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lunes, 19 de mayo de 2008

Divagación amable sobre el ensayo

Si bien los poemas deben ser enviados para detener el holocausto de la guerra, a la manera en que la célebre fotografía de los años 60’s mostraba a una joven colocando una flor en el fusil de un soldado norteamericano, o bien, para ser declamados en voz baja entre dos enamorados, en el sentido en el que es la otredad, en lo otro del otro, donde debemos reconocernos hablando de los territorios amorosos y poéticos, en el ensayo, ya sea en su vertiente más filosófica o analítica o estrictamente literaria, siempre se debe cumplir una función específica: el ensayista debe fundamentar su opinión sobre determinada obra o también descubrirnos la trama de la realidad, es decir, mostrarnos su verdad sin caer en solipsismos y también —por qué no— lo que debería ser la verdad, lo que el género humano merece que sea su verdad recopilada, en tanto que somos contemporáneos del sida, de internet, de las tarjetas de crédito, del imperio de los medios de comunicación y los escándalos políticos.
El ensayo, o más precisamente, el ensayista, reconoce como auténticos camaradas a las obras, los personajes y los autores sobre los cuales versará su trabajo. Es cierto que en ésta época queremos saber qué significa la tonelada de información con la que somos bombardeados a diario, (este hecho explica la alta venta de libros de superación personal) pero también es cierto que por otro lado las cosas siguen siendo bien simples o en palabras del poeta chileno Pablo Neruda: “Sin duda todo está muy bien, sin duda todo está muy mal, sin duda”. Pero como que ésta opinión poética de los años setentas del sigloXX ya no nos parece suficiente. El escritor francés Michel de Montainge, el primer ensayista como tal, dedicó un ensayo a su dedo meñique al igual que a las más altas preocupaciones filosóficas y diversas formas de ser feliz, lo cual encierra la paradoja de que la labor literaria o más exactamente la escritura, aspira a convertirse en palabra de autoridad, ajá, sí y solo si pero empezando por uno mismo, es decir, la literatura es de una autoridad humana, cualquiera puede acceder a ella o incluso menospreciarla, pero ojo: ya sabemos lo que pasa cuando en las culturas las letras son menospreciadas, el holocausto nazi o los fundamentalismos religiosos y la falta de tolerancia son buen ejemplo de ello.
También es cierto que cada ensayo está escrito desde la punta del saber de su autor; no escribimos ensayos sobre lo que dominamos a la perfección (o por lo menos no ocurre así con los ensayos de éste tipo de conocimiento, el ensayo de divulgación científica es otra cosa) sino de lo que creemos tener un matiz de diferencia, desde donde se dibuje la diferencia de nuestra propia individualidad, por eso el ensayista crítico, siempre se nos presenta como incómodo, porque allí donde se muestra la inteligencia de modo singular no sabemos qué hacer con ella; luego vendrán los exegetas o los comentadores, ciertamente, pero cuando la obra artística irrumpe, se asienta en el mundo del arte y con lo que entra en interlocución es con las demás obras, no con los críticos. Precisamente por estas razones uno de nuestros mejores ensayistas mexicanos, Gabriel Zaid, dice y mantiene la postura de que un nuevo libro es siempre una nueva parte de la conversación en la sociedad. Y como el mismo Zaid lo diría, cito de memoria, “el mejor pensador es el que empieza pensando para sí mismo y no para los demás, por eso mismo, el pensador que quiere pensar por los demás nos resulta siempre demasiado serio, mientras que el primero es antisolemne”.

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