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*Este proyecto está basado, en sus orígenes, en la idea de Dulce Chiang y Alicia Quiñones




domingo, 29 de enero de 2012

ESCRITOS FECHADOS EN 1947-Elías Canetti

Escritos fechados en 1947.

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Cualquier página de cualquier filosofía, da igual por donde abras el libro, nos
tranquiliza: la espesa trama de una malla que fue tejida de un modo tan declaradamente
al margen de la realidad; este apartar la vista del momento; este desprecio olímpico del
mundo sentimental - un mundo que tampoco en los filósofos deja de tener sus marcas -;
esta seguridad en una apariencia que adquiere su transparencia total en la apariencia
contraria y que no por ello deja de existir; esta incesante imbricación con todos los
pensamientos del pasado, de tal manera que uno que se mete en ello pensará: este tipo
de esteras - exactamente este tipo - se están tejiendo desde hace varios milenios, y lo
único que cambia es la muestra; ¿qué trabajo de artesanía hay que se haya conservado
mejor?, ¿qué clase de alfarería se ha practicado nunca de un modo tan ininterrumpido,
exactamente de la misma manera? Sea cual sea la filosofía con la que uno se ocupa; sea
ésta porque es mejor o aquélla porque uno no la conoce en absoluto, en el fondo
siempre es lo mismo: destacar unas pocas – contadas - palabras que se han empapado de
las savias de todas las demás, y el curso minucioso que han seguido estas palabras.

***
Una orden según la cual el avaro debería pagarlo todo al doble de su precio.
A la avaricia se la ve como una enfermedad moral; a los que están afectados por ella se
los declara oficialmente avaros y tienen que llevar un distintivo. En vez de distinguirlos
por su origen, a los hombres se les distingue por sus cualidades sociales. La estrella de
David de la avaricia hay que llevarla siempre puesta. Los avaros van por la calle con
ella; a esto se acostumbran, a lo que no se acostumbran es al trato que reciben en las
tiendas. Cuando entran el dueño debe conocer su avaricia de un modo inequívoco.
Tienen que ver cómo, por el mismo artículo, los clientes que están a su lado pagan sólo
la mitad de precio. No pueden refunfuñar; si lo hacen, por ley, deben pagar un
suplemento. Estas rigurosas medidas contra la avaricia tienen los más peregrinos
efectos. Muchos avaros se esfuerzan por convertirse en derrochadores y, sobre todo, por
demostrarlo. Sus esfuerzos adquieren un carácter atlético. Cuando tiran su dinero parece
como si levantasen grandes pesas de hierro que van a tirar a la cabeza de los demás. A
otros, el aumento de los precios les provoca tal desesperación, que su avaricia parece
estar cada vez más justificada y cada día compran menos. Estos acaban pronto
deambulando como almas en pena; están en lugar de los pobres, pero son unos pobres a
los que se desprecia con razón.

***

Una religión en la que el pecador tiene que fijar él mismo la penitencia, si no ésta no
tiene efecto.

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