He aquí al sabio de la esquina,
he aquí la oligofrenia desnuda,
he aquí a la imaginación rota,
al púlpito hecho baratija,
la carne que se vence y entonces alguien exclama:
“¿Yo?” Púdranse los yoes inermes que decantan
la sabiduría del rebaño: programados con A, B o Z,
púdranse todos ellos, desgraciados inermes en vida,
aquellos que tienen que cumplir órdenes en nombre
de la paz duradera o ahora contra el terrorismo o los marcianos,
que sepan lo que les toca:
vigilar como borricos al resto de borricos, fumar para dejar pasar a la conciencia como bendita cruz arrojada
al sepulcro de una idea por la que valía la pena vivir.
La poesía es la resistencia.
Nunca más, nunca más asesinar
por imprudencia, no desearlo simplemente,
crecer, destruir el atajo, volver a la poesía,
arrancarle frases a ésta noche,
arrancarle como un árbol de saliva las verdades eternas,
arrancarle cual si fuera oso la carne que lo mantiene,
arrancar a los lobos la piel de oveja,
lobos, aúllen arrancándole el silencio a las demás noches,
arrancar, arrancar, para tener mucho por lo cual permanecer.
Sobre todo mentir con cheque en blanco en nombre del enemigo,
volver a largarse de inmediato a la escritura,
disolver la tablita de salvación, pues ésta no existe más, sólo el verso inmisericorde que busca, que arremete,
en resistencia y en nombre de la libertad, a favor de la diferencia y contra la gran indiferencia, eso, seducir la magia,
acariciarla, tratarla con suavidad, con esoterismo, con paciencia,
darle tres veredictos a la belleza, sufrirla
y violarla con saliva en medio de sus piernas, para obtener el perdón de la simple y pura noción, que se llama la desmemoria de los vivos.
El poeta debe recordar, en nombre del género humano,
Para que cuando esté pisoteado, sepa por donde ha sido capaz de ir volando.
Poesía, Storys, Ensayos, Escritores Profesionales, Relatos, Poetry, un sitio principalmente colectivo.
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Todos los textos son propiedad de sus autores, quienes tienen todos los derechos sobre ellos (¿o será al revés?) y han decidido libremente publicarlos aquí para la difusión pública sin fines de lucro. *Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones
miércoles, 21 de septiembre de 2011
miércoles, 14 de septiembre de 2011
El MATACURAS
NOTA: EL VERDADERO AUTOR ME HA PEDIDO SE RESPETE SU SEUDÓNIMO: "CARRIZOS"
A tres caídas, sin límite de tiempo: 1er round
Lo sabes, tu colonia, tu espacio de encuentros y desencuentros ha cambiado, igual que tú. Tu memoria ya no es la misma; te sabes distinto aún cuando sigues caminando por esas calles con nombres de los estados. ¿Te acuerdas por qué? Sí te acuerdas, sueles platicarle a tus nietos de esto: que fue un homenaje que hizo Walter Orrín, aquel dueño de circo que a principios del siglo XX se convirtió en fraccionador de terrenos en lo que sería la colonia Roma, tu colonia con nombre alusivo al coliseo romano, en ese tu siglo que se ha marchado, lejos; donde las luces y sombras de tu memoria son más firmes, más intensas. Como una fotografía en blanco y negro que sobrevive al olvido, a tú olvido. Pero aún cuando cruzas por enfrente de la iglesia de nuestra señora de Fátima te estremece aquel recuerdo de sangre. ¿Cómo fue que pasó? El padre Juan Francisco, que era tu amigo, curita amanerado, decían despectivamente algunos, a él lo mataron, por allá en los años cincuenta. Entonces un homicidio así resonaba en toda la ciudad, ¿te acuerdas?, todos tus vecinos estaban espantados. ¿Cuándo se había visto algo así en la colonia? Si acaso, se contaban leyendas de ahorcados en la Romita, puros pobres diablos e indígenas remisos, bandidos, les decían, pero de eso tu no supiste. Mejor así, porque hay muertes que pesan mucho y a ti te pesa lo que le pasó al padre Juan. Por eso prefieres evadir pasar por ahí. Mejor tomas avenida Yucatán y doblas en San Luis Potosí para ir hacia Cuauhtémoc. Tanto evitabas pasar por ahí que se convirtió en una rutina, pese a que te desvía de tu destino a la estación del metro. Esa muerta te afectó demasiado, y la sigues lamentando, porque fue él quien te ayudó cuando más lo necesitabas; no sólo a ti, pues hacía obras de caridad y atendía a los necesitados. Así que mejor sigues tu camino y miras las fachadas de las casas que tanto te han gustado y que te hacen sentir orgullo de tu colonia. Te entretiene ver los remates y acabados en estilo decó o los frisos neoclásicos y hasta post góticos. Aunque sí. Tu colonia ya no es la misma.
Segundo raund
Fácilmente levantaba a sus contrincantes una y otra vez para azotarlos en el pancracio. Era fuerte y rudo adentro y afuera del ring. Demasiado. Ya se lo habían dicho y no pocos problemas se ganó por eso. Tal vez porque siempre lo humillaron; incluso su mujer lo engaño con un vecino de aquella vecindad maloliente de la Obrera, pero él, herido y enfurecido, alevosamente se desquitó golpeándola a más no poder mientras el salteador escapaba por la ventana. Pobre Pancho, nunca fue el luchador que quiso ser aún cuando cosechó algunos triunfos en la Coliseo; luego de la golpiza que le propinó a la mujer le quitaron su licencia de luchador profesional. Así que mejor se largó a probar suerte al otro lado del Atlántico, pero fue peor, nunca se sintió a gusto y allá las luchas no eran tan populares como aquí, así que regresó y tratar de ganar lo perdido, pero ya no pudo.
“¡Pancho, ya estás viejo! ¡Mejor regrésate a cuidar las vacas!” “¡Quítate el traje de toreo, que no luces ya!”: le gritaban algunos aficionados maloras allá en la Coliseo. Entonces se encendía y maldecía su suerte. A veces le daba por ir al salón México, a bailar danzón para olvidarse de sus fracasos, en otras ocasiones iba a las cantinas, aunque no le gustara el tragó, trataba de no sentirse solo. Fue ahí, que otros tan miserables como él se acercaron para proponerle una “movida”, eran el méxico, el chino y el novillero, tress rufianes de medio pelo, que luego acabarían sus días en Lecumberri, al menos, el méxico, que se hizo “mayor” de su crujía, porque al otro lo habrían matado y al novillero nunca lo encontraron. Entonces Pancho Valentino, sin dinero, se animó a entrarle al atraco de la iglesia, porque le dijeron que había mucha “pasta” para los cuatro. Entonces acudieron en la noche a la iglesia de Fátima, en la calle de Chiapas; le dieron carne envenenada al perro guardián y esperaron a que agonizara para entrar.
No había tal dinero. Acaso 25 míseros pesos que tenía el párroco en la sacristía. Pancho se enfureció, era el colmo que ni siquiera resultara un buen ladrón. Este era su primer robo, y tal vez por ello fue torpe en sus movimientos e hizo ruido y se prendió la luz. No supo cuando sus cómplices escaparon, dejándolo sólo. Aunque los diarios decían que entre todos se abalanzaron contra el anciano y lo golpearon y luego lo amarraron, pero no fue así; el sacerdote trató de escapar y buscar ayuda. Corrió, dándole la espalda al luchador que hábilmente aplicó lo aprendido en los encordados y se abalanzó hacia sus piernas para derribarlo; luego se encimó sobre él, forcejeando, pero era obvio que el viejo cura no podía ofrecer resistencia. Tal vez pancho se cegó como en otras ocasiones por la ira, tal vez el miedo de ser denunciado lo obligo a aplicarle una llave china y ahorcar al hombre. Luego lo amarró y escapó hacia el norte, con dos cálices, algunas pocas monedas y otros objetos de la iglesia. Sin embargo, más tarde sería aprendido, la policía había rastreado y encontró unas gafas en la escena del crimen que pertenecían a uno de sus cómplices, cuando dieron con este ladrón, delató a los otros. Además, algunos vecinos, al día siguiente cuando el homicidio se había descubierto, dijeron a la policía que un hombrón como de uno noventa andaba por ahí merodeando, junto con otros individuos. Fue una ironía que otro luchador lo aprendiera, el mismo que lo había acercado a las artes del pancracio: Mike Duran. Que le había dicho cuando miró sus enormes bíceps y su gran corpulencia: “Oiga amigo, ¿no le gustaría ser un luchador profesional? Tiene un cuerpo muy desarrollado para ese deporte, y yo me encargaría de entrenarlo; soy el entrenador de defensa personal de la policía capitalina, ¿cómo la ve?”
Así que Mike supo de inmediato que podría tratarse de Pancho valentino y lo buscaron. Cuando cayó, confesó su crimen y lo enviaron a Lecumberri.
Entonces se dedicó a entrenar y a enseñar lucha libre en la prisión, pero Pancho Valentino arrastraba su mala suerte aún ahí. Quiso escapar y para lograrlo se comenzó a robar algunas sábanas de la enfermería. Una tarde sin avisar hicieron “esculque” en su crujía y en su celda encontraron las sábanas.
“Tú no entiendes, verdad pinche animal”, le espetó uno de los guardias. Al poco tiempo sería trasladado a las islas marías, en la siguiente “cuerda”, y por allá, en las tristes islas del pacífico se encontraría con el celebérrimo “sapo”, un ex militar que enloqueció hasta convertirse en un multiasesino.
A Pancho le apodaron el matacuras, y de haber sido un hombre regularmente atractivo, su faz comenzó a oscurecerse por la exposición al sol, pero además comenzó a revelar la fiereza de su espíritu. El sol le quemaba el cuerpo, y el ambiente húmedo y cargado de sal le hacían sentir ardor. Entonces maldecía su suerte cada que lo mandaban al corte de penca o al corte de leña o a los hornos de cal. Más odio había en su alma que por ello mismo cuando llegó a las islas y conoció allí al “padre trampitas”, ese misionero que se hizo encarcelar para estar al lado de los pecadores, no tuvo empacho en decirle que él era el matacuras, a lo que el sacerdote misionero le dijo que “él era el matón de los matacuras”, y así se conocieron y por largos años nunca se hablaron; pero Pancho ya le tenía tirria, odiaba todo aquello que le representara la religión. No sabía por qué, pero el cura le molestaba, y peor porque tenía fama de convencer a los reos más peligrosos. Le molestaba verlo contento y jugar baraja, y que para colmo, estuviera por su voluntad en estas islas maldecidas.
En el corazón de Pancho se fui inoculando el desprecio por el sacerdote que tuvo la idea de matarlo.
3er raund
Cuando conocí a David García Salinas, el periodista aquel de los populibros la prensa, fue en un cafecito que estaba cerca de la plaza Río de Janeiro, muy cerca de mi casa, en la Roma. Yo no sabía quién era él, pero mi compadre sí, porque eran amigos de la escuela, y él fue quién nos presentó. Según me enteré, El señor David le comentó a mi compadre sobre un libro que estaba escribiendo, que se llamaría Crímenes espeluznantes, y Andaba investigando cosas relacionadas con el presidio y los reos famosos. Luego supe que había escrito más libros, como el de “Los huéspedes de la gayola”, además librito de “El palacio negro de Lecumberri. Pues bien, que mi compadre le comentó que yo era de Colima y que de chico – cosa que ya le había comentado a mi compadre-, me había tocado presenciar la llegada de las famosas “cuerdas” de presos que serían trasladaos a las islas marías. Así que el periodista estaba interesado en que le contara sobre aquella experiencia.
Pues ahí como la ve (le decía mientras el iba grabando y registrando en su pequeño cuaderno algunas notas), a mi de chico me tocó ver como llegaban los presos en el tren de carga; iba repleto. Y todavía me acuerdo que vestían con ese llamativo uniforme a rayas. Estaría yo en terceo o cuarto año de primaría, era la escuela “Benito Juárez”, que se encontraba en el jardín principal del puerto Obregón. Entonces oía como los demás chiquillos gritaban, que ahí venía una cuerda de reos, y entonces corríamos para la estación a ver a tantos fulanos mal encarados y malolientes. Quién sabe, había pocas distracciones en mi pueblo.
Le platiqué a don David que la primera vez que me acerqué a ver a los presos supe de uno que era muy famoso, y eso le interesó. Pues se trataba de Pancho valentino, un luchador de los años cincuenta, que luchó en aquella época del santo y el Blue Demon. Por cierto, cuando llegué al acapital, también me hice aficionado a las luchas. Todavía me tocó conocer al Cavernario Galindo, a Gori Guerrero, por supuesto, al santo, El huracán Ramirez y al gordo aquel, enorme, que era la tonina Jackson. Otros tiempos entonces.
Pues bien, Don David insistía en que le hablara de Pancho Valentino, así que le conté una anécdota. Por supuesto, yo en ese entonces no sabía que estaba preso por haber matado a un sacerdote, por cierto, ahí mismo, en la Roma. Luego supe de su caso. El hecho es que cuando lo vi en el vagón, ahí en la estación de Manzanillo, sacaba las manos entre los maderos del vagón pidiendo una moneda al igual que los otros presos, de veras que dolía verlos así. Esa ocasión yo traía una moneda de veinte centavos, pero que extiendo la mano y se la di a aquel hombre que sólo me dijo: “Gracias chico, yo soy Pancho valentino, el famoso luchador”. Sólo esa vez lo vi, pero se me quedó muy plasmado el recuero de su enorme cuerpo que se movía con dificultad entre los demás, y su cara y sus ojos tristes.
Luego Don David me contó que fue un hombre muy violento, pero que a pesar de todo y de haber matado a un sacerdote, otro cura le salvó la vida. Terminó diciéndome que él quería matarlo allá en las islas, y que lo citó una noche para hablar con él, aún cuando el padre temía por su vida por que ya le habían advertido que lo quería matar, fue a su encuentro.
martes, 9 de agosto de 2011
En caso de haber sido elegido para el proceso de despoblación
- Desnúdese por completo.
- Entregue su ropa a los miembros del personal que portan el gafete distintivo.
- Avance por la línea amarilla hasta la boca del vacío.
- Tome tres segundos para respirar profundo y pensar en lo que debió haber hecho.
- Absténgase de llorar (recuerde que esta es una zona libre de remordimientos y humo de tabaco).
- Dé un paso al frente.
- Repita la operación hasta que el suelo bajo sus pies desaparezca.
- No se preocupe, el público cuenta con un letrero rojo de aplausos que le impide hacer el ridículo.
lunes, 1 de agosto de 2011
En paz eterna.
Tanto he descarnado mis huesos
Esqueleto que danza en tu sala,
Y mi piel en tu sillón,
La sangre se mezcla en el polvo
Aquí estoy huesos hechos aserrín
Mi corazón en tu puño izquierdo
Apresándose cada vez más,
Hasta exprimir toda su sangre…
Ayer te mire tras un reflejo
Tus labios rosaron aquellos
Tus manos fueron a su cuerpo.
