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jueves, 22 de marzo de 2012

EL OJO Y EL AGUA, EJES SIMBÓLICOS DE ENSAYO DE LA CEGUERA DE JOSÉ SARAMAGO.

POR GABRIELA BAYONA.

Ensayo sobre la ceguera es una novela que permite una lectura alegórica inmediata. El lector sabe que Saramago está contando una historia para decir otra cosa; principalmente, para mostrar la hipocresía de los valores y las instituciones que el sistema de poder y la sociedad pregonan como “humanos” o “humanitarios” con más persistencia: la solidaridad, la generosidad, el altruismo, la amistad, la “cientificidad”, etc. etc.


Saramago elige jugar con la posibilidad de una epidemia incontenible de ceguera, “ensayar” —de ahí el título de su obra— lo que tal circunstancia desencadenaría en una sociedad cualquiera, entre cualquier grupo de individuos —tal vez por eso ni los personajes de esta novela, ni el país ni la ciudad en los que se desarrolla la misma, tienen nombre—. El autor recalca esta indeterminación espacial e individual aunque, por los objetos y la descripción de ciertos lugares, sabemos sin lugar a dudas que el relato transcurre en nuestra época; que, en cierto sentido, Ensayo sobre la ceguera es una especie de espejo donde nos reflejamos todos. La novela nos plantea la ceguera blanca como una forma de juego de “qué pasaría si...”; funciona como atisbo de un mundo posible en el que todos nos quedáramos ciegos.

La heroína de la narración, la mujer del médico, es el único personaje que conserva la vista; a través de ella —y de quienes después conformarán su grupo— presenciamos la paulatina deshumanización, la progresiva suciedad maloliente, el descenso a los infiernos.

La mujer del médico, además de servirnos y servirle a los demás personajes de “ojo”, aparece asociada con el agua en varios pasajes de la novela. El ensayo El agua y los sueños del crítico literario Gaston Bachelard resulta muy útil para comprender desde una perspectiva simbólica el papel protagónico que ella desempeña en el texto.

La primera vez que la mujer del médico se relaciona con el líquido en la novela es representativa de la función de la que ella será responsable: la limpieza. El ladrón ha sufrido una herida en la pierna por querer propasarse con la chica de las gafas. La mujer del médico primero sonríe ante la situación, pero luego ve “que la herida presentaba mal aspecto, la sangre corría por la pierna del desgraciado, y no tenían agua oxigenada, ni mercromina, ni vendas, ni gasas, ni desinfectante alguno, nada.” (Saramago, 98: 64) Esta preocupación la hará decir: “Ahora lo que hay que hacer es lavar la herida, hacer la cura,” (Saramago, 98: 64). Así que los ciegos, capitaneados por ella, van a la cocina. El agua que lavará la herida es descrita de la siguiente manera:

Al principio vino sucia el agua y hubo que esperar a que se aclarase. Estaba templada y turbia, como si llevara mucho tiempo estancada en la cañería, pero el herido la recibió con un suspiro de alivio. (Saramago 98, 65)



A pesar de la curación improvisada, esta herida hubiera llevado al ladrón a una muerte segura —de no ser porque los soldados lo matan antes—. De alguna manera, el agua turbia provoca la infección en la pierna. Bachelard explica, en el capítulo de su libro denominado “Pureza y purificación. La moral del agua”, que el agua impura como símbolo tiene una nocividad polivalente:

Si para el espíritu consciente es aceptada como un simple símbolo del mal, como un símbolo externo, para el (...) inconsciente, el agua impura es un receptáculo del mal, un receptáculo abierto a todos los males; es una sustancia del mal. (Bachelard, 78: 211-212)



Podríamos aventurarnos a decir que Saramago “castiga” al ladrón. Aún cuando la mujer del médico es un personaje que tiene el poder de la visión y, por lo tanto, será la encargada de lavar y salvar a los demás en muchos sentidos, este poder no alcanza para luchar contra el agua mala.

El ejercicio de la limpieza es también una forma de purificación. Después de que los “ciegos malvados” violan a las mujeres, la esposa del médico se da a la tarea de lavarlas.

Quería un cubo o algo que sirviera como tal, quería llenarlo de agua, aunque fétida, aunque podrida, quería lavar a la ciega de los insomnios, limpiarle la sangre propia y la mocada ajena, entregarla purificada a la tierra, si algún sentido tiene aún hablar de purezas de cuerpo en este manicomio en el que vivimos, que las del alma, ya se sabe, no hay quien pueda alcanzarlas. (Saramago, 98: 211-212; las cursivas son mías.)



Aunque el narrador afirme que la limpieza no toca el alma, es un poco eso lo que la mujer del médico desea: los ciegos malvados las han dejado más que sucias. El personaje sufre una transformación después de esta vivencia. Se convierte en la mano vengadora y asesina al líder de sus violadores. De nueva cuenta, ejerce un papel purificador.

La mujer del médico se vuelve también más dura, más valiente; acepta que ve ante todos los ciegos. Su influencia da pie a la lucha abierta contra los ciegos malvados, pero también a que otra mujer tenga el valor para desencadenar el incendio que los sacará del encierro. El fuego también es un elemento que limpia.

Sobre las llamas, los escombros, los muertos y los sobrevivientes cae la primera lluvia que narra el relato. Esta lluvia acompaña a la mujer del médico y su grupo hasta el centro de la ciudad, donde encuentran refugio cuando escampa. Vuelve a llover cuando la mujer camina por las calles con las bolsas llenas de comida, cuando se pierde. La lluvia le trae de regalo al perro de las lágrimas, que la acompañará a partir de ese momento y que salpicará a los ciegos de su grupo:

Agua bendita de la más eficaz, bajada directamente del cielo, aquella rociada ayudó a las piedras a transformarse en personas, mientras la mujer del médico participaba de la metamorfosis abriendo una tras otra las bolsas de plástico. (Saramago, 98: 269-270)



Bachelard afirma que hasta en la gota, el agua ejerce su poder depurativo:

Mediante la purificación se participa en una fuerza fecunda, renovadora, polivalente. La mejor prueba de este íntimo poder es que se mantiene en cada gota de líquido. Son innumerables los textos en los que la purificación aparece como una simple aspersión. (Bachelard, 78: 216)



El rociado de agua de lluvia les devuelve el ánimo a los personajes, pero todavía no han pasado por las purificaciones subsiguientes que les devolverán la vista.

Los ciegos y la vidente continúan por el trayecto que los llevará al paraíso: la casa del médico y su mujer. Es ahí donde beberán su primer vaso de agua pura en mucho tiempo:

Aquí tienes agua, bebe lentamente, lentamente, saboréala, un vaso de agua es una maravilla, (...) Dónde la has encontrado, es agua de lluvia, preguntó el marido, No, es de la cisterna, Y no teníamos un garrafón de agua cuando nos fuimos, preguntó él de nuevo, la mujer exclamó, Sí, es verdad, cómo no se me había ocurrido, (...) no bebas más, esto se lo decía al niño, vamos todos a beber agua pura. Se llevó esta vez el candil y fue a la cocina, volvió con la garrafa, la luz entraba por el plástico y hacía centellear la joya que tenía dentro. Colocó el recipiente en la mesa, fue a por vasos, los mejores que tenían, de cristal finísimo, luego, lentamente, como si estuviese oficiando un rito, los llenó. Al fin, dijo, Bebamos. (...) Cuando posaron los vasos, la chica de las gafas oscuras y el viejo de la venda negra estaban llorando. (Saramago, 98: 315-316)



Las palabras con las que se describe el agua son “maravilla”, “joya”; el agua es una luz preciosa, un don sublime que hace brotar las lágrimas. El agua pura es algo fuera de ese mundo caído, al igual que la limpieza de la casa en la que están —lo último que hizo la mujer del médico antes de salir a tomar la ambulancia fue lavar los platos—. De acuerdo con Bachelard el agua límpida es una fuerza que “irradia pureza” (Bachelard, 78: 218).

La purificación definitiva la reciben esa misma noche con la tercer lluvia. Esta lluvia es “como una inmensa y rumorosa escoba” (Saramago, 98: 317) que barrerá con la impureza de las ropas, de los cuerpos... y del alma. La mujer del médico lo dice: “que no pare esta lluvia, murmuraba mientras buscaba en la cocina jabón, detergentes, estropajos, todo lo que sirviese para limpiar un poco esta suciedad insoportable del alma” (Saramago, 98: 317). Las demás mujeres también se despiertan, son las que lavarán las ropas y los zapatos de todos, las primeras en bañarse. Luego, los hombres.

Este baño rehumanizará por completo a los personajes y, con el tiempo, recuperarán la vista. Bachelard explica:

Uno de los caracteres que debemos relacionar con el sueño de purificación sugerido por el agua límpida es el sueño de renovación sugerido por un agua fresca. Nos sumergimos en el agua para renacer renovados. (Bachelard, 78: 220)



El agua es identificada en muchos mitos como un elemento femenino por excelencia; Saramago lo lleva más allá: la purificación por agua en esta novela tiene además que ver con escobas, jabones, estropajos, elementos domésticos asociados con la labor del ama de casa tradicional. La mujer del médico encarna estos valores.

El gran misterio de la novela no radica en la peste en sí —Saramago parece señalar los motivos de la ceguera en el egoísmo y la mezquindad que reinan en su mundo (y en el nuestro)—, sino en los ojos inmunes de la mujer del médico.

¿Por qué un mundo de ciegos? Para un testigo que ve. Y este testigo no es necesariamente Saramago, ni la mujer del médico, sino el lector mismo.



BIBLIOGRAFÍA

BACHELARD, Gaston. El agua y los sueños. Ensayo sobre la imaginación de la materia. FCE, México, 1978. (Breviarios, 279)

SARAMAGO, José. Ensayo sobre a ceguera. Alfaguara, México, 1998.

jueves, 1 de marzo de 2012

El Chip (mini-ficción)

En el ya lejano año 2000 se comentaba con morbidez entre la gente sobre los chips de computadora que se podían colocar dentro de la cabeza. Ávidos de nuevas sensaciones, mi esposa y yo fuimos a una farmacia a conseguir algo que nos curara del aburrido sadomasoquismo. Encontramos un chip para mujeres que desearan experimentar un embarazo psicológico. Al principio fue divertido escucharla tendida en la cama hablando sola y proponiendo nombres para la criatura mientras yo leía el periódico. Llegó al extremo de tejer chambritas y comprar pequeños camisones. Eso no me preocupó y por seguirle la corriente, dejé de sugerirle que tuviéramos sexo. Lo consulté con un amigo doctor y creyó tranquilizarme diciendo que el efecto duraría a lo mucho un par de meses. Un día ya al borde de la desesperación por los efectos delirantes que le causaban, la tuve que golpear contra un refrigerador y con una ganzúa que le metí en el oído, pude por fin quitarle el chip. Todavía sin recobrar la calma y la serenidad de carácter, la vi desmayada en el suelo por el golpe y con terror contemplé como de entre sus piernas manaba un hilillo de sangre.

martes, 14 de febrero de 2012

NAVEGANTES SOMOS Y EN LA MAR DEL CUENTO ANDAMOS, POR Agustín Monsreal

A pesar de Poe, de Maupassant, de Chejov, y más recientemente de Borges, de Cortázar, de Monterroso, de Julio Torri, de Efrén Hernández, de Arreola, de Inés Arredondo, hay todavía quienes insisten, impecablemente soberbios, en considerar que el cuento es un género menor. Algo así como el hermanito pequeño que todavía no usa, ni usará nunca pantalones largos. O una especie de aprendizaje escolar que se realiza como requisito para alcanzar ese grado superior, esa supuesta mayoría de edad de la escritura que es la novela. Sin embargo, tratándose de géneros literarios, yo no reconozco plusvalías ni minusvalías, grandes ni chicos, buenos ni peores. Cada género tiene sus propias reglas, impone sus propias exigencias, declara sus propias intenciones. Y el escritor elige aquél que juzga o siente que le va a servir mejor para sus fines (dar a cada contenido la forma que se merece). Igual puede taparse el sol con un dedo que con una montaña. O destaparse. O creer que se tapa o que se destapa. Depende. En el último de los casos, bastaría la obra cuentística de Juan Rulfo para demostrar que no hay géneros menores; lo que hay son escritores inferiores, escribanales, escrivanos. Si la novela es un prestigio, el cuento es la esencia de ese prestigio.


