© ®

Todos los textos son propiedad de sus autores, quienes tienen todos los derechos sobre ellos (¿o será al revés?) y han decidido libremente publicarlos aquí para la difusión pública sin fines de lucro.







*Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones




lunes, 13 de junio de 2016

LA SALA DE BILLAR DE PUERTO VALLARTA... POR MARCOS GARCÍA CABALLERO..



Ahora verás… ¿tenemos una nueva historia? Claro que sí: solamente es cuestión de investigar viejas ensaladas peligrosas con los aderezos de las memorias que se remontan a la sutileza de los prístinos detalles: Alguna ocasión, a mitades de la batalla de los 30 y tantos años,  tuve dinero suficiente en el año 2009 para invitar a mi novia lejana al hermoso sitio de Puerto Vallarta. Nos pusimos de acuerdo vía teléfono y ella se sintió más que halagada con la invitación. Le envié por fax a una agencia de viajes su correspondiente boleto Guanajuato-Vallarta. Me preguntó o no recuerdo bien, en esas llamadas, creo que le preguntó a mi madre si yo me sentía seguro de realizar el viaje y estar con ella. No lo dudé, le dije que teníamos qué hacer este viaje porque los dos éramos y somos escritores amantes y además amantes de la vida aventurera; si tenía el dinero para invitarla, ¿Por qué carajos no íbamos a gozarla de rechupete en Puerto Vallarta tres noches y tres días y medio según alcanzaba el dinero?  Tomé a los pocos días el autobús desde la zona centro del país y después de un áspero viaje donde no olvidaba que me molestarían esos ex vecinos míos haciéndome boicots por la televisión gritándole a la gente que yo me encuero cuando me voy a bañar (por decirlo suavecito para el lector), llegué por fin a la medianoche a Puerto Vallarta y la miré  a ella muy jovial y muy hermosa sentada en la extensa sala de camiones esperándome… “ella, esperándome…” Esta frase significa amor y esperanza, y si tu mujer te espera en otra ciudad a que tú llegues, te tiene mucho amor y esperanza… es muy importante entender esto para todos aquellos guerreros impacientes. Sueñen que caminan por el drenaje de sus propias ciudades arrasadas, si gustan, cuando parezca que no hay salida;  pero si su amor los espera, ya tienen un punto con aquél el de la iglesia, o sea: todas las iglesias, todas esas puertas que tocaron y no  abrieron es posible que con esa mujer se abran. Y hay que recordar que Don Octavio Paz en Piedra de Sol dice: “el amor es abrir puertas, es dejar de ser un fantasma condenado por un amo sin rostro.” Etcétera, ustedes se lo saben… Lo que quiero decir es que al verla sentí una oleada de insuperable libertad incluso más grande que las del propio mar cristalino del Puerto. Y ojo: ese tipo de oleadas también son el amor con el cual descubres de qué calibre es la mujer con la que te andas acercando… Como buena hermosa, ella ya pronosticaba sobresaltos, y eso, queridos, es  la mera reata y la mera retahíla he hilo de éste asunto que deseo expresarles en clave de pasado disperso y futuro compartido. Había inclusive ahí mismo en la terminal un sitio para hacer reservaciones de los hoteles y si eso me sorprendió es simplemente porque soy en general un escritor y estudiante de filosofía más bien pobre. Hablamos pues, con los encargados y nos recibieron muy bien, nos dieron un taxi y fuimos a la zona centro de la ciudad al hotel. Como era de medianoche, le dije que ya no saliéramos a ningún lugar y que nos fuéramos solo a cenar y luego a dormir. Me sentía un tanto golpeado por el viaje pero cenamos bien, nada precisamente caro, pero al regresar al cuarto del hotel le dije que se desnudara, y me dijo, ¿de plano? Le respondí: ¿pues  qué creías que veníamos a hacer aquí?