En el espejo no hay farsa
Y aun respiré…
Tú no pierdas tus fuerzas mientras danzas
Tú no perderás el pellejo en su cama
¿Catamos?...
O prefieres que te lo diga al oído
En un soplo callado
¿O con una tenue mirada?..
Puedes sonreír
Una pequeña sonrisa
Espero que en tus reglas
Y tu sabiduría te estrangules
Ahora somos uno
En paz eterna.
sábado, 23 de julio de 2011
Tres Poemas de EtnaIris Rivera
Esa blanca flor
Esa blanca flor,
que en la mañana al abrirse,
hace de tu día una celebración,
trae el ilusorio encanto de una beldad enloquecida de deseo.
Avida de la más desesperada estación de fuego,
esa blanca flor conoce todos los secretos del éxtasis
posibles de alcanzar en la tierra,
cuando se ha bebido de la ardiente copa
el espumante hechizo de los cuerpos.
Ah, pero sus pétalos, de cristalino azul,
de embriagente verde tornasolado,
de mar de paraíso,
colmarán la esperanza en el tiempo de vida de un beso.
Blues
No mirarte es el blues,
no beber la savia de la más antigua religión,
la vida.
Bravo al blues que aviva la llama,
bravo a tu terrestre figura que me atrae
y me eleva, al viento que te impulsa.
Para el viento, mi mantra,
para mí, tus labios que me guían,
tu boca que recorre la geografía de mi cuerpo.
No besarte es el blues,
el mar del sur en la distancia es el blues,
el viaje sin tu beso.
El beso
El curso de este afán es el de un beso
que ha dado tantas vueltas.
Aquí el amor ahora,
allá el desamor más adelante,
afán gustoso que en la piel estalla
y ordena el rumbo cada día,
afán de ave que emigra
y busca el viento que le acomode.
Un beso desata lluvias, levanta aromas antiguos
en el ombligo, donde los poetas recuentan la vida.
Un beso amanece pegado al cuerpo
durante meses, hasta que parte el hilo y se despeña.
Un beso renace de su ceniza
y funda flor en otro templo.
ETNAIRIS RIVERA, Poeta de Puerto Rico con amplia trayectoria y
reconocida en toda la región, ha mostrado en dos ocasiones sus trabajos
en la FIL de Guadalajara. Éstos tres Poemas pertenecen a su libro El viaje de los besos.
domingo, 17 de julio de 2011
LOS PALACIOS DE LA ILUSIÓN
No soy tan viejo como parece, pero aunque lo fuera; en todo caso sería una senil presencia colmada de recuerdos, algunos gratos y otros no tanto. Las cosas son así y me gusta porque puedo distinguir mejor lo que me parece lamentable de lo que no, pero a decir verdad, por causa de los recuerdos a veces me nace la nostalgia, sobre todo en esos días de domingo cuando por aquello de la convivencia familiar planeamos a donde ir, entonces resulta que si la opción es ir al cine, me acuerdo cuando solía ir cada mañana, siendo un niño, a las funciones de matinée. Entonces aquel mundo poblado de imágenes transformaba mi cotidianidad y mis sueños, eran, por decirlo de alguna manera, los palacios mágicos donde revivía la ilusión; conocí películas e historias y, por supuesto, otros cines, cuya existencia como todo cuanto hay en la vida, al fin fue pasajera. Así que de aquellos palacios, aquellas salas monumentales ya sólo quedan, si no ruinas, al menos los recuerdos.
No pretendo hacer una historia del cine, que muy buenas las ha de haber; por además, comenzar a contar desde aquella primera función cinematográfica en 1886, en el entresuelo de la droguería Plateros, hoy calle de Madero e Isabel la Católica (que equivocadamente llamamos Isabela Católica, donde hoy precisamente esta el Museo del Estanquillo y una tienda de discos), pues de eso ha pasado ya más de un siglo y ya ni quién se acuerde, salvo los expertos en cine, historia o algún cronista de la ciudad.
En todo caso es una crónica peculiar para rememorar una ciudad que antes vi, y que hoy, a fuerza de haber transformado este mismo espacio que un día fue un lago, y en otro una ciudad nunca antes vista, ni soñada por conquistador alguno; esta misma ciudad de Palacios y barrios pobres de indígenas y pueblos y más pueblos que se fueron sumando, así como las colonias populares, hasta convertirla en la gran Ciudad de México; esta ciudad que es, que fue y que ya no será, es aquélla que de una forma conocí: a través de recorrer los cines de la capital.
No recuerdo, pese a lo que dije inicialmente, cuál fue la primera sala de cine que conocí, con todo seguridad era muy pequeño para saber de cuál se trataba, pero en todo caso hubo un cine que acercó al universo fílmico y que ahora me acerca a mi niñez, me refiero al cine Continental, con toda su parafernalia y su fachada emulando el fantástico castillo de Disneylandia, entonces sí había matinés y aún puedo citar algunas películas que ahí vi: Bambi, Dumbo, La cenicienta y hasta La Novicia rebelde, la algarabía de ir al cine en familia me atrae la vendimia de dulces, entonces pasaban a la sala aquellos vendedores de bata blanca con su charola repleta de golosinas y, por supuesto, de palomitas, entonces sí, ya con abastecimiento: a disfrutar la función:
Sin duda los cines fueron también un espejo arquitectónico que reflejaba la mentalidad o las aspiraciones de los citadinos, por ello, es necesario reconocer que una vez que el cine comenzó a florecer, se cuidó en concebir los espacios no sólo amplios, sino atractivos para los asistentes; así que se construyeron inmensas salas y llenas de fastos y ornamentos, pues en ello radicaba el prestigio y su consideración. Hubo cines de primera categoría, de segunda y populares.
Si al inicio del cine por allá de finales del siglo XIX no había industria fílmica, toda vez que los equipos eran extranjeros y cuando se aventuraron los empresarios mexicanos tuvieron que traer los aparatos de importación, además también tenían que comprar las “vistas” del nuevo invento que comenzó a capturar la atención de todos, con sus excepciones, por supuesto. Poco a poco el cine fue sentando terreno, no sólo en la ciudad capital, sino también en los estados; al principio eran el cine ambulante o locales que se rentaban, pero en algún momento se construyó un recinto específico para las funciones del cinematógrafo, incluso algunos teatros de época se adaptaron para este fin.
Años después, por mi parte, comencé a conocer otras salas y en derredor de estás algunos fragmentos de la ciudad, que como dije, se fue transformando, así por ejemplo, cerca de mi escuela estaba el cine Ajusco, (o fajusco) al que alguna vez tuve oportunidad de ir, pero que después fue quedando en el abandono, por allá de mediados de los sesenta, poco antes de que se inaugurara el sistema de transporte colectivo o metro, como es que lo conocemos ya, y derruido poco antes de aquel terrible accidente que tuvo el metro sobre calzada de Tlalpan, en 1975. Toda la ciudad se conmocionó por ese choque de trenes.
Otra sala que bien recuerdo y que aún persiste, es el Palacio Chino, aunque lamentablemente fue transformado en una serie de salas a costa de dañar su fastuosa decoración interior, por decisión de ese empresario de cines que fue Carlos Amador; el Palacio Chino fue vistoso y ornamental, está sobre Humbolt, muy cerca de Bucareli. Cuando se inauguró hasta los embajadores de China acudieron y es que no era para menos, pues disfrutar de su decorado interior que simulaba un pueblo típico de china, con sus pagodas y esas enormes figuras de esos personajes obesos que eran los budas; era toda una aventura matizada de magia y exotismo. Incluso la taquilla de aquel cine era una pagoda, pero bueno, también se perdió, así es esto. El proceso de transformación de las antiguas y monumentales salas de cine se debió a dos causas en particular, Después de la llegada de la televisión, fue la aparición del video ( y luego la venta “pirata” de las películas de estreno) que alejó a mucha gente de las salas de proyección; luego por el costo de mantenimiento, era más rentable modificar los enormes espacios que fueron quedando subutilizados y crear más salas, aunque si bien pequeñas e incómodas, mantenían y mantienen una asistencia regular que permitió la supervivencia de las salas de exhibición.
Este proceso empezó por allá de los años setenta y ya no se detuvo. Luego además aparecieron los centros comerciales y sí, se pensó con afán lucrativo de dotarlos de cines. Pero me estoy adelantando, regresemos al centro de la ciudad, porque fue en esa zona que conocí otros inmensos cines, que valdría la pena recordar. Muy cerca del Palacio Chino estaban los cines: Metropólitan, hoy convertido en un teatro y que afortunadamente conserva su fachada art decó (salvo por el cambio de su marquesina, ni modo); está sobre la calle de Independencia, casi enfrente de donde estaba el antiguo edificio de Marina, que también ya desapareció para dar paso al Museo de arte Popular. El Metropólitan se inauguró en los años cuarenta con la película los miserables; muy cerca de ahí estaba el Real Cinema, me gustaba su marquesina cargada de focos iridiscentes y porque estaba muy cerca de la Alameda. Enfrente de este cine había otros edificios, entre éstos el que ocupaba el hotel y el cine Regis, con sus palcos y gruesas cortinas como de teatro, ambos desaparecieron con el sismo del 85, dando paso a la actual Plaza de la Solidaridad. Se cuenta que en el restaurante de ese hotel, despachaba Emilio Fernández y desde ahí planeo, junto con Mauricio Magdaleno, el escritor y guionista, aquellas películas de tipo nacionalistas que tanto encandilaron a los citadinos y donde Gabriel Fernández hizo del cine en Blanco y Negro, todo un arte, recordemos otro ejemplo, ese film extraordinario que fue Los Olvidados, de Luis Buñuel.
Sin duda los años cuarenta fueron la meca del cine en México, mientras en gran parte del mundo se padecía la conflagración de la segunda guerra mundial, aquí se vivía un resurgimiento nacionalista por la recién sucedida expropiación petrolera, aunque también esto ocasionó que se contrajeran la inversión extranjera, por aquello del “tufo socialista” que asustaba a los gobiernos pro-capitalistas. En todo el país apenas éramos 19 millones y medio de habitantes.
En las carteleras destacaban los nombres de los artistas mexicanos: María Félix, Jorge Negrete, Cantinflas, Emilio Fernández, Pedro Armendáriz, Los hermanos Soler, Mantequilla, Joaquín Pardavé, el argentino Arturo de Córdova, José Medel y Dolores del Río, entre otros; Pedro Infante y Germán Valdez Tin tan, aún no eran los ídolos que llegarían a ser y como todavía no aparecía la televisión en nuestro país, la gente se volcaba al cine a ver a las películas mexicanas, ahí se recreaba la vida mítica en el campo mexicano, con películas como El peñón de las Ánimas o María Candelaria, por supuesto, también llegaban películas extranjeras, sobre todo las hollywodenses, italianas y de cine francés, sin embargo la guerra alejó un tanto la producción extranjera, así que el cine mexicano dominaba, incluso hacia los países latino y sudamericanos. Ir al cine era lo del momento. Muchas señoras encopetadas querían emular a sus artistas favoritos, como la imagen mexicana de Dolores del Río o de las norteamericanas Greta Garbo y Rita Hayworth, si bien no había tantas revistas como las que hoy en día abundan (entonces se leía Vea, Vodevil y Revista de revistas), la gente estaba enterada de vida y milagros de la farándula. Tampoco se había dado plenamente el fenómeno de agringamiento que ocurriría años después; México aún era una ciudad provinciana. Muchos usaban sombrero, de palma o fieltro, incluso andaba la gente armada, con revólveres de todo tipo, de ahí que constantemente había campañas de despistolización. Aún quedaban los resabios del México bronco.
En Reforma comenzaron a abrirse otras salas como el colosal cine Chapultepec, donde precisamente hoy está la Torre Reforma, también abrió sus puertas en 1950 el Roble, un auténtico palacio donde se llevaron a cabo las primeras muestras internacionales de cine, allí iban personajes de todo tipo, con smoking y toda la cosa, pues habría que ver el inmenso salón de tres niveles, con salas para fumadores y el interior adornado con esculturas y cristales biselados. En 1960 el Latino abrió sus puertas, este cine se caracterizaba porque en el lobby había un enorme mural alusivo a la cultura latinoamericana que pintó Octavio Ríos; dos años más tarde, el cine Diana, que a la fecha sigue por ahí, cerca del “Ángel de la Independencia”, aunque ya modificado. Otros fueron el cine Paseo en 1958 y el París, en 1964.
Regresando hacia a la Alameda, ahí se inauguró a finales de los cuarenta el cine Prado, que pertenecía o estaba en el mismo inmueble que ocupó el lujoso hotel Prado y enfrente de éste el Regis, ambos sufrieron las consecuencias del sismo del 85, y se cayeron. Otro que estaba ya por ahí casi frente a Bellas Artes era el mismo Alameda, al interior se podía disfrutar de un decorado en que simulaba un cielo azul con estrellas, además de un pueblo mexicano, que era la plaza de Taxco, estaba revestido con azulejos, maderas labradas y una vistosa herrería. Ahí pude ver la película enamorada con María Félix y Pedro Armendáriz, que dirigió el Indio Fernández, con mucho éxito. Además de estos cines estaba el Variedades que ocupaba un viejo edificio de la época porfiriana en desuso y luego remodelado (por cierto, antes se llamó Magerit, en los cuarentas)
Pasear por la Alameda realmente se disfrutaba, no había grandes edificios como hoy en día, ni tanta contaminación, ni anuncios, se podía caminar con mayor soltura y ver los nuevos automóviles buick, fiat, ford, lincoln, chevrolet o mércury, además de los tranvías que circulaban por Bucareli, artículo 123 o san Juan de Letrán, y quizá era en esta la vieja avenida de San Juan donde se podía pasear de una manera diferente, pues se podían mirar los escaparates curiosamente adornados y con los últimos artículos de novedad, tomarse una foto del recuerdo con los fotógrafos ambulantes o ir por churros al “moro”.
En esta avenida también hubo importantes cines. Si nos situamos donde esta la fuente de Salto del agua, hacia el norte veríamos (y aún existe su fachada estilo arte decó, pero pronto habrá de desaparecer o modificarse) el imponente cine Teresa, que de mejores épocas pasó a ser sala de para cine porno, aunque fue un cine con cierto lujo y con tres mil quinientas butacas. Al interior de este cine había unos relieves que eran por detrás iluminados y se veían las nueve musas y las tres gracias. Este cine es uno de los que tienen una amplia marquesina en su frente. Muy cerca de ahí y enfrente, estaba el cine Princesa, a ese no tuve la oportunidad de entrar. Más al norte estaba el cine Mariscala y más arriba, en lo que era Santa maría la redonda, estaba el cine Isabel y el Apolo; este cine se quemó por allá de 1968, año crucial para la capital del país, por aquello de el genocidio cometido meses después en el 2 de octubre, muy cerca de donde estaba este cine, en Tlatelolco (por cierto, el cine Tlatelolco, actualmente está cerrado y queda afuera del metro del mismo nombre, ahí asistían principalmente los vecinos de la Unidad Habitacional). También, una calle antes, en Mosqueta estaba el viejo cine Odeón. Hacia el sur estaban otros dos colosos además del Cinelandia, eran el Titán (este cine era de los más antiguos, pues abrió sus puertas en los años veinte, aunque tuvo modificaciones, fue el cine preferido de los vecinos de la colonia Doctores; y el cine Maya.
En la calle de 16 de septiembre estaba el Olimpia, en Venustiano Carranza el Savoy, este cine se distingue porque al igual que el Cinema Río, en la calle de Cuba y el Venus, en República de chile, por ser los lugares preferentes de adolescentes ansiosos y por depredadores sexuales, pues son los cines del ligue calenturiento, ahí se exhibe cine porno y en la oscuridad de sus salas pues más de uno ha perdido sin saber con quién. Hablando de cines para el encuentro furtivo, sin duda el Cine las Américas, en Insurgentes era uno de ellos, al igual que el cine Gloria, en la colonia Roma. De ambiente, decían.
La ciudad se siguió transformado, los tranvías fueron desapareciendo y los taxis, aquéllos llamados cocodrilos, por su peculiar diseño con triángulos invertidos y pintadas de blanco en sus laterales, a modo de una fila de colmillos. También había unos fordcitos que hacían el recorrido, llevando a todos los que cupieran por un solo peso, de ahí que vino lo de “peseros”, aunque ahora no cobran nada de eso y son los cafres vituperados de la ciudad. A principios de 1956 se inauguró la espectacular Torre Latinoamericana, que vino a darle un aire cosmopolita a la ciudad. El teléfono ya tenía años de estar funcionando, pero no lo había en todas las casas, como tampoco había televisiones, que a partir de los años cincuenta comenzó a cautivar la atención de la gente este nuevo y revolucionario invento. Sobre San Juan de Letrán había tiendas que vendían los aparatos philco o telefunken y zonda, y era común ver a la gente enfrente de los escaparates viendo abobados las imágenes que se lograban transmitir.
El cine mexicano fue perdiendo popularidad, pero todavía las películas de Pedro Infante y de Tin Tan, por mencionar algunos, provocaban que la gente acudiera en masa. Comenzaron a llegar más películas a color que desplazaban el antaño cine en blanco y negro (no mencioné lo del cine sonoro, porque las únicas películas en cine mudo que vi, fueron las del Gordo y el Flaco y las de Chaplin, luego vería otras, como las de Buster Keaton)
También conocí nuevas salas, en los años sesenta hizo su aparición la Zona Rosa, donde José Luis Cuevas colgó un mural efímero, para atacar el clásico muralismo mexicano. Ahí en la Glorieta Insurgentes estaba el cine del mismo nombre. Pero había ya muchas otras salas, por ejemplo el cine Encanto, en Serapio Rendón, Colonia San Rafael, aún con reminiscencias en art decó. Por cierto que este cine estaba muy elevado, como si fuera un teatro, las funciones costaban entonces tres pesos (en los años cuarenta y cincuenta) y había permanencia voluntaria, es decir, que uno podía ver la misma película las veces que aguantara o ver otra, si el programa las contemplaba. El Cine Ópera también estaba en Serapio Rendón. Era una enorme sala como para tres mil espectadores. Afuera del cine había dos colosales figuras femeninas. Al interior como muchos otros de la época, tenía enormes candiles, muros con espejos y un mobiliario de lujo. A mí me gustaba ir al cine del Pueblo, desde la mañana, podía ver hasta cuatro películas diferentes, pues luego hubo dos salas, este cine estuvo cerca del cruce de Ermita y la Viga, por el sur. Otro cine con estilo Decó, fue el Ermita, luego llamado Hipódromo, en Avenida Jalisco y revolución, por Tacubaya.
Regresando hacia el centro, no puedo omitir el cine Olimpia, que fue uno de los primeros en los años veinte y como anécdota, Enrico Caruso colocó ahí la primera piedra para su construcción, pero a fin de cuentas tuvo la misma suerte que los demás palacios del cine, fue demolido y este particularmente fue transformado en una sex shop. También me acuerdo del cine Orfeón, en Luis Moya, un cine de primera que aún existe, pero que no tarda en desaparecer, como ya le ocurrió a otros dos qué estaban por ahí, en la misma calle: los cines Alfa y Omega.
El Cine Alarcón, estaba en la calle de Argentina fue un ejemplo los cines populares, así que los precios variaban, a veces, por un peso se podía entrar a ver la función. En otras colonias también hubo cines populares, como el Francisco Villa, que está en la Viga y Viaducto, pero que ahora es el “circo volador”, de ambiente dark, luego el Fausto Vega, nombrado así en homenaje al piloto aviador de la segunda guerra mundial. En Calzada de Tlalpan, donde ahora es una tienda comercial estaba el Viaducto, un cine donde sentaron sus reales las afamadas películas de ficheras de los años setenta. En la zona de la Condesa había una sala muy especial, era el cine Lido, luego cambió su nombre al de Bella Época, y efectivamente, tuvo mejores épocas, terminó siendo una librería de El Fondo de Cultura Económica. Ese cine contaba con un fono decorado y espejos y taburetes en su lobby. Algunos otros comenzaron a desaparecer como el Roxy, en Santa María la Ribera, que fue demolido a principios de los sesenta, este cine se caracterizaba porque sólo exhibía películas donde al inicio aparecía el legendario leoncito rugiente (que en sí no fue un solo león sino cinco diferentes, en diversas épocas) de la Metro Goldwin Meyer. Aquí se disfrutaban dos películas por uno cincuenta. En San Cosme estaba también el Cosmos, frente a este cine ocurrió la masacre del 10 de junio de 1971, día de Corpus Christi, con la aparición de los halcones que mandó Echeverría a golpear a los estudiantes que se concentraron en el casco de Santo Tomás. Todavía estaba fresca la herida de Tlatelolco y de nueva cuenta la represión.
Sin duda los finales de los cincuentas y los años sesenta fueron de profundos cambios. En la música, se desplazaba el mambo y el chachachá por el rock and roll y la música swing de las grandes bandas, la guerra de Viet Nam y la pasada revolución cubana, con la figura emblemática del Ché atrajeron el interés de las juventudes hacia una participación política. Lego además comenzó a sonar con más fuerza el movimiento hippie, el amor y paz y la sicodelia. Fue la época de la ‘zona rosa’ y los cafés existencialistas, de leer a Marx, a Sartré, Camus, Revueltas, Dos Passos y a los poetas de la generación Beat. Mientras tanto, al cine habían llegado películas como Rebelde sin causa de James Dean o las de Elvis Presley. Hubo una peli, Rififí entre los hombres, película francesa que duró más de un año en el cine Prado Hacían su aparición Carlos Fuentes, Octavio Paz y el viejo militante y escritor José Revueltas, además de Novo, Pellicer, Urrutia y Rosario Castellanos. Entonces recuerdo que la gente andaba muy animada con el baile. Si en los cuarentas y cincuentas eran centros nocturnos, como El Leda y el Waikiki¸ en los sesentas eran los salones de baile y aún había muchas “pulcatas” por doquier.
Aún pude conocer cines como El Nacional, en Avenida Fray Servando Teresa de Miér, muy cerca de la estación de bomberos, al igual que el cine Sonora, también de grandes dimensiones, pero muy pobre en cuanto a su fachada, era un cine popular por el rumbo de la merced. Un cine muy antiguo del que aún queda el vestigio de su fachada, fue el Colonial, que asemejaba un pueblito del oeste, ahora hay una unidad habitacional en el interior y otro igual de antiguo era el Rialto, en Pino Suárez. Hacia arriba, yendo al norte por circunvalación, en Peña u Peña, estaba El Florida, enorme cine de los llamados de “piojito”, porque al paso del tiempo su deterioro fue evidente. Hacia la colonia Morelos estaba El bahía y más lejos, por la colonia Romero Rubio, el Piscis.
Un dato curioso es que en casi todos estos cines había colocados afuera los cicloramas que anunciaban las funciones; eran pequeñas cartulinas a colores con los títulos de las películas y fotoramas, aún se pueden conseguir de estos anuncios en la lagunilla o en bazares de viejo, por cierto, los que anuncian las películas del “santo”, son de los más cotizados. Ya que hablo del santo, hay que decir que las películas de luchadores entre los años sesenta y setenta tuvieron enorme éxito, no sé porque, pero esas películas de tan chafas resultaron divertidísimas, y quién no recuerda el laboratorio del científico loco, con sus matraces humeando (era hielo seco, de veraz), y sus foquitos, además de los típicos sonidos electrónicos o a las “mujeres vampiro”, a Lorena Herrera o a Miroslava, al luchador Blue Demon o Wolf Rubinsky. Recuerdo que en el cine Majetic vi la película pepito y Chabelo contra los monstruos, lo más cómico era ver al monstruo de la laguna verde con todo y cierre.
Por ahí de los ochentas se quemó, con un gran acervo fílmico compuesto de más de seis mil películas y otros materiales, la Cineteca Nacional, que penosamente dirigía doña Margarita López Portillo, a través de la Dirección de RTC. Ahí mismo estaban los famosos Estudios Churubusco, donde se filmaron películas de acción, pues al interior contaba con un pueblito tipo western y canales que asemejaban una selva. En ese mismo espacio estaba el cine Pedro Armendáriz, ahora es un conjunto de cines y está el Centro Nacional de las Artes, por un tiempo el elefante blanco de Salinas)
Cerca de ahí, hacia Coyoacán se construyó la nueva Cineteca y en la misma avenida de estaba el cine del mismo nombre, también de época. Si nos seguimos hacia Universidad, frente a las grandes oficinas de Bancomer, estaba El Pecime, más al sur, los Viveros (uno y dos).
Anteriormente se decía que nada como el cine en el cine, y es que después de los ochentas, muchas salas tuvieron que cerrar por la falta de público, ya había mencionado que por la llegada además del video. Cines como El México, El Tepeyac, Atlas, Linterna Mágica, Géminis, Galaxia, Lindavista, 23 de abril, Pedregal 70, la Raza, El Corregidora o el Jalisco, de igual modo pasaron a mejor vida, los que no se trasformaron en ridículas plazas, simplemente fueron demolidos.
Tal vez ahora, las nuevas generaciones no echen de menos a estas enormes salas porque simplemente no las conocieron. Sin duda, hoy con los novedosos sistemas de sonido y de proyección, incluyendo el 3D, el cine se disfruta de otra manera. Anteriormente era frecuente que la cinta se estropeara o estuviera fuera de foco, entonces gritábamos: ¡Cácaro, deja la botella!, ahora ni eso. Tal vez el último cine de época que estuvo funcionando haya sido el Teresa (aunque el Savoy tiene su historia), de muchos otros que desaparecieron no quedó registro alguno, como el Triana Palace o El Mundial (este estaba en el anexo del convento de Jesús María y Corregidora, todavía hace poco se podía ver dos figuras femeninas en yeso a la entrada, a modo de arco, pero ahora es bodega de “ambulantes”). En fin, demasiados cines hubo, eran palacios que tuvieron gloria y esplendor en una ciudad que constantemente cambia sus formas y con ello, a veces siento que me aleja. Total, nuevos espacios se abrieron aun a costa de que los cines perdieron su rasgo de identidad particular. Ahora son similares, lo mismo pero más pequeños y con acabados estandarizados. Antes tenían nombre con una historia propia, así que ahí quedan otros nombres para el recuerdo: Acapulco, Mitla, Carrusel, Santos Degollado, Popotla, Emiliano Zapata, Lux, Versalles, Internacional, Cuitlahuac, Mod, Arcadia, Cinemundo, Coliseo, La Paz, Germán Valdez, Futurama, Dorado 70, Edén, Agustín Lara, Visconti, Chopo, Alex Phillips, Relox, Revolución, Janitzio, Soto, Polanco, Rívoli, Tlalpan, Cuicuilco, Capitolio, Briseño, Brasil, Copacabana, Soledad…
No pretendo hacer una historia del cine, que muy buenas las ha de haber; por además, comenzar a contar desde aquella primera función cinematográfica en 1886, en el entresuelo de la droguería Plateros, hoy calle de Madero e Isabel la Católica (que equivocadamente llamamos Isabela Católica, donde hoy precisamente esta el Museo del Estanquillo y una tienda de discos), pues de eso ha pasado ya más de un siglo y ya ni quién se acuerde, salvo los expertos en cine, historia o algún cronista de la ciudad.
En todo caso es una crónica peculiar para rememorar una ciudad que antes vi, y que hoy, a fuerza de haber transformado este mismo espacio que un día fue un lago, y en otro una ciudad nunca antes vista, ni soñada por conquistador alguno; esta misma ciudad de Palacios y barrios pobres de indígenas y pueblos y más pueblos que se fueron sumando, así como las colonias populares, hasta convertirla en la gran Ciudad de México; esta ciudad que es, que fue y que ya no será, es aquélla que de una forma conocí: a través de recorrer los cines de la capital.
No recuerdo, pese a lo que dije inicialmente, cuál fue la primera sala de cine que conocí, con todo seguridad era muy pequeño para saber de cuál se trataba, pero en todo caso hubo un cine que acercó al universo fílmico y que ahora me acerca a mi niñez, me refiero al cine Continental, con toda su parafernalia y su fachada emulando el fantástico castillo de Disneylandia, entonces sí había matinés y aún puedo citar algunas películas que ahí vi: Bambi, Dumbo, La cenicienta y hasta La Novicia rebelde, la algarabía de ir al cine en familia me atrae la vendimia de dulces, entonces pasaban a la sala aquellos vendedores de bata blanca con su charola repleta de golosinas y, por supuesto, de palomitas, entonces sí, ya con abastecimiento: a disfrutar la función:
Sin duda los cines fueron también un espejo arquitectónico que reflejaba la mentalidad o las aspiraciones de los citadinos, por ello, es necesario reconocer que una vez que el cine comenzó a florecer, se cuidó en concebir los espacios no sólo amplios, sino atractivos para los asistentes; así que se construyeron inmensas salas y llenas de fastos y ornamentos, pues en ello radicaba el prestigio y su consideración. Hubo cines de primera categoría, de segunda y populares.
Si al inicio del cine por allá de finales del siglo XIX no había industria fílmica, toda vez que los equipos eran extranjeros y cuando se aventuraron los empresarios mexicanos tuvieron que traer los aparatos de importación, además también tenían que comprar las “vistas” del nuevo invento que comenzó a capturar la atención de todos, con sus excepciones, por supuesto. Poco a poco el cine fue sentando terreno, no sólo en la ciudad capital, sino también en los estados; al principio eran el cine ambulante o locales que se rentaban, pero en algún momento se construyó un recinto específico para las funciones del cinematógrafo, incluso algunos teatros de época se adaptaron para este fin.
Años después, por mi parte, comencé a conocer otras salas y en derredor de estás algunos fragmentos de la ciudad, que como dije, se fue transformando, así por ejemplo, cerca de mi escuela estaba el cine Ajusco, (o fajusco) al que alguna vez tuve oportunidad de ir, pero que después fue quedando en el abandono, por allá de mediados de los sesenta, poco antes de que se inaugurara el sistema de transporte colectivo o metro, como es que lo conocemos ya, y derruido poco antes de aquel terrible accidente que tuvo el metro sobre calzada de Tlalpan, en 1975. Toda la ciudad se conmocionó por ese choque de trenes.
Otra sala que bien recuerdo y que aún persiste, es el Palacio Chino, aunque lamentablemente fue transformado en una serie de salas a costa de dañar su fastuosa decoración interior, por decisión de ese empresario de cines que fue Carlos Amador; el Palacio Chino fue vistoso y ornamental, está sobre Humbolt, muy cerca de Bucareli. Cuando se inauguró hasta los embajadores de China acudieron y es que no era para menos, pues disfrutar de su decorado interior que simulaba un pueblo típico de china, con sus pagodas y esas enormes figuras de esos personajes obesos que eran los budas; era toda una aventura matizada de magia y exotismo. Incluso la taquilla de aquel cine era una pagoda, pero bueno, también se perdió, así es esto. El proceso de transformación de las antiguas y monumentales salas de cine se debió a dos causas en particular, Después de la llegada de la televisión, fue la aparición del video ( y luego la venta “pirata” de las películas de estreno) que alejó a mucha gente de las salas de proyección; luego por el costo de mantenimiento, era más rentable modificar los enormes espacios que fueron quedando subutilizados y crear más salas, aunque si bien pequeñas e incómodas, mantenían y mantienen una asistencia regular que permitió la supervivencia de las salas de exhibición.
Este proceso empezó por allá de los años setenta y ya no se detuvo. Luego además aparecieron los centros comerciales y sí, se pensó con afán lucrativo de dotarlos de cines. Pero me estoy adelantando, regresemos al centro de la ciudad, porque fue en esa zona que conocí otros inmensos cines, que valdría la pena recordar. Muy cerca del Palacio Chino estaban los cines: Metropólitan, hoy convertido en un teatro y que afortunadamente conserva su fachada art decó (salvo por el cambio de su marquesina, ni modo); está sobre la calle de Independencia, casi enfrente de donde estaba el antiguo edificio de Marina, que también ya desapareció para dar paso al Museo de arte Popular. El Metropólitan se inauguró en los años cuarenta con la película los miserables; muy cerca de ahí estaba el Real Cinema, me gustaba su marquesina cargada de focos iridiscentes y porque estaba muy cerca de la Alameda. Enfrente de este cine había otros edificios, entre éstos el que ocupaba el hotel y el cine Regis, con sus palcos y gruesas cortinas como de teatro, ambos desaparecieron con el sismo del 85, dando paso a la actual Plaza de la Solidaridad. Se cuenta que en el restaurante de ese hotel, despachaba Emilio Fernández y desde ahí planeo, junto con Mauricio Magdaleno, el escritor y guionista, aquellas películas de tipo nacionalistas que tanto encandilaron a los citadinos y donde Gabriel Fernández hizo del cine en Blanco y Negro, todo un arte, recordemos otro ejemplo, ese film extraordinario que fue Los Olvidados, de Luis Buñuel.
Sin duda los años cuarenta fueron la meca del cine en México, mientras en gran parte del mundo se padecía la conflagración de la segunda guerra mundial, aquí se vivía un resurgimiento nacionalista por la recién sucedida expropiación petrolera, aunque también esto ocasionó que se contrajeran la inversión extranjera, por aquello del “tufo socialista” que asustaba a los gobiernos pro-capitalistas. En todo el país apenas éramos 19 millones y medio de habitantes.
En las carteleras destacaban los nombres de los artistas mexicanos: María Félix, Jorge Negrete, Cantinflas, Emilio Fernández, Pedro Armendáriz, Los hermanos Soler, Mantequilla, Joaquín Pardavé, el argentino Arturo de Córdova, José Medel y Dolores del Río, entre otros; Pedro Infante y Germán Valdez Tin tan, aún no eran los ídolos que llegarían a ser y como todavía no aparecía la televisión en nuestro país, la gente se volcaba al cine a ver a las películas mexicanas, ahí se recreaba la vida mítica en el campo mexicano, con películas como El peñón de las Ánimas o María Candelaria, por supuesto, también llegaban películas extranjeras, sobre todo las hollywodenses, italianas y de cine francés, sin embargo la guerra alejó un tanto la producción extranjera, así que el cine mexicano dominaba, incluso hacia los países latino y sudamericanos. Ir al cine era lo del momento. Muchas señoras encopetadas querían emular a sus artistas favoritos, como la imagen mexicana de Dolores del Río o de las norteamericanas Greta Garbo y Rita Hayworth, si bien no había tantas revistas como las que hoy en día abundan (entonces se leía Vea, Vodevil y Revista de revistas), la gente estaba enterada de vida y milagros de la farándula. Tampoco se había dado plenamente el fenómeno de agringamiento que ocurriría años después; México aún era una ciudad provinciana. Muchos usaban sombrero, de palma o fieltro, incluso andaba la gente armada, con revólveres de todo tipo, de ahí que constantemente había campañas de despistolización. Aún quedaban los resabios del México bronco.
En Reforma comenzaron a abrirse otras salas como el colosal cine Chapultepec, donde precisamente hoy está la Torre Reforma, también abrió sus puertas en 1950 el Roble, un auténtico palacio donde se llevaron a cabo las primeras muestras internacionales de cine, allí iban personajes de todo tipo, con smoking y toda la cosa, pues habría que ver el inmenso salón de tres niveles, con salas para fumadores y el interior adornado con esculturas y cristales biselados. En 1960 el Latino abrió sus puertas, este cine se caracterizaba porque en el lobby había un enorme mural alusivo a la cultura latinoamericana que pintó Octavio Ríos; dos años más tarde, el cine Diana, que a la fecha sigue por ahí, cerca del “Ángel de la Independencia”, aunque ya modificado. Otros fueron el cine Paseo en 1958 y el París, en 1964.
Regresando hacia a la Alameda, ahí se inauguró a finales de los cuarenta el cine Prado, que pertenecía o estaba en el mismo inmueble que ocupó el lujoso hotel Prado y enfrente de éste el Regis, ambos sufrieron las consecuencias del sismo del 85, y se cayeron. Otro que estaba ya por ahí casi frente a Bellas Artes era el mismo Alameda, al interior se podía disfrutar de un decorado en que simulaba un cielo azul con estrellas, además de un pueblo mexicano, que era la plaza de Taxco, estaba revestido con azulejos, maderas labradas y una vistosa herrería. Ahí pude ver la película enamorada con María Félix y Pedro Armendáriz, que dirigió el Indio Fernández, con mucho éxito. Además de estos cines estaba el Variedades que ocupaba un viejo edificio de la época porfiriana en desuso y luego remodelado (por cierto, antes se llamó Magerit, en los cuarentas)
Pasear por la Alameda realmente se disfrutaba, no había grandes edificios como hoy en día, ni tanta contaminación, ni anuncios, se podía caminar con mayor soltura y ver los nuevos automóviles buick, fiat, ford, lincoln, chevrolet o mércury, además de los tranvías que circulaban por Bucareli, artículo 123 o san Juan de Letrán, y quizá era en esta la vieja avenida de San Juan donde se podía pasear de una manera diferente, pues se podían mirar los escaparates curiosamente adornados y con los últimos artículos de novedad, tomarse una foto del recuerdo con los fotógrafos ambulantes o ir por churros al “moro”.
En esta avenida también hubo importantes cines. Si nos situamos donde esta la fuente de Salto del agua, hacia el norte veríamos (y aún existe su fachada estilo arte decó, pero pronto habrá de desaparecer o modificarse) el imponente cine Teresa, que de mejores épocas pasó a ser sala de para cine porno, aunque fue un cine con cierto lujo y con tres mil quinientas butacas. Al interior de este cine había unos relieves que eran por detrás iluminados y se veían las nueve musas y las tres gracias. Este cine es uno de los que tienen una amplia marquesina en su frente. Muy cerca de ahí y enfrente, estaba el cine Princesa, a ese no tuve la oportunidad de entrar. Más al norte estaba el cine Mariscala y más arriba, en lo que era Santa maría la redonda, estaba el cine Isabel y el Apolo; este cine se quemó por allá de 1968, año crucial para la capital del país, por aquello de el genocidio cometido meses después en el 2 de octubre, muy cerca de donde estaba este cine, en Tlatelolco (por cierto, el cine Tlatelolco, actualmente está cerrado y queda afuera del metro del mismo nombre, ahí asistían principalmente los vecinos de la Unidad Habitacional). También, una calle antes, en Mosqueta estaba el viejo cine Odeón. Hacia el sur estaban otros dos colosos además del Cinelandia, eran el Titán (este cine era de los más antiguos, pues abrió sus puertas en los años veinte, aunque tuvo modificaciones, fue el cine preferido de los vecinos de la colonia Doctores; y el cine Maya.
En la calle de 16 de septiembre estaba el Olimpia, en Venustiano Carranza el Savoy, este cine se distingue porque al igual que el Cinema Río, en la calle de Cuba y el Venus, en República de chile, por ser los lugares preferentes de adolescentes ansiosos y por depredadores sexuales, pues son los cines del ligue calenturiento, ahí se exhibe cine porno y en la oscuridad de sus salas pues más de uno ha perdido sin saber con quién. Hablando de cines para el encuentro furtivo, sin duda el Cine las Américas, en Insurgentes era uno de ellos, al igual que el cine Gloria, en la colonia Roma. De ambiente, decían.
La ciudad se siguió transformado, los tranvías fueron desapareciendo y los taxis, aquéllos llamados cocodrilos, por su peculiar diseño con triángulos invertidos y pintadas de blanco en sus laterales, a modo de una fila de colmillos. También había unos fordcitos que hacían el recorrido, llevando a todos los que cupieran por un solo peso, de ahí que vino lo de “peseros”, aunque ahora no cobran nada de eso y son los cafres vituperados de la ciudad. A principios de 1956 se inauguró la espectacular Torre Latinoamericana, que vino a darle un aire cosmopolita a la ciudad. El teléfono ya tenía años de estar funcionando, pero no lo había en todas las casas, como tampoco había televisiones, que a partir de los años cincuenta comenzó a cautivar la atención de la gente este nuevo y revolucionario invento. Sobre San Juan de Letrán había tiendas que vendían los aparatos philco o telefunken y zonda, y era común ver a la gente enfrente de los escaparates viendo abobados las imágenes que se lograban transmitir.
El cine mexicano fue perdiendo popularidad, pero todavía las películas de Pedro Infante y de Tin Tan, por mencionar algunos, provocaban que la gente acudiera en masa. Comenzaron a llegar más películas a color que desplazaban el antaño cine en blanco y negro (no mencioné lo del cine sonoro, porque las únicas películas en cine mudo que vi, fueron las del Gordo y el Flaco y las de Chaplin, luego vería otras, como las de Buster Keaton)
También conocí nuevas salas, en los años sesenta hizo su aparición la Zona Rosa, donde José Luis Cuevas colgó un mural efímero, para atacar el clásico muralismo mexicano. Ahí en la Glorieta Insurgentes estaba el cine del mismo nombre. Pero había ya muchas otras salas, por ejemplo el cine Encanto, en Serapio Rendón, Colonia San Rafael, aún con reminiscencias en art decó. Por cierto que este cine estaba muy elevado, como si fuera un teatro, las funciones costaban entonces tres pesos (en los años cuarenta y cincuenta) y había permanencia voluntaria, es decir, que uno podía ver la misma película las veces que aguantara o ver otra, si el programa las contemplaba. El Cine Ópera también estaba en Serapio Rendón. Era una enorme sala como para tres mil espectadores. Afuera del cine había dos colosales figuras femeninas. Al interior como muchos otros de la época, tenía enormes candiles, muros con espejos y un mobiliario de lujo. A mí me gustaba ir al cine del Pueblo, desde la mañana, podía ver hasta cuatro películas diferentes, pues luego hubo dos salas, este cine estuvo cerca del cruce de Ermita y la Viga, por el sur. Otro cine con estilo Decó, fue el Ermita, luego llamado Hipódromo, en Avenida Jalisco y revolución, por Tacubaya.
Regresando hacia el centro, no puedo omitir el cine Olimpia, que fue uno de los primeros en los años veinte y como anécdota, Enrico Caruso colocó ahí la primera piedra para su construcción, pero a fin de cuentas tuvo la misma suerte que los demás palacios del cine, fue demolido y este particularmente fue transformado en una sex shop. También me acuerdo del cine Orfeón, en Luis Moya, un cine de primera que aún existe, pero que no tarda en desaparecer, como ya le ocurrió a otros dos qué estaban por ahí, en la misma calle: los cines Alfa y Omega.
El Cine Alarcón, estaba en la calle de Argentina fue un ejemplo los cines populares, así que los precios variaban, a veces, por un peso se podía entrar a ver la función. En otras colonias también hubo cines populares, como el Francisco Villa, que está en la Viga y Viaducto, pero que ahora es el “circo volador”, de ambiente dark, luego el Fausto Vega, nombrado así en homenaje al piloto aviador de la segunda guerra mundial. En Calzada de Tlalpan, donde ahora es una tienda comercial estaba el Viaducto, un cine donde sentaron sus reales las afamadas películas de ficheras de los años setenta. En la zona de la Condesa había una sala muy especial, era el cine Lido, luego cambió su nombre al de Bella Época, y efectivamente, tuvo mejores épocas, terminó siendo una librería de El Fondo de Cultura Económica. Ese cine contaba con un fono decorado y espejos y taburetes en su lobby. Algunos otros comenzaron a desaparecer como el Roxy, en Santa María la Ribera, que fue demolido a principios de los sesenta, este cine se caracterizaba porque sólo exhibía películas donde al inicio aparecía el legendario leoncito rugiente (que en sí no fue un solo león sino cinco diferentes, en diversas épocas) de la Metro Goldwin Meyer. Aquí se disfrutaban dos películas por uno cincuenta. En San Cosme estaba también el Cosmos, frente a este cine ocurrió la masacre del 10 de junio de 1971, día de Corpus Christi, con la aparición de los halcones que mandó Echeverría a golpear a los estudiantes que se concentraron en el casco de Santo Tomás. Todavía estaba fresca la herida de Tlatelolco y de nueva cuenta la represión.
Sin duda los finales de los cincuentas y los años sesenta fueron de profundos cambios. En la música, se desplazaba el mambo y el chachachá por el rock and roll y la música swing de las grandes bandas, la guerra de Viet Nam y la pasada revolución cubana, con la figura emblemática del Ché atrajeron el interés de las juventudes hacia una participación política. Lego además comenzó a sonar con más fuerza el movimiento hippie, el amor y paz y la sicodelia. Fue la época de la ‘zona rosa’ y los cafés existencialistas, de leer a Marx, a Sartré, Camus, Revueltas, Dos Passos y a los poetas de la generación Beat. Mientras tanto, al cine habían llegado películas como Rebelde sin causa de James Dean o las de Elvis Presley. Hubo una peli, Rififí entre los hombres, película francesa que duró más de un año en el cine Prado Hacían su aparición Carlos Fuentes, Octavio Paz y el viejo militante y escritor José Revueltas, además de Novo, Pellicer, Urrutia y Rosario Castellanos. Entonces recuerdo que la gente andaba muy animada con el baile. Si en los cuarentas y cincuentas eran centros nocturnos, como El Leda y el Waikiki¸ en los sesentas eran los salones de baile y aún había muchas “pulcatas” por doquier.
Aún pude conocer cines como El Nacional, en Avenida Fray Servando Teresa de Miér, muy cerca de la estación de bomberos, al igual que el cine Sonora, también de grandes dimensiones, pero muy pobre en cuanto a su fachada, era un cine popular por el rumbo de la merced. Un cine muy antiguo del que aún queda el vestigio de su fachada, fue el Colonial, que asemejaba un pueblito del oeste, ahora hay una unidad habitacional en el interior y otro igual de antiguo era el Rialto, en Pino Suárez. Hacia arriba, yendo al norte por circunvalación, en Peña u Peña, estaba El Florida, enorme cine de los llamados de “piojito”, porque al paso del tiempo su deterioro fue evidente. Hacia la colonia Morelos estaba El bahía y más lejos, por la colonia Romero Rubio, el Piscis.
Un dato curioso es que en casi todos estos cines había colocados afuera los cicloramas que anunciaban las funciones; eran pequeñas cartulinas a colores con los títulos de las películas y fotoramas, aún se pueden conseguir de estos anuncios en la lagunilla o en bazares de viejo, por cierto, los que anuncian las películas del “santo”, son de los más cotizados. Ya que hablo del santo, hay que decir que las películas de luchadores entre los años sesenta y setenta tuvieron enorme éxito, no sé porque, pero esas películas de tan chafas resultaron divertidísimas, y quién no recuerda el laboratorio del científico loco, con sus matraces humeando (era hielo seco, de veraz), y sus foquitos, además de los típicos sonidos electrónicos o a las “mujeres vampiro”, a Lorena Herrera o a Miroslava, al luchador Blue Demon o Wolf Rubinsky. Recuerdo que en el cine Majetic vi la película pepito y Chabelo contra los monstruos, lo más cómico era ver al monstruo de la laguna verde con todo y cierre.
Por ahí de los ochentas se quemó, con un gran acervo fílmico compuesto de más de seis mil películas y otros materiales, la Cineteca Nacional, que penosamente dirigía doña Margarita López Portillo, a través de la Dirección de RTC. Ahí mismo estaban los famosos Estudios Churubusco, donde se filmaron películas de acción, pues al interior contaba con un pueblito tipo western y canales que asemejaban una selva. En ese mismo espacio estaba el cine Pedro Armendáriz, ahora es un conjunto de cines y está el Centro Nacional de las Artes, por un tiempo el elefante blanco de Salinas)
Cerca de ahí, hacia Coyoacán se construyó la nueva Cineteca y en la misma avenida de estaba el cine del mismo nombre, también de época. Si nos seguimos hacia Universidad, frente a las grandes oficinas de Bancomer, estaba El Pecime, más al sur, los Viveros (uno y dos).
Anteriormente se decía que nada como el cine en el cine, y es que después de los ochentas, muchas salas tuvieron que cerrar por la falta de público, ya había mencionado que por la llegada además del video. Cines como El México, El Tepeyac, Atlas, Linterna Mágica, Géminis, Galaxia, Lindavista, 23 de abril, Pedregal 70, la Raza, El Corregidora o el Jalisco, de igual modo pasaron a mejor vida, los que no se trasformaron en ridículas plazas, simplemente fueron demolidos.
Tal vez ahora, las nuevas generaciones no echen de menos a estas enormes salas porque simplemente no las conocieron. Sin duda, hoy con los novedosos sistemas de sonido y de proyección, incluyendo el 3D, el cine se disfruta de otra manera. Anteriormente era frecuente que la cinta se estropeara o estuviera fuera de foco, entonces gritábamos: ¡Cácaro, deja la botella!, ahora ni eso. Tal vez el último cine de época que estuvo funcionando haya sido el Teresa (aunque el Savoy tiene su historia), de muchos otros que desaparecieron no quedó registro alguno, como el Triana Palace o El Mundial (este estaba en el anexo del convento de Jesús María y Corregidora, todavía hace poco se podía ver dos figuras femeninas en yeso a la entrada, a modo de arco, pero ahora es bodega de “ambulantes”). En fin, demasiados cines hubo, eran palacios que tuvieron gloria y esplendor en una ciudad que constantemente cambia sus formas y con ello, a veces siento que me aleja. Total, nuevos espacios se abrieron aun a costa de que los cines perdieron su rasgo de identidad particular. Ahora son similares, lo mismo pero más pequeños y con acabados estandarizados. Antes tenían nombre con una historia propia, así que ahí quedan otros nombres para el recuerdo: Acapulco, Mitla, Carrusel, Santos Degollado, Popotla, Emiliano Zapata, Lux, Versalles, Internacional, Cuitlahuac, Mod, Arcadia, Cinemundo, Coliseo, La Paz, Germán Valdez, Futurama, Dorado 70, Edén, Agustín Lara, Visconti, Chopo, Alex Phillips, Relox, Revolución, Janitzio, Soto, Polanco, Rívoli, Tlalpan, Cuicuilco, Capitolio, Briseño, Brasil, Copacabana, Soledad…
SERGIO VICARIO
Poeta y Narrador, Autor del Poemario Barítono de Luz (Tierra Adentro, 2000)
martes, 5 de julio de 2011
Dos POEMAS DE PABLO VARGAS..
Hable con ella
Alicia lejana y tendida en su estado de coma
Sintió a Benigno entrar y quedarse
Otro amante en otra habitación
Incrédulo ya de las palabras
Se dice así mismo incansablemente
No hay nada más triste que el amor roto que aún vive
La bella durmiente del hospital El Bosque
Despertó un tiempo después
Pero no fue con el beso azulado de un príncipe
Sino por la cogida de Benigno el enfermero
Que después de las correspondientes averiguaciones
Decidió en su celda colgarse
* * *
Yo soy Atanás
Hijo de padre santísimo
Y de madre abnegada vuelta loca en la vejez
Desde pequeño soy una ventana porque
Mi madre se deshacía de mí poniéndome a la luz de ella
Y yo veía a mi padre llegar que me miraba y éramos cómplices
De todo lo que se coge desde un ventanal
Un día amanecí con la claridad de qué hacer
Y eso hago desde entonces
Soy Atanás de los ventanales por donde se mira la vida pasar
Soy contemplación y asombro
Uno podría creer que las cosas se repiten pero no es así
Ninguna persona, automóvil o edificio
Son enteramente iguales cada vez que se miran
Pero tampoco existe el misterio
Desde aquí se descubre que es falso e inexistente
Y que es estúpida y maravillosa
La vida
Miro ya que esta calle se hace pedazos con el tráfico
Y miro también como las flores increíblemente rompen el concreto.
Yo soy Atanás
Hijo de padre santísimo
Y de madre abnegada vuelta loca en la vejez
Desde pequeño soy una ventana porque
Mi madre se deshacía de mí poniéndome a la luz de ella
Y yo veía a mi padre llegar que me miraba y éramos cómplices
De todo lo que se coge desde un ventanal
Un día amanecí con la claridad de qué hacer
Y eso hago desde entonces
Soy Atanás de los ventanales por donde se mira la vida pasar
Soy contemplación y asombro
Uno podría creer que las cosas se repiten pero no es así
Ninguna persona, automóvil o edificio
Son enteramente iguales cada vez que se miran
Pero tampoco existe el misterio
Desde aquí se descubre que es falso e inexistente
Y que es estúpida y maravillosa
La vida
Miro ya que esta calle se hace pedazos con el tráfico
Y miro también como las flores increíblemente rompen el concreto.
PABLO VARGAS ÁNGELES
Nacido en Naucalpan, Estado de México en 1974, Pablo Vargas Ángeles es poeta y psicoanalista, formación de la que se ha servido para robustecer la creación de oscuros personajes poéticos que describe con una exactitud reveladora. Su ejercicio intelectual lo ha llevado hacia los insondables territorios que vinculan al psicoanálisis con la creación poética. Fue productor y locutor del programa de radio universitario de poesía “Esfera y malabares”, de la universidad intercontinental, y su obra ha sido difundida en revistas literarias y en antologías de poesía joven de México. Ha publicado individualmente: "El humor del día" (Editorial Antinomia, México 1996), y en colaboración: "Espacios Materiales" (Angelito Editor, México 2000). Y en 2002 fue antologado en el libro conmemorativo del “Cuarto Maratón de Poesía” (Editado por el Ayuntamiento de Toluca y la casa de cultura TunAstral, del Estado de México).
El espíritu narrativo y antipoético de su obra, largamente trabajado bajo las generosas influencias de poetas como: Nicanor Parra, Cesare Pavese, Jacques Prévert, Carlos Drummond de Andrade, Leopoldo M. Panero, Fernando Pessoa y Vicente Aleixandre, entre otros, hace de quien se asoma a sus páginas un lector-espectador de imágenes que parecieran haberse redactado a 24 cuadros por segundo. Como en el cine, Pablo Vargas oscurece nuestro entorno y proyecta su visión de otra vida que también es propia; como en el cine, nos hace poner un ojo en la pantalla y otro en la breve luz que indica la salida, sin que podamos distinguir cuál de ambas realidades está más cerca de nosotros.
lunes, 4 de julio de 2011
Manuel Cortés Castañeda
DE BESTIARIOS: EL BICHARIO DE SAÚL IBARGOYEN
“También estas bichas
con astucia política
han declarado
que no todas las uvas verdes
están verdes
ni todas las maduras
están maduras (Zorras)”.
Poco se ha dicho de los Bicharios, aunque no son muchos los que se han escrito. Cuando se los menciona se los cataloga como un subgénero adscrito al universo de los bestiarios, o un simple inventario de cosas sin valor aparente; -salvo las ilustraciones que suelen acompañar estos textos y cuyo fin era llegar a ese segmento de la población analfabeta que siempre subyace en el fondo de toda sociedad-. Los bestiarios se hicieron muy populares a partir de la publicación del Phisiologus (colección anónima que apareció en Alexandria, en algún momento del siglo tercero o cuarto (1). Se dice que fue en Alejandría porque muchos de los animales que conforman el texto eran por entonces bien conocidos en Egipto. Los bestiarios fueron igualmente populares en Bizancio y el mundo Persa. También durante la Edad media, especialmente el libro Etimologías de San Isidro y textos de San Ambrosio que gustaba utilizar animales en sus escritos para expandir el mensaje de la Biblia. Durante toda esta época se hicieron muy populares y aparecen asociados con las fábulas, analogías, alegorías, parábolas etc. Y es también durante esta época que se enfatiza su contenido moralizante asociado con la predestinación o/y, según la iglesia, al papel específico del ser humano en el contexto de la creación. Estética moralizante que se apoya en la antítesis virtud / perversión. Hay bestias con características positivas (del lado de Dios); otras con características negativas (del lado del Diablo); y otras son mitológicas o fantásticas y pueden ser de signo positivo o negativo. Pero estas dicotomías se intercambian de manera compleja y sutil anulando las oposiciones radicales y creando múltiples conexiones entre las diferentes entidades paradigmáticas. Se dice que fue realmente a partir de la sentencia de Job, “Pregúntale a las bestias de la tierra y ellas te enseñarán, y a los pájaros del cielo y ellos te contestarán” (12-7), que la iglesia se encargó de popularizar la idea de que el comportamiento de los animales nos ayuda a entender nuestra propia forma de comportarnos o de ser. Más tarde - siglo X y XII- los bestiarios ganaron importancia en Francia e Inglaterra, pero se trataba de recopilación de textos antiguos. Un dato curioso, Leonardo Da Vinci escribió un bestiario. Lo mismo hizo Toulouse Lautrec.
En nuestra literatura contemporánea son bien conocidos los bestiarios de Cortázar, Borges, Arreola, Tablada, Otto Raúl González, Alfredo Iriarte, Monterroso y Cosío, entre otros. No es exagerado afirmar que con el Bichario de Ibargoyen, este aparente género menor adquiere un lugar preponderante en el contexto de la literatura universal. Y no se trata de afirmar que este Bichario le da carácter de bestiario a un género tan despreciado y minimizado. Al contrario, el libro de Ibargoyen crea, o inicia una nueva visión de este género a la vez que nos obliga a repensar los bestiarios desde una perspectiva diferente y nos reta, además, a eliminar cualquier tipo de dicotomía moralizante y actitud pedagógica que siempre, de una u otra forma, han marcado el contenido de este tipo de textos.
En la mayoría de los diccionarios no aparece la palabra bichario con connotaciones literarias. El vocablo sólo hace referencia a las enfermedades de las plantas y a ciertos parásitos. Sin embargo, aparecen un sinnúmero de derivados que de múltiples formas se conectan con el ser humano y algunas de sus actividades más frecuentes. En nuestra época moderna la palabra bicho tiene más sentido que la de bestia -que se ha quedado relegada a los cuentos de hadas y a los animales mitológicos o alegóricos-, al menos cuando se trata de radiografiar lo más íntimo del ser humano. Entre los derivados más comunes tenemos bicho (cosa que produce miedo o infunde temor); alimaña-insecto (sujeto sin valor); mal bicho (persona con mala intensión); bicho raro (persona fuera de lo normal); bicho viviente (todo el mundo); bicha (culebra y órgano masculino-femenino). También existe el verbo bichear, con connotaciones tales como mirar, observar a escondidas, otear, fisgonear, cazar. Igualmente adjetivos y sustantivos asociados con dicho vocablo como mirón, furtivo, bicharejo, bichejo (diminutivo-peyorativo), bichoso (decrépito), bichofear (silbar para desaprobar); bicharraco (persona fea y diferente); significa, además, hijo de puta y aparece en frases tales como, “qué bicho te pico” (persona que actúa de forma rara o diferente), y “bicho de mal agüero”. Y aunque parezca extraño le quedan pocos matices relacionados con la mitología. En Grecia todavía es un animal quimérico; espíritu de la lluvia: mitad mujer, mitad pez. Y una nota final: En Cuba es sinónimo de persona lista, habilidosa, sagaz.