Yo tengo para mí que el cuento literario, en tanto acto consagratorio, obra y espejo de la existencia, siempre es verdadero, una parte de la vida que descifra una parte ínfima o grandiosa de la vida a partir de un acontecimiento tan breve e insignificante o tan maravilloso como es la vida misma. El acertar con cuál es esa parte entrañable hace que el cuento posea la rigurosa autenticidad para llamarse literario, para ser una experiencia artística nacida del poder persuasivo y la sabiduría de la imaginación, la sensibilidad y la inteligencia, para crear la realidad siempre igual pero siempre cambiante de las pasiones humanas y los vicios de la sociedad que mueven en su diario acontecer la maquinaria del mundo.

Se ha dicho, con ejemplar fortuna, que el cuento literario es una de las formas más ciertas de la felicidad. Y acaso, también, una de las más vitales y definitivas. Se ha declarado, asimismo, que es memoria y esperanza, palabra y fundamento, exaltación colectiva y deliberación íntima, que es el misterio y la repercusión de un sueño en el tiempo y, a la vez, el tiempo que rescata, redescubre, restituye, nos acerca a la eternidad y nos pone a salvo del olvido. Por eso el ser cuentista, más que un halago, es una dignidad. Soy de los escritores que trabajan toda su vida por un sueño, a sabiendas de que ese sueño ha de durar más que su vida. Establezco la distinción y acepto y vivo la literatura, no como un oficio o una profesión, sino como un destino. Este destino incanjeable, causa suprema del ser y el estar, convierte a quien es tocado por su gracia en un elegido. No en alguien mítico, mejor o superior, simplemente en alguien a quien le es otorgado el privilegio de develar algunos enigmas, ciertos parentescos profundos del instinto y la conciencia, de la sensualidad y el ascetismo, de la pasión y el entendimiento, del tormento y la bienaventuranza, de la verdad y la belleza, de lo temporal y lo eterno. La primera manifestación de este destino, en mí, fue por medio de la seducción primordial, del vigoroso embrujamiento de las palabras.

Si el acto de escribir conlleva un sufrimiento, habría que admitir que se trata de un sufrimiento altivo que se torna, finalmente, gozo inequívoco, gozo genuino que nace de la admiración y el asombro ante las palabras. Quizá uno de los fervores más intensos que nos proporciona la práctica radiante de la escritura sea el de observar a las palabras en el imperio absoluto de su interioridad. Y después la asociación plena y venturosamente decisiva de las palabras entre sí -cómo se enamoran, se acarician, se aman, o cómo se rechazan, cómo se distancian una de la otra, cómo se repudian-, y más después su maridaje con nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestras maneras de mirar y experimentar los azares y los vértigos de la existencia. Quiero creer que las palabras, cada palabra, cualquier palabra tiene un contenido íntimo para cada quien, y que la certidumbre intransferible de este contenido es lo que sustenta la expresión del cuento artístico.

Porque yo no concibo al cuento si no es como obra de arte, un acto creativo que no se atiene a un tiempo medible, ya que la voluntad se expone de frente y, a la vez, dándole la espalda a la realidad concreta, trasgrediéndola para inventarla. Inventar la realidad para percibir en ella posibilidades nuevas, aspectos fugitivos, zonas de sombra, lejanías de nosotros mismos. Inventar la realidad para uno y para los demás, para hacerla propia y de todos. La realidad tal cual no sirve sino como estímulo. Hay que tamizarla y matizarla dentro -digo yo- para que deje de ser objeto y se vuelva sujeto de creación. El episodio anodino, las afrentas vulgares, las tareas irrelevantes adquieren una franca enjundia humana cuando pasan por la criba sensible del escritor, cuando éste trastoca la realidad por medio del fulgor literario, cuando evidencia lo que el ojo común no es capaz de ver, cuando transfigura las cosas y las nombra desde su secreto.

A mi juicio, inventar la realidad es un acto maravilloso, limpio, singular; inventarla y desaparecer, mostrarla sin que el autor imponga ni reprima, sin que esté presente con su carga de egolatría en primer plano. En esto radica la felicidad, en sustraerse a las veleidades protagónicas, en contentarse con el papel de amanuense de lo imaginado. Hay quienes dicen "Por sus cuentos los conoceréis". Yo no comulgo con esta pobre sentencia que aspira a ser el espejo de Narciso. Considero, más bien, que una de las mejores cualidades del hacedor de ficciones es precisamente el no exhibirse, el no dejarse sentir, lograr que las historias y los personajes que las ocupan sean auténticos y verosímiles por sí mismos, y que sean reales a pesar de que en ocasiones lo que ocurre no pertenezca a las parcelas de lo que conocemos como realidad.

Aunque no sé cuándo ni cómo, ni merced a qué insondable designio, aprendí desde mis primeros pasos literarios que en el proceso de la escritura debía tener los ojos del alma abiertos y la conciencia alerta para no confundirme con el deslumbramiento de los espejismos formales ni cegarme o conformarme con el brillo fácil de la apariencia; no maniobrar una vez y otra hasta convertir en un círculo vicioso el probable hallazgo personal; no quedarme hamacado en el trámite engañoso de acopiar recursos estilísticos, técnicos y verbales y mucho menos doblegarme ante la tentación epidérmica de sólo calcar o remedar la realidad, sino adquirir el compromiso indelegable de crearla, de trasmutarla en un suceso portentoso que al no poner límites ni admitir fronteras, se sublima, se trasciende y alboroza la novedad, el prodigio del cuento, que es tan diferente, tan otro, ya que la vida y lo que se escribe son dos cosas distintas.

El cuento es un universo dentro del universo. O mejor todavía, es una amalgama de universos ciertos y magníficos, un torrente estelar de asombros y conjuraciones, un espacio que todo lo es y lo contiene todo, una constancia del tiempo que fluye en la medida que permanece. El cuento literario es la perdurabilidad del instante, ejercicio y ejemplo de infinitud que cada autor asume desde su experiencia y le imprime las resonancias de su voz interna. Cada escritor elige lo que, acorde con su necesidad expresiva, merece ser contado. Y eso que elige, esa situación transparente o compleja, recóndita o a flor de piel, nimia o insólita que cuenta, eso que ocurre, le ocurre a alguien. Y ese alguien es un ser original como cualquiera, como todos. Un ser completo que posee, para bien y para mal, en mayor o menor grado, idénticas virtudes e idénticos defectos que el resto de los mortales.

Se trata, pues, de crear junto con la historia, o por encima de la historia misma, al personaje. No importa -o mejor dicho a mí no me importa- si es un fuera de serie o un canalla adocenado, si es simpático o insípido, víctima del deber o dueño de su suerte y su circunstancia; lo primordial es que, tangible o evanescente, sea un personaje realmente vivo y dispuesto a enfrentar hasta sus últimas consecuencias, aun sin llegar nunca a saberlo, las múltiples posibilidades de sus quehaceres terrenales; un personaje que por la peculiaridad de sus emociones, sentimientos y pensamientos, por su modo de ser y estar inmerso en las vísceras del mundo, resulte puntualmente verídico, íntimamente memorable.

Eso es lo que en fin de cuentas pervive de un cuento una vez que ha salvado el devastador paso de las modas y las épocas: el personaje, el recuerdo imborrable del personaje. Puede uno relegar al rincón último de la memoria, a la ingratitud fiera e impiadosa del abandono, intrincadas vicisitudes, escenas sublimes, conflictos estrujantes, los orígenes atroces y las argucias insaciables de una tragedia que en su momento nos pareció perfecta; pero lo que de ninguna manera podemos dejar de lado, lo que no debemos sepultar jamás en las deslealtades de la amnesia es al personaje; si él se olvida, se olvida también todo lo demás, pues él es el cimiento, el soporte, la orgullo mayor de la arquitectura del cuento literario. Si uno, como autor, no alcanza a crear eficazmente al personaje, cualquier esfuerzo es vano y la mejor dicha un agua siempre fugitiva.

Por ello, una de mis preocupaciones recurrentes es la de acercarme estrechamente a tocar aspectos ineludibles, perennes de la deslumbrante condición humana. Por eso procuro ir más allá y explorar, dentro de las trivialidades de lo ordinario, esas sutiles conmociones que destaquen el acto superficial y lo transformen en una excepción, en un algo que justifique, redima y libere a lo extraordinario. Para lograrlo me sumerjo en los fondos del abismo y trato de descubrir allí lo inmodificable, lo que no cambia así empiecen o culminen eras y civilizaciones: las pasiones humanas, que son la plataforma de todo cuanto los hombres edifican y destruyen en el mundo; las pasiones humanas, que siguen siendo hasta ahora las mismas del principio. Mi propósito es hallarlas y mediante ellas, mediante alguna de ellas, calar en el asunto significativo y trabajar no por acumulación sino por selección; a profundidad, no en extensión.

Este largo, en oportunidades demasiado largo proceso, demanda de mi parte, entre otras cosas, humildad y paciencia. Mas los propósitos nobles no necesariamente construyen cuentos literarios. Hay que responder a innumerables exigencias, bregar mucho para, una vez definidos el tema, el argumento y los personajes, concebir el tono preciso, la voz imprescindible y, en lo particular de cada elemento y en la suma general de éstos, enmadejar el hilo dorado de la congruencia, la cual contiene dentro de su esfera otro linaje de aspectos que no puedo permitirme descuidar o pasar por alto: la estructura, la técnica, el ritmo narrativo, los tiempos centrales y los verbales, las diversas atmósferas, las cadencias del habla, los rigores insoslayables del lenguaje.

En este afán, en esta meticulosidad, quizá, se refleja mi obsesión porque los cuentos respiren y luzcan una muy saludable autonomía, que no estén contaminados entre sí ni por forzadas, indeseables intromisiones autorales, que cada uno responda cabalmente a su intención y disponga de sus instrumentos particulares, ya que el cuento es -o debe ser, según yo- un rompecabezas único y completo, una pieza de ficción certera, con voz propia; una obra breve de gran alcance, un raigón de vida que la facultad del arte valida como acontecimiento humano gigantesco; es, en fin, la consumación de un momento decisivo, el instante perdurable que modifica para siempre una existencia. El conflicto rara vez tiene que ver con un hecho inmediato, o bien ese hecho inmediato sólo desenmascara algo ya emboscado en el personaje: una emoción mal digerida, una tribulación no resuelta, algún tipo de descomposición interna que conspira de pronto ora para aliviar, ora para emperjuiciar todavía más. A lo que asistimos como lectores no es tanto al surgimiento del conflicto cuanto a su llegada a ese punto crítico que obliga a una toma de conciencia y, conforme el carácter y los comportamientos del personaje, a un momento de definición.