Hicimos el amor, esa noche, recién llegados a la ciudad, luego ella me pidió prender la tv. Le conté un poco cómo eran esos ladillas de mis ex vecinos y no me entendía. Le expliqué que ellos tienen y usan otra lógica, la lógica de la destrucción y el odio y más o menos me entendió ese nebuloso asunto que siempre parece quedar en término medio: un punto su odio y su estupidez, un punto mi vida y mi libertad. Bueno, dijo, trato de entender qué quieres decir: te hacen una guerra sucia tremenda y debes de mantenerte fuerte y no caer en sus provocaciones. Exactamente, por ahí va la cosa. Qué fuerte, dijo, y nos dormimos abrazados, era obviamente una situación peligrosa. Los inútiles aquellos ya nos perseguían, supongo yo que realmente era en lo único que pensaban: en chingar la madre.
A la mañana siguiente, salimos del cuarto con ropa de playa, nos asomamos al balcón y como ella traía una pequeña cítara, me la tocó para que me pusiera feliz, yo saqué mi armónica y le di un pequeño concierto matutino: ¡Comme on madame, que te recojas el pelo, quiero verte hermosa y chula! Y así lo hizo. Abajo, la ciudad de Vallarta parecía abrirnos los brazos en señal de hospitalidad: un parque teníamos en frente, a la derecha se caminaba a la playa a la cual teníamos acceso, había muchas tiendas de productos llamativos, los OXXOS estaban retacados de botellas de buen vino tinto y cerveza, de todos los patios parecían salir historias, y como siempre, tú te crees el más cabrón pero ellos solamente te cuentan el cuento de que eres el más cabrón, no se necesita más, dicho sea de paso. Nos fuimos a desayunar a un costado del hotel, en un restaurante muy llamativo que guardaba una decoración interna sensacional. Nosotros conversábamos de nuestras vidas y todo lo que habíamos hecho desde que dejamos de vernos cuando los dos vivíamos en la capital allá por el año del 2005.
Habíamos ido a un restaurante del mercado allá por el metro Balderas, creo, no lo recuerdo bien, pero fuimos desde entonces muy amigos, ella me encontraba inteligente en los rollos literarios y yo la veía bastante buena onda, alivianada, por decir lo menos. Ella tenía una teoría rara respecto al lector, yo le decía: Olvídate de Julio Cortázar, no porque no sea bueno, pero no podemos ya seguir pensando en el lector, al lector habrá que compartirle la historia, para él es el platillo literario, pero no somos ni podemos aspirar a ser Lauras Restrepos ni Fernandos del Paso, ¿si me entiendes? ¡No somos ni siquiera de la tradición del boom latinoamericano! Okey, okey… me dijo aquella vez y nos fuimos del mercado, esa vez ella tenía una fiesta súper alcohólica y drogadicta y yo dije internamente ¡A la chingada! ¡Me voy a escribir! La vida no retoña, dejó claro Efraín Huerta, pero la escritura literaria es una clara apuesta donde va de por medio tu tiempo vital, ya habrá, como siempre ha habido, tiempo para chupar, fue lo que pensé viéndole el trasero mientras se iba por los túneles del metro y yo me regresaba a mi barrio a darle al teclado.
Pues así las cosas, ya medio nos sentíamos  los reyes de Vallarta, porque los verdaderos reyes, los que merecen irse unos días a Puerto Vallarta, los taxistas que trabajan doce horas, los albañiles, los trabajadores mal pagados, esos, esos no acostumbran irse a Vallarta ¿si me explico? Ella y yo fuimos héroes por tres días, más o menos como alguna vez nos lo prometió David Bowie. Luego caminamos por el malecón, nos metimos de lleno en el avión del turista, nos asombraba la gente, los jóvenes europeos y canadienses, un aire místico que hace sentir: “cierto, estás aquí, pero no olvides quién eres”. Regresamos al cuarto a leer y escuchar música, ella pasó a ponerse traje de baño y nunca lo dudé: supe que antiguos demonios estaban ahí, y si estaban ahí era porque mis ex vecinos ya habían dejado caer la trampa: partidazo de fútbol mientras ellos gritaban desde sus casotas: “¡ese es un maricón!” “¡Ese le va al américa!” (por cierto, le voy a los pumas por mi espíritu universitario) “¡ese es un naco!” “¡ese se dice escritor y no escribe nada!” ¿si me doy a entender? ¿no creen ustedes lectores que todo eso ya está muy claro y leído por la sociedad esa situación? ¿Quieren historia o chocolate? Yo les doy de los dos: entonces empezó el partido, a media tarde, quién sabe quién jugó, sólo sé que esos odiosos querían (justo como en este momento que escribo) hacerme sufrir, pasé un mal rato, pero bueno, había qué disfrutar, esa sería mi gran venganza, pedimos pizzas al cuarto y una botella de vino tinto, nada mal, mientras Vallarta veía más o menos cómo estaba la situación y Bob Dylan y the Who y the cure ó Peter Gabriel nos tocaban las canciones de su repertorio, las canciones amorosas estaban, obviamente reservadas para la noche…