Como bien pueden ver, este corto inventario nos es suficiente para concluir que con esta palabra y sus múltiples derivados y matices podemos definir y caracterizar en gran parte al ser humano. Quizás amparado en lo sugestivo de dicho vocablo Ibargoyen se dio a la tarea, nada fácil, de reinventar este “sub-género” en nuestra sociedad contemporánea. Y en cuanto a la forma, para ser más contundente en sus apreciaciones y más eficaz en el efecto literario que se busca, Ibargoyen reduce estos textos a su mínima expresión. Para él, lo importante no es “describir” o “definir” apuntalándose en las características que más se asemejan a cada bicho, sino elegir con precisión ciertos atributos minimizados o excluidos, apoyándose en lo absurdo o simplemente en yuxtaposiciones a veces descabelladas para obligarnos a re-pensar cada realidad desde una perspectiva distinta. Estos textos son breves, ingeniosos y marcados por una cuota de sabiduría sin precedentes en nuestra literatura. “Crustáceo incomprendido: / vaya hacia donde vaya/ siempre dirán/ que es para atrás (Cangrejo, 18)”.
Textos de estructura polisémica, ambiguos y alegóricos. Textos que crean un sistema de vasos comunicantes que en un momento de la lectura son la suma de una misma realidad, su negación, o su fracaso. Pero también, textos que se diversifican al infinito apoyados en la contradicción y en la paradoja: dualidad que oficia como lo más afín al acto creador y a la condición humana. Sin entrar en el campo de las categorizaciones, podríamos decir que estos bichos son la sombra sutil de apólogos, ecfrasis, ejemplos, epigramas, aforismos, acertijos, juegos verbales, absurdidades, parábolas y hasta retratos efímeros y haikus. La brevedad de la composición o de la estructura lingüística es garantía de multiplicidad en el otro lado del paradigma: sentido y significado. Ibargoyen define y matiza con una precisión endemoniada, pero la definición se ahoga a/en sí misma a conciencia para dar paso a una semántica atona-polifónica, donde cualquier derivado o atajo es posible siempre en el marco de una actitud crítica sin reticencias de ninguna índole y sin que falte esa gota de humor negro que hace a los textos más eficaces en su brevedad exquisita. Textos que son golpes de ironía, sarcasmos, estados de complicidad, burlas, martillazos implacables, baldazos de agua fría a la cara…; pero igualmente textos que incitan a la compasión y a la generosidad tan poco frecuentes en nuestra época. “Pocos dudan / de su inmortalidad /, y de su persistencia /. Cuando quedan / de patas para arriba / seguramente reflexionan / sobre la brevedad / de todo lo que existe (Cucarachas, 23”).
Lo primero que salta a la vista inmediatamente iniciamos la lectura del Bichario es que los diferentes bichos que lo componen aparecen en orden alfabético. El texto es un Bichario que a la vez es un diccionario minucioso. Y como no se trata de todo tipo de bichos, -aunque todos los bichos son el mismo por sustracción o por adición-, sino de sus bichos, o al menos los que al autor más le interesan, este aparente orden estructural es algo arbitrario que sugiere de entrada un juego intencional e introduce la ironía como verdadera estructura del texto. La pregunta obligada sería: ¿Por qué los bichos deberían de aparecer en determinado orden? Sugerir un orden aparente cuando es precisamente el orden y lo que éste implica lo que está en tela de juicio en todo el texto es una buena dosis de ironía que nos pone de lleno en las claves fundamentales del acto de escribir y sus posibles incidencias en la mente del lector. Ironizar y jugar subvirtiendo de entrada el orden de las cosas, todo tipo de entidades e ideas es un plato “perfecto” que el lector saborea a plenitud desde la lectura del primer bicho-texto-poema. Más aun si el autor afirma categóricamente desde el comienzo del libro que lo que conocemos está muy lejos de lo que es o pudiera ser. “Vuelan en dudosa libertad /. Pocas de ellas fornican. / Trabajan sudando miel. / Mueren cuando deben matar. / ¿Por qué no nos enseñaron / que son como no son? (Abejas 9)”.
Lo segundo es que algunos de esos bichos tienen más de una entrada en el mundo de la bichería. Solamente uno de ellos, el colibrí, más de dos entradas; aunque el tercero no aparece numerado como los dos anteriores de forma secuencial y se pluraliza. Esto nos hace pensar que el tercero no es más que la suma de los otros dos, o su re-definición debido al descontento que el “taxonomista” percibe en su definición, o a la carencia que siempre demarca una posible síntesis. Todos los tres bichos de la misma especie parecen ser lo-mismo / los-mismos sin serlo, ya que nada existe en concreto, ni en la realidad, ni en la definición, ni en la idea. Las trilogías tan caras a nuestra cultura y de las cuales depende nuestra filosofía y teología, no aparecen en el texto, ni siquiera cuando ese bicho es dios o el poeta. Podemos afirmar así que Ibargoyen se apoya en cierto travestismo conceptual y lingüístico cuando disecciona sus bichos. Travestismo que nos enseña sin apelaciones que todo es nada y todo a la vez. Y algo más: que en el fondo y en la superficie todo se define mejor por lo que falta o pudo haber sido. O mejor: por lo que no es que por lo que es: “Sueña a menudo que es / un hoyo negro dado vuelta. / Y corre a casa del Diablo / que siempre lo atiende/ sin cobrarle nada / (Dios dos 26).”
Lo tercero es que, aparte de los “abichuchos”, verdaderamente bichos que hacen parte nominal del reino animal, aparecen otros especímenes que no pertenecen a la misma familia, especie o filum. Aunque si lo vemos bien esos bichos que parecen salirse de la clasificación, son más bichos que todos los demás ya sea de forma individual, o en su conjunto, o por intertextualidad. Estas disparatadas constelaciones se componen de Ángeles, Dios (2), Escritor, Informativista, Inversionista, Madre, Padre, Mercader, Mujer, Nazi-(facista), Niños, Poeta, Políticos (2) y hasta una Vulva. Podríamos aventurar de antemano que los que aparecen dos veces, o tienden a multiplicarse hasta tres y que de manera sutil o inapropiada se metamorfosean en otros invadiendo su territorio y su idea, son los de más difícil definición y, a su vez, lo más peligrosos e inevitables debido a su carácter inestable y proteico. Son bichos travestis, pero no por necesidad de libertad sino por una tendencia enfermiza a la síntesis que les asegura su permanencia y su dominio. (El) tragarse lo otro garantiza no solamente permanencia y continuidad sino eliminación de la competencia. Lo otro es que, no es difícil conjeturar, si hacemos la suma de las diferentes entidades bicharias, o contrastamos sus propiedades desde diferentes perspectivas, que este segmento constituido por bichos raros conforma lo más alabado y glorificado de nuestra cultura y civilización. Producto éste cuyas características son ambiguas ya que la mezcla, aunque podría convertirse en un producto final único-ideal -(en una sola razón de ser y de hacer)- no puede asimilar todos los componentes o atributos que por propia naturaleza se excluyen o se enfrentan. Esto nos facilita entender que la contradicción u oposición permanente, -aparte de la ironía y lo lúdico-, son el recurso lingüístico o temático que domina la estructura del texto y cualquier idea o proposición que podamos sacar de él. Los bichos no son, parece decirnos Ibargoyen, ni están presentes del todo. Son un algo que carece de contenido y de sentido, no-solo por carencia o involución sino especialmente por exceso. Pero igualmente no dejan nunca de ser lo que son, aunque siempre aparezcan o intenten aparecer como lo otro, o lo opuesto, o lo que no son. El bicho es una máscara, que nos permite seguir siendo sin que tengamos que enterarnos de lo que somos. Por lo tanto combatir lo que no somos y al mismo tiempo descreer de lo que somos es la contradicción inevitable a la que está condenado todo bicho en su diario ser y hacer. Ironizando, como en la teoría de la recepción, podríamos decir que no hay múltiples bichos y bichotes y bichorios, sino diferentes formas o perspectivas de entender y decir y confrontar el mismo bicho que se juega sus mil cabezas sin atreverse a jugarse ninguna y ni siquiera la suya propia. Los bichos son un calco ontológico: únicos y unos. Un-en-sí, o un-para-sí existencial sin nada de contemplativo, ya que en los bichos todo es apetito. “Miembro de una subespecie / expulsada del templo / que resolvió adquirir / -con riesgo de inflación- / nuevos sacerdotes / nuevos templos / nuevos dioses / (Mercader 39)”.
La cuarta característica a destacar es que solamente aparecen en el bichario dos animales mitológicos: el Basilisco y el Dragón (2); pero por extensión y similitud también podríamos incluir en esta familia reducida, a Dios y al Poeta. Mas aun, si pensamos en los devaneos absurdos de Huidobro y en los descalabros de las musas. Serían solamente cuatro bichos mitológicos aunque el dragón aparece dos veces. Esto sería lo único en común que tiene el texto con los bestiarios, o cualquier otro tipo o variante de ellos. Hay que enfatizar que estos bichejos antes mencionados son definidos apoyándose en características humanas muy específicas. De todos sus atributos destaca el vocablo “encabronarse”. A su vez Ibargoyen pone en entredicho su existencia. ¿No habría que sustituir, entonces, estos bichejos por el bicho hombre que incapaz de verse a sí mismo en su propio espejo siempre busca verse en el espejo de los otros como una forma de huir de sí mismo y de deificar su miedo y su nada? ¿Acaso no está acentuando Ibargoyen como Pessoa, que a pesar de nuestros grandes avances hoy más que nunca somos desconocidos de nosotros mismos? ¿Es tanto lo que nos hemos perdido, o equivocado el camino que una posible identidad o reconocimiento ya no sería posible? Si Ibargoyen hubiese incluido en su inventario al “bicho” Nietzsche el cuadro de nuestra confusión humana sería más complejo y desolador. Pero no es solamente eso. Esta carencia y falta de valor, o encierra en sí una paradoja irresoluble, o nos pone frente a frente con el enigma de nuestra realidad cotidiana: la ausencia de toda mitología, su desgaste o inutilidad, podría muy bien presentarnos la muerte en cuanto tal como lo único cierto; y lo que es peor, la muerte de la imaginación como nuestro destino final. Por una parte, el mundo y el hombre se deshacen como entidad ficticia, y por la otra cada vez más el desconocimiento se perfila como la verdadera esencia del hombre, para recurrir una vez más a Pessoa. “Todavía humeante y sin trabajo / deambula entre los objetos como libros / y abuelos enmudecidos. / Mientras / los niños se masacran / en los patios del los colegios / (Dragón2, 27)”. Pero Ibargoyen no renuncia del todo y transfiere al mundo virtual el papel de conservar e implementar la ficción como nuestra última puerta de escape. Esa caja de resonancias infinitas tan espantosa y fascinante a la vez, se convierte entonces en el sustituto inevitable de la muerte de la mitología y de lo mágico. Sale sobrando en el mundo posmoderno: / los príncipes yuppies / lo usan de mascota / y las princesas del jet-set / se acuestan con sus guardias / en castillos virtuales y coquetos (Dragón 1, 26)”.
La quinta característica que quiero acentuar es que uno de los bichos aparece repetido con una variante ortográfica. Oveja aparece con hache y sin ella. Oveja con hache, aunque no distinta sustancialmente de la que no la tiene, se perfila en el texto como el símbolo de la víctima de todos los tiempos. O mejor sería decir que deviene chivo expiatorio. Sustituir en el campo de las tautologías religiosas lo femenino por lo masculino sería una rectificación histórica de consecuencias impredecibles en el subsuelo de nuestra cultura, o un simple intercambio y asimilación de roles. El débil, no importa el lugar que ocupe en el sumario de los horrores y errores de la historia del hombre siempre acaba pagando las cuentas. Pero lo particular de esta dualidad que no logra dislocarse completamente es que “Con hache / o sin hache / siempre le arrancan / la ropa / y se la chingan / (Hoveja 33)”. A la que le falta la hache, sin dejar de ser igualmente un bicho indefenso se la asimila con su verdugo: el lobo. Asimilación que por contraste o intercambio de papeles nos muestra el lado oscuro de las cosas, o esa otra realidad desconocida que define a los seres humanos a conciencia o por ausencia de la misma. La segunda oveja, la verdadera, la académica, la de buena ortografía, no sería otra cosa que el bicho Hombre 2 camuflado, que aparece en el texto. Esa que la tradición desde tiempos bíblicos ha convertido en alimento de todos los días: la oveja con piel de lobo. “Mamífero de canas prematuras / cuenta lobos cada noche / para así dormir / Como una oveja buena / (Oveja 44)”.
“También estas bichas
con astucia política
han declarado
que no todas las uvas verdes
están verdes
ni todas las maduras
están maduras (Zorras)”.
Poco se ha dicho de los Bicharios, aunque no son muchos los que se han escrito. Cuando se los menciona se los cataloga como un subgénero adscrito al universo de los bestiarios, o un simple inventario de cosas sin valor aparente; -salvo las ilustraciones que suelen acompañar estos textos y cuyo fin era llegar a ese segmento de la población analfabeta que siempre subyace en el fondo de toda sociedad-. Los bestiarios se hicieron muy populares a partir de la publicación del Phisiologus (colección anónima que apareció en Alexandria, en algún momento del siglo tercero o cuarto (1). Se dice que fue en Alejandría porque muchos de los animales que conforman el texto eran por entonces bien conocidos en Egipto. Los bestiarios fueron igualmente populares en Bizancio y el mundo Persa. También durante la Edad media, especialmente el libro Etimologías de San Isidro y textos de San Ambrosio que gustaba utilizar animales en sus escritos para expandir el mensaje de la Biblia. Durante toda esta época se hicieron muy populares y aparecen asociados con las fábulas, analogías, alegorías, parábolas etc. Y es también durante esta época que se enfatiza su contenido moralizante asociado con la predestinación o/y, según la iglesia, al papel específico del ser humano en el contexto de la creación. Estética moralizante que se apoya en la antítesis virtud / perversión. Hay bestias con características positivas (del lado de Dios); otras con características negativas (del lado del Diablo); y otras son mitológicas o fantásticas y pueden ser de signo positivo o negativo. Pero estas dicotomías se intercambian de manera compleja y sutil anulando las oposiciones radicales y creando múltiples conexiones entre las diferentes entidades paradigmáticas. Se dice que fue realmente a partir de la sentencia de Job, “Pregúntale a las bestias de la tierra y ellas te enseñarán, y a los pájaros del cielo y ellos te contestarán” (12-7), que la iglesia se encargó de popularizar la idea de que el comportamiento de los animales nos ayuda a entender nuestra propia forma de comportarnos o de ser. Más tarde - siglo X y XII- los bestiarios ganaron importancia en Francia e Inglaterra, pero se trataba de recopilación de textos antiguos. Un dato curioso, Leonardo Da Vinci escribió un bestiario. Lo mismo hizo Toulouse Lautrec.
En nuestra literatura contemporánea son bien conocidos los bestiarios de Cortázar, Borges, Arreola, Tablada, Otto Raúl González, Alfredo Iriarte, Monterroso y Cosío, entre otros. No es exagerado afirmar que con el Bichario de Ibargoyen, este aparente género menor adquiere un lugar preponderante en el contexto de la literatura universal. Y no se trata de afirmar que este Bichario le da carácter de bestiario a un género tan despreciado y minimizado. Al contrario, el libro de Ibargoyen crea, o inicia una nueva visión de este género a la vez que nos obliga a repensar los bestiarios desde una perspectiva diferente y nos reta, además, a eliminar cualquier tipo de dicotomía moralizante y actitud pedagógica que siempre, de una u otra forma, han marcado el contenido de este tipo de textos.
En la mayoría de los diccionarios no aparece la palabra bichario con connotaciones literarias. El vocablo sólo hace referencia a las enfermedades de las plantas y a ciertos parásitos. Sin embargo, aparecen un sinnúmero de derivados que de múltiples formas se conectan con el ser humano y algunas de sus actividades más frecuentes. En nuestra época moderna la palabra bicho tiene más sentido que la de bestia -que se ha quedado relegada a los cuentos de hadas y a los animales mitológicos o alegóricos-, al menos cuando se trata de radiografiar lo más íntimo del ser humano. Entre los derivados más comunes tenemos bicho (cosa que produce miedo o infunde temor); alimaña-insecto (sujeto sin valor); mal bicho (persona con mala intensión); bicho raro (persona fuera de lo normal); bicho viviente (todo el mundo); bicha (culebra y órgano masculino-femenino). También existe el verbo bichear, con connotaciones tales como mirar, observar a escondidas, otear, fisgonear, cazar. Igualmente adjetivos y sustantivos asociados con dicho vocablo como mirón, furtivo, bicharejo, bichejo (diminutivo-peyorativo), bichoso (decrépito), bichofear (silbar para desaprobar); bicharraco (persona fea y diferente); significa, además, hijo de puta y aparece en frases tales como, “qué bicho te pico” (persona que actúa de forma rara o diferente), y “bicho de mal agüero”. Y aunque parezca extraño le quedan pocos matices relacionados con la mitología. En Grecia todavía es un animal quimérico; espíritu de la lluvia: mitad mujer, mitad pez. Y una nota final: En Cuba es sinónimo de persona lista, habilidosa, sagaz.
Como bien pueden ver, este corto inventario nos es suficiente para concluir que con esta palabra y sus múltiples derivados y matices podemos definir y caracterizar en gran parte al ser humano. Quizás amparado en lo sugestivo de dicho vocablo Ibargoyen se dio a la tarea, nada fácil, de reinventar este “sub-género” en nuestra sociedad contemporánea. Y en cuanto a la forma, para ser más contundente en sus apreciaciones y más eficaz en el efecto literario que se busca, Ibargoyen reduce estos textos a su mínima expresión. Para él, lo importante no es “describir” o “definir” apuntalándose en las características que más se asemejan a cada bicho, sino elegir con precisión ciertos atributos minimizados o excluidos, apoyándose en lo absurdo o simplemente en yuxtaposiciones a veces descabelladas para obligarnos a re-pensar cada realidad desde una perspectiva distinta. Estos textos son breves, ingeniosos y marcados por una cuota de sabiduría sin precedentes en nuestra literatura. “Crustáceo incomprendido: / vaya hacia donde vaya/ siempre dirán/ que es para atrás (Cangrejo, 18)”.
Textos de estructura polisémica, ambiguos y alegóricos. Textos que crean un sistema de vasos comunicantes que en un momento de la lectura son la suma de una misma realidad, su negación, o su fracaso. Pero también, textos que se diversifican al infinito apoyados en la contradicción y en la paradoja: dualidad que oficia como lo más afín al acto creador y a la condición humana. Sin entrar en el campo de las categorizaciones, podríamos decir que estos bichos son la sombra sutil de apólogos, ecfrasis, ejemplos, epigramas, aforismos, acertijos, juegos verbales, absurdidades, parábolas y hasta retratos efímeros y haikus. La brevedad de la composición o de la estructura lingüística es garantía de multiplicidad en el otro lado del paradigma: sentido y significado. Ibargoyen define y matiza con una precisión endemoniada, pero la definición se ahoga a/en sí misma a conciencia para dar paso a una semántica atona-polifónica, donde cualquier derivado o atajo es posible siempre en el marco de una actitud crítica sin reticencias de ninguna índole y sin que falte esa gota de humor negro que hace a los textos más eficaces en su brevedad exquisita. Textos que son golpes de ironía, sarcasmos, estados de complicidad, burlas, martillazos implacables, baldazos de agua fría a la cara…; pero igualmente textos que incitan a la compasión y a la generosidad tan poco frecuentes en nuestra época. “Pocos dudan / de su inmortalidad /, y de su persistencia /. Cuando quedan / de patas para arriba / seguramente reflexionan / sobre la brevedad / de todo lo que existe (Cucarachas, 23”).
Lo primero que salta a la vista inmediatamente iniciamos la lectura del Bichario es que los diferentes bichos que lo componen aparecen en orden alfabético. El texto es un Bichario que a la vez es un diccionario minucioso. Y como no se trata de todo tipo de bichos, -aunque todos los bichos son el mismo por sustracción o por adición-, sino de sus bichos, o al menos los que al autor más le interesan, este aparente orden estructural es algo arbitrario que sugiere de entrada un juego intencional e introduce la ironía como verdadera estructura del texto. La pregunta obligada sería: ¿Por qué los bichos deberían de aparecer en determinado orden? Sugerir un orden aparente cuando es precisamente el orden y lo que éste implica lo que está en tela de juicio en todo el texto es una buena dosis de ironía que nos pone de lleno en las claves fundamentales del acto de escribir y sus posibles incidencias en la mente del lector. Ironizar y jugar subvirtiendo de entrada el orden de las cosas, todo tipo de entidades e ideas es un plato “perfecto” que el lector saborea a plenitud desde la lectura del primer bicho-texto-poema. Más aun si el autor afirma categóricamente desde el comienzo del libro que lo que conocemos está muy lejos de lo que es o pudiera ser. “Vuelan en dudosa libertad /. Pocas de ellas fornican. / Trabajan sudando miel. / Mueren cuando deben matar. / ¿Por qué no nos enseñaron / que son como no son? (Abejas 9)”.
Lo segundo es que algunos de esos bichos tienen más de una entrada en el mundo de la bichería. Solamente uno de ellos, el colibrí, más de dos entradas; aunque el tercero no aparece numerado como los dos anteriores de forma secuencial y se pluraliza. Esto nos hace pensar que el tercero no es más que la suma de los otros dos, o su re-definición debido al descontento que el “taxonomista” percibe en su definición, o a la carencia que siempre demarca una posible síntesis. Todos los tres bichos de la misma especie parecen ser lo-mismo / los-mismos sin serlo, ya que nada existe en concreto, ni en la realidad, ni en la definición, ni en la idea. Las trilogías tan caras a nuestra cultura y de las cuales depende nuestra filosofía y teología, no aparecen en el texto, ni siquiera cuando ese bicho es dios o el poeta. Podemos afirmar así que Ibargoyen se apoya en cierto travestismo conceptual y lingüístico cuando disecciona sus bichos. Travestismo que nos enseña sin apelaciones que todo es nada y todo a la vez. Y algo más: que en el fondo y en la superficie todo se define mejor por lo que falta o pudo haber sido. O mejor: por lo que no es que por lo que es: “Sueña a menudo que es / un hoyo negro dado vuelta. / Y corre a casa del Diablo / que siempre lo atiende/ sin cobrarle nada / (Dios dos 26).”
Lo tercero es que, aparte de los “abichuchos”, verdaderamente bichos que hacen parte nominal del reino animal, aparecen otros especímenes que no pertenecen a la misma familia, especie o filum. Aunque si lo vemos bien esos bichos que parecen salirse de la clasificación, son más bichos que todos los demás ya sea de forma individual, o en su conjunto, o por intertextualidad. Estas disparatadas constelaciones se componen de Ángeles, Dios (2), Escritor, Informativista, Inversionista, Madre, Padre, Mercader, Mujer, Nazi-(facista), Niños, Poeta, Políticos (2) y hasta una Vulva. Podríamos aventurar de antemano que los que aparecen dos veces, o tienden a multiplicarse hasta tres y que de manera sutil o inapropiada se metamorfosean en otros invadiendo su territorio y su idea, son los de más difícil definición y, a su vez, lo más peligrosos e inevitables debido a su carácter inestable y proteico. Son bichos travestis, pero no por necesidad de libertad sino por una tendencia enfermiza a la síntesis que les asegura su permanencia y su dominio. (El) tragarse lo otro garantiza no solamente permanencia y continuidad sino eliminación de la competencia. Lo otro es que, no es difícil conjeturar, si hacemos la suma de las diferentes entidades bicharias, o contrastamos sus propiedades desde diferentes perspectivas, que este segmento constituido por bichos raros conforma lo más alabado y glorificado de nuestra cultura y civilización. Producto éste cuyas características son ambiguas ya que la mezcla, aunque podría convertirse en un producto final único-ideal -(en una sola razón de ser y de hacer)- no puede asimilar todos los componentes o atributos que por propia naturaleza se excluyen o se enfrentan. Esto nos facilita entender que la contradicción u oposición permanente, -aparte de la ironía y lo lúdico-, son el recurso lingüístico o temático que domina la estructura del texto y cualquier idea o proposición que podamos sacar de él. Los bichos no son, parece decirnos Ibargoyen, ni están presentes del todo. Son un algo que carece de contenido y de sentido, no-solo por carencia o involución sino especialmente por exceso. Pero igualmente no dejan nunca de ser lo que son, aunque siempre aparezcan o intenten aparecer como lo otro, o lo opuesto, o lo que no son. El bicho es una máscara, que nos permite seguir siendo sin que tengamos que enterarnos de lo que somos. Por lo tanto combatir lo que no somos y al mismo tiempo descreer de lo que somos es la contradicción inevitable a la que está condenado todo bicho en su diario ser y hacer. Ironizando, como en la teoría de la recepción, podríamos decir que no hay múltiples bichos y bichotes y bichorios, sino diferentes formas o perspectivas de entender y decir y confrontar el mismo bicho que se juega sus mil cabezas sin atreverse a jugarse ninguna y ni siquiera la suya propia. Los bichos son un calco ontológico: únicos y unos. Un-en-sí, o un-para-sí existencial sin nada de contemplativo, ya que en los bichos todo es apetito. “Miembro de una subespecie / expulsada del templo / que resolvió adquirir / -con riesgo de inflación- / nuevos sacerdotes / nuevos templos / nuevos dioses / (Mercader 39)”.
La cuarta característica a destacar es que solamente aparecen en el bichario dos animales mitológicos: el Basilisco y el Dragón (2); pero por extensión y similitud también podríamos incluir en esta familia reducida, a Dios y al Poeta. Mas aun, si pensamos en los devaneos absurdos de Huidobro y en los descalabros de las musas. Serían solamente cuatro bichos mitológicos aunque el dragón aparece dos veces. Esto sería lo único en común que tiene el texto con los bestiarios, o cualquier otro tipo o variante de ellos. Hay que enfatizar que estos bichejos antes mencionados son definidos apoyándose en características humanas muy específicas. De todos sus atributos destaca el vocablo “encabronarse”. A su vez Ibargoyen pone en entredicho su existencia. ¿No habría que sustituir, entonces, estos bichejos por el bicho hombre que incapaz de verse a sí mismo en su propio espejo siempre busca verse en el espejo de los otros como una forma de huir de sí mismo y de deificar su miedo y su nada? ¿Acaso no está acentuando Ibargoyen como Pessoa, que a pesar de nuestros grandes avances hoy más que nunca somos desconocidos de nosotros mismos? ¿Es tanto lo que nos hemos perdido, o equivocado el camino que una posible identidad o reconocimiento ya no sería posible? Si Ibargoyen hubiese incluido en su inventario al “bicho” Nietzsche el cuadro de nuestra confusión humana sería más complejo y desolador. Pero no es solamente eso. Esta carencia y falta de valor, o encierra en sí una paradoja irresoluble, o nos pone frente a frente con el enigma de nuestra realidad cotidiana: la ausencia de toda mitología, su desgaste o inutilidad, podría muy bien presentarnos la muerte en cuanto tal como lo único cierto; y lo que es peor, la muerte de la imaginación como nuestro destino final. Por una parte, el mundo y el hombre se deshacen como entidad ficticia, y por la otra cada vez más el desconocimiento se perfila como la verdadera esencia del hombre, para recurrir una vez más a Pessoa. “Todavía humeante y sin trabajo / deambula entre los objetos como libros / y abuelos enmudecidos. / Mientras / los niños se masacran / en los patios del los colegios / (Dragón2, 27)”. Pero Ibargoyen no renuncia del todo y transfiere al mundo virtual el papel de conservar e implementar la ficción como nuestra última puerta de escape. Esa caja de resonancias infinitas tan espantosa y fascinante a la vez, se convierte entonces en el sustituto inevitable de la muerte de la mitología y de lo mágico. Sale sobrando en el mundo posmoderno: / los príncipes yuppies / lo usan de mascota / y las princesas del jet-set / se acuestan con sus guardias / en castillos virtuales y coquetos (Dragón 1, 26)”.
La quinta característica que quiero acentuar es que uno de los bichos aparece repetido con una variante ortográfica. Oveja aparece con hache y sin ella. Oveja con hache, aunque no distinta sustancialmente de la que no la tiene, se perfila en el texto como el símbolo de la víctima de todos los tiempos. O mejor sería decir que deviene chivo expiatorio. Sustituir en el campo de las tautologías religiosas lo femenino por lo masculino sería una rectificación histórica de consecuencias impredecibles en el subsuelo de nuestra cultura, o un simple intercambio y asimilación de roles. El débil, no importa el lugar que ocupe en el sumario de los horrores y errores de la historia del hombre siempre acaba pagando las cuentas. Pero lo particular de esta dualidad que no logra dislocarse completamente es que “Con hache / o sin hache / siempre le arrancan / la ropa / y se la chingan / (Hoveja 33)”. A la que le falta la hache, sin dejar de ser igualmente un bicho indefenso se la asimila con su verdugo: el lobo. Asimilación que por contraste o intercambio de papeles nos muestra el lado oscuro de las cosas, o esa otra realidad desconocida que define a los seres humanos a conciencia o por ausencia de la misma. La segunda oveja, la verdadera, la académica, la de buena ortografía, no sería otra cosa que el bicho Hombre 2 camuflado, que aparece en el texto. Esa que la tradición desde tiempos bíblicos ha convertido en alimento de todos los días: la oveja con piel de lobo. “Mamífero de canas prematuras / cuenta lobos cada noche / para así dormir / Como una oveja buena / (Oveja 44)”.
domingo, 3 de julio de 2011
Sobreros rojos
Sobreros rojos
Hablan de nosotros.
En cada día
Buscas el tiempo
La luz del letargo,
Entonces encuéntrate
Para perderme de tu paladar,
En los callados roces
Que enfoca mi inútil azar,
En tus afonías infinitas.
Llámame a tus brazos con labios rojos
Que tragaban tu lengua desgarrándola.
Codiciando dormir en tu esqueleto
Con los Dementes de un infierno,
Su vientre en sus espaldas enmudecidas
Jure que el viento no zanjaría tu mente
Ni el olor del silencio de tus letras,
Las que atragantaras en tu boca.
Donde volverás a decir
Que no fui el adecuado
Ni el más sutil…
viernes, 1 de julio de 2011
RENATO LEDUC.
Tiempos de Pancho Villa y de la guerra
de mentadas y tiros en la sierra.
Tiempos de fe no en Dios sino en la tierra
Por el cerro de la Pila
fueron entrando a Torreón
mi general Pancho Villa
y atrás la revolución…
¡Ay jijos…! ya se nos hizo
cuánto diablo bigotón…
Ya viene Toribio Ortega
subiendo y bajando cerros
y no te enredes ni engañes
que ahi anda Pablito Seáñez
haciendo ladrar los perros.
¡Cuánto usurero barbón…!
¡Ay jijos… cómo les vuela
de la levita el faldón…!
¡Ay jijos… ya se nos hizo:
triunfó la revolución…!
Tenemos camino andado…
No hay que juntarse con rotos
siempre te juegan traición
ya Madero está vengado
ya murió la usurpación.
En su caballo retinto
llegó Emiliano Zapata
bonita su silla charra
y sus botones de plata
pero mucho más bonito
su famoso Plan de Ayala…
Este gallo es de navaja
y no es gallo de espolón
si quieres tierra trabaja
trabaja no seas huevón…
Ya llegó don Venustiano
con sus anteojos oscuros
y Villa y Zapata gritan:
No sé qué tengo en los ojos…
porque ya en Pablo González
se vislumbra la traición.
¡Ay reata no te revientes
que es el último jalón…!
Ya se están muriendo todos
¡Jesús qué desilusión…!
Se está volviendo gobierno
¡ay dios…! la revolución.
_________________________________________________________________
Periodista, poeta, personaje incomparable de la Ciudad de México, Renato Leduc (1897-1986) fue en su adolescencia telegrafista de la División del Norte. Irónico en su manera de hablar y escribir, fue un crítico constante del poder. Entre sus libros se encuentran El aula (1929), Los banquetes (1932), Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (1933), Breve glosa del Libro de buen amor (1939), El corsario beige (1940) y Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles (1963). Dispersa en ediciones mínimas, la Obra literaria de Leduc fue compilada por Edith Negrín y publicada en 2000 por el Fondo de Cultura Económica, de donde procede el fragmento que aquí presentamos.
de mentadas y tiros en la sierra.
Tiempos de fe no en Dios sino en la tierra
Por el cerro de la Pila
fueron entrando a Torreón
mi general Pancho Villa
y atrás la revolución…
¡Ay jijos…! ya se nos hizo
cuánto diablo bigotón…
Ya viene Toribio Ortega
subiendo y bajando cerros
y no te enredes ni engañes
que ahi anda Pablito Seáñez
haciendo ladrar los perros.
¡Cuánto usurero barbón…!
¡Ay jijos… cómo les vuela
de la levita el faldón…!
¡Ay jijos… ya se nos hizo:
triunfó la revolución…!
Tenemos camino andado…
No hay que juntarse con rotos
siempre te juegan traición
ya Madero está vengado
ya murió la usurpación.
En su caballo retinto
llegó Emiliano Zapata
bonita su silla charra
y sus botones de plata
pero mucho más bonito
su famoso Plan de Ayala…
Este gallo es de navaja
y no es gallo de espolón
si quieres tierra trabaja
trabaja no seas huevón…
Ya llegó don Venustiano
con sus anteojos oscuros
y Villa y Zapata gritan:
No sé qué tengo en los ojos…
porque ya en Pablo González
se vislumbra la traición.
¡Ay reata no te revientes
que es el último jalón…!
Ya se están muriendo todos
¡Jesús qué desilusión…!
Se está volviendo gobierno
¡ay dios…! la revolución.
_________________________________________________________________
Periodista, poeta, personaje incomparable de la Ciudad de México, Renato Leduc (1897-1986) fue en su adolescencia telegrafista de la División del Norte. Irónico en su manera de hablar y escribir, fue un crítico constante del poder. Entre sus libros se encuentran El aula (1929), Los banquetes (1932), Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (1933), Breve glosa del Libro de buen amor (1939), El corsario beige (1940) y Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles (1963). Dispersa en ediciones mínimas, la Obra literaria de Leduc fue compilada por Edith Negrín y publicada en 2000 por el Fondo de Cultura Económica, de donde procede el fragmento que aquí presentamos.
domingo, 26 de junio de 2011
"Una Historia no se acaba hasta que ha tomado su peor camino": Friedrich Dürrenmatt
Por Marcos García Caballero
Una luz cenital ilumina el Proscenio y éste hombre nacido en Zuiza en 1921 cerca de Berna, con cara de incredulidad, divaga sobre el destino del hombre en la Tierra en la Europa de la posguerra:
“Suiza tiene algo grotesco en su carácter -declaró alguna vez-; sus intentos de constante neutralidad se parecen a los de una virgen ganándose la vida en un burdel que pretende, además, permanecer casta.”
Friedrich Dürrenmatt, antes de cualquier decisión, fue un todólogo: hizo estudios sobre filosofía, fue dramaturgo tremendamente notable, escritor de novelas policíacas principalmente y artista plástico. Dentro de sus piezas dramáticas cabe destacar: Los físicos (1962) obra que presenta a un científico genial que se oculta, fingiéndose loco, en un manicomio a fin de proteger al mundo de las consecuencias de sus descubrimientos. Otros dos físicos, agentes de sistemas políticos opuestos que debían secuestrarlo, deciden renunciar fingiéndose locos, a las consecuencias de la investigación. Pero la directora del manicomio se ha apropiado de los resultados de las investigaciones y los ha vendido al mejor postor.
Dentro de sus novelas, destaca la comedia en prosa Griego busca griega, escrita en 1955. En Griego busca griega se cuenta la historia que sucede cuando el protagonista Arnolph Arquíloco (un tipo gris, santurrón, que ni fuma ni bebe, vegetariano, que no tiene relaciones sexuales ni las ha tenido a sus 45 años y pertenece a la secta de los Neo presbiterianos primitivos de los últimos cristianos) decide buscar pareja. Arnolph Arquíloco es un sub contable insignificante en medio de miles como él dentro de la Compañía Petit Päyssan de cañones atómicos. Ha elaborado su propia ordenación moral del mundo en la cual el primero es el Presidente del gobierno, luego el obispo, luego Petit Päyssan… el octavo es su hermano Bibi que siempre le pide dinero. Arquíloco es una completa desgracia. Para colmo vive en una buhardilla donde están colgados los retratos de los primeros en su ordenación moral del mundo y las letrinas son cada vez más pestilentes. Pero a madame Bieler (la dueña del local donde desayuna leche y agua mineral), la ha persuadido de que cuelgue los retratos de los ocho integrantes en su ordenación moral del mundo y es ella misma la que a su vez lo persuade de que se busque una esposa. Chloé es la chica que responde al anuncio de “griego busca griega” y para su sorpresa, resulta ser tremendamente encantadora, un ser “puro de gracia y de belleza”. En el momento del encuentro, Arquíloco se siente a merced de la belleza de Chloé y, a partir de ahí, su vida dará un giro radical: repentinamente es ascendido directamente por Petit Päyssan a director de la sección cañones atómicos, es nombrado consejero eclesiástico mundial, recibe por regalo de bodas con Chloé una magnífica mansión y, poco a poco, sin darse cuenta, se convertirá el mismo en un pilar de la sociedad suiza...
viernes, 17 de junio de 2011
El escriba otra vez
Saúl Ibargoyen
Yo soy otra vez el escriba de pie
con un corazón que empieza a herrumbrarse
por decisión de los dioses inalcanzables.
Escribo así y aquí para simplemente tozudamente
respirar en la memoria de algunos otros
pues en este pincel o cálamo o lápiz están
las crónicas las tachaduras los gestos los silencios
las soledades los trazos las dudas los cánticos
de todos los escribas de pie que ya han sido
de todos los que son de los que quizá
resuelvan su intención de nacer.
Escribo sólo palabras porque ya no importan
ni éstas ni ningunas palabras pues hubo hay habrá
otros escribas de fáciles grafías
de versos que riman con el verbo poder
con el verbo usura
con el verbo complacencia
con el verbo violación
con el verbo complicidad
con el verbo sí señor
con el verbo cocaína
con el verbo engaño
con el verbo estatua
con el verbo comodidad
con el verbo cobardía
con el verbo mediático
con el verbo mercado
con el verbo corrupción.
ni éstas ni ningunas palabras pues hubo hay habrá
otros escribas de fáciles grafías
de versos que riman con el verbo poder
con el verbo usura
con el verbo complacencia
con el verbo violación
con el verbo complicidad
con el verbo sí señor
con el verbo cocaína
con el verbo engaño
con el verbo estatua
con el verbo comodidad
con el verbo cobardía
con el verbo mediático
con el verbo mercado
con el verbo corrupción.
Mi pluma viva o estilete o péndola o cincel
aún siente el temblor de los misiles que calcinaron
las entrañas de Kosovo y de Bagdad.
Y la tableta de barro o la hoja de seda o el fino papiro
o el suave pergamino o la fúlgida pantalla o el vulgar papel
quieren expulsar la costrosa sangre de los doscientos mil
prisioneros que ordenó decapitar Qin Shi
y los miles y miles degollados por Pedro el Grande
por el gran Alejandro y por Ricardo Corazón de León:
quieren borrar el sudor de las naciones
que extinguió la ira de Yaveh
y la orina de las niñas disueltas por el napalm
y la saliva de los desaparecidos en las playas del Sur
y el aliento de los poetas enterrados vivos
en los desiertos de Alá
y el hedor de los veinte millones de kilos
de tripas que Ruanda trituró
y el rumor de las nunca enfriadas cenizas de Hiroshima
y el flujo de la indita vulnerada en la milpa
y el excremento de los veinte mil esclavos que Roma
encajó en su cruz
y que no eran hijos de Dios.
aún siente el temblor de los misiles que calcinaron
las entrañas de Kosovo y de Bagdad.
Y la tableta de barro o la hoja de seda o el fino papiro
o el suave pergamino o la fúlgida pantalla o el vulgar papel
quieren expulsar la costrosa sangre de los doscientos mil
prisioneros que ordenó decapitar Qin Shi
y los miles y miles degollados por Pedro el Grande
por el gran Alejandro y por Ricardo Corazón de León:
quieren borrar el sudor de las naciones
que extinguió la ira de Yaveh
y la orina de las niñas disueltas por el napalm
y la saliva de los desaparecidos en las playas del Sur
y el aliento de los poetas enterrados vivos
en los desiertos de Alá
y el hedor de los veinte millones de kilos
de tripas que Ruanda trituró
y el rumor de las nunca enfriadas cenizas de Hiroshima
y el flujo de la indita vulnerada en la milpa
y el excremento de los veinte mil esclavos que Roma
encajó en su cruz
y que no eran hijos de Dios.
Quieren quitar la piel de los negros incendiándose
en los altares del Ku Kux Klan
y el ardor de los pechos que el cuchillo de pura obsidiana partió
y los pulmones endurecidos por el veneno de Treblinka
y las venas cocinadas por una perfecta energía artificial.
Estas meras palabras de un escriba sencillamente no podrán
dar su voz y su hálito a la tantísima humanidad sacrificada
quemada gaseada desmenuzada ahorcada castrada violentada vejada
vaciada quebrantada expoliada fusilada guillotinada burlada
asesinada arrasada enterrada archivada olvidada
en Granada en Tlatelolco en Madrid en Haití en Cincinati en Honduras
en Guernika en Palmares en Santiago de Chile en Moscú en Armenia
en Tenochtitlan en Guatemala en París en Buchenwald en Gaza en Bogotá
en el Río de la Plata en Angol en Chechenia en El Salvador en Libia
en Etiopía en Kabul en Panamá en el Chaco en Atenco en Acteal:
¿sólo ahí? ¿solamente ahí?
en los altares del Ku Kux Klan
y el ardor de los pechos que el cuchillo de pura obsidiana partió
y los pulmones endurecidos por el veneno de Treblinka
y las venas cocinadas por una perfecta energía artificial.
Estas meras palabras de un escriba sencillamente no podrán
dar su voz y su hálito a la tantísima humanidad sacrificada
quemada gaseada desmenuzada ahorcada castrada violentada vejada
vaciada quebrantada expoliada fusilada guillotinada burlada
asesinada arrasada enterrada archivada olvidada
en Granada en Tlatelolco en Madrid en Haití en Cincinati en Honduras
en Guernika en Palmares en Santiago de Chile en Moscú en Armenia
en Tenochtitlan en Guatemala en París en Buchenwald en Gaza en Bogotá
en el Río de la Plata en Angol en Chechenia en El Salvador en Libia
en Etiopía en Kabul en Panamá en el Chaco en Atenco en Acteal:
¿sólo ahí? ¿solamente ahí?
Yo el escriba con mi yo me levanto
al costo de este menguado cuerpo y digo
que ya no quiero respirar
adentro de las palabras
porque en cada migaja de cada una de estas tierras
de cada una de estas aguas
hay restos de úteros de novias humilladas
hilachas de pellejo infantil
fragmentos de prepucios y de lenguas
uñas mutiladas y ojos coagulándose
nervios atomizados que el verdugo arrancó.
Y yo el escriba otra vez con sus yoes a cuestas
nada estoy diciendo de las banderas mordidas por la sombra
de las cucharas con su cruda hambruna
de los platos con su sucia sed
de las tortillas corroídas y los panes enfermos
de las cruces marchitas y los templos malolientes
de las monedas virtuales y los cheques vacíos
y las tarjetas de plástico
multiplicándose y pudriéndose.
Porque nada quiero decir:
siempre es difícl hablar como cantando.
al costo de este menguado cuerpo y digo
que ya no quiero respirar
adentro de las palabras
porque en cada migaja de cada una de estas tierras
de cada una de estas aguas
hay restos de úteros de novias humilladas
hilachas de pellejo infantil
fragmentos de prepucios y de lenguas
uñas mutiladas y ojos coagulándose
nervios atomizados que el verdugo arrancó.
Y yo el escriba otra vez con sus yoes a cuestas
nada estoy diciendo de las banderas mordidas por la sombra
de las cucharas con su cruda hambruna
de los platos con su sucia sed
de las tortillas corroídas y los panes enfermos
de las cruces marchitas y los templos malolientes
de las monedas virtuales y los cheques vacíos
y las tarjetas de plástico
multiplicándose y pudriéndose.
Porque nada quiero decir:
siempre es difícl hablar como cantando.
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