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martes, 16 de febrero de 2010

Cárcel y Literatura 1era parte

CÁRCEL Y LITERATURA
Sergio Vicario
Primera parte
Una persona, arrojada a la inclemencia del olvido y el desamor, expuesta al maltrato, el hacinamiento, el hambre. Peor aún, padeciendo la extorsión, la tortura, el miedo y la falta de libertad, es sin duda una persona condenada a la derrota, a la pena de ser carne de prisión. Y con esta persona, padece su familia, si es que la tiene.
Sin embargo, los hay quienes han trascendido esta sufrida condición y recrean y nos recuerdan el lugar ínfimo del desaliento. Los escritores que han caído presos han dado ocasionalmente testimonios valiosos de los pormenores de estar condenados, en un calabozo, una celda o una isla. Por estos escritores y sus obras es que podemos atisbar a un submundo donde la crueldad aflora por doquier o se entrelazan vínculos humanos que valen la pena exaltar.
Estos testimonios y obras literarias han ido formado una serie de relatos, novelas, ensayos y cuentos, donde la cárcel es el escenario principal, damos cuenta de ello, por la enorme valía que significan estas obras, ya que desde el punto de vista humanista y jurista, sin estas obras, no se podría entender la injusticia y la falta de de atención que hubo en materia penitenciaria. Es la otra historia del horror humano.
Sin duda, una obra capital después del tratado De los delitos y las penas (1764), del italiano César Beccaria, ha sido un estudio sobre El estado de las prisiones en Inglaterra y Gales, que el inglés John Howard, publicaría en 1777. Ambos trabajos, dieron paso a una serie de reformas que fueron poco a poco cambiando la penosa situación que se vivía en las cárceles de aquellos años, no obstante estos cambios, la cárcel mantiene un estado de opresión y antes de lograr efectivos cambios, en varias de ellas se padeció y hubo el exterminio masivo de seres humanos. Bastaría asomarnos al tremendo testimonio de Alexander Soljenitsin, o de Valar Shalamov, acerca del Gulag en la extinta Unión Soviética, para dar cuenta de esto.
La cárcel, lo sabemos, es el lugar para segregar a quienes por un delito o por una injusticia, se les ha condenado a padecer la falta de libertad y a vivir en cautiverio. Es el lugar de los tormentos y los horrores, reducto que auspicia la infamia y el desaliento, donde sucumbe la autoestima, la individualidad y el humanismo, al menos, en la gran mayoría de los casos.
Hay una gran cantidad de autores que han caído por desgracia en cárceles o mazmorras. Los hay quienes nunca tuvieron ese infortunio, sin embargo, cada uno de ellos ha producido textos ejemplares de la condición humana, del espíritu de lucha o de la trágica situación que implica el encierro. Estas obras producidas durante su condena o después de esta, pueden no ser determinantes, pero jamás dejarán de ser significativas.
Para el caso de México, después de la Colonia encontramos la primera novela de la literatura mexicana, “El periquillo Sarniento”, (1816) de José Joaquín Fernández de Lizardi, escritor y periodista que sufrió varios arrestos, en su novela de tipo picaresca, retrata en primera persona la vida en México en aquellos días, y un pasaje por las mazmorras de la antigua cárcel municipal.
Pero es sin duda, José Revueltas, el escritor cuya obra literaria ha dado una fuerza narrativa a la experiencia personal de estar en la cárcel, primero en las Islas Marías y después en el legendario Palacio Negro de Lecumberri. Revueltas fue un preso de conciencia que fue acosado por el sistema político mexicano, criticado tanto por sus antiguos camaradas de Izquierda, incluso el propio Neruda, paladín de la izquierda latinoamericana como por sus opositores de derecha. Desde muy joven estuvo en las Islas Marías, en 1932 y 1934, y su tercera condena sería en Lecumberri. De esta última experiencia escribiría su novela El Apando, recordemos que el “apando” era la celda de castigo, la cárcel dentro de la cárcel y desde ahí, Revueltas haría una lectura crítica del sistema, el poder y la represión.
Además del Apando, escribiría Los muros del agua, obra que obviamente refleja la dureza de la vida penitenciaria en las famosas Islas. Por cierto, un joven periodista, Luis Spota, viajaría también a las Islas, curiosamente a la edad de 17 años, la misma edad que tenía Revueltas cuando fue encarcelado. Pero el caso de Luis Spota es distinto, lo anima el periodismo y escribe un ensayo, sobre las duras faenas de los hombres en aquellas Islas, expuestos a los mosquitos, la malaria y el inclemente sol de las salinas. Sin embargo, Spota refiere que las Islas Marías no son la tumba del pacífico, sino una gran hacienda donde se trabaja penosamente para vivir, soñando, eso sí, la ansiada libertad.
A propósito de la tumba de pacífico, ese el título de las novelas reportajes de Miguel Gil, sobre las mismas Islas, publicado el primer tomo en 1931y el segundo al año siguiente. Gil fue periodista del periódico la Prensa, y además de estar interesado en el presidio, le mueve el interés por indagar en la vida de la entonces famosa, madre María Concepción de la Llata o la “madre Conchita”, quien fue acusada de perpetrar un complot con José de León toral, para acabar con la vida de Álvaro Obregón.
Otra novela que habla de Lecumberri, es Los murmullos, de Jorge Portilla, novela esta que refiere en tercera persona el caso de dos jóvenes que roban un auto y paran en la cárcel; su lucha por subsistir y librar los duros trabajos de la fajina.
Sin embargo, es quizá la novela biográfica de Dwight Worker, un joven norteamericano que igualmente cayó preso por narcotráfico, la que describe con mayor detalle la vida carcelaria en Lecumberri, además del plan que trazó durante un año, para lograr su fuga, una de las más espectaculares, vestido de mujer y saliendo por la puerta principal. A propósito de fugas de Lecumberri, que hubo varias, una de las más ingeniosas, fue la del cubano narcotraficante Alberto Cicilia Falcón, quien ayudado por cómplices, construyó un túnel desde una de las casas aledañas a la prisión y hasta su celda; él junto con otros tres presos lograrían escapar, aunque después volvieron a caer.
Álvaro Mutis escribiría Diario de Lecumberri. Su estancia en la prisión le permitió, como a otros, ser testigo de grotescas situaciones, pero él las registra en su relato, de esta forma algunas vivencias dentro de la prisión no escapan del olvido. Como el caso de los presos que fueron muriendo por causa de su adicción a la heroína, aunque en realidad sucedió que otros de sus compañeros la adulteraban, pues a la heroína pura le agregaban cal que raspaban de las propias paredes de su celda, y así luego la vendían, evidentemente esto ocasionó envenenamiento en quienes la consumían.
Varios son los ensayos y reportajes que suscitó la antigua penitenciaria de Lecumberri, destacan quizás los escritos del periodista David García Salinas: los huéspedes de la Gayola, y La mansión del delito, entre otras obras, escritos que retratan varios episodios de la prisión: presos famosos, casos que llamaron la atención de los medios, fugas, personajes, drogas, corrupción y los presos políticos, como los del 68.






1 comentario:

Té la mà Maria - Reus dijo...

very good blog

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thank you