El detonante de la crisis puede ser cualquier incidente o cualquier impresión sensible: un despertar, una emancipación, un abandono, una enfermedad, una pasión ingobernable, un cielo nublado, un cambio de casa, un nacimiento, una borrachera. Lo que interesa es lo que está detrás a manera de recuerdo o deseo, de anhelo guardado o reprimido, de esperanza largamente incumplida, y lo que pasa cuando esto se impulsa y rompe la camisa de fuerza que lo sujeta. Así, el personaje escucha en sí mismo las voces de su verdadera naturaleza y se ve empujado a discernir y actuar en consecuencia. Aunque la vida en el orden cotidiano siga siendo igual, en el mundo interno ya se produjo el cambio. Por eso, incursionar en la emoción humana que late en la comarca oculta de un cuento es asistir a un hallazgo, a una revelación. Cuando esta revelación se da, cuando conozco el origen, la cifra del conflicto, sé que ya tengo el personaje, y con él las claves de su historia, sus códigos secretos, lo que configura el plano entero de sus afectos, sus limitaciones, sus dudas, las paradojas de su personalidad, la ignominia y la gloria de sus intemperancias, todo lo que hay en él de transparencia, pero también de oscuridad, de infortunio. Después, el cuento tiene que inaugurar su forma. Y el reto consiste en advertir cuál es la forma precisa de cada cuento. La forma es la que organiza el pensamiento, la que imprime la coherencia indispensable que debe existir entre el conflicto y el modo que el personaje tiene de vivirlo.

En el camino de la escritura, claro está, me es difícil evitar la tentación de ir incorporando algunas inquietudes que encajan con las mías, haciéndome partícipe de alguna contradicción o conspirando en algún triste egoísmo, topando con el ruidero de trastornos insospechados, escudriñando abolengos, escamoteando indiscreciones, acuñando lujurias, voluptuosidades, culpas primigenias, jugando, sonriendo, identificándome con éste o con aquel personaje, espeluznándome o lavándome las manos o poniendo mi corazón a remojar en agua sucia, todo lo cual me va colmando el buche de estruendo y satisfacción, me va marcando con una cicatriz luminosa. Pese a ello, me es preciso conocer y comprender antes de empezar a contar. Cada uno de mis personajes tiene la razón para hacer lo que hace y decir lo que dice. Es el dueño de su razón y de su verdad, y puedo comulgar con ellas o no, pero estoy obligado a respetarlas por sobre todas las cosas. En ocasiones, sus opiniones y sus actitudes me embaucan o me desagradan o me sublevan; no obstante, sé que no debo tratar de enmendarles mínimamente la plana, pues correría el riesgo de restarles legitimidad y, por consiguiente, veracidad. Cuando he cometido esta falta de respeto, he pagado el precio, y el cuento, echado a perder, ha permanecido en el cajón como una piedra pisándome la conciencia.

En mi opinión, el que un personaje sea creíble y aun memorable no depende tanto de sus acciones cuanto de la vehemencia con que exprese y viva las pasiones que le han tocado en suerte, en la medida que manifieste un rasgo, una porción sustantiva de la naturaleza humana. Mi punto de partida, entonces, es un principio elemental: si yo, como individuo, soy único e irrepetible, mis personajes también tienen que serlo. Y si la realidad es tan distinta para cada quien, deben serlo igualmente los fragmentos que la componen, desde una calle hasta un horizonte, desde el vuelo de un pájaro hasta la bravura de un río; un acoplamiento erótico puede ser calificado de extraordinario por los dos amantes, pero ese extraordinario es diferente, en la idea y el sentimiento, para cada uno de ellos.

Tengo que encontrar, pues, qué es aquello que distingue al personaje, cuál es el ideal que lo particulariza, cuál es su desasosiego, el drama básico de su vida, la consistencia de sus valores, qué pasa por su cabeza, por su corazón, por sus sentidos, qué acontece en las mudanzas de su alma. ¿A qué le da importancia un personaje, cuáles son los regocijos, las fobias, las aspiraciones, los prejuicios, las inhibiciones, los esplendores o naderías que conforman sus horas en el mundo? ¿Cuáles de estos materiales voy a utilizar y cómo: explícita o implícitamente, de modo directo o indirecto? ¿En dónde radica el conflicto: en el temperamento del personaje, en su conducta, en sus actitudes, en un pasaje lejano de la infancia, en cuál de sus pasiones? ¿El desorden es íntimo o proviene de algún arrebato exterior? ¿El personaje lo sabe o no; identifica lo que le pasa o no; quiere o tiene a la mano algo para resolver el problema o no? ¿Qué, de todo esto, es prescindible y qué lo estrictamente irrenunciable, lo que habrá de imprimirle valía y precisión, temperatura, consistencia a la historia? Debo responder, en fin, a todas esas complejas o llanas particularidades que conciernen a la más honda intimidad del personaje y que yo, su amanuense literario, no debo nada más describir, sino también y primordialmente trasmitir. Trasmitir y sugerir en vez de sólo describir. Cuando ya conozco todo esto y llevo escrita la primera versión, es cuando empieza el trabajo para lograr la congruencia total de la historia.

Cambian los significantes, no los significados. El concepto casa sigue siendo el mismo desde la cueva primitiva hasta nuestros días; lo que se ha modificado es la forma, no la esencia. Con el hombre sucede igual: cambia su envoltura terrena, las maneras de evidenciar sus apetitos, sus discordias, sus codicias, no así las raíces de su naturaleza. Conocerlas, o intentar conocerlas, es un impulso permanente de la vida. Sin embargo, este proceso de conocimiento, esta pesquisa infinita, no siempre se manifiesta en la conciencia. Si cada realidad -apegada a esa otra realidad concreta que llamamos la realidad- es condicionada y transitoria, donde hay que incursionar es en la esencia del ser, en lo que trasciende lo temporal y se inscribe en lo eterno, en lo que está por encima y más allá del ínfimo lapso individual. Este es el gran desafío que representa, en mi caso, el trabajo del escritor. Porque, si no escribe uno para expresar y tratar de explicarse algo de la condición humana, entonces ¿para qué?

Por eso no me atrae en lo absoluto la narración meramente anecdótica o descriptiva, ya se trate de un cuento de acción o de símbolos, de hechos o de fantasías. Lo descriptivo no me basta, no me entusiasma el qué sino el cómo: no importa de qué color son unos ojos, importa cómo miran, cómo expresan, cómo comunican un júbilo o una arrogancia: trasmitir en vez de describir. El puro describir permite descubrir al autor, y esto, desde mi perspectiva, es una deficiencia. Por otro lado, creo que tampoco basta con decir que los personajes piensan o sienten tal o cual cosa, hay que verlos sentir y pensar. Yo, autor, digo que mi personaje siente un gran dolor, o digo hicimos el amor como locos; no, eso no sirve, eso me muestra a mí, no al personaje. Ese tipo de construcción no pasa de ser un "facilismo". Por tanto, desecho el camino de las copias "fidedignas" y elijo el que conduce, trotecito más lento pero más seguro, al detalle significativo, a la minucia imprescindible. Asimismo, me tiene enteramente sin cuidado el transcribir con fidelidad un paisaje, lo que me propongo es decir lo que ese paisaje representa para el personaje que lo contempla. Me salen sobrando, pues, los decorados, los escenarios de cartón, las atmósferas de ilusionismo, la belleza de tarjeta postal.

Donde yo marco el acento, donde para mí está la gran relevancia, es en la respiración, en el ritmo de la respiración que es el que asigna el ritmo al cuento. Si el personaje está deprimido o alegre, trémulo o eufórico, abatido o exultante, el ritmo de la respiración es diferente en cada caso y me indica el fraseo, la musicalidad, los acordes que requiere cada momento de la historia. La disposición anímica del personaje me dicta el ritmo y me proporciona las contraseñas para la elaboración de la atmósfera, para seleccionar el vocabulario insustituible, para conseguir la armonía y la unidad de todos los elementos que conforman el texto, para procurar que éste sea, en su conjunto, una pieza única. Los ritmos no sólo me sirven para evitar la planitud, la monotonía, el tedio de la repetición machacona, sino que me dan la pauta para calibrar la tensión en la historia. La tensión, que a mi juicio es comparable a una liga que se estira frente a la cara del lector, se logra mediante los ritmos, las cadencias, los tonos distintos, las inflexiones de pensamiento, la expresión genuina y contundente de las emociones, que finalmente son el nervio y el pulso de la narración.

Pienso que este es el motivo de la mínima acción exterior que hay en mis cuentos, ya que privilegio el movimiento interno: me cautiva más lo que ocurre dentro que lo que sucede afuera, la esencia que la circunstancia. Y de ahí, quizá, mi ambición por aproximarme, lo más posible, a la verdad y la belleza, por entramar la emoción de los sentidos y la emoción estética. Las anécdotas de mis cuentos pueden ser muy sencillas, hasta simples, si alguien quiere; no apuesto por la anécdota, sino por lo que late en el fondo, lo que exige hacerse carne. La sustancia. Esto me lleva a convivir largamente con la situación antes de escribirla. Lo que me asedia y me impulsa es captar y trasmitir la parte escondida y prodigiosa que hay en un hecho en apariencia intrascendente, es decir, lo que merece ser contado. Porque historias que contar hay muchas, pero escoger lo que hay de enigma y de perdurabilidad en una historia, la parte representativa o ilustrativa de un destino, ahí radica, para mí, la verdad del cuento literario. Hacer visible lo invisible. Y este arribar al instante de vida que se estrena y se erige para ser plasmado en la escritura, surge de un dispositivo de la sensibilidad (una revelación interna) que apremia los resortes de la imaginación, dispara la fantasía, agudiza los sentidos, diseña y pone en marcha lo más noble de nuestra inteligencia y nos guía por los laberintos del acto creativo hasta su culminación.

Por otro lado, si un cuento carece de misterio, de secretos, nos quita la curiosidad y nos hace sentir un poco tontos, pues el autor todo lo sabe y no nos deja libre ni un resquicio por donde podamos establecer un juego o una complicidad con él. El cuento debe tener sus cuotas de reto, de riesgo para el lector, pero sin emplear trucos ni trampas, y sí en cambio guiños de malicia, astucias que permitan establecer un minucioso duelo de talentos con su probable receptor. En una relación amorosa nos valemos de acciones, pensamientos, palabras para atraer, seducir, conquistar. El cuentista hace otro tanto, respaldado en tres propósitos fundamentales: entretener, conmover e instruir acerca de la condición humana.

Sin embargo, debe uno antes que nada procurar la imparcialidad, o sea, la verdad particular sobre la verdad general, y también la realidad individual en vez de la realidad absoluta. Por ello, creo que es indispensable evitar la intromisión autoral. Las consecuencias de un cuento corresponde sacarlas al lector, él es el que hará, si lo considera útil y necesario y basado en sus principios, los veredictos morales acerca del proceder de los personajes. Yo, como autor, debo renunciar a los juicios de valor propios, renunciar a mi propia idiosincrasia y a mi propia voz en favor de la idiosincrasia y la voz del personaje. Darle a cada cuento su sentido exclusivo, sus características exactas. Por supuesto, hay el escritor que crea la personalidad, la tesitura privativa del relato, y hay también el que emplea siempre el mismo tono y narra invariablemente igual porque tiene un "estilo" definido. Yo prefiero al que sigue la voz de cada cuento, al que opta por imprimir el sello, el estilo unívoco a cada cuento.

