejo de los mismos. Todos aseguramos estar ahí por primera vez. Así, los agentes comenzaron a explayarse con conmovedor entusiasmo para darnos a conocer todo lo referente al viaje prometido. La atmósfera del pequeño cuarto se llenó de tantas promesas que llegó un momento en que, emocionados, todos queríamos saber qué se necesitaba para encontrarse ahí lo más pronto posible. A todo esto se agregó un delicioso aroma que comenzó a esparcirse, proporcionándonos a todos (inexplicablemente según nosotros, pobres ingenuos) un estado de mayor soltura.

Pasados escasos minutos, descripciones exacerbadas nos hacían flotar, iluso público, entre los algodones de una sutil realidad creada por el sucedáneo inhalado que ya danzaba feliz en nuestros pulmones y supongo que también en nuestras neuronas, que se dejaban balancear simples por aquella sutil corriente creada por las palabras de los vendedores.

-Ahora contemplen la caída de La Quebrada- dijo eufórico el animador.-¡Excelente clavadista!

Una exclamación de sorpresa se dejó escuchar al unísono.

-Pero, ¡Tome la mano de su compañera, de su compañero! – alentaba la voz. ¿Cómo disfrutar de todo esto solo?. Acapulco se hizo para dos.

Hermosos paisajes soleados, la zona hotelera y algunas aves tropicales, desplegaban su gracia frente a cada uno de nosotros al grado en que (casi me atrevo a asegurarlo) veíamos lo mismo. El tipo de a lado alargó su brazo peludo para encontrar mi mano. Yo hice el esfuerzo por ignorar aquello y tomármelo a la ligera.

Mi mente oscilaba entre las imágenes creadas por aquellas voces y la oficinucha mediocre donde nos encontrábamos. Noté que algunos de los espectadores alcanzaron tal grado de arrobación que prácticamente yacían desparramados en las sillas. Yo, a medias conciente, me empeñaba en seguir el juego por temor a ser descubierta y que esto pudiera provocar alguna agresión por parte de los que, sucio o limpio, simplemente hacían su trabajo. El “viaje” se extendió entre todos nosotros, nadie sabe cuanto duró.

La Agencia de viajes México le agradece su preferencia-dijo al fin la voz- Su importe total es de trescientos pesos. Esperamos vuelva pronto, y recuerde: ¡Le ofrecemos los mejores viajes al mejor precio!

 En voz baja, ofendida y asumiendo su complicidad, le dije al tipo de a lado que algo debíamos hacer  ¡No podíamos permitir que nos vieran la cara de ese modo!  Claro, más de uno de los timados se levantaría furioso y arremetería contra los truculentos agentes de ventas y, entonces, entre todos haríamos que esos infelices se arrepintieran de tratar de extorsionarnos así. ¡Y si pasábamos la voz, incluso podríamos armarles un escándalo, levantar una demanda y hacer que cerraran esa maldita oficina engaña pendejos!

El tipo me miró con incredulidad y, parando en seco mi perorata con un simple y ágil movimiento, sacó los tres billetes de cien pesos de su cartera y los entregó rebosante de satisfacción a uno de los vendedores. Uno a uno, los otros seis hicieron lo mismo.


¿Capacidad de asombro? No. ¿Estupefacción ante la modernidad? Seguramente un día recordarás con una carcajada  lo que hoy es sorpresa. Quizá se trate del día en que te subas a un taxi y este, automáticamente programado y sin conductor alguno, te lleve al destino pagado a alta velocidad.



Anilú Hernández Bastida
Nació en la Ciudad de México. Estudio Mercadotecnia en la Universidad del Valle de México y Creación Literaria en la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México, participando en la antología Paso al Frente de la generación XXXII.  Poetizó la exposición plástica “Andar de fruto y Tierra”  del pintor guanajuatense Héctor Hernández  Jurado. Ha formado parte en la promoción de las culturas indígenas a través de sus danzas y ritos, impartiendo a su vez talleres literarios experimentales para los habitantes de la colonia Río Blanco en Acámbaro, Gto.  Presidió el taller literario del Museo local de Acámbaro Guanajuato y presentó ahí la obra literaria del poeta acambarense Iván Montenegro y el narrador Marcos García Caballero, ganador del premio Nacional Salvador Gallardo Dávalos. Actualmente participa en El Hapax poético (vía internet), y trabaja en la publicación de su primer libro de cuentos.   

martes, 7 de octubre de 2014

16 consejos de Borges



En literatura es preciso evitar:

1. Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.

2. Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.

3. La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.

4. En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.

5. En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector.

6. Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.

7. Las frases, la escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.

8. La enumeración caótica.

9. Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.

10. El antropomorfismo.

11. La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.

12. Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.

13. Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.

14. En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.

15. Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:

16. Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.