Muy pronto entendimos que de aquél pueblo que fue Vallarta en los años setenta, acogedor, rústico, apacible y todavía no excesivamente turístico donde hasta Jane Fonda tenía una casa para vacacionar, ya casi no quedaba de eso más que reminiscencias… pero ella estaba encantada, mi novia, camine y camine ó recostados en la arena ó nadando en la alberca del hotel…
Después me dejó, quiso irse a caminar ella sola por otro rumbo y yo me quedé escuchando música y leyendo el periódico de Puerto Vallarta, salí al balcón, hice chistes con las recamareras, me puse mi sombrero por las dudas y compré una chela, pus claro, a eso veníamos; a descansar yo de tanto  sayonara, ella de su trabajo. Pasó un rato prolongado, me quedé dormido, ella llegó como hasta las siete pasadas y me despertó, empecé a sentirme ya un tanto incómodo, no me refiero a ella por supuesto sino a esa maldita partecita de inercia que todos, simplemente por ser humanos ya la cargamos, a veces la siento más tarde, eso es lo bueno, pero como que empecé a extrañar mi casa y dije, después de un rato: “¡Ya estuvo bueno, carajo, si estamos en Vallarta vámonos a una discoteca, un antro, vámonos a bailar!” Se quedó impactada, se arregló con sus mejores vestidos (ella viste siempre muy bien) y tomamos un camión hacia los hoteles de a deveras, donde está el Sheraton, ese tipo de lugares y ciertamente veíamos mucha parranda en las calles pero no dábamos con un sitio que nos gustara totalmente, bueno pues, pues el chiste es que viajamos por la ciudad de noche y la vimos, así que por fin llegamos a un bar donde había una pista de baile, una mesa de billar, muchas sillas, luces de colores en el techo y todo eso aunado a los días anteriores, me empezó a dar vértigo, ya la dejé que por ahora ella pagara los tragos y nos fuimos a sentar por donde jugaban los del billar. Sentados ahí, empezamos a dialogar, los diálogos significativos con mis parejas me fascinan, así que ella tomó el mando porque yo, además de ebrio, me sentía vulnerable simplemente porque me empecé a dejar llevar por su belleza, decía una cosa, movía la boca, sonreía y yo hasta el chingado arcoíris en Montecarlo veía. Me dijo: “sabes qué? Tú dices algo así como que te parece raro éste lugar, pero en realidad para todos aquí nosotros somos los raros de éste lugar”. Creo que le dije te amo, o tal vez lo pensé… acabamos tres rondas de cervezas y volvimos a la zona de no tan alto precio que era la nuestra, llegamos como a las dos de la mañana, hicimos furiosamente el amor con las canciones románticas y quedamos dormidos. Al día siguiente había que irse de nuevo cada quien pa su santo, su espacio. Ella me dijo: “no sé tú, pero yo voy a agradecerle al lugar como me trató, me voy a poner en paz y armonía con el Puerto…” Me quedé un rato frente al mar, regresamos a la central camionera, pero ese no es el fin de la historia sino que resulta que los chocolates de mis ex vecinos, como me buscan problemas, andan preguntando a la tv que qué pecados cometí en Vallarta, se creen algo así como los dueños no de la verdad, sino de mi moral!! En otras palabras: rematados idiotas. Y es la hora que es el año 2016 y gritan ante la televisión: “¡Cuál fue su pecado de éste maricón en Vallarta!” Y Vallarta respondió: “pues vino, estuvo y se fue”. Y hasta tuve qué aclarar ante la soledad del territorio nacional que nos une, que ella era mi novia, que ahora da clases, que le va muy bien en su trabajo, que somos buenos amigos, que tiene un hijo y una hija y un marido y sigue escribiendo y que yo hago filosofía… ¿será tan difícil entender cuáles cabezas son las que no funcionan? ¿o de plano quieren que les diga que un tal yepez usa cocaína? Seguiremos informando…

No hay comentarios: