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*Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones




miércoles, 16 de noviembre de 2011

MI PRIMERA NOVELA (fragmento)

¡Villahermosa! Eso significa aún más calor todavía, significa polvo, tránsito de vehículos, choferes enfermos de mal humor, bebés que berrean a sus madres, tiendas de abarrotes y mercerías, un reguero de porquería por todos lados, más tiendas de pollos; cientos de camiones entrando a Villahermosa y gente preparada en las calles para abordarlos a los mismos, “así que esto es Villahermosa” me digo a mí mismo en voz baja por mi falta de compañía. Me bajo del camión en la central de camiones que está saturadísima de gente, gente por todos lados muriéndose de calor, no soy el único que lo padece, aunque sí el único que lo consigna ahora con esa misma furia. Me bajo del camión y voy primeramente a buscar un hotel barato para pasar la noche, con mi enorme mochila a mis espaldas, me siento como un Cristo cargando con su cruz- “nosotros somos más famosos que Jesucristo” es una frase que ya dijo alguien, alguien que ahora está muerto y que recientemente se ha subastado en 103 mil 500 dólares un pedazo de papel en el cual ese alguien escribió en 1967 la canción “For the benefit of Mister Kite” El recuerdo de Lennon se subasta ahora de esta manera, ¿pero qué es en realidad lo que se paga con esa cantidad? ¿El recuerdo? ¿El gran mito? ¿o simplemente el espectáculo de todo ello?


Cerca de la central camionera hay dos calles paralelas donde venden pollos y hay hoteles baratos, yo busco en particular un hotel de a diez pesos la noche que me recomendó en su momento el chavo que vendía uvas en la gasolinería de Palenque, pero tal parece que ya no existe o que me choreó simplemente, porque todos cuestan entre 30 y 35 pesos la noche, lo que para mí significaría quedarme sin dinero el día de mañana, pero de todas maneras entro a todos a preguntar cuanto es el precio; en la mayoría de los lugares están las putas adormiladas sobre los viejos sillones y echando la güeva: no, no hay un hotel que cueste diez pesos la noche: todas las putas me dicen lo mismo, creen que les estoy tomando el pelo, “y a cuanto cuesta?” (el acostón) les pregunto a un par que veo muy instaladas sobre un sofá color verde mirando el canal de las estrellas, ¿con todo y cuarto? me regresa la pregunta la puta, “no, mejor olvídalo” le digo y me salgo de nuevo a la calle, ya son cerca de las cinco de la tarde y las miradas de los niños pequeños que son arrastrados por sus madres me hace preguntarme ¿y ahora qué? porque con la sed que tengo sería capaz de beberme diecisiete caguamas, haaaa! la maldita sed. Voy a una plaza cercana que queda a la derecha del Grijalva y me aplico de nuevo el remedio de la Gestapo con el agua de una fuente, ahí me quedo un rato, mirando el paso de la gente, y es cuando conozco a Aidé. ¡Cámara! Aidé es una puta que me ofrece algo sensacional: dos mamadas al pito en un cuarto con regadera y servicio de cervezas incluido, “yo te invito las cervezas, tu nada más paga el cuarto corazón” bueno, digo entre risitas, no está tan mal, sobretodo porque tengo unas ganas endemoniadas de bañarme de nuevo, así que Aidé y yo nos vamos caminando abrazados por la calle mientras yo le voy mirando las tetas y ella va saludando a medio mundo que se encuentra y que le tiran de chiflidos y piropos y menciones de que ya se encontró a su novio ideal, ya la hizo, etcétera.

“¿Bueno y de donde eres corazón? Le pregunto, usando su misma palabrita de ‘corazón’

“Soy de Torreón corazón, pero ando viajando por todos lados guapito, acabo de estar en Los Ángeles, allí me eché un tirito con una puta y le di sus cocotazos porque yo soy una vieja very crazy, a mí no me paran.”

Aidé no es precisamente fea, pero está medio loca, tiene tumbado uno de los dientes de enfrente y me parece que está bajo los efectos de alguna droga, está tatuada también, precisamente en el hombro, lo que me hace morder el miedo y pensar: “¡No hay que confiar en una mujer que está tatuada del hombro!”

“Yo soy una vieja very crazy.” -dice, alzando el puño, que se le ve curtido, como si de veras se peleara a puñetazos.

Vamos abrazados por la calle y yo prácticamente la voy siguiendo, pero pensando con cierto nerviosismo en que a lo mejor es una puta que se dedica a transar a los que se dejen y como traigo mi mochila con la Minolta y mi ropa y todas mis cosas, trato de ser prudente y de ponerme a pensar en cómo va a estar de verdad el asunto, pero Aidé me distrae porque tiene la urgencia de causarme una impresión; “Zacatecas, Morelia, Nuevo León, El Paso, Los Ángeles, México D.F., Toluca, Cuernavaca, yo he estado en todos lados corazón.”

Después nos enfrascamos en una polémica de cómo está la situación actual del país y ella dice: “Pinche Zedillo, por su culpa está todo de la chingada, le hacen falta güevos al cabrón, yo por eso no creo en nada, nada de lo que dice el pinche gobierno, yo ya crecí, no tengo pelos en la lengua para decir las cosas, yo soy una vieja very crazy.”

“Bueno, sí, sí, pero tranquila mujer.”

“No me digas mujer corazón.”

“¿Mujer? ¿Porqué no quieres que te diga mujer si estás preciosa?”

“Porque yo soy una vieja very crazy, ya le he entrado a todo: pastas, coca, mariguana, de todo.”

“Bueno, bueno, -le digo- pero no me has probado a mí.”

“Hay si cierto corazón, tú se ve que eres bien lindo.”

Y otra vez:

“Yo soy very crazy.”

Después de bajar por la misma calle llegamos por fin al hotel, pero Aidé quiere hacerle transa al mozo que cobra los cuartos y me dice que la espere allá afuera: “pérate, pérate, es que ya traigo un boleto y haber si pasamos con el mismo.” La espero pues allá afuera como ella dice y me quedo pensando: “pinche Aidé también es cabrona, le gusta entrar de gorra a los hoteles.” Pero finalmente la transa no funciona porque el empleado del hotel no abandona su puesto, así que tengo que pagar en efectivo la cantidad del cuarto despidiéndome de la mitad del dinero que me queda. Subimos por unas anchas escaleras por las que se oyen ruidos y gritos misteriosos y entramos a un cuarto que se ve de quinta categoría pero que tiene una amplia regadera y una banca de mosaico, Aidé hace pedir las cervezas y nos las trae al cuarto un tipo cuadrado que me parece que es su conocido, y al que seguramente le estará cerrando el ojo a mis espaldas y después cuando yo esté desnudo y bien feliz como idiota, el entrará junto con otro tipo y los dos me robarán mis cosas, entonces me quedaré como un pobre pendejo que ha caído en la trampa, un cualquiera más, otro más, humillado y sufriendo la impotencia de no poder hacer nada para impedirlo pero ¡ho! ¡al diablo! eso solo me lo estoy imaginando...

Aidé me da mi cerveza y brindamos, “por este encuentro magnífico, salido de la nada” Mientras me voy quitando la ropa Aidé hace lo mismo sin parar de hablar y de auto aplaudirse su ser de very crazy; empieza a contarme trozos de su vida y yo la escucho sin mucho interés pero le hago preguntas como si de veras estuviera interesadísimo, pero sin hipocresía, claro, más bien con las ganas de hablar sencillamente, de cotorrear el punto.

Luego, después sí que me conmuevo cuando escucho una de sus historias: resulta que a un hijo suyo, que acababa de salir de la cárcel, lo han matado unos mafiosos por un asunto de drogas, y ahí sí se le sale toda su tristeza y se pone a llorar, “mi hijo, mataron a mi hijo, al Pablito me lo mataron.” Yo ya estoy desnudo y no sé que debo pensar, porque me deja de a seis encontrar tanta tristeza en la mujer, el escuchar su verdadero sufrimiento humano, su pena interna, es algo para lo que no estoy preparado pero después ella misma saca fuerzas y dice: “pero a mí no, chinguen a su madre, a mi me la pelan, yo me rajo la madre, tú eres muy lindo y solo por eso te lo cuento, pero yo no, yo soy very crazy, a mi me la pelan, me acabo de madrear una ruca así, por pendeja.” “bueno, bueno, mujer, pero no te parece que eres muy peleonera, no hay que ser así, hay que ser tranquilos, nada más no dejar que se metan con uno y ya stuvo no?” “¡pero al Pablito me lo mataron, chingue su madre, un hijo menos.” “ha, tienes más hijos?” “sí, otros dos, pero están chavitos todavía, al Pablito, a mi Pablito me lo mataron.” Tomo mi cerveza y me acabo la mitad de un solo trago, comienzo entonces a decir un largo y profundo rollo para tranquilizarla y parece que sí funciona porque repentinamente cambia su estado de ánimo y se pone contenta, me agarra del pito, que todavía no lo tengo erecto y me dice: “todavía le hace falta.” Al escuchar eso me echo a reír y le digo: “pues ayúdale un poquitín a Willy no?” Abro la llave de la regadera por la que empieza a salir una deliciosa agua fresca y me siento en la banca de mosaico, Aidé se pone de rodillas en el suelo y pone su cabeza en medio de mis piernas, comienza a trabajar y yo a disfrutar de la existencia, de la dicha, de la calidez humana. Ja, ja, ja.