En cualquier caso, de lo que se trata es de inventar, y de inventarlo todo, íntegra, morosa y amorosamente, pensando, pesando, midiendo la validez, la autenticidad, la credibilidad, la certeza de cada estructura, cada atmósfera, cada personaje, cada diálogo, dotando a los temas uno a uno de su anécdota inalterable, su espacio y temporalidad, su respiración, su propio vocabulario, amarrando severa, estrictamente cada uno de los elementos que componen el cuento para que no haya la menor fisura, para que el lector no se encuentre de improviso con ningún desamparo, para que transcurra sin tropiezos desde la primera línea hasta el punto final. Inventar cada quien de acuerdo con su sensibilidad, con su imaginación, con su inteligencia. Y con las pasiones que le dañan el alma o lo colman de dicha, todo según el carácter y la voluntad de cada quien, la percepción que cada quien tenga de la vida. Cada escritor realiza lo suyo y ha de sentir la íntima satisfacción -ocasionalmente el silencioso remordimiento- de haberlo llevado a cabo. Cosas intransferibles, entrañables de cada escritor. De los puertos se parte y a los puertos se llega. Navegantes somos y en la mar del cuento andamos. Por lo que a mí respecta, me celebro viejo lobo de amar del cuento literario, que es mi destino incanjeable y mi mejor dignidad.

La definición

No conozco una sola definición de cuento, por convencida o convincente que sea, que admita de manera absoluta y definitiva las prácticamente infinitas formas del cuento como género literario, como modelo artístico. Puede ser que alguna definición afortunada abarque una o hasta muchas expresiones cuentísticas, pero siempre habrá otras, innumerables, que escapen a ella. Arbitraria e insuficiente como todas, ésta que yo hago, extraída de mi propio diccionario, dice así:

Cuento: Padre y señor nuestro de los géneros literarios: En un principio fue el Cuento... Sí; pero, qué es un cuento. Ah, pues un cuento es un acto de amor, es un acto de fe, es una consagración, es un prodigio, es un azar limitado por la eternidad, es una brevedad que encierra el infinito, es una prueba de que existimos, es el sueño de un dios imaginado por un ser ordinario, es un juego a pulso entre dos magos, es un malabarismo con esferas llenas de palabras, es un espejo en el que te ves, es un asilo para cuerdos, es una de las infancias del hombre, es unos labios que se besan por primera vez, es un cielo añil o naranja o nubecido, es un tren que desliza su soledad por entre los nervios de la noche, es la sábana que huele a lo que amamos, es el continente de un cuerpo descubierto apenas, es unos ojos en busca de una lágrima, es un mapa de la muerte, es un perro que ladra no sé dónde, es un deseo convertido en añoranza, es una mirada que anda a ciegas, es una cicatriz cerrada en falso, es la uñita de luna que había sobre mi casa cuando te conocí, es una sopa de lentejas en lo mejor del hambre, es una niña de nueve años colmada de luz lo mismo cuando juega que cuando duerme, es una travesía de la Osa Mayor por la Vía Láctea, es un buque fantasma que toca puerto al mediodía, es una libreta de saldos donde hago la recapitulación de mis pecados, es un mar que agoniza sin haber sabido en su vida lo que es un barco, es una puerta que si la abres te pones a llorar, es un camello que no quiere ni oir hablar de la aguja, es el miedo que le tiene el tiempo a la vejez, es una retina que se desprende por lo más delgado, es un ataúd para dos que no se amaron, es una boca que no pasó por los dientes de leche, es un diablo torpe, es un corazón con los recuerdos contados, es tu mano con mis huellas digitales, es un duelo a muerte entre palomas, es una perplejidad en el alma o lo que es lo mismo una piedra en el zapato, es la almohada donde tu sueño y mi sueño vuelan juntos, es un agua de río que siempre está de paso, es un agua de lluvia que nunca llega a cumplir años, es un reloj que no se para ni a tomar aire ni para ir al baño, es las tres sabidurías juntas en un solo costal, es la fiebre y el fervor de un loco sagrado, es la alucinación de los visionarios, de los santos, de los magos, es el destino perfecto de Dios... El Cuento es, finalmente y en resumidas cuentas, el verdadero principio de todas las cosas, y al contrario de todo lo que principia, es lo que jamás acaba.

domingo, 12 de febrero de 2012

SENSIBLE PÉRDIDA

"LOS MIEMBROS DE HÁPAX POÉTICO NOS UNIMOS A LA PENA DE LA COMUNIDAD CULTURAL DE MÉXICO POR EL LAMENTABLE FALLECIMIENTO DEL PROLÍFICO ESCRITOR; PENSADOR, FILÓSOFO Y CRÍTICO JULIÁN MEZA, SU PÉRDIDA DEJA UN VACÍO EN LA TAREA DEL PENSAMIENTO CRITICO MEXICANO".

jueves, 9 de febrero de 2012

FERNANDO SAVATER en el Periódico EL PAÍS 8 de febrero 2012

DEFECTOS ESPECIALES.



¿Cuál es la diferencia entre un rostro bello y uno realmente atractivo? Pues que el bello omite los defectos y el atractivo los tiene, pero irresistibles. La perfección que respeta todas las normas clásicas merece el encomio gélido del museo, pero cuando la imperfección acierta nos la queremos llevar a casa y vivir con ella y para ella. Se hace admirar lo que cumple las pautas y se hace amar lo que las desafía. Y eso en todos los campos, eróticos o artísticos. Hasta en política…


Desde luego, así ocurre en literatura. Hace pocas semanas, confidencias internas de esas que nunca faltan en los jurados más opacos nos hicieron partícipes de los motivos por los que Tolkien no consiguió en su día el premio Nobel, como tampoco Graham Greene o Lawrence Durrell (por cierto, ese año se lo llevó Ivo Andric, que no era desde luego mal escritor). El presidente de los académicos suecos estableció que la prosa de Tolkien no estaba a la altura de las exigencias del reputado galardón. Probablemente la misma insuficiencia aquejaba a los otros dos escritores ingleses rechazados, por no hablar de Patricia Highsmith o Agatha Christie, que jamás fueron siquiera tomadas en cuenta a la hora de calibrar méritos.


Por lo visto para el académico sueco, de cuyo nombre no quiero acordarme ni me acuerdo, la prosa de los novelistas tiene vida propia: debe cumplir unos determinados requisitos ideales de excelencia, hable de lo que hable. Es como un rebozado, que debe ser crujiente y sin grasa tanto si cubre una gamba como un calamar. Yo puedo entender perfectamente que a alguien no le guste El señor de los anillos, allá cada cual con sus miserias, pero en cambio no comprendo que se desdeñe a Tolkien por su prosa. Vamos a ver, ¿qué prosa debería haber utilizado para contar su historia? ¿Una modelo Proust? ¿O quizá mejor tipo Lezama Lima? Y que conste que tampoco estos autores fueron premiados con el Nobel… Según ese exigente escandinavo ¿qué tono debería haber sido el de Tolkien para que no olvidásemos a Frodo y a Sauron? Porque da la casualidad de que con su prosa defectuosa no se las arregló mal del todo para hacerlos memorables. Pedirle una prosa mejor suena casi a reprocharle que no escribiera un libro peor…


Quizá en el fondo de lo que se acusa a Tolkien (como a Graham Greene y los demás) es de ser demasiado popular. ¡Cuándo sus libros gustan a tantos algo debe ser de baja calidad, por lo menos la prosa! Pero veamos otra prosa nada elevada, en este caso la de un autor más bien recóndito y desconocido del gran público: Raymond Roussel. Acaba de aparecer en castellano una excelente edición de Locus solus (Capitán Swing Libros), su obra principal, enriquecida con los comentarios de sus admiradores: Jean Cocteau, Michel Leiris, Michel Foucault, Gilles Deleuze, etcétera. Uno de ellos, Clément Rosset, habla precisamente del estilo de Roussel: “de una banalidad paradójicamente admirable… no admite en él más que el lugar común conocido y constatado, la expresión gastada y convenida, la palabra absolutamente plana y muda… que va victoriosamente en contra de todo lo aconsejable y recomendable”. Sin embargo, no a pesar de una prosa tan censurable sino precisamente gracias a ella, Locus Solus es uno de los libros más original e imaginativamente literarios del siglo XX. Qué le vamos a hacer, habrá que resignarse a ello…


Desde luego, lo del Nobel es una anécdota que no debe magnificarse. Quienes lo han ganado sin duda lo merecían, aunque otros tampoco hubiesen desentonado en su palmarés: Tolstoi, Proust, Joyce, Kafka, Baroja, Borges… Cada uno con su prosa y sus defectos especiales, que les censuran los académicos y tanto les agradecemos los lectores.

POEMA PARA PAKO PUENTE

Nuevo diente de nuestros huracanes,
sabemos de la sed distante de la vida,
ese significado último que no decae,
que redefine su búsqueda,
el saber constante y apasionado,
ese trueno de guitarras y
gritos en silencio y pensando sus silencios.
Lo por siempre dicho y dispuesto,

Lo que ya no podría estar más claro,
se me envuelve la pupila de tu nombre y ese Federico Ponce,
de tu voz que he paladeado y hace sonidos de oboe
donde no hay
ninguna voz humana que te signifique,
soy yo quien va dando nombre
a las múltiples esencias de tu espacio, de tu rostro, de tu existir,
cuántas veces le has dado lecciones
de humildad a mis soberbias y aunque ya van cerca de dos años,
poco a poco voy cayendo en la cuenta de esa vieja sabiduría
que desde siempre había existido en mí, en el estribillo
de nuestro discurrir y búsquedas en la neblina de las cantinas
y ¿por qué no decirlo?
De algunas buenas músicas dormidas que traemos por ahí:

Soy yo todo esto diciéndote que vientos, que qué va por tu mujer y por ti.

miércoles, 1 de febrero de 2012

LOS PRESOS (CUENTO PREMIADO)


Por Marcos García Caballero

A Joaquín Castro.


Para estar boca arriba en el camastro de la celda, Martín giró la espalda y tomó su plato del suelo. Había dormido durante todo el medio día y la tarde a pierna suelta, soñando que manejaba su Ford por la recta de una carretera junto a su guapa ex mujer, y que habían especulado con interés y todavía con gran pasión entre los dos, sobre cuál sería la causa de que las montañas a lo lejos tomaran un pigmento azuloso o francamente gris, incluso un poco más gris que el patio de la cárcel que, solamente por algo ambiguo que podríamos llamar “suerte”, hoy no había tenido el infortunio ni la rutina odiosa de contemplar.

El día anterior, del que ahora sólo se asomaba el cansancio aún a pesar del sueño, había trabajado sus ocho horas obligatorias en los talleres del presidio haciendo tornillos y sus compañeros, la mayoría desconocidos de los que no le importaba ni sus nombres ni sus motivos de reclusión, al saber la noticia, se habían despedido de él mostrándole una solidaridad sobre la que no deseaba cuestionarse si era efectivamente sincera o sólo un modo de mostrarla solemnemente en ocasiones como ésta; tal vez él hubiera actuado de la misma manera y no le habría importado nada, de hecho la noticia lo había hecho verse a sí mismo como si fuera otra persona, con una suerte menos irrevocable, menos inmediata, cuestión muy difícil de imaginar en otras circunstancias, pero que era el comienzo de lo que no había asimilado totalmente, pues verse como otro, soñar que otro es el que correrá con esa suerte, es lo que indudablemente al principio, elabora en soledad el condenado a la silla eléctrica.

