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miércoles, 9 de noviembre de 2011

MÁS SOBRE LOS ESCRITORES Y EL ALCOCHOL

ROSA MONTERO
He releído con enorme placer (no exento de dolor, porque algunos de los textos son muy duros) los cuentos de la gran Dorothy Parker, recién reeditados por Lumen en un bonito volumen de narrativa completa. La estadounidense Dorothy Parker nació en 1893 y formó parte de la generación de las flappers, esas chicas atrevidas y tremendas que se comieron el mundo de dos bocados durante los intensos años veinte. Perteneció al grupo de escritores de entreguerras, una época sumida en la vorágine. Uno de los principales excesos que Dorothy compartía con sus coetáneos era el del alcohol. En aquellos años se vivía, se bebía y se practicaba el sexo intensamente. Dorothy solía decir que lo suyo era tomarse un martini o como mucho dos, porque después del tercero ya estaba debajo de la mesa, y después del cuarto, debajo de su anfitrión.



Aunque, a decir verdad, a medida que los protagonistas de aquellos locos años iban viviendo y bebiendo, la práctica amatoria iba disminuyendo rápidamente, por lo menos en los hombres, a quienes el alcoholismo nunca ha sentado nada bien. O eso es lo que parecen indicar las biografías de los escritores contemporáneos de Parker: Scott Fitzgerald, Dashiell Hammet, William Faulkner, del algo más joven Malcolm Lowry o incluso de Hemingway, por mucho que este último quisiera hacerse pasar por un siete machos. Sea como fuere, lo cierto es que generaciones y generaciones de escritores se han hundido y acabado en mares de alcohol. Sobrecoge repasar la lista de damnificados. Los mejores cerebros literarios del siglo XX han estado entumecidos por las borracheras.


También en España hubo, tras la Guerra Civil, una potente generación de empina codos. Juan Benet o Carlos Barral, por ejemplo, bebieron bastante, y tal vez eso influyera en sus muertes más bien prematuras. Aún hoy siguen existiendo en nuestro país unos cuantos escritores tan macerados en alcohol como las guindas. Una cosa que siempre me ha sacado de quicio es la supuesta gracia que eso hace en aquellas personas que no padecen semejante adicción. Es un lugar común referir chistosas historias de borracheras célebres, de cómo Fulanito, famoso por sus crudas, aporreó la puerta del vecino, o de cómo tardó no sé cuántos días en llegar al congreso de escritores en donde se le estaba esperando desesperadamente. De algún modo se sigue cultivando el tópico de la bohemia etílica, como si eso adornara al artista y le convirtiera en un tipo rompedor y divertido. Pero resulta que el borracho sólo es divertido en pequeñas dosis, cuando se le puede abandonar a su vertiginoso sino a las dos de la madrugada; y, en cuanto a rompedor, lo único que suelen romperse son las narices al caer de bruces, o bien al pegarse con algún desconocido en una noche febril de la que no consiguen guardar ningún recuerdo. En su interesante libro Hemingway contra Fitzgerald (Editorial Siglo XXI), Scott Donaldson se pregunta por qué tantos escritores de todas las épocas han terminado alcoholizados. Son historias terribles que no encierran ningún romanticismo, biografías patéticas cargadas de dolor y destrucción, como los delirium tremens de Edgard Allan Poe, que sentía que le devoraban los insectos, o como la infernal existencia de Rimbaud y Verlaine, enloquecidos por sus demonios interiores pero también por la ingestión masiva de absenta. En primer lugar, Donaldson decide que beber es una moda entre los escritores, o que al menos lo ha sido en determinados momentos: se suponía que un artista debía destruirse, y el alcohol era una manera perfecta para hacerlo. Pero, además, apunta otros factores: el escritor es un ser generalmente más tímido y más inadaptado al entorno que los demás y la bebida puede ayudarle a romper las barreras; el escritor necesita ponerse en contacto con su subconsciente y la borrachera le facilita ese proceso... Sea como fuere, decenas de individuos sensibles y brillantes se han convertido a sí mismos en mamarrachos y han conseguido destrozarse copa a copa con denodado empeño. Ya lo decía el pobre Fitzgerald en su diario: 'Estaba borracho y me despreciaron', o bien esta anotación en la que habla de sí mismo en tercera persona: 'Cuando alguien empieza a interesarse por él y a hacerle caso, vierte la sopa sobre la espalda de su anfitriona, besa a la criada y se desmaya en la caseta del perro. Lo hace con demasiada frecuencia. Se ha pasado tanto que ya no le queda nadie'. Qué deterioro tan triste.

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