Un par de minutos después me vengo encima de la boca de Aidé, que se retuerce buscándolos con la lengua y se para de nuevo; “ahí está papito, ahora vamos a pedir más cerveza no? Entonces nos echamos la segunda ronda y la tercera, bajo esa agua deliciosa que sale de la regadera y que me hace sentir como en un baño de Zeus en el Olimpo, Aidé sigue diciendo que ella es una very crazy y de repente en medio de la platica se saca de su bolsa una pasta y dice que se la va a echar, yo le advierto que no lo haga, que no tiene sentido drogarse, pero ella insiste y nos ponemos a discutir; “Aidé no seas pinche, no te tienes porqué seguir echando pastas.” Le digo, pero es inútil, porque la vieja tiene los oídos tapados para cualquier explicación razonable y se traga la maldita pastilla; “pinche Aidé,” le digo, “tú misma te arrojas a los problemas.” “bueno y después de todo a ti que chingaos? ¿tú quien eres para decirme ‘no te eches una pasta?’ ya papito, mejor tranquilo.” “ay, ay, sí no? Muy acá, a ver.” Y la reto a que nos demos de golpes, así que nos ponemos a boxear desnudos bajo la regadera, mitad en serio mitad en broma, pero yo nada mas la finto y marco los golpes, ella si me da de madrazos, “ay, ay, ya spérate ya.” le digo, porque de verdad da unos golpes recios que hacen que me duela el hombro y así seguimos gozándola de la vida, hasta que pedimos la cuarta ronda y nos ponemos cada vez más borrachos, yo procuro ya no tomar demasiado porque sino voy a perder el estilo y el control de la situación, lo que realmente me preocupa es donde me voy a dormir en Villahermosa, porque en verdad no pienso quedarme en este mugroso hotel que me produce terribles sospechas, Aidé está ya tan borracha y drogada que no me gusta lo que se viene en puerta así que comienzo a vestirme y le digo que ya me voy, como un canalla que una vez obtenido su goce sexual se esfuma a la chingada, sí, ¿pero es que qué más podría hacer? me pregunto a mí mismo, pero Aidé reniega porque no le parece mi decisión y me dice: “no Carlos —como le dije que era mi nombre— que te crees si bien chingón, ¡tú vas a pagar las cervezas como quedamos y aparte me vas a pagar a mí, o que te creías que de gratis te iba a mamar el pito? ¡paga tú cabrón!” Problemas, problemas, siempre se vienen los problemas encima...

“No Aidé, quedamos que yo pagaba el cuarto y tú pagabas lo demás, si por eso venimos, porque de otra forma no hubiera sucedido nada, ni nos habríamos conocido.” “¡Cabrón, tú dijiste que ibas a pagar las cervezas, ahora pagas o no te sales vivo de aquí!” (Ya sabía yo que esto iba a traer problemas pero soy un necio, parece que nunca escarmiento). “No Aidé —le digo serenamente, desapendejándome la borrachera— tú dijiste que ibas a pagar las cervezas, yo nada más voy a pagar la última ronda, acuérdate que te lo dije cuando nos trajeron las cervezas que yo nada más iba a pagar la última.” “¡No, no cabrón, paga tú miserable ojete.” Ya vestida, Aidé agarra mi mochila y dice: “o pagas tú todo o no te doy tus cosas.” (Ya parece increíblemente otra mujer en vez de la dulce Aidé que siempre decía “yo soy very crazy”) Pero no puede haber ningún cambio en el plan simplemente porque yo ya no traigo dinero, mas que una miseria, que no alcanzaría para pagar las ocho cervezas. Hago llamar al chavo que nos las había estado trayendo y le digo: “¿cuanto va a ser amigo?” (Aidé sigue gritando y está como loca aferrada a mi mochila), el chavo dice: “cada cerveza cuesta seis varos, serían cuarenta y ocho.” “ahí está pues.” Le pago doce pesos al chavo y le digo que ella le va a pagar los otros treinta y seis, pero Aidé sigue aferrada y tengo que pelearme con ella para que me dé mi mochila, ya después se la arranco, después de haber recibido dos tres de sus trancazos que da con esas manazas suyas. Se desploma en el suelo hundida en la miseria de la droga y dice: “maldito Carlos ojete, eres un ojete, dijiste que tú ibas a pagar todo.” El chavo nada más se queda expectante viendo la situación y le digo: “mírala ya como está, yo te estoy diciendo la verdad, ella iba a pagar el resto.” Saco los treinta y seis pesos de la bolsa de Aidé y se los doy al chavo, entonces me bajo casi corriendo las escaleras mientras oigo los desgarradores gritos de Aidé y ya en la calle me echo a correr, esperando que no me estén siguiendo treinta padrotes con sus macanas, me esfumo por una de las calles laterales y pienso de nuevo toda la situación, casi siento lástima por la pobre de Aidé y me acuerdo de sus ‘yo soy very crazy.’ Confirmo de nuevo mi teoría: No hay que confiar en una mujer que está tatuada en el hombro.


