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*Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones




viernes, 6 de septiembre de 2013

Punto de Fuga (relato) Por Anilú Hernández


 

1.

Diego sueña. No importa que el trabajo no pare todo el día, que la gente no hable, que haya un tráfico perpetuo y que el reloj camine incansable. El sueña.

 

En la oficina, ya hizo toda clase de diseños que no son de él; son del cheque de cada 15 días y de la empresa que tiene un nombre raro, difícil de pronunciar. Tan solo movimientos de su mano en la computadora, caprichos de una necesidad comercial.

 

Pero al salir del edificio de cristales vuelve a sí mismo, recuerda quién es y en su mente estalla una imagen. Entonces, acelera en el periférico. Quiere llegar ya, contárselo a ella:

 

- Anoche soñé un sitio extraño, un mundo nuevo. Cuando me sentí solo, había siempre una presencia junto a mí. Eras tú-.

 

- Yo nunca sueño o… no me acuerdo-  musita ella. Luego permanecen en silencio. Es el pequeño ritual.

 

 Diego jamás la ha considerado vacía o carente de espíritu. Su más grande placer consiste en contarle sus sueños, alimentarle la fantasía como a gotas. El de ella, en beber los relatos.

 

-          Todos esos extraños sitios los recorres tú conmigo- dice él.

-          Yo no tengo sueños que contarte- se lamenta ella.

-          Es porque estás conmigo. Te llevo en los míos- Diego le dibuja los escenarios con palabras, la hace esa pluma blanca y silente que vuela junto a él. Luego, permanecen cándidos y extasiados. Se sumergen en el espacio creado por ellos. Burlan a la ciudad.

 

Rojo y  gris en los amaneceres, no se dicen gran cosa. Solo un beso y se miran, se suspenden en una sonrisa. Cada uno va hacia su día; desayuno frugal y llaves a la mano. Por la mañana no hay tiempo de más. Pero el amor está ahí, es una célula incorpórea que los envuelve y, de norte a sur, se extiende por la ciudad. Dura de diez a once horas en un efecto continuo, sucedáneo, hasta que vuelven a encontrarse. Entonces, la noche les regalará un nuevo viaje, un relato más para seguir reconociéndose.  Enlazarán sus manos a través de las historias en un plano más allá de lo superfluo. Así, el amor jamás se quedará sin sustento.

 

 Una mañana Diego se paraliza con la mirada lívida. No puede creer el último “sueño”; el extraño y profundo tono de aquella voz y la sensación sublime que lo suspende, la expresión de aquél ser que se manifiesta en esencia tan pura:

 

-¡Ese ser no es de aquí!-, se dice absorto, y siente un hormigueo en la punta de sus dedos, empuña las manos. -¿De donde entonces? ¿Cómo puedo volver a tenerla?-.

 

Ese día en la oficina, solo cabe permanecer expectante con aquella imagen que lo atraviesa, adoptar un movimiento mecánico y, la mente,  hay que tomarla prestada para crear las figuras frágiles en la computadora.

 

Al salir, el periférico se hace largo con el tráfico. Diego desvía el retrovisor y se refleja, casi no se reconoce. En un arrebato, desvía también el automóvil, sale de aquella arteria infinita y estaciona por inercia. Se lanza a pie por una calle. No importa el nombre, qué tan larga es, hacia donde va. Mira alrededor como si buscara algo; una señal, un código. Se detiene tras desesperados pasos:

 

-Que absurdo soy. Si la única forma de volver a sentir a ese ser es a través de un sueño.-

 

2.

 

Esa tarde son las 7:30. Ella saldrá del gran edificio y esperará a Diego en la escalinata de la entrada. Desde ahí, mirará a los transeúntes, todos con prisa.

 

Por un instante, le invade la sensación de que todo aquello se convierte en un gran hoyo que la devora. Permanece estática y se da cuenta de que el hoyo no viene de afuera, está en el pecho. Y crece.

 

-No lo entiendo, algo ha cambiado-, se dice. Y se rehúsa ante aquella ineludible intuición que es lo único que no miente; por primera vez en tanto tiempo se siente sola. La célula incorpórea entre Diego y ella se ha partido.

 

Al otro día, el silencio no sabe igual. Se siente un vacío que cuelga de la barbilla de él, obligándole a un gesto distinto. Al tomar la rutina, las horas comienzan a ser el conducto para sumergirse en una inexorable decadencia. Ella se siente extraña, asfixiada por la ingente ciudad. Diego sigue soñando y no le cuenta más a ella. Llega del trabajo, se encierra en su mundo, duerme.  Despierta radiante, como si su espíritu hubiese sido vivificado durante el sueño.

 

-Diego, ¿Qué pasa?-

 -Nada, ¿porqué?-

-No eres el mismo-.

-¿El mismo en qué?-

-Ya no me cuentas tus sueños-.

-Es para que recuerdes como soñar y ahora tú me cuentes los tuyos- dice él, amable simplemente- Paso por ti a las siete.

 

No hay más que hablar.

 

 

3.

 

Bajo el habitual rumor de la madrugada, dos espaldas se tocan en una cama, los ojos

abiertos y los músculos tensos. Él, desea conciliar el sueño y encontrarse de nuevo con aquél ser ultra terreno. Ella, desea entrar en el sueño de él, conocer aquello que se lo roba.

 

Esa noche, alguna inexplicable influencia parece dejarse sentir en el exterior; los perros ladran inquietos y es como si algo se moviera en ese extraño mundo que no vemos. La luna dilatada simula un ojo omnipresente y, la intensidad de un deseo es capaz de abrir los límites del universo…

 

Tratando de conservar el calor que se acumula mínimo a lo largo de su espina dorsal, ella comienza a quedarse dormida. Pero justo ahí, en ese instante previo en que los pensamientos se quedan suspendidos y uno se abandona simplemente a esa ignota voluntad onírica, siente como se sumerge en una dimensión que hasta entonces le había sido ajena.

 

Ahí está Diego, acompañado de aquél ser  masculino y femenino a la vez. Este, irradia su inmensa luz y lo envuelve completamente. El sucumbe. Ella no lo entiende, sin embargo tampoco puede resistirse a la incontenible atracción. Así que se aproxima, se funde. Tiene, en aquél aparente sueño, la experiencia más extasiante de su vida.

 

 

4.

 

Amanece. Cada uno se levanta por su lado de la cama. Ambos sonríen fascinados, se miran perplejos. Ahí está esa complicidad. Van hacia su día.

En el camino de regreso, ella suspira mientras evoca la imagen de la noche anterior. Quisiera llegar a contárselo a él pero, ¿Cómo va a contarle que él es solo un medio? Mejor es aguardar paciente y en silencio para repetir la experiencia.

 

 Y así, habrá que acostumbrarse, dejarse llevar y entregar el amor en los sueños, mientras los cuerpos permanecen lánguidos.

 

Anilú Hernández Bastida, nació en la Ciudad de México en 1979, estudió en la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) formando parte de la antología “ Paso al frente”, generación XXXVI. Posteriormente fue precursora de la creación del primer taller literario para jóvenes en Acámbaro, Gto. Participó en el suplemento literario del programa de radio “El expresso” con la conductora Emma Aguado y poetizó la exposición pictórica “Andar de fruto y tierra” del Mtro. Héctor Hernández Jurado. Actualmente, imparte cátedra en la Universidad Tecnológica de León y trabaja en la publicación de su primer libro de cuentos.

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