Si no hubiera sido por el hambre, no se hubiera despertado del camastro y habría dejado pasar el tiempo hasta que se apagara la luz de las celdas y vinieran a buscarlo, pero recapacitó y se dijo que comer un plato de frijoles alumbrado por luz eléctrica era mejor a aceptar llanamente la muerte y seguir durmiendo tan tranquilo como si nada fuera a ocurrirle. Se sentó sobre el catre, notando inmediatamente el cambio de temperatura de su cuerpo y recordó la dulzura de su madre, a la que imaginó bajo la luz que se estampaba sobre la pared que lo dividía de la celda contigua. La imagen estaba ahí y se esforzó por no olvidarla, aunque por momentos se convertía en la del sueño, la de su ex esposa mirando a lo lejos las montañas azules y hablándole con el tono que suelen hablar los recuerdos felices de hace muchos años, en caso de que los haya.

Al escuchar el sonido de la cuchara raspando el plato, Saúl entendió que su vecino de celda había despertado y, a pesar de que el tema había sido motivo de muchas pláticas anteriores, sintió deseos de hablar con su amigo por última vez y, mediante un susurro que en realidad deseaba gritar, preguntó con vergüenza:

—¿Martín?

Aquél seguía comiendo y contemplando la imagen de su madre y su ex esposa subida en el Ford alejándose por la carretera, hasta que en sus muelas empapadas de caldo frío descubrió con dolor una piedra insignificante. Con una sonrisa miró al vacío y dijo:

—¿Qué quieres?

A Saúl se le iluminó el rostro al escuchar las palabras de Martín. Se arrastró por el piso hasta la pared que separaba las celdas y pegó su cara en los barrotes. Abrió la boca pero se dio cuenta que francamente, no tenía nada que decir y trató de disculparse diciendo después de aquél silencio:

—Martín, oye, mira amigo, lo siento, de verdad...

Martín oyó ese farfullar de palabras de poco peso mirando su plato de frijoles y con cierto hartazgo, sólo atinó a decir:

—A ver, ¿qué cosa?

—Bueno, ya sabes, este... sólo quería decirte... ¡sólo quería decirte lo que ya sabes! No sé qué decir a parte de todo lo que ya hemos hablado.

Saúl sacó la mano por entre los barrotes y dijo en ese mismo balbuceante tono:

—Dame la mano, amigo.

Martín vio la mano, se bajó de la cama y se acercó a gatas a la pared que los dividía donde podía tomar la mano temblorosa que se le ofrecía, estuvo a punto de soltar el plato de frijoles pero dijo:

—Mira, ¡qué bueno que me das la mano! ¡En este momento necesito una mano, alguien a quien darle algo como recuerdo de mi vida, algo que haga que nadie en este pinche mundo me olvide! Déjame darte este regalo...

Del otro lado de la celda, Saúl puso cara de extrañamiento, se le arrugó la piel en medio de las cejas, dobló las piernas cruzándolas una sobre la otra y tomó el regalo que le daba Martín. Regresó su mano y adentro de su celda abrió el puño, donde descubrió la piedra que Martín había encontrado en el plato de frijoles. Escuchó que éste soltaba una risita y dijo:

—Pinche Martín...

—Bueno —aseguró Martín—, es la hora de la verdad ¿no?

Del otro lado de la pared no se escuchó voz alguna y Martín de pronto se sumió en la tristeza, porque de verdad era triste el silencio antes de la muerte, era como un estúpido presagio que no trae ya nada más que la pesadez y el fracaso de la ilusión humana. Se puso el plato de frijoles entre las piernas y dijo:

—Saúl, hermano del alma, mi único amigo desde mi llegada a este asqueroso lugar, antes de que vengan por mí y me veas partir tenemos que rematar... (se arrepintió de esta palabra y dijo riendo): bueno, olvídalo, tenemos que jugar la última partida, la partida definitiva... y si quieres mientras tanto platicamos de lo que quieras.

Saúl sabía perfectamente a lo que se refería Martín y se emocionó mientras corría por su descuidado lápiz con el que algunas veces se entretenía haciendo dibujos. Puso la punta sobre el suelo y dijo con orgullo:

—Mira Martín, no tengo que decírtelo, escoge tú.

Del otro lado de la celda, Martín dijo con la boca llena de frijoles:

—Pues por esta vez creo que me tocan las negras ¿no? —Y se echó a reír de nuevo.

Saúl garabateó con su lápiz en el piso un bosquejo de tablero y dijo entusiasmado:

—Me parece buena idea: Peón cuatro Dama.

—Bueno... pues Caballo tres Alfil Rey— contestó Martín, dejando el plato a un lado y se golpeó con la cuchara en la cabeza recordando aquella imagen de su tierna madre y la de su ex esposa.

Saúl dibujó en su tablero el próximo movimiento suyo y dijo:

—Alfil Dama cuatro Rey.

—Tu acostumbrada salida ¿eh? —dijo Martín, golpeándose de nuevo la cabeza al recordar el viento fresco y tonificante de la carretera soñada—, Peón cuatro Dama.

—Peón tres Alfil Dama —contestó Saúl.

—Peón tres Rey.

—Caballo tres Torre Dama.

—Pues ante tan suculenta oferta me lo como: Alfil por Caballo.

Saúl trataba de dibujar lo más rápido posible para que Martín no se diera cuenta que hacía trampa y dijo al fin:

—Peón por Alfil.

—Esto se pone interesante —dijo Martín—, enroque corto.

—Peón tres Rey —contestó Saúl inmediatamente.

—Dama dos Rey— dijo Martín chupando la cuchara de nuevo.

—¿Qué traes contra mi pobre Peón? —dijo Saúl con un chillido para que Martín no escuchara las rayaduras de su lápiz en el piso—, Dama tres Dama.

—Así es el Ajedrez —dijo Martín cerrando los ojos para concentrarse—, Caballo cuatro Torre Rey.

—Caballo tres Alfil Rey.

—Pues Caballo por Alfil.

—Peón por Caballo —dijo Saúl perdiéndose cada vez más, hasta que preguntó donde había dejado su Dama.

—Tu Dama no sé donde esté, pero te aseguro que muy lejos de aquí... y la que estás buscando está todavía más lejos: en el fondo de tu pinche imaginación —dijo Martín antes de recordarle que estaba en la tercera casilla de su propia columna y agregando:

—Dama por Peón.

—Caballo cinco Caballo Rey —dijo Saúl, imaginando que era una gran jugada.

—Peón tres Caballo Rey —Escuchó Saúl del otro lado de la pared, observando en el suelo cómo su gran ataque se iba desmoronando.

—Alfil dos Rey —dijo.

—Peón tres Caballo Dama —volvió a escuchar.

—Alfil cinco Torre Rey —dijo con desesperación y escuchó de nuevo la cuchara raspando el plato y la voz de Martín que decía:

—Dama siete Caballo Dama.

—Enroque corto —dijo Saúl conteniendo las ganas de gritar al garabatear su jugada, camuflando el ruido del lápiz con un chiflido.

De inmediato escuchó la voz exaltada de Martín que decía: —¡No huyas maldito cobarde! ¡Alfil tres Torre Dama! Y la consecuente risita que con el silencio de Saúl, Martín disfrutó aún más.

Humillado, Saúl dijo: —Torre Rey uno Caballo Dama.

Del otro lado de la celda, Martín tomó de nuevo el plato de frijoles para inspirarse en la próxima jugada, ya que, por lo menos, él pensaba que era la jugada que valía la partida. Dejó pasar un rato, volvió a comer y entre sus quijadas descubrió otra piedra en los frijoles, entonces maldijo en silencio a los cocineros de la prisión y aventó la piedra a la pared donde veía aparecer y desaparecer a las únicas mujeres de su vida, que nosotros sabemos ya bien quienes son. Las protestas de Saúl no se hicieron esperar, pero Martín respondió que era una jugada importante y que lo dejara meditar.

—A propósito —dijo— ¿Cómo van tus dibujos? Hace tiempo que no me cuentas nada sobre ellos.

Del otro lado, la voz de Saúl reclamó que volvieran al juego.

—Tú lo has dicho —dijo Martín observando ahora hacia la luz eléctrica del techo— Alfil por Dama.

—Torre por Dama—, escuchó que decía la voz de Saúl.

—Peón por Alfil —dijo Martín rápidamente.

—Torre uno Dama —Dijo Saúl.

—Alfil cuatro Alfil Rey.

—Peón tres Alfil Rey.

—Rey dos Caballo.

—Caballo tres Torre Rey.

—Rey tres Alfil.

—Caballo cinco Caballo Rey —dijo la voz de Saúl cada vez más angustiada.

—Pues Peón tres Torre Rey, gracias a tu insistencia —dijo Martín con serenidad.

—Pues ya qué —dijo Saúl—, Caballo tres Torre Rey.

—Ya ves como soy —dijo Martín—, me lo como: Alfil por Caballo. Supongo que irás a Peón por Alfil ¿no es así?

—Pues yo creo sí —dijo Saúl con desánimo.

—Entonces para agilizar las cosas ahí te va: Rey cuatro Alfil.

Saúl se equivocó y quiso hacer una jugada con la Dama que ya no tenía. Martín le contestó que le hacía una sugerencia: Rey uno Torre para evitar el jaque. Saúl estaba tan perdido a esas alturas que no le quedó más remedio que aceptar, ya que el peón era insalvable.

—Pues Rey por Peón —dijo Martín metiéndose un frijol seco a la boca imaginando que no era un simple frijol sino otra cosa, un manjar más apetitoso como una fruta, una uva tal vez... ¡pero él cómo lo podía imaginar! Estaba condenado a muerte y esas cosas no se piensan en la víspera, tenía la oportunidad de imaginar una rica y suculenta uva jugosa morada, imaginar que la apachurraba y veía salir el jugo; tenía esas y muchas otras opciones, pero mientras le caía por la garganta el frijol previamente masticado, siguió pensando que era un frijol seco y nada más.

Del otro lado de la celda, Saúl hacía enormes esfuerzos por no perder el hilo de la partida, aunque sabía que a estas alturas iba perdiendo posición. Le quedaba un dejo de malicia lo suficientemente fuerte para vencer a su amigo aún en el día que iba a ser ejecutado. En el fondo no quería, por supuesto, la muerte de su amigo, pero sabía que el hecho daría mucho de qué hablar en el patio con los demás presos y eso, en verdad, era demasiado importante en esas circunstancias.

—Torre tres Dama —dijo—, pensando en proteger al Peón que iba detrás del otro recién perdido.

—Torre uno Caballo Rey —contestó Martín.

—Torre cuatro Caballo Dama.

—Caballo dos Dama.

—Peón cuatro Alfil Dama.

—Me extraña que siendo araña te subas por el elevador —dijo Martín—, Peón cuatro Torre Dama.

Tratando de abrirse paso, Saúl contestó: —Torre cinco Caballo Dama.

—Sabes —dijo Martín— por eso es que me gusta la frase: ¡No pasarán! ¡Ni ahora ni nunca esas pinches torres! Pero ahí te va otro regalito para que te rompas la cabeza: Peón tres Alfil Dama.

Con las manos en la frente primero, y luego tapándose la boca, Saúl exclamó:

—No me queda de otra mas que Torre dos Caballo Dama.

—Ya vas comprendiendo compadre —dijo Martín contando los frijoles que le quedaban en el plato: eran veinte aproximadamente y dijo en el mismo tono: —Peón por Peón.

—Torre tres Alfil Dama —exclamó Saúl sintiendo de nuevo la angustia.

—Eso entonces: Peón cuatro Caballo Dama y... ¡ahí te voy! —gritó Martín.

—Torre dos Caballo Rey —dijo Saúl cerrando un ojo. Ya sabía cual era la respuesta antes de hacer la jugada y ahora su angustia fue un poco convirtiéndose en furia cuando escuchó:

—Pues me la como: Torre por Torre y tu vas a Rey por Torre por fuerza, así que ahí voy de nuevo:

—Peón cuatro Rey.

No le quedaba mas que el humillante Peón por Peón y eso hizo.

Martín continuó bajando el número de frijoles del plato y Saúl escuchaba el maldito ruido de la cuchara cada vez con más odio y empezó a cuestionarse si en verdad le importaba o no la muerte de su amigo, que más pronto que nada dijo:

—Pues me lo como: Caballo por Peón.

—Rey dos Alfil.

—Torre uno Rey.

—¿Ya qué hago maldita sea! —chilló Saúl—, Peón tres Torre Rey.

—Tienes muchas cosas que hacer, sólo piensa amigo —dijo Martín pegándose de nuevo con la cuchara en la cabeza y riendo—, no creas que todo está perdido, déjame ayudarte: Caballo seis Dama y jaque.

—Rey dos Caballo —dijo Saúl sintiendo la derrota.

—Torre siete Rey y jaque, —balbuceó Martín y probó una cucharada más de frijoles aunque, por supuesto, no le supieron precisamente a gloria.

Del otro lado, Saúl no quería admitir la derrota y no pensaba rendirse con facilidad. Mientras pensaba con su lápiz cuál sería la mejor jugada para escaparse de aquella emboscada, comenzaron a sonar varias pisadas aproximándose sobre el corredor de la cárcel y al escucharlas, Martín apresuró las cucharadas de frijoles fríos y se quedó con ganas de comer más, de aferrarse a la vida por el alimento, tal vez sin imaginar, o mejor dicho, sin poder imaginar que esa sería la última comida que habría de tocarle. Con algo de histeria y desesperación que pensó que jamás le afloraría desde que supo la noticia, le gritó a Saúl:

—Apúrate mi hermano, que ya me voy, me voy...

A esas alturas, Saúl ya estaba pensando lo bien que se lo pasarían mañana a la hora de salir al patio él y los demás presos al comentar la muerte de Martín y por eso dejó que se acercaran más aquellas pisadas, pero luego volvió a pensar en su amigo y le dio rabia, rabia por su muerte y rabia por su derrota en éste que era el único deporte que esporádicamente compartían. Abatido, nervioso, dijo casi al azar:

—Rey uno Alfil.

—¡Rey por Peón! —gritó histéricamente Martín sintiendo que le abrían el telón de la muerte y que, aunque estaba perdiendo la calma evidentemente, no quería dejar escapar la visión que tenía del tablero y la imagen de las dos mujeres de su vida, que ahora las imaginaba juntas manejando su Ford y despidiéndose de él por la recta de la carretera. Aunque era el momento ideal para pensar en qué había hecho durante toda su vida, reflexionar o recordar un momento alegre y feliz, como las discusiones sobre por qué las montañas eran azules a lo lejos junto a su ex esposa, le dio rabia sentir que las dos se fueran en su viejo Ford y lo dejaran varado en medio de la nada. Pensando en todo esto volvió a decir:

—Saúl, Saúl, te lo ruego, tira por favor... ¡por favor...!

Cuando Saúl dijo su tirada, que era una jugada imposible (Peón cuatro Torre Rey porque ya estaba otro Peón en esa posición), los tres oficiales y un cura estaban ya frente a la celda de Martín y Saúl comenzó a llorar. Lloraba porque se sentía confundido, porque había perdido, en efecto, y porque iba a despedirse de su amigo de esta forma tan amarga, y también lloró porque el día de mañana, cuando la celda de al lado estuviera vacía después de llegar al patio, lo único que le quedaría en realidad sería un mal sabor de boca, un mal sabor en la boca, precisamente, como cuando se muerde una piedra en medio de un plato de frijoles y esa piedra era, lo único que su mejor amigo había querido regalarle.

Los oficiales sacaron a Martín de la celda y lo esposaron, el cura le susurró un par de palabras al oído y antes de que se lo llevaran a la silla eléctrica, Martín pidió que le dejaran ver el rostro de su amigo. Se paró encorvado frente a los barrotes de la celda de Saúl, lo vio llorando y le dijo:

—Bueno, camarada, aquí termina esta triste historia: Torre ocho Rey y jaque mate —dijo ensombrecido, casi abatido por su propio orgullo que poco a poco lo iba abandonando.

Saúl lo miró unos segundos y después bajó la cabeza, en un gesto de sumisión y superioridad a la vez, casi metiéndola entre sus piernas cruzadas sobre el piso. Rompió el lápiz a la mitad y después tomó la piedrita que Martín acababa de regalarle y se la mostró:

—Por fin...—dijo—, por fin has hecho una metáfora en tu vida, esta piedrita lo atestigua...

Martín sonrió amargamente diciendo con las manos esposadas tras la espalda y encogiéndose de hombros:

—Pues sí, tal vez tengas razón, por cierto, ¿no sabes por qué a la distancia las montañas se ven azules?

—Es sólo una ilusión óptica, estúpido —dijo Saúl bebiéndose sus lágrimas.

—Creí que era otra cosa —dijo Martín con calculada inocencia y mirando hacia el pasillo por donde ya salían algunas manos que empezaban a aplaudir en señal de solidaridad.

—Tal vez querías hacer una metáfora —dijo Saúl.

—Quizá tienes razón pero bueno, tú eres la única persona que he matado y que sigue con vida con esto del ajedrez mental ¿a poco no? Mi madre y mi ex esposa no corrieron con la misma suerte —dijo Martín mientras se lo llevaban los oficiales por el pasillo y las palmadas de las otras celdas comenzaban a sonar cada vez más fuerte.

lunes, 30 de enero de 2012

LA BOMBA POLÍTICA DE TIEMPO

De cada 100 adolescentes internados en un centro para menores infractores, 14 ingresan, en más de una ocasión al año, por reincidir en alguna conducta delictiva.


La Encuesta Nacional de Gobierno 2010 Poder Ejecutivo Estatal (ENGPEE 10), del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), revela que del 1 de enero al 31 de diciembre de 2009 fueron recluidos 12 mil 404 adolescentes en alguna institución para menores infractores del país. De ellos, mil 681 fueron internados más de una vez en el mismo año.

En 2005 se reformó el artículo 18 constitucional, para implementar un sistema integral de justicia penal para quienes cometieran un delito y tuvieran entre 12 años y menos de 18 años de edad.

De acuerdo con el texto constitucional, el internamiento de los menores sólo debe utilizarse “como medida extrema y por el tiempo más breve que proceda (…) únicamente a los adolescentes mayores de 14 años, por la comisión de conductas antisociales calificadas como graves”.

Con ello se buscó, entre otras cosas, un sistema que procurara la recuperación y reinserción de los menores en la sociedad pero, a pesar de todo, un número importante vuelve a cometer otro delito.

Los casos de reincidencia más preocupantes se ubican en Baja California, Sonora, Nuevo León y el Distrito Federal. En Baja California, 24 de cada 100 menores infractores son reincidentes; en Sonora, 22 de cada 100; en Nuevo León, 19 de cada 100, y en el Distrito Federal, 16 de cada 100.

Por otra parte, 17% de los adolescentes internados por delitos patrimoniales —daño en propiedad ajena, fraude, abuso de confianza, despojo, entre otros— ya había estado en un centro de reclusión por cometer la misma falta u otras distintas.

En la misma situación está 15% de los internados por delitos del fuero federal; 13% de quienes robaron algún bien; 9% de quienes atentaron contra la integridad de una persona, y 7% de quienes cometieron un homicidio.

Los jóvenes que privaron de la libertad a alguna persona o que cometieron un delito de tipo sexual presentan los casos de reincidencia más bajos: 6% y 4%, respectivamente.

Lo más preocupante es que para muchos menores significa el inicio de una carrera delictiva. Una encuesta, realizada en 2009 por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) a la población adulta reclusa en el Distrito Federal y el Estado de México, reportó que 7.4% de los sentenciados ya había estado internado en alguna institución para jóvenes infractores.

Robo, el principal delito

La principal falta que cometen los menores infractores es el robo: casi cuatro de cada 10 adolescentes que ingresan a un centro de internamiento lo hacen por esta conducta. Le siguen delitos contra el patrimonio, con 28.1%, y delitos del fuero federal, con 20%.

De acuerdo con la ENGPEE 10, en 2009 fueron internados 2 mil 476 adolescentes por delitos del fuero federal, aunque no se especifica el tipo de falta que cometieron.

Sin embargo, los anuarios estadísticos estatales de esta encuesta indican que mil 59 adolescentes fueron remitidos a centros en ese año por cometer algún delito contra la salud, de los cuáles 735 fueron internados.

Al cruzar esta información en la ENGPEE 10, se deduce que aproximadamente uno de cada tres adolescentes internados por un delito federal tuvo que ver con posesión, consumo o comercio de drogas.

El resto de los menores están recluidos por homicidio (5.3%), delitos sexuales (5%), lesiones (3.3%) y privación ilegal de la libertad (1.1%).


Encuentran la muerte

El futuro de muchos menores, sobre todo aquellos relacionados con las bandas del crimen organizado, es aún más aterrador. Algunos son cooptados y adiestrados por organizaciones criminales para cometer las peores atrocidades contra integrantes de los grupos contrarios. Tal es el caso de Édgar, un muchacho de 14 años identificado por las autoridades como El Ponchis, quien fue reclutado por el cártel del Pacífico Sur para torturar y asesinar brutalmente a sus rivales.

Pero otros más forman parte de las estadísticas de los asesinados por estas rivalidades. La Base de Datos de Presuntos Homicidios Relacionados con la Delincuencia Organizada indica que entre 2007 y 2010 fueron ejecutadas 30 mil 858 personas, de las cuales 7.3% tenía menos de 20 años.

En cuatro años han sido ejecutados 312 menores de 15 años, y mil 953 jóvenes de 16 a 20 años, cifra que puede ser superior, ya que no se determina la edad de 43.6% de las víctimas.

Los estados que reportan el mayor número de ejecuciones de menores de 20 años por presunta rivalidad delincuencial son Chihuahua, con 911 asesinados; Sinaloa, con 333; Guerrero, con 141; Durango, con 140; Michoacán, con 94, y Baja California, con 81.

Las ejecuciones reportadas en esta base de datos son aquellas que, por sus características, se presume que víctima, victimario o ambos pertenecen a una organización criminal.

A simple vista se les ve cansados, permanecen sentados en su lugar durante largas jornadas de trabajo y con la mirada intranquila, se notan nerviosos e inseguros, son retraídos y prefieren la soledad durante el horario laboral; se irritan y distraen fácilmente o quizá se muestren violentos ante la menor alteración, presentan sudoración constante en manos, cara y cuerpo, así como dolores frecuentes; ellos son víctimas de Burnout o desgaste ocupacional, es decir, estrés laboral.

En la ciudad de México los niveles de estrés laboral a los que se someten principalmente las personas entre 25 y 40 años de edad son un factor de riesgo que se ha convertido en un problema de salud pública.

Deterioro físico y emocional del trabajador, pérdidas económicas para las empresas y un posible colapso para las instituciones de salud son los riesgos ante este tipo de estrés.

De acuerdo con el estudio de Desarrollo de la Escala Mexicana de Desgaste Ocupacional (Emedo) para medir Burnout o desgaste ocupacional, realizado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) a 510 personas de entre 24 a 33 años de edad, los resultados muestran que 100% de quienes se sometieron a la prueba presentan algún nivel de estrés, aunque 60% ya presentaba niveles altos y trastornos físicos.