“¡Villahermosa, que hermoso recibimiento me das!” Grito al aire mientras voy por la calle taloneando monedas para conseguir pagar un cuarto, el cielo ya está obscureciendo, (se ve que viene una noche espléndida), y después de tanto mendigar consigo la suficiente lana para quedarme en un cuarto de treinta pesos..., “vaya, vaya”, me digo ya en la cama del cuarto, debajo de un ventilador que se mueve lentamente mientras pelo una naranja con mi navaja Victorinox Switzerland que me compré en el Sanborns de División del Norte. Ja, —me digo— estupendo recibimiento... vientos por ti... Villahermosa la hermosa, la muy primorosa, la muy candorosa —empiezo a jugar con las palabras— y después saco mi grabadora de la mochila y sintonizo el 96.5 de FM de radio de Villahermosa, la estación se llama “Music Light” y el locutor que está al aire se esfuerza mucho en hablar como un escuincle fresa de la colonia del Valle, luego sigue hablando y menciona según su lista, cuales son los discos más vendidos en la historia del Rock and Roll: el “Thriller” de Michael Jackson está en el primer lugar (aunque esa porquería no es Rock and Roll evidentemente), seguido inmediatamente después por “Exitos 75-85” luego, aproximándose en tercer lugar está el “Rumors” de Fleetwood Mac y después en la cuarta posición el “Born in the USA” de Bruce Springsteen.


Decido apagar el radio y poner un cassette de Dire Straits, me doy una vuelta por el cuarto y luego me asomo al balcón que tiene vista hacia el río Grijalva, las luces de los postes alumbran pequeñas rebanadas del agua que se mueve en la misma dirección que el viento y en la avenida que está en la paralela pasan varios camiones ya vacíos haciendo un escándalo que se confunde con la música de los Dire Straits, “Once upon a time in the west” es la canción que estoy escuchando, mientras mastico los gajos de la naranja, es un momento perfecto para pensar cómo está ahora la situación de mi vida y lamentar la soledad tan magnífica que me está envolviendo junto con la música, pienso en como solías ser conmigo, Guerda, y en cómo nos amábamos con tanta frescura, tanta cadencia, tantos fulgores de alegría que ahora están perdidos, o ranciándose en nuestra memoria de unos tiempos ya tan remotos y olvidados, y que me causa tanto pesar recordarlos aquí y ahora.

Me siento tan solo y triste que podría llorar, pero en vez de eso dejo que siga la siguiente canción de Dire Straits, “Romeo y Julieta” se llama la canción, grabada en vivo del disco Alchemy, y dejo que la guitarra de Mark Knopfler llore por mí en estos momentos. Así me quedo dormido, con las botas puestas. Al día siguiente me levanto con los pies hinchados; “puta madre, se me olvidó quitarme la ropa”, es lo único que alcanzo a mencionar, y después me voy a dar una ducha en la regadera compartida del hotel, un par de putillas me ven salir del cuarto y se sonríen, yo me sonrío también y entro a la regadera, de la que sale una agua bastante fría que me hace soltar exclamaciones: “¡BRRR; PUTA MADRE CON EL AGUA; HAY CABRÓN, ESTÁ HELADA; HAY GÜEY, NO MAMES, ESTÁ RE PINCHE FRÍA.”

Después me visto con la misma ropa sucia, (porque no he lavado mi ropa desde que dejé a los McDonald), y salgo, dirigiéndome nuevamente hacia la calle, hacia esas calles abstractas de Villahermosa (llenas de putas y perros callejeros) esperando poder talonear de nuevo unas monedas. Doy una larga vuelta y cruzo al otro lado del Grijalva buscando gente bondadosa y cálida a la cual poder arrancarle unos pesos con mi buena educación, (señoras ya grandes, de preferencia) después de dar vueltas y vueltas se me va todo el día pero ya tengo dinero suficiente para comer por lo menos un taco y para tomar un camión que me lleve hacia lo más cerca que se pueda de la ciudad de México, que es La Venta, Tabasco. Así que hacia allá parto después de pasar a recoger mis cosas de mi cuarto de hotel y me subo en el camión, durante el trayecto voy pensando en Aidé...

“...yo soy very crazy...”

Y no le gustaba que le dijeran mujer.

1 comentario:

Cristian dijo...

Me encanto el fragmento de su novela. Me gustaría saber cuando se va a publicar y si me la pueden mandar al hotel en veracruz en donde estoy parando. Gracias