De la muestra, 45% laboran en la iniciativa privada, 36% en el sector público y 20% de manera independiente.

Jesús Felipe Uribe Prado, investigador y académico de la Facultad de Psicología de la UNAM, explicó que los trastornos o síntomas del estrés pueden afectar, con el tiempo, el ritmo de vida de la gente, la disminución de desempeño laboral, el agotamiento emocional y los sentimientos de incapacidad, aunados a una serie de malestares físicos que desembocan en enfermedades como depresión, asma, hipertensión, dolores, impotencia sexual, infartos, diabetes e incluso algunas adicciones como alcoholismo y tabaquismo. “El estrés es uno de los principales detonantes de enfermedades”, dijo.

El Burnout o desgaste ocupacional se compone de tres elementos: agotamiento emocional y físico, baja productividad laboral y despersonalización, es decir, irritabilidad, actitudes negativas y frías a clientes, pacientes o alumnos, según sea el caso.

Los resultados negativos son para el sujeto que lo sufre y para la organización donde trabaja. Para el primero, las alteraciones son físicas y emocionales; para la empresa, el deterioro se manifiesta en la calidad del servicio que brinda el trabajador, ausentismo y desempeño que lo obliga a renunciar o a que lo liquiden.

Este problema no distingue el puesto que desempeña el trabajador, se da en todos los niveles, desde puestos operativos, medios y ejecutivos. “Los niveles de estrés que presentan los trabajadores que habitan en el DF son altos; muy similares a los de otros países y se presentan principalmente en gente joven. Es este grupo el que más se somete a estrés, pero el impacto o la factura será cobrada cuando la persona tenga más de 40 años”, aseguró el especialista.

Estrés, un círculo vicioso

María de la Soledad Escamilla, responsable del programa de Salud Mental de la Secretaría de Salud del DF, definió el estrés como un estado de tensión cuyas causas son: constantes exigencia del jefe y el compromiso que tiene el empleado con su labor, la percepción de que no hay recursos materiales suficientes, se percibe una amenaza de perder su empleo, horarios extendidos de más de ocho horas y no saber poner límites a las exigencias, es decir, comprometerse a algo que sale de sus posibilidades cumplir.

“El estrés laboral se va convirtiendo en un estado de intolerancia que impacta al área del conocimiento y provoca bajos niveles de atención, por lo tanto no hay concentración y se convierte en un círculo vicioso”.

La especialista explicó que existe un estrés positivo, aquel que nos mueve a hacer lo que nos gusta y se llama eustrés, mientras que el distrés es del tipo negativo; este último puede afectar la salud de quien lo padece, por ejemplo, a nivel físico ocasiona trastornos de sueño porque en el horario que deberían utilizar en dormir permanece despierto y al no tener un sueño reparador el organismo continúa trabajando.

“Si una persona no duerme lo suficiente al día siguiente se levanta cansado y de mal humor, se va a trabajar ya agotado y aunado a otros factores como la saturación del transporte público, el tiempo de traslado y el tráfico vehicular, el nivel de estrés va en aumento”, señala la funcionaria.

“Es común encontrar gente peleando en el Metro o autobús porque alguien más apenas lo rozó, no es que el acto haya provocado la ira de la personas, es el cúmulo de estrés que explota con esa acción. Igual, vemos a diario gente molesta tocando el claxon de su auto cuando no existe posibilidad de avanzar, esos son signos de estrés”.

Aunque cualquier persona puede padecerlo, las mujeres son más propensas que los hombres a sufrirlo, ya que además de trabajar, tienen por consenso social roles que cumplir como ser madre, esposa, ama de casa y todo lo que ello implica; además, interfiere el factor hormonal y con ello el incremento de tensión y los niveles de estrés.



Prevención

Entre las medidas para prevenir y disminuir los niveles de estrés laboral está la implementación de programas de interacción para que el empleado se relaje y tenga menos fatiga, más horas de esparcimiento y recreación, hacer ejercicio y alimentación adecuada.

“Recomiendo permanecer hasta 40 minutos sentado frente a la computadora o trabajando, luego de ese tiempo cambiar de actividad al menos durante 10 minutos. El empleado se puede poner de pie, cambiar de postura, despejarse y respirar profundamente, de esta forma el rendimiento es mayor, ya que después de 40 minutos de concentración en una actividad el cerebro deja de retener toda la información y es más probable que se olvide a corto plazo”.

En los centros de salud del DF se brinda atención a quienes tienen estrés y otros padecimientos de salud mental mediante contención de crisis, análisis, diagnóstico y canalización con médicos especialistas, si es necesario.

María de la Soledad Escamilla advierte que debido al ritmo de vida y los altos niveles de tensión a los que está sometida la gente, así como a los cada vez más recurrentes problemas de salud derivados de ello, el estrés se ha convertido en una amenaza para el sector salud, por lo que la prevención resulta un factor fundamental para evitar complicaciones médicas de las personas y un colapso en las instituciones.

En febrero pasado entró en vigor la Ley de Salud Mental del Distrito Federal, con ella por primera vez se establece un marco legal para abordar asuntos como la integración a la comunidad de personas con trastornos mentales, prestación de atención de calidad, accesibilidad a dichos cuidados y protección de los derechos civiles, explicó la diputada perredista Maricela Contreras, presidenta de la Comisión de Salud de la Asamblea Legislativa.

“Esta Ley tiene como base incorporar la atención de salud mental en los programas de salud pública con enfoque preventivo y al primer nivel de atención, garantizar la disponibilidad de recursos para la atención, establecer una organización de los servicios de salud mental para contar con psiquiatras, enfermeras, sicólogos y trabajadores sociales, así como ofrecer atención especializada, desarrollar una política desde una perspectiva de derechos humanos, donde se erradique la discriminación y violaciones a los derechos de las personas con algún trastorno", entre otros.

En la ley se estable la creación de una línea telefónica y una página electrónica para brindar orientación y canalizar a personas con algún trastorno y se etiquetó 5% del presupuesto en salud para la atención de estos problemas, pero a siete meses de que entró en vigor la norma, no existe teléfono ni portal ex profeso al respecto.

LA CAPITAL, APOTEOSIS JUVENIL...

Entrevista con Iván Ríos Gascón a propósito de su reciente novela Luz estéril, 2003.


Marcos García 1.-Iván, primero, gracias por conceder esta entrevista, de tu novela Luz estéril, ¿qué dirías como primer acercamiento a cualquiera sobre tu trabajo, cómo invitarías a la gente a leer la novela?

R: Básicamente, la invitación a la lectura de un libro, desciende de la propuesta narrativa. Luz estéril es una novela urbana, cuyos personajes poseen una dimensión muy peculiar: ellos son criaturas que, en apariencia, viven desaforadamente. Son hedonistas, son misántropos –a su manera–, son nihilistas, son perversos, son grotescos: en suma, aspiran a la condición del ser excepcional, aunque la verdad es que representan todo lo contrario, ya que, en realidad, sus existencias son vacías, frías, simples y aburridas, por más que intenten huir del lugar común. Entonces, a partir de estos elementos, la novela comienza a desentrañar sus naturalezas, y el relato cobra fuerza a través de las tentaciones, los complejos y las debilidades de sus personajes. En Luz estéril, los personajes brillan mucho más que el relato en sí, y eso me parece lo mejor del libro. Ahora bien, creo que si existe otra cualidad, si podemos llamarla así, para exhortar a su lectura, ésta sería la del lenguaje: en toda la novela existe una búsqueda constante de la poesía de lo cotidiano, de lo aparentemente efímero o convulso.



Marcos García 2.- Cuando nos conocimos allá por 1995, tú trabajabas en el suplemento cultural el búho de Excélsior, ¿cómo resumirías esa iniciática experiencia de cerca de 10 años en el periodismo cultural al lado de gente como René Avilés Fabila?



R: Lo mejor de los años en Excélsior, fue la experiencia que adquirí en el periodismo cultural, tanto como editor como articulista. Mi carrera como escritor tiene poco o nada qué ver con el suplemento, porque como narrador, podría decirte que soy autodidacta. Yo jamás he formado parte de talleres literarios, ni mucho menos de una escuela como la de Sogem, así que, bueno, pues digamos que lo mejor de Excélsior se concretó en forjarme como profesional en los medios de comunicación.



Marcos García 3.- Luz Estéril es una novela que tiene muchos tipos de referencias, el rock contemporáneo, por ejemplo, otras, los libros de autores consagrados y otra más, la pintura, ¿hay algo que sientas que faltó mencionar como elemento artístico o como parte de la ambientación de la novela o tus ambiciones quedaron satisfechas?



R: Bueno, todas esas referencias que mencionas, tienen qué ver únicamente como, digamos, viñetas del ser en la cultura. A lo largo de tu vida o, mejor dicho, de nuestras vidas, vamos recolectando referencias artísticas y culturales, que moldean nuestra personalidad. Todos tenemos un soundtrack de nuestra película existencial; todos hemos leído una obra que influye enormemente en nuestro sentido de la vida; todos amamos un cuadro o una foto, en la medida que nos remite a experiencias dolorosas, trágicas o intensas. Por lo tanto, en Luz estéril estos elementos son como el compás dramático de la historia.



Marcos García 4.- Tu imagen en el viento (Aldus 1995) es una novela que sacaste en aquél año y que se podría decir que es continuación de ésta, es decir, te lo pregunto porque la estructura narrativa y casi hasta el tratado del erotismo de los personajes es el mismo…



R: No. De ninguna manera Tu imagen en el viento es la primera parte o la antesala de Luz estéril. Todo lo contrario. Ambas novelas son diametralmente distintas, comenzando por la prosa. Quizá tú encuentras analogías en la estructura narrativa y, tal vez, halles resonancias con el tratamiento erótico de ambas novelas, pero yo te diría que esto sólo se debe a mi estilo, mis búsquedas literarias, mi forma de abordar a la ficción. Todo escritor se distingue por la forma de explorar a sus personajes y, por qué no decirlo, de exorcizar a sus demonios.



Marcos García 5.- Tú Iván, naciste en 1968, según la novela de Copland ya no eres estrictamente parte de la generación x pero los sigues describiendo, recuerdo que en alguno de tus programas de radio en la extinta Rock 101 hablabas mucho con Jairo Calixto de la Generación X, ¿qué opciones les das? ¿La vacuidad y la pretensión es todo lo que cabe esperar de ellos en el futuro?



R: La generación X ya no existe. La generación X nunca existió en México. Cuando Jairo y yo hablábamos de ella, se debía a que era el tema literario de moda. Pero tienes razón: la vacuidad y la pretensión siguen siendo muy actuales y, quizá por ello se da esta coincidencia… Mmm, no. Luz estéril sólo es un retrato de las virtudes y defectos del México contemporáneo, de las generaciones cuyo destino –por nuestra historia, nuestra política y cultura–, es francamente incierto.



Marcos García 6.- Por último Iván, ¿cuáles son tus compromisos como escritor?



R: Para esto sólo hay una respuesta: escribir bien, crear un relato lo suficientemente divertido, irónico, provocador, lúdico o hasta repulsivo, pero que atrape al lector hasta el fondo de sus más temibles recovecos y, fundamentalmente, que lo haga reflexionar. Lo mejor que le puede pasar a un escritor es que cuando alguien termine de leer su obra, este hipotético lector se quede pensando, molesto o sonriendo tal vez, pero con la sensación de no haber perdido el tiempo…

FUEGO LUNAR

Esta noche sabes


cuál es el paradero de estos ojos,

de estas manos que oprimen

tus mejillas y tus muslos,

sabes de una tercera mirada,

más torva y merodeante,

de mi piel que regresa como un jaguar

después de su peregrinaje.

Reconoces que ahora

mi boca sabe a los olores de la costa,

que mi cuerpo huele a la fruta

que bajan los camiones de la sierra.

Que tallé con barro las ampollas

y que tiré una botella al mar de los recuerdos.

Que me emborraché tal vez

con algún papá de Córdoba, y que en una sola tarde,

olvidé todos tus rostros con tu rostro.

Sabes que no vine para hablarte

de galeras españolas o piratas,

viejos lobos de mar o ninfómanas cubanas.

Mis miedos los perdí ya en el atisbo

de una noche clara,

mis ideas volaron como verdes alebrijes

enmedio de la selva;

buques fantasmas que se fueron

perdiendo cada vez más

en nieblas grises de dialéctica.

Sólo pues me queda,

una sombra de salitre y piedras,

un cadáver que con mi voz

arrastro entre la hierba.

Sinuosa espera,

que los niños hacen cada vez

que un apagón se expande sobre el puerto.

Ahora enciendo un cigarrillo,

y decirlo de otro modo no sabría,

sin embargo, el fuego lunar de mis ojos

por tu cuerpo,

podría expandirse como lenguaje vivo

bajo el pecho,

podría llegar a los tuétanos del alma,

como los besos que doy,

en las vértebras desnudas de tu espalda.

Me detengo,

antes de caer en el olvido

una pequeña barca flota en mi memoria,

llena de gaviotas que a la espera de buen clima

murieron calcinadas en el insomnio nuestro,

desnudo de los cuerpos.

POEMA INCLUÍDO EN EL POEMARIO INFINITOS DISPERSOS ediciones ALFORJA (2001)

DE poemas Para Mandar a la Guerra

SERGIO VICARIO

De vez en vez aparece un asesino


Lo sabemos, de vez en vez aparece un asesino,

uno en particular.

Cuyo nombre es el recuerdo lamentable de lo que llamamos vida



A la vuelta de los años, con paso firme,

manos endurecidas y gesto ambigüo se presenta.

El más alejado de los hombres, a los cuales,

sin embargo, seduce con palabras afiladas de venganza;

es al fin, la voz de un deseo oculto en la contienda.

El silencio abismal está hecho a la medida de sus ojos,

y de su boca, el aliento que corrompe la sustancia misma

de los sentidos.

No hay palabra suya que no se compare al gusto por el exterminio,

y su razón no es sino la mueca del desprecio y el olvido,

lo sabemos y presentimos que se mueve sin que nadie lo vea,

lo detenga.

Porque el miedo alienta la invisibilidad de su oscura fuerza,

que si bien sonríe, también corta con un gesto las miradas.

domingo, 29 de enero de 2012

ESCRITOS FECHADOS EN 1947-Elías Canetti

Escritos fechados en 1947.

***
Cualquier página de cualquier filosofía, da igual por donde abras el libro, nos
tranquiliza: la espesa trama de una malla que fue tejida de un modo tan declaradamente
al margen de la realidad; este apartar la vista del momento; este desprecio olímpico del
mundo sentimental - un mundo que tampoco en los filósofos deja de tener sus marcas -;
esta seguridad en una apariencia que adquiere su transparencia total en la apariencia
contraria y que no por ello deja de existir; esta incesante imbricación con todos los
pensamientos del pasado, de tal manera que uno que se mete en ello pensará: este tipo
de esteras - exactamente este tipo - se están tejiendo desde hace varios milenios, y lo
único que cambia es la muestra; ¿qué trabajo de artesanía hay que se haya conservado
mejor?, ¿qué clase de alfarería se ha practicado nunca de un modo tan ininterrumpido,
exactamente de la misma manera? Sea cual sea la filosofía con la que uno se ocupa; sea
ésta porque es mejor o aquélla porque uno no la conoce en absoluto, en el fondo
siempre es lo mismo: destacar unas pocas – contadas - palabras que se han empapado de
las savias de todas las demás, y el curso minucioso que han seguido estas palabras.

***
Una orden según la cual el avaro debería pagarlo todo al doble de su precio.
A la avaricia se la ve como una enfermedad moral; a los que están afectados por ella se
los declara oficialmente avaros y tienen que llevar un distintivo. En vez de distinguirlos
por su origen, a los hombres se les distingue por sus cualidades sociales. La estrella de
David de la avaricia hay que llevarla siempre puesta. Los avaros van por la calle con
ella; a esto se acostumbran, a lo que no se acostumbran es al trato que reciben en las
tiendas. Cuando entran el dueño debe conocer su avaricia de un modo inequívoco.
Tienen que ver cómo, por el mismo artículo, los clientes que están a su lado pagan sólo
la mitad de precio. No pueden refunfuñar; si lo hacen, por ley, deben pagar un
suplemento. Estas rigurosas medidas contra la avaricia tienen los más peregrinos
efectos. Muchos avaros se esfuerzan por convertirse en derrochadores y, sobre todo, por
demostrarlo. Sus esfuerzos adquieren un carácter atlético. Cuando tiran su dinero parece
como si levantasen grandes pesas de hierro que van a tirar a la cabeza de los demás. A
otros, el aumento de los precios les provoca tal desesperación, que su avaricia parece
estar cada vez más justificada y cada día compran menos. Estos acaban pronto
deambulando como almas en pena; están en lugar de los pobres, pero son unos pobres a
los que se desprecia con razón.

***

Una religión en la que el pecador tiene que fijar él mismo la penitencia, si no ésta no
tiene efecto.

miércoles, 25 de enero de 2012

CLARICE LISPECTOR (1920--1977)

Escritora brasileña, hija de judíos rusos, nació en Tchetchelnik (Ucrania), cuando sus padres ya habían decidido emigrar. Con dos meses llegó a Alagoas y jamás admitió otra patria que el Brasil. Poco tiempo después la familia se transladó a Recife y a partir de 1937 siguió estudiando en Río. En 1943, durante sus estudios de derecho, se casó con el diplomático Maury Gurgel Valente, tuvo dos hijos y se separó en 1959. Entre 1944 y 1960 vivió largas temporadas en el extranjero, Nápoles, Berna y E.E.U.U. Durante toda su vida mantuvo su contacto con la prensa iniciado en 1941 en la Agencia Nacional. Un cáncer terminó con su vida en 1977. © Elena Losada



Es allí a donde voy

" Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espalda magia: es allí a donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy. ¿ O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy. En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra "tertulia", y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a dónde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después de todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien me dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta . Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, cachorro, ¿dónde esta tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros. "

MENSAJE EN UNA BOTELLA

El día del 6 de enero en todas las primarias del distrito federal, desde que nuestro Peje-presidente asumió su cargo, estableció y giró instrucciones precisas a su secretario de educación y el secretario de educación, en conjunto con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (dirigido por Elena Poniatowska) para que en todas las dichas escuelas primarias que según datos recabados por el Peje-gobierno ascienden a 16,000 escuelitas, se recuerde que los Reyes, es decir, los verdaderos Reyes Magos, sean alabados por los niños y las niñas del defectuoso como un signo de que en la otrora ciudad de la esperanza, también hay futuro y cielo con esperanza.


El Peje-gobernante, desde Palacio Nacional, recibe ese día a las niñas más destacadas en los deberes del año anterior y es ahí cuando gracias a esta pluma podemos ver recorrer, fascinada, con los ojos atónitos ante los cuadros de Diego Rivera de Palacio Nacional, a Carlita, la niña que trajo desde Tlanepantla y desde sus 8 años, un globo y un vestido azul para mandarle su regalo a los reyes, que aunque parezca que están lejos, están realmente muy cerca, más que los Estados Unidos por lo menos.

Para dicho acto se trajo a Carlita con vestido azul porque como sus padres votaron en el sexenio pasado por el Presidente del empleo, al Peje-gobernante ni le va ni le viene el color, naturalmente, pero es un ejemplo para que la edición del Newsweek en inglés muestre en la portada una foto y un artículo de un gobierno cuyo propósito es… ¡ser incluyente! Por supuesto.

En este momento es Elena Poniatowska la que se acerca a Carlita, son las 8 de la mañana y el frío va bajando, pero a una señal que dice: “¡Vivan los Reyes!” por todo el super pejegabinete, la niña Carlita, ayudada de la autora de Tinísima y Leonora, suelta primero con el dedo índice y luego el pulgar el globo azul mientras los fotógrafos no se dan abasto y entonces Carlita, en el fondo de su corazón, sabe que su deseo es suyo y de nadie más.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

sin saberlo


Torpe que me creo eterno
Más que el sol ,
más que el tiempo.
la cara doblada por el viento
Está ya surcado mi  cuerpo.
Sordos del día
 Muertos de noche,
Caminamos inmutados
el dejavu de nuestras vidas.
Temiendo a la muerte
Aunque ya estamos muertos…

jueves, 8 de diciembre de 2011

DEL SOUNDS OF THE UNIVERSE DE THE DEPECHE MODE...

Fragile Tension


Hay una tensión frágil

Que nos mantiene unidos

Tal vez no durará por siempre

Pero qué bueno cuando fluye



Hay algo mágico en el aire

Algo muy trágico que tenemos que cuidar



Hay una obsesión extraña

Que nos está acercando más

No la entendemos

Nunca se esclarece



Hay algo místico en nuestros genes

Tan simple que patea y grita



Oh cuando estamos meciéndonos

En el borde del colapso

Nada puede reprimirnos



Hay un sentimiento vertiginoso

Que nos mantiene volando

En ámbitos resplandecientes

Incluso sin proponérnoslo

Hay algo radical en nuestras manos

Y nada lógico en nuestros planes



Little soul

Mi pequeña luz

Empieza a brillar

A brillar tan alto

E iluminar tu mente

Mi pequeña voz dejará una huella



Esta pequeña voz

Va a empezar a cantar

No tengo otra opción

Definitivamente sonará

Mi pequeña voz dejará una huella



Estoy desviando el universo

Que está centrándose

Adentro de mí

En una singularidad



Mis escasas palabras

Van a punzar

¿No has escuchado

la pena y la alegría que ellas traen?

Mi pequeña voz dejará una huella



Estoy desviando el universo

Que está centrándose

Adentro de mí

En una singularidad



Tus pequeños ojos

Van a observarlo

No puedo disimular

La belleza en mi interior

Mi pequeña voz dejará una huella



In sympathy


Casi están cayendo encima de ti

Porqué no te dan una tregua?

Lo que sea que están tratando de hacer

No les da resultado



Están intentando enredarte en cumplidos

Tratando de presentar pruebas

Y aunque hablan con gran elocuencia

Hay poca verdad en sus palabras



Eres brillante, eres fuerte

Sabes qué es lo correcto y lo erróneo

Al menos hasta cierto punto

Eres listo, eres fuerte,

Has escuchado suficientemente sus falsedades

Y sonríes en simpatía



Observo tu serenidad

La manera como tu espíritu trasciende

sus tediosas obscenidades

Tu paciencia no tiene límites



Y a medida que la noche empieza a desvanecerse

Te diriges hacia la puerta

Seguido de una triste procesión

Pero tú estás nuevamente en ti



Eres brillante, eres fuerte

Sabes qué es lo correcto y lo erróneo

Al menos hasta cierto punto

Eres listo, eres fuerte,

Has escuchado suficientemente sus falsedades

Y sonríes